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El sobrino de Bioy, por Pedro Mairal

El sobrino de Bioy, por Pedro Mairal

Roa Bastos, Pedro Mairal y Bioy Casares en la entrega del premio. © Clarín

En 1997 Pedro Mairal (Buenos Aires, 1970) gana el premio Clarín de novela con Una noche con Sabrina Love. Este año 2019 publica Maniobras de evasión (Libros del Asteroide), cuya edición y selección de textos corre a cargo de Leila Guerriero, y en uno de esos textos, el titulado “El sobrino de Bioy”, Mairal cuenta la historia de aquel libro, del premio y de todo lo que ocurrió después. 

Zenda publica el capítulo “El sobrino de Bioy”.

El sobrino de Bioy

Es una noche de diciembre de 1997. Estoy viendo un programa de cable medio erótico donde la presentadora sortea un viaje al Caribe para dos personas. Una pelirroja hermosa. Por un momento, flota en mi cabeza la idea de que el viaje podría ser con la pelirroja, pero no es así. ¿Qué pasaría si sorteara un viaje con ella, cuántos anotados habría? O mejor: si sorteara una noche con ella. Pero para que eso fuera posible, la presentadora tendría que tener un perfil más de porno star. En usa algunas actrices porno tienen su programa de cable. ¿Y si fuera una estrella porno argentina? ¿Y si el ganador del sorteo fuera un adolescente virgen, que vive lejos, en la provincia, y que no tiene un peso? Apago el televisor y antes de dormirme anoto en mi cuaderno de ideas: adolescente gana en sorteo una noche con estrella porno.

En las vacaciones me prestan un departamento en un country. Me deprimen las canchas de fútbol vacías, la pileta olímpica desierta, el guardavidas bajo la sombrilla cuidando a nadie. Me encierro a escribir mi historia. A mi novia le regalo una novela de mil páginas para tener tiempo y silencio. Ella se quiere casar, yo digo que no tenemos plata. Escribo sentado en el borde de la cama con la laptop en una silla. Mala postura. Avanzo. Creo que es un cuento largo, pero por la mitad sospecho que es una novela corta. Nunca escribí nada tan largo; tengo algunos cuentos inéditos y un libro de poemas, textos breves. Esto parece otra cosa, pero no me freno, dejo que la historia me lleve. Mi personaje, adolescente y virgen, sale de su pueblo inundado hacia la ruta para hacer dedo hasta Buenos Aires. Ya estamos en movimiento y hay que ver qué nos depara el camino. No hay vuelta atrás. Allá en el horizonte nos espera, en la cama, la gran porno star Sabrina Love.

Cuando termina el verano, hago circular el manuscrito anillado entre mis amigos del taller literario. Se lo llevan a Córdoba en Semana Santa y me lo devuelven con anotaciones y tachaduras. Lo guardo así en un cajón de mi escritorio. Me olvido hasta mitad de año, cuando mi amigo Julián me pasa las bases de un concurso. Primera edición del premio Clarín de Novela, 50.000 pesos, jurados: Bioy Casares, Roa Bastos, Cabrera Infante. No tengo chances, pero leo una cláusula donde dice que la editorial se reserva el derecho de publicar las obras que sin haber sido premiadas pudieran resultarle de su interés.

Pongo ahí toda mi esperanza. Me siento a corregir, releo y después imprimo las copias del manuscrito. Las llevo el último día y, cuando estoy haciendo la fila, miro el patio donde se apilan las ochocientas novelas que concursan ese año, multiplicadas por las tres copias requeridas en las bases: dos mil cuatrocientos documentos anillados en pilas y torres a medio desmoronar. Me vuelvo en colectivo, mirando el papelito que me entregaron con un número, un sello, el título de mi novela y mi seudónimo: Simón.

Pasan meses sin novedades. Sigo dando mis cursos de redacción, mis clases como adjunto en Literatura Inglesa. Nos mudamos con mi novia a un departamento cerca del hospital Rivadavia, en una zona que mi padre llama «el barrio de la penitenciaría», porque ahí estaba el penal de Las Heras, hasta que lo demolieron en los años sesenta. Elegimos cortinas, elegimos cubrecamas, agradecemos los muebles prestados. A mediados de octubre anuncian que saldrán los nombres de los diez finalistas en el diario del domingo. Bajo temprano, lo compro en el kiosco de la avenida, y ya subiendo en el ascensor busco rápido entre las páginas. Encuentro la lista: ahí está. Mi título y mi seudónimo entre otros nueve. Terror y alegría. Mi novia llora y no sabe por qué.

Después de varios días de nervios y especulaciones insomnes, me llaman los organizadores del premio para avisarme que estoy entre los cuatro finalistas, y que me van a pasar a buscar el viernes a la tarde para llevar- me a la ceremonia en un hotel cinco estrellas. Mi madre me manda a comprar un traje. Le hago caso. Me miro al espejo mientras me pruebo un ambo azul oscuro con muchas hombreras; el sastre de la tienda me toma las medidas. El viernes llego al salón del hotel cuando todavía está vacío. Por un walkie-talkie oigo que dicen: «Ya lo tengo acá, ya llegó». ¿Estarán hablando de mí? Anoche no pude dormir ni un minuto. Todo es medio irreal. Mi imagen de traje y corbata. Los famosos que van llegando. La gran máquina de un multimedios en marcha. Escritores, actores, diputados, músicos. Mercedes Sosa y Roa Bastos y Bioy Casares. No conozco a nadie, no tengo a quién saludar, no me dan indicaciones. ¿Quiénes serán los otros tres finalistas? Se va llenando el salón y quedo parado en medio de ese gran cóctel repleto de caras desconocidas. Empieza la ceremonia. Todo sale en directo en el noticiero de las ocho. Mis amigos y mi familia miran desde sus casas. Desde el estrado, los presentadores, Canela y el actor Leonardo Sbaraglia, nombran las menciones, hablan del premio, de la cultura, de los jurados, del jurado de preselección. Finalmente, describen a grandes rasgos el argumento de la novela ganadora: un adolescente entrerriano emprende un viaje hacia la capital… El título de la novela ganadora es Una noche con Sabrina Love. Dios mío. Después dicen mi nombre. Nadie me conoce. Y es el big bang.

Tengo veintiocho años pero cara de dieciocho y me estoy atomizando, multiplicado en pantallas de televisores de todo el país con mi traje azul y mi melena escolar y las pocas frases que digo nervioso; entre ellas les agradezco a mis amigos, que me ayudaron a corregir el libro. Después me dan una estatuilla y una caja discreta con el cheque (por suerte no hay cheque gigante). 50.000 mil pesos que son 50.000 dólares. Ahí se va mi excusa para no casarme. Roa Bastos me cede su silla, quedo entre él y Bioy que me dice: «Arranqué a leer tu novela y no la pude largar hasta terminarla». Es el mundo al revés. Cuando quiero agradecer, ya me levantan de un brazo y un par de políticos con una habilidad sorprendente me abrazan frente a un flash, y cuando quiero saludar a Mercedes Sosa me arrastran a una sala lateral, para entrevistarme. Por el camino algunas sonrisas son como un insulto, y la diputada/actriz Irma Roy me dice: «Sos una criatura, que Dios te bendiga».

Tapa del diario al día siguiente. Gran foto con Bioy en gesto cómplice cuando me dijo su frase generosa. «Un joven de veintiocho años, premio Clarín de Novela.» Arriba, en letras más grandes: «España insiste con el juicio contra Pinochet». Es el sábado 31 de octubre de 1998. Viene temprano a casa el editor a buscar el disquete donde está grabada la novela. Todavía no tengo mail. Ni cuenta bancaria. El lunes salgo a abrir una cuenta. Soy ese que va allá, que cruza mal la avenida, estoy pasando sin saberlo del circuito afectivo artesanal de mi libro de poemas a la órbita del universo editorial, sin escalas. Voy distraído y escucho un frenazo. Casi me pisa una moto. El tipo me insulta. Ando como perdido, contento y desconfiado. Me llueven felicitaciones pero se filtran calumnias por debajo de las puertas. Ganó porque lo debe conocer a Bioy, el padre debe ser abogado de Clarín. Rodrigo Fresán me llama por teléfono para felicitarme. Bienvenido al estanque de los tiburones, me dice. Compro un contestador automático.

Mi historia y la de mi personaje se confunden un poco. La abuela de un amigo está espantada por el hecho de que un diario tan importante me premie regalándome una noche con una prostituta. Mi cara sale en la tapa del suplemento cultural dos sábados consecutivos. Hago entrevistas en radio. En una, muy temprano y a quemarropa, me preguntan por teléfono: Pedro Mairal, ¿creés en el destino? Qué pregunta para esta hora de la mañana, digo, y escucho un desarreglo técnico y una voz desde el control, que dice: Vamos de vuelta, explíquenle que el programa sale a la tarde. ¿Cómo trabajaste el tema erótico en la novela? Me vengo documentando desde los doce años. ¿Qué vas a hacer con la plata? No sé. Viajar. Vivir un tiempo sin pensar en la plata. Hago entrevistas en televisión. Todavía no sé contar bien el libro. Se trata de un adolescente que se gana una noche con una presentadora de televisión, le digo a la presentadora del programa. Creo que quiero evitar la palabra porno y entonces no se entiende. La presentadora se siente levemente ofendida. A mi izquierda, otro ganador de otro concurso se está poniendo azul. El programa sale en directo. Quiere toser. Para cambiar de tema le preguntan algo a él. Explota en una tos incontrolable. Le alcanzan un vaso de agua. Esto es la tele. En otro programa noto que el presentador, medio sordo, no leyó nada del libro. Mira de reojo la solapa hasta para decir mi nombre. Yo, pensando que esto era Le bouillon de culture, de Bernard Pivot, leí a los otros invitados para poder decir algo y no quedar como un novato. Cuando empieza a hablar el escritor canoso sobre su libro, yo acoto que me gustó mucho y que algunos pasajes me recordaron la obra de un pintor, pero mi interrupción lo ofusca. Empiezo a entender que cada uno va con su speech preparado, que cada uno tiene su turno para contar su libro, y que así es la cosa. Abro los ojos a un nuevo paradigma. La máquina de vender libros está funcionando y yo estoy dentro. Te invitaron al programa de televisión no por curiosidad, no por interés, no porque les haya gustado tu libro: te invitaron porque las encargadas de prensa de la editorial consiguieron meterte en la grilla. Bienvenido al mundo de los narradores postatómicos. Esto no es la poesía. Acá no hay tribu, ni lecturas colectivas, ni cerveza. Cada uno encerrado en su novela, aguantando la radiación.

Mi libro se vende hasta en los kioscos de revistas. A Roberto Arlt lo desprestigiaban diciéndole que era un escritor de kiosco. A mí me parece un gran logro. Un día, cerca de Navidad, subo la escalera de un shopping y está Papá Noel con un niño en sus rodillas. De pronto me ve y me señala. Dudo, pero el dedo me sigue. Me agarra un terror infantil. ¿Qué hice mal? Si Papá Noel te señala es porque hiciste algo muy mal. Ahora todos los Papás Noel del mundo me van a querer matar. Después sonríe y levanta el pulgar. Me reconoció Papá Noel. El libro se lee mucho. En un mismo viaje en ascensor, en mi trabajo, una secretaria me dice que va por la mitad, un cadete dice que lo acaba de terminar. En el colectivo veo a una chica leyendo la novela, y no le digo nada. En general las críticas y reseñas que salen son buenas, aunque a veces se nota que estoy bajo el fuego cruzado de grupos mediáticos poderosos. Me hacen una nota para un suplemento, no me aclaran bien cuál. El fotógrafo me sugiere hacer una foto descamisado, a lo Jim Morrison. Le digo que no. Propone otras alternativas, algunas acrobáticas. Tiene que ser algo divertido, me dice. Al final, negocio un salto desde una silla, y así creo disminuir el ridículo. Días después, en un McDonald’s, a mi amigo Martín se le atraganta el Big Mac cuando ve mi foto: yo, saltando, suspendido en el aire, en la contratapa del suplemento Mujer.

Me caso, pero postergo la luna de miel porque me llama el director de cine Carlos Sorín, antes de filmar Historias mínimas o Bombón, el perro. Quiere que escriba un largo. Leyó mi libro pero me propone escribir otra cosa, una historia sobre un profesor que encuentra una película de Gardel que se creía perdida. Trabajo con Fabián Bielinsky, el futuro director de Nueve reinas. Discutimos escenas, tramas, diálogos, estructuras. Nos reunimos por la tarde, en una productora del barrio de Núñez, y siempre salimos al balcón porque Bielinsky quiere fumar. Vemos pasar los trenes y hablamos de cine. Los dos estamos esperando novedades de Patagonik, la productora que compró los derechos de su guión Nueve reinas y también los derechos de Una noche con Sabrina Love para adaptarla al cine. No sabemos qué va a salir de todo eso. Estamos un poco en stand by. El largo que escribimos con Sorín nunca se filma. Pero tengo plata, y me voy de luna de miel un mes a Grecia. Casi me ahogo en la isla de Naxos tratando de demostrar que soy un gran windsurfista. Me van a buscar en lancha y me rescatan de las garras azules de Poseidón.

Cuando vuelvo, ya se está discutiendo qué actriz encarnará el papel de Sabrina Love en la adaptación de la novela. Victoria Abril, Monica Bellucci, Cecilia Roth. Yo propongo a una vedette monumental pero no me escuchan. La va a dirigir Alejandro Agresti, que ya había filmado La cruz y Buenos Aires viceversa. No tengo participación en el guión. Voy aprendiendo, a golpecitos en el amor propio, que ahora Una noche con Sabrina Love es la película del director y que yo, como autor del libro, ni pincho ni corto. Para eso te pagan, para que no estorbes. Me invitan al set. Cecilia Roth está vestida de Sabrina Love, con un atuendo de porno star, tacos de acrílico y un gran consolador en la mano. De pronto le dicen que estoy ahí y se me acerca gritándome ¡Mairal! Otra vez terror profundo, esta vez porque se me viene encima mi personaje agitando una verga gigante de goma y gritando mi nombre. Están filmando la parte de «El show de Sabrina». Pasan las chicas en tetas, los tipos aceitados en sunga, llega Charly García —en su época de mayor fisura— para la escena del jacuzzi con la porno star. Mirá todo lo que provocaste, me dice Agresti. Me explican que consiguieron una balsa con animales para la escena de la inundación, y que la van a filmar desde un helicóptero. Yo íntimamente pienso que estos tipos están locos, que no hacía falta llevar a cabo todas estas cosas que yo me imaginé impunemente, en soledad. Si hubiera escrito una escena de un tipo que salta por la ventana, estos empujan a alguien, pienso. De a poco, entiendo que así es la gente de cine: la palabra para ellos no es la cosa en sí, sino una instancia previa.

El 8 de junio del año 2000 voy al estreno. Hay gran alboroto de prensa. Las estrellas se saludan, los flashes los apuntan. Me sumo al ruedo pero nadie me reconoce. Me puse el mismo traje del premio, aunque sin corbata. Soy el hombre invisible, bañadísimo y peinado. Me siento a ver la película. Qué paliza al amor propio. Qué sensación más rara. Mezcla de usurpación y halago. Durante algunos instantes gloriosos, las imágenes mejoran mi historia pero de pronto me hundo en la impotencia, como si le hubieran hecho cirugía estética a un hijo mío. Subo y bajo en esas emociones, como en una montaña rusa. Boris Vian se murió en un cine de Champs Élysées viendo la adaptación de su novela Escupiré sobre vuestra tumba. Lo sacaron con los pies para adelante. Yo salgo vivo pero tardo años en asimilar el cimbronazo.

Ahora, Cecilia Roth está en la tapa de la segunda edición del libro. Va al programa de Susana Giménez y le regala un ejemplar. Por la película, el título de mi novela entra en el disco rígido de la gente. ¿Vos a qué te dedicás?, me pregunta el taxista. Soy escritor. ¿Qué escribís? Yo escribí Una noche con Sabrina Love. ¿La escribiste vos?, me dice, dándose vuelta. En un programa de preguntas y respuestas, un participante debe responder la siguiente pregunta: ¿Quién es el autor de la novela Una noche con Sabrina Love: Carlos Onetti, Pedro Mairal o Rubén Darío? El concursante vacila: Eh… ¿Rubén Darío? No, qué lástima, pierde 5.000 pesos. A una yegua pura sangre que corre en el hipódromo la bautizan Sabrina Love. Y también le dicen así a una chica que se llama Sabrina, en el reality El bar, del canal América. Mi libro se publica en España y se empieza a traducir: al polaco, al alemán… Eine Nacht mit Sabrina Love. Tomo notas para una historia sobre un escritor que enloquece con la adaptación al cine de su libro y termina matando al director. Nunca la escribo. Me refugio de todo ese ruido escribiendo poemas y un libro de cuentos que avanza despacio. Al año siguiente nace mi hijo.

Una noche, vamos con Fabián Casas y Washington Cucurto en auto. Yo manejo. Buscamos el lugar donde funciona una radio a la que tiene que ir Fabián para hablar de su libro de poemas. Está muy oscuro y no encontramos la calle, pero venimos hablando de muchas cosas a la vez. Damos vueltas y vueltas, por momentos nos olvidamos de lo que estábamos buscando. Les cuento un poco afligido algunos episodios de mala onda desde que gané el premio, esa especie de desconfianza que te rodea a partir del momento en que ganás un concurso literario. Por ejemplo: mi hermana fue a comprar mi novela a una librería y le preguntó al librero qué tal escribe este Mairal y el tipo le dijo: «Es el que ganó el premio Clarín porque es sobrino de Bioy Casares». Cucurto y Fabián se empiezan a reír. Estamos frenados en el semáforo, los miro. La boca abierta de los dos en plena carcajada. Lloran de risa. Tengo una epifanía extraña, sanadora. Me contagian la carcajada y arrancamos. Quizá entiendo que todo es una gran ridiculez y que esa es mi tribu. La tribu lírica de esta «Gran llanura de los chistes», como dice Lamborghini. Cuando salimos de la radio vamos a un bar. Parece como si hubiéramos estado viajando muchas horas. Pedimos una cerveza y Fabián me dedica su libro: «Con un abrazo grande para el sobrino de Bioy».

Fotografía de Daniel Mordzinski para la portada del libro.

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Autor: Pedro Mairal. Título: Maniobras de evasión. Editorial: Libros del Asteroide. Venta: Amazon y Fnac

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