El mirlo canta en el nogal con una precisión que irrita. Es el final de la tarde y volvemos de un paseo por el monte cercano. Caminamos con el cansancio de quien ha forzado el cuerpo, especialmente yo, que subí la ladera con la anemia protestando en la sangre. Mi vecina trajo una mascota nueva, un reemplazo biológico para Tobi, que se murió el verano pasado con la discreción de los perros fieles.
Bajo el hórreo hay un zorro ovillado como una pregunta cerrada sobre sí misma. Ya no es el rayo rojo que cruzaba los caminos, sino una pausa definitiva entre la hojarasca. Una forma que decidió renunciar a la velocidad para entregarse a la geometría del suelo. El animal se transforma poco a poco en objeto, pierde su astucia para ganar una eternidad de hueso y musgo. El silencio que nos rodea no es ausencia, sino la sombra de su último salto. Lo miro y siento que la muerte es, después de todo, un descuido, un quedarse quieto justo cuando la luz decide cambiar de lugar. Eso pasa en ese momento del crepúsculo en que la luz no termina nunca de apagarse, que el zorro decide pasarse al otro lado del espejo. El tiempo se vuelve una cola de zorro que desaparece lentamente en la maleza.
A efectos prácticos llamamos y alguien viene, se lo lleva para hacerle una necropsia a la fatalidad, aunque la causa de muerte parece haber sido, simplemente, la vida. Nosotros seguimos con lo nuestro. El simulacro de la normalidad. A la mañana siguiente la ventana devuelve otra imagen.
Otra mancha roja se desliza por el prado. Me pregunto si será una hembra, difícil de saber desde la distancia. Busca. Olfatea el trébol y la tierra mojada, pero el aire le niega el único perfume que justifica el mundo: el olor del pelaje hermano, el calor de la madriguera compartida. Ella, porque en mi cabeza ya he decidido que es la pareja del zorro muerto, no entiende de lutos ni de gramática. En su mundo no existe el pretérito perfecto. El compañero no es una ausencia, es un “todavía no”, alguien que se ha movido un poco más allá del siguiente arbusto.
Busca con el hocico a ras de suelo, dibujando ochos invisibles en la tierra. Insiste. No sabe que, mientras la luz se ponía espesa, el otro se volvió piedra bajo el hórreo. La zorra salta con una elegancia que ahora resulta inútil, persiguiendo un fantasma que no tiene la cortesía de aparecer mientras el sol le lame el lomo con una indiferencia que asusta. Busca el rastro de lo que ya sólo será ausencia de aquí en adelante.
En ese trote, en esa insistencia de la sangre por encontrar su eco, hay algo que nos duele más a nosotros que a ella: la sospecha de que la esperanza no es más que falta de información.


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