Saben más que el invierno y reaparecen en el día más ventoso, un doce de febrero, cuando el frío y las borrascas siguen danzando entre el cielo y la tierra. Al oír su clamor, todos los habitantes levantan una alegría imprevista en la mirada. Las águilas imperiales, que han aguantado las tormentas refugiadas en la copa del pino, graznan hacia el gran círculo que se ha dibujado arriba, mucho más alto de lo que ellas, las águilas, suelen volar.
El sol brillaba en los ojos de las grullas cuando viajaron al sur un día de noviembre y ahora reflejan la sombra argéntea del océano de nubes. Sopla un viento tan intenso que apenas pueden volar en línea recta. Así que lo hacen trazando grandes círculos que abarcan la superficie de la colina entera, desde donde los habitantes las observamos: el alcaudón en la rama, la serpiente en su secreto, los olivos desde el cimbreo de sus copas. Y todos alcanzamos a leer lo que está trazando ese vocabulario de alas, incluso las piedras jaspeadas de líquenes.
Un círculo que se inserta en otro mayor; y este en otro que apenas se intuye; y el intuido en otro aún más inconcebible. Las grullas trasmiten mensajes sutiles que nos incumben más allá de nuestros pequeños escarceos con la vida; reúnen a cada especie en un asombro que ni siquiera los individuos se pueden explicar a sí mismos porque, de repente, es la unidad la que nos está hablando. Las grullas son las portadoras de la ley y derraman sus mandamientos desde el vuelo y de ahí caen a los oídos atónitos y a las bocas mudas.
Entendemos sin entender. No hace falta. Resuena una vibración común, el morse que repiquetea de roca en roca, en la corteza de los almendros y en el latido nervioso de los ratones. Nos convoca una tarea mayor que las nuestras, desperdigadas y minuciosas.
Y no es solo la primavera que percibimos en el viento de cola que empuja a las grullas hacia el norte; no es solo la primavera cuyo primer aliento celebramos, todavía cortante y helado en esas alas estilizadas y puntiagudas que lo siguen puliendo y calentando. No es solo el aviso de que los días cálidos van a regresar como bandada de aves trasparentes y colosales, de las que las grullas son solo una ínfima avanzadilla.
Sino la celebración de que el ciclo se cumple. De que regresa lo que se marcha, y que, en el cosmos, se enciende lo que se había apagado, se mueve lo que se había detenido y vuelve a vivir como conjunto lo que ha muerto como uno solo. Es el alivio enamorado de que el círculo se siga trazando sobre nosotros, allí arriba, en esa danza navegante de las grullas.


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