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El ruido y la herida: Nos botamos para el solar

El ruido y la herida: Nos botamos para el solar

No creo que sea el único que encuentre una abundancia abrumadora de información, o al menos de datos, en absolutamente todo cuanto nos rodea. ¿Todo? ¿Cómo va a ser en todo, exagerado? De acuerdo, seré más específico, “todo” es aquello en lo que nuestros ojos resultan haberse posado durante horas al final de cada día. Puede que sea una sola cosa —dígase del móvil, tablet, portátil u otras variantes—, aunque el tiempo que nos absorben de esas vidas que muchos sienten cortas les atribuye el derecho de ser clasificados como “todo”. ¿Mejor así? De rechupete.

Esto me viene sucediendo desde hace ya diez años, cuando agarré mi primer smartphone. Pero de un tiempo a esta parte la intensidad del estímulo sobrepasa los límites que una mente puede afrontar de forma sana. Es molesto, es profano, imperante, impertinente e incluso sacrílego.

Cuesta concentrarse. El silencio es un lujo escaso, al que solo se accede por completo cuando los dispositivos electrónicos son acallados. También parece un vicio excéntrico. Y claro, si esto les sucede a otros, de lo cual tengo constancia, creo tener motivos para acudir a generalizaciones. ¿No será que tantos datos, rumores, opiniones, reacciones, acciones, subidas de unos y alzadas de otros, genera un caos que solo podemos identificar como ruido?

"El cerebro no es una maquinita sobrada de recursos. Antes bien, es rácano en su reparto"

Veamos, no ruido sonoro, tampoco ruido en la lectura de datos por un dispositivo de medida, aunque se parece más a este último. Al fin y al cabo, el cerebro es un instrumento delicadamente diseñado para leer los datos que se le aportan desde el exterior, y su tendencia natural, la inclinación que tiene la corriente de las sinapsis neuronales, es generar una respuesta. Por tanto, de algún modo, nos vemos impelidos a reaccionar y formarnos una opinión de todo cuanto accede a nuestro sistema nervioso.

Hemos olvidado la despreocupación verdadera, la indiferencia, el “pasotismo” de adolescente recalcitrante, esas acciones que tan beneficiosas resultaban para la salud de un órgano, el cerebro, que reacciona de forma desproporcionada a cuanto estímulo se le muestre de forma repetida.

Obviamente de esto se ha hablado ya mucho. Y mucho se ha ignorado, y continuará ignorando. Pero es una materia tan urgente que mientras se ignore no serán suficientes las veces que se repita.

El cerebro es una masa casi amorfa de potencias mitificadas y capacidades sorprendentes siempre mal entendidas. Pero, sobre todo, el cerebro es una masa de neuronas, células, que presenta la maleabilidad de un muñeco de plastilina bajo el sol. Cada orden, cada clase de estímulo, sigue un camino determinado. Este camino, la primera vez que sea recorrido, será abrupto, salvaje, cubierto de rocas y arbustos. Pero la repetición lo convertirá en un sendero bien pavimentado, con gasolineras y restaurantes. Esto a expensas de antiguos caminos, que se verán perjudicados por la desviación de recursos hacia el vial mejorado. El cerebro no es una maquinita sobrada de recursos. Antes bien, es rácano en su reparto. También extremadamente sensible, una de las razones a las que debemos nuestro desarrollo intelectual. Pero igualmente es la razón por la que el maltrato constante al sistema nervioso, el impulso de generar respuestas a cuanto dato nos llegue desde las redes y por el que la dependencia de las hormonas que nos recompensan cada vez que agarramos un móvil, nos está cobrando precios tan elevados que solo serán del todo perceptibles en el futuro. Por otras generaciones. Cuando miren atrás y piensen cómo éramos capaces de vivir enchufados a estructuras sociales virtuales. Del mismo modo que hacemos nosotros a día de hoy cuando nos preguntamos quiénes eran esos tarados que dejaban fumar y beber a niños de cuatro años.

"Desde quienes se lucran con nuestro tiempo hasta quienes les dejamos hacerlo, llamamos todos los días a la puerta de la pérdida de facultades cognitivas"

Imaginen el cerebro dispuesto en una mesa de escultura. Por cada like, retuiteo, posts compartidos, reacciones, desazones y alegrías causadas por este dispositivo, nuestra escultura gris se vuelve más dependiente, menos sensible al resto de estímulos. Dentro, en caminitos diminutos que solo podemos ver con microscopios, crecen acumulaciones de desechos proteicos. Claro, todo gran camino genera abundantes desperdicios. Y mientras otras áreas de nuestro órgano maestro se avejentan y deforman en esta sala de tallado que resulta ser nuestro cráneo, la basura se acumula. Hasta que ya no haya forma de deshacerse de ella. En el momento en que las autoridades municipales del seso deban aceptar una presencia tolerable de desperdicios en las vías sinápticas… habremos dado el primer paso hacia esa dolorosa enfermedad que es el Alzheimer. No se nos considera una saca generacional con mayor tendencia a esta enfermedad tan poco entendida y tan amarga por mera casualidad. Desde quienes se lucran con nuestro tiempo hasta quienes les dejamos hacerlo, llamamos todos los días a la puerta de la pérdida de facultades cognitivas. A mí esto me aterra.

Por todo esto siento que estamos llegando a un punto en el que el desgaste de ATP, así como el funcional y fisiológico, comienza a hacerse demasiado pesado. ¿De veras tenemos que ser tan reactivos? Parecemos anticuerpos enloquecidos en una reacción autoinmune.

Es bastante simple de comprender. Vivimos en una sociedad potenciada gracias al rendimiento de las máquinas —que aquí meta el lector cuanto cacharro se le ocurra—. En un ambiente que cuenta con semejante empujón de fuerza no animal, la abundancia de datos que procesar y acciones sobre las que emitir juicios, la necesidad de actuar aumenta hasta llegar a un umbral que es complicado satisfacer sin extenuarse. De un modo u otro, este vicio que nos están y estamos creando nos genera una habituación psicológica, y neurológica, que se fijará en los hábitos humanos. Y a pesar de no tener el potencial de influir en los gametos, será bastante sencillo que quienes demuestren menos tolerancia a tantas alteraciones vean reducido su éxito selectivo. Como siempre pasa, aquellos más plásticos, o tolerantes, continuarán siendo seleccionados positivamente. El resto… bueno, hubo un tiempo en que la violencia fue un rasgo seleccionado positivamente. Imagino que irán a parar al mismo submundo al que se envió a esas alternativas de ser humano.

Iré un poco más lento.

"Siento los efectos de la adicción, porque de un modo u otro esto tiene relación con mis áreas de especialización, y porque un biólogo ha de ser observador como nadie"

Ruido. «Sonido inarticulado, por lo general desagradable». Esto dice la RAE. Vivir en Estados Unidos me ha pegado la costumbre de sus columnistas, sana o no, de consultar definiciones conocidas en diccionarios ampliamente reconocidos. En el país del Black Friday es el Merriam Webster o el Macmillan Dictionary, entre otros. Los de habla hispana tenemos la suerte de contar con una gran referencia a este respecto que procura mantenerse actualizada —y errar es humano—, aunque rara vez lo reconozcamos, pues nos gusta demasiado llenar la atmósfera de sonidos inarticulados, incomprensibles y desagradables. Quede dicho que el Diccionario de María Moliner es también necesario.

Comentaban en el anuncio de uno de mis artículos por Twitter hace poco algo así como que los gustos, al ser cosa personal e intransferible por mucho que nos empeñemos, son irrelevantes. Este comentario me dejó preocupado, no crean. Pero a lo largo de un día leo demasiadas cosas que me causan la misma desazón.

No negaré que leer más adelante en otras publicaciones, no indicaré si de particulares o medios de prensa, cosas como que el dinero forma parte de la educación sentimental masculina, que la ciencia es una religión, o que la biología no sirve para nada, aumentaron mi malestar hasta motivarme a escribir este artículo.

Este es un artículo que escribo de forma cotidiana. Veo los síntomas en mis seres queridos y en mí mismo. Siento los efectos de la adicción, porque de un modo u otro esto tiene relación con mis áreas de especialización, y porque un biólogo ha de ser observador como nadie. Y de vez en cuando comparto la preocupación. Me consuela saber que a mí me sirve de terapia, y también de recuerdo para alejarme todo lo posible de esta madre de los monstruos, que se parece demasiado a las Lamias que obsesionaron a Percy Shelley o a William Blake. Y encuentro oportuno despedirme con un extracto de La madre de los monstruos, de Guy de Maupassant:

[…] El otro día vi, en una playa de moda, a una mujer elegante, encantadora, coqueta, amada, rodeada de hombres que la respetan.

Caminaba por la arena del brazo de un amigo, el médico del balneario. Diez minutos más tarde vi a una criada que cuidaba de tres niños enterrados en la arena.

Un par de pequeñas muletas yacían en el suelo, y me emocionó. Entonces me di cuenta de que aquellos tres pequeños seres eran deformes, jorobados, encorvados, horribles.

El doctor me dijo:

Son los productos de la encantadora mujer que acabas de ver.

Una profunda piedad por ella y por ellos invadió mi alma. Exclamé:

—¡Oh, pobre madre! ¿Cómo puede seguir riendo?

Mi amigo prosiguió:

No la compadezcas, querido. A quien hay que compadecer es a los pobres pequeños. Ahí tienes los resultados de las cinturas finas hasta el último día. Estos monstruos se fabrican con el corsé. Ella sabe de sobra que arriesga su vida en este juego. ¡Qué le importa, con tal de ser hermosa y amada![]

******

No se compadezcan, tampoco, de mi aparente demencia. Y apuesten con sabiduría por apartar sus vidas de los senderos de la madre que los venderá sin reparos. Tengan presente lo mismo que uno se aplicó antes de escribir estas líneas: nadie les pidió su opinión. Y aunque el tuitero de más arriba erraba en cuanto a los gustos, no estaba lejos de dar con la verdad: tampoco a nadie le importa que opinemos.

Ahora no lo ves, que les diría mi abuelo y Al2 el Aldeano.

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