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El tiempo es veneno: una banda de rock llamada Los Enemigos

El tiempo es veneno: una banda de rock llamada Los Enemigos

«Podría hacer daño / el agua y no el licor. / Podrían los años no / pasar factura al portador…», canta la áspera voz de Josele Santiago después del riff con el que arranca la canción Brindis, planteando una conjetura retórica que inmediatamente se encarga de descartar: «Podría ser, pero no…». Un consuelo ilusorio y efímero que desemboca en una festiva resignación: «No tenemos cura / ni encontramos otra opción, / así que entremos al mesón».

Han pasado casi 35 años desde que Los Enemigos grabaron La cuenta atrás, el disco que incluía este tema. El tiempo, qué remedio, ha pasado su factura para todos, pero Los Enemigos (Dios los bendiga) siguen tocando juntos y grabando discos (y eso es importante).

Los Enemigos son una banda madrileña de rock formada en 1985 y compuesta actualmente por Josele Santiago (voz, guitarra y principal compositor), Fino Oyonarte (bajo y compositor ocasional), Chema “Animal” Pérez (batería) y David Krahe (guitarra). Su primer álbum, Ferpectamente (así escrito, tal como Obélix lo vocea en Los laureles del César tras embriagarse con un poco de vino luteciano), lo componían 15 temas de estilos variados que iban desde la rumba hasta el punk, pero con claro predominio rockero. El disco se podía adquirir en el bar Velarde, en la calle del mismo nombre, en pleno barrio de Malasaña, donde los componentes de la banda en aquel entonces solían hacer barra fija. Por las 1000 pelas que costaba, además, te obsequiaban con una caña y una tapa; qué más se podía pedir. Esos mimbres marcaron el inicio de la andadura del grupo: rock urbano, contracultura y humor gamberro.

"Algunos años más tarde, sería el 91 o el 92, veraneando en un pueblo de Soria quiso la suerte venturosa que volviera a reencontrarme con Los Enemigos"

Que yo recuerde, la primera vez que supe del grupo fue gracias a un tema de este disco titulado “La paella”, incluido en una casete con una recopilación casera de pop-rock español que le habían grabado a uno de mis hermanos. Un rock de ritmo acelerado contando la historia de una venganza malograda y con una coña escatológica propia de la época. Una canción divertida y marchosa, aunque en su momento no me llamó lo suficiente la atención como para seguirles la pista; una canción más de la movida, pensé… pero me equivocaba.

Algunos años más tarde, sería el 91 o el 92, veraneando en un pueblo de Soria quiso la suerte venturosa que volviera a reencontrarme con Los Enemigos. Un amigo estrenaba carné de conducir y con su flamante vehículo nos llevaba a la cuadrilla a las fiestas de los pueblos vecinos. En los trayectos sonaba siempre la cinta de La vida mata (tercer disco del grupo), que mi amigo ponía una y otra vez, dándole la vuelta incansablemente en el radiocasete del coche (hasta que se arrancaran, si fuera necesario, los cachitos de hierro y cromo, como cantaba Kiko Veneno). Otro amigo que me visitó aquel año recuerda que le avisé de que ese verano nos habíamos motorizado y que íbamos a todas las verbenas en coche, pero que como peaje había que escuchar, invariablemente, a una banda de rock llamada Los Enemigos.

Es cierto que, cuando escuchas ese disco diez veces seguidas, puede llegar a cansarte, pero a la undécima, a la duodécima o a la decimotercera… te reengancha y ya no te suelta. La vida mata es una de las cumbres de Los Enemigos, teniendo en cuenta que su discografía es como el Himalaya: una cordillera repleta de altas cimas. En este disco se apartaban (sin abandonarlo del todo) del humor gamberro de sus dos primeros trabajos y Josele Santiago se ponía serio e, incluso, trascendente. Puede decirse que habían madurado: entre Un tío cabal (su segundo disco, 1988) y La vida mata (1990) se produce un salto evolutivo tanto en lo musical como en lo lírico. Las canciones incorporan más melodía, el sonido se sofistica y la producción se cuida más. Las letras juveniles y despreocupadas dejaban paso a las nuevas inquietudes del compositor, que empieza a tratar asuntos más sombríos y existenciales.

"Era rock, puro y desnudo rock, y eso significaba descargas de energía inconmensurables que electrizaban al público"

Cuando volvimos a Madrid, mi amigo y yo nos agenciamos La cuenta atrás (cuarto disco de la banda y otra cumbre que prolongaba la inspiración iniciada en La vida mata) y empezamos a ir a sus conciertos. Si nos gustaban en estudio, los directos de Los Enemigos nos galvanizaron. Eran más crudos, más potentes, con una energía que multiplicaba por diez lo que ya habíamos escuchado en sus discos. Por aquel entonces, Josele Santiago no se mostraba muy comunicativo en el escenario y delegaba esa tarea en Fino Oyonarte, pero las canciones en vivo sonaban salvajes, bestiales, brutales. Era rock, puro y desnudo rock, y eso significaba descargas de energía inconmensurables que electrizaban al público.

También hicimos un poco de proselitismo y reclutamos a algunos nuevos seguidores con los que íbamos a los conciertos en las pequeñas salas de Malasaña a botar y atropellarnos en el mogollón de los pogos que se montaban al pie del escenario. Después seguíamos por los pubs de la zona y discutíamos entre copas sobre el sentido de las letras de las canciones.

Josele Santiago es reconocido como un letrista fundamental de la música rock nacional, y buscar las claves de sus composiciones en aquella época nos parecía un tema de debate tan bueno como cualquier otro. Merece la pena detenerse unos instantes en algunas de sus canciones.

En el tema titulado “Septiembre”, la voz que habla es la conciencia residual de un joven suicida que se acaba de ahorcar, incapaz de soportar la presión de los exámenes finales: «¿Por qué estoy frío si hoy hace calor? / Yo iba a ser un gran tío, todo un ganador / ¿Será que no es lo mío esta competición? / ¿Por qué os reís tanto delante de Dios? / Delante de Dios…».

"La única ocasión que he tenido de hablar con Josele Santiago fue después de un concierto acústico que había dado con Pablo Novoa en un pueblo de Ciudad Real"

En “La cuenta atrás” ensaya el discurso de un padre a su hijo que deja atrás la infancia, y lo prepara para el mundo competitivo y exigente que le aguarda: «Debes ganar / y pisar fuerte, hay que impresionar. / Vas a flipar. / Tendrás que ser mejor que los demás. / Qué solo estás, / mi queridísimo hijo, mi chaval…».

En “Hasta el lunes” nos advierten sobre la vida adulta, las responsabilidades, las renuncias y los sacrificios que hicieron nuestros papás (¿por nosotros?): «En un mar de horas extras / es donde veranea papá, / bajo un sol fluorescente. / Papá… vuelve a hacer las cuentas cuadrar…».

“Por qué no me vuelvo al pueblo” es una canción liberadora y, precisamente, celebra haberse desprendido de las cadenas que esta sociedad (¿o somos nosotros?) nos impone: «Es tan grande la alegría, / la que nace del tesón, / es tan noble el día a día / de sol a sol. / Si es grande vuestra alegría, / y no os diré yo que no, / tan grande o más fue la mía, / el bendito día en que os dije adiós».

La única ocasión que he tenido de hablar con Josele Santiago fue después de un concierto acústico que había dado con Pablo Novoa en un pueblo de Ciudad Real. Le comenté que había pasado algunas noches (memorables, si hubieran sido menos etílicas) comentando sus letras y buscando referencias escondidas. Aproveché para preguntarle si, cuando en la canción “La otra orilla” cantaba «veo las fieras correr por allí. / Sé que me esperan a mí», se refería a la loba, el león y la pantera que aparecían en el Canto I de la Divina Comedia. Me agradeció que encontrara en sus canciones referencias tan ilustres, pero me contestó claramente que no (qué le vamos a hacer…).

Josele Santiago abordaba este tipo de temas en sus composiciones con Los Enemigos con un estilo inconfundible que combinaba lo castizo y lo lírico, utilizando un lenguaje coloquial y callejero muy expresivo que evitaba cualquier atisbo de grandilocuencia o sentimentalismo. Y esas letras se integraban cabalmente con el rock crudo y potente que constituía la seña de identidad del grupo, así como en la voz grave y áspera de su cantante, que reforzaba aún más su carácter directo y descarnado. Era una combinación perfecta, tan seca y contundente como un Dry Martini o un Old Fashioned.

"El tiempo es veneno y la vida mata. Naces con una bomba de relojería en el pecho que más tarde o más temprano te hará estallar el corazón. Es inevitable"

Ha pasado algún tiempo desde aquellas canciones, pero Los Enemigos siguen tocando juntos, grabando discos y dando conciertos (y eso es importante). Cuentan con un público muy fiel que continúa acudiendo a sus directos y, aunque ya no se montan pogos al pie del escenario ni hay gente brincando y las cabezas no son hirsutas sino más bien peladas, siguen generando y transmitiendo una considerable cantidad de energía en forma de rock. Yo me llevaré a la tumba la cañera interpretación de “Dentro” en un festival, hace ya unos años, en Aranda del Duero.

El tiempo es veneno y la vida mata. Naces con una bomba de relojería en el pecho que más tarde o más temprano te hará estallar el corazón. Es inevitable. Por prescripción médica van quedando atrás aquellos paraísos artificiales que aliviaron los sufrimientos y exaltaron los placeres (o viceversa). El rock and roll, el viejo y trasnochado rock and roll, no es la fuente de la eterna juventud, más bien lo contrario, pero sí puede servir en ocasiones como antídoto para el desgaste y como combustible para mantener el motor en marcha.

El último disco de la banda se titulaba Bestieza y fue número uno en las listas de ventas en España la semana del 13 al 19 de marzo de 2020 (¿les suenan de algo esas fechas?). Actualmente están grabando un nuevo disco que saldrá publicado (esperemos) a principios de 2026, coincidiendo con el 40º aniversario discográfico de la banda.

Si les gusta el rock, no se lo pierdan, Los Enemigos siguen dando caña, genuinos y fieles a sí mismos y a quienes los escuchamos.

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