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El derecho a la tristeza

El derecho a la tristeza

Nueva entrega de Mi vida por delante, la sección de textos publicados en Instagram por Emili Albi.

Hace muchos años leí un texto maravilloso que reivindicaba la condición del triste. Decía muchas, diferentes e interesantes cosas, pero me impactó una idea en particular, y es la de que el triste lo es porque no es capaz de expresar todo lo que siente o piensa. Me llamó poderosamente la atención siquiera imaginar que la tristeza tuviera vinculación no con un hecho externo, sino con nuestra incapacidad para decir. Quizá a muchos de vosotros no os importe un huevo no poder decir, pero para mí es una causa inevitable de aflicción.

Damos por sentado, a menudo y equivocadamente, que nuestro pensamiento solo existe gracias y a través de las palabras. Y no nos damos cuenta de que, de esa manera, lo estamos condenando a lo conocido, a lo limitado, a lo repetido y, sí, también a la tristeza.

Como bien explica el filósofo Carlos Fernández Liria, ya desde el inicio del pensamiento, desde el mito fundacional de la caverna, arrastramos este peso insoportable. Si reflexionamos sobre ello, el mismo sujeto liberado, que es capaz de salir de la cueva y ser testigo de la verdad, tras acostumbrarse sus ojos a la primera y cegadora luz, ha de utilizar después el lenguaje que sus compañeros no liberados entienden y usan, al que están acostumbrados, que no es otro que el de las sombras, o, dicho de otra forma, el de la tristeza.

¿Cómo no practicar la melancolía si no contamos con el material expresable para explicarnos, para querernos, para decir fielmente lo que amamos y por qué? ¿Acaso hay algo más triste que no ser capaz de tener conciencia totalmente de uno mismo?

¿Cómo no ser tristes si solo podemos llegar a rozar fugazmente la verdad o, incluso, solo imaginarnos que hay algo más allá de esta caverna?

Ay.

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Hace dieciocho años, Sabina escribió aquello de «al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver». Él decía que lo comprendió en Comala. Yo en Madrid. Pero el lugar da más o menos igual. Quizá sí importe el momento, que viene a determinar lo que dura la inocencia.

Es realmente extraña esa sensación de querer querer y no ser capaz de hacerlo, de añorar un sentimiento, un estado, y no poder insuflarle de nuevo vida. Anhelar lo ya desaparecido. Esas ganas de volver a lo ruinoso, y levantar piedra a piedra lo que fue, sabiendo que no será siquiera algo parecido.

Aspiramos a la eternidad y no queremos aceptar que nada es inmutable. Nos resistimos a nuestra propia naturaleza. Lo eterno solo lo es durante el breve espacio en el que existe. ¿Cuántas veces habremos alcanzado la inmortalidad? Quizá seguimos ahí, en ese instante luminoso, sin ser conscientes. Como una fotografía.

No queda otra que comprender profundamente la ley de la vida.

«Al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver».

Perder la inocencia.

Y celebrarlo.

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Un día de feria de 2018 empecé a notar un dolor en las lumbares. No le di mucha importancia, pero a la mañana siguiente, supe que algo no iba bien. Tenía una vértebra rota. En mayo del 2019 me operé.

Aquel largo año de dolor, animado por los fisios, paseaba mucho a Nera, pero cada dos por tres me tenía que sentar. La vértebra se había desplazado y chocaba con el nervio ciático. Por eso solía sentarme en los bancos, y así es como conocí a Urbano.

Urbano —nombre irreal— debía de haber sido un tipo grande, aunque cuando yo lo conocí estaba delgado, y su aspecto era quebradizo. Se apuraba mucho el afeitado y lucía un bigote fino que le confería un halo de tipo de otra época. Cuando hacía frío, bajaba con un sombrero tirolés, acabado con una pluma tornasolada roja y, cuando se sentaba, dejaba su bastón, cuya empuñadura era la cabeza de un perro, sobre su muslo y sacaba sus Ducados.
Urbano era militar. Y franquista. Y de Burgos. Y hablaba con ese deje marcial que dejan en la voz el ejército y el tabaco negro. A él le gustaba Nera, le recordaba a un perro de caza que había tenido. Con la tontería, nos hicimos amigos. Él no entendía el mundo moderno. Tampoco que me hubiese roto una vértebra, ni que hiciera la mariconada del pilates. Era malhablado. Y cuando reía, tosía y se peleaba con su cuerpo para poder seguir fumando y riendo, que era lo único que tenía.

Un día me dijo que había votado a Podemos. Yo flipé. Me explicó que él era del PP. Pero que ya no era de nada, solo del amor. Cuando dijo eso se paró, como si quisiera pedirme perdón por haber soltado aquello, pero luego continuó: tenía dos nietos. «El niño es gay —dijo—, y la niña se va a casar con un chino». Luego supe que chino no era, que era coreano. «Tiene cojones». Y se rio estruendosamente. Cuando se calmó terminó: «En fin, que hagáis lo que os salga de los huevos».

Durante unos meses, no hemos tenido a Nera y no he podido pasearla. Pero, retomada la costumbre, estaba preocupado, no lo veía. Ayer salí de dudas: alguien había dejado su bastón y un paquete de Ducados, mediado y arrugado, encima del banco.

Buen viaje.

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