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El valle inquietante

El valle inquietante

En los inicios de la robótica, se daba por hecho que la fabricación de unidades con aspecto humano favorecería la interacción con los usuarios. Sin embargo, no fue exactamente eso lo que ocurrió. La reacción de las personas hacia los robots mejoraba a medida que estos se iban pareciendo a ellas, pero solo hasta que se alcanzaba un cierto límite: el punto exacto en el que la máquina ya parecía totalmente humana pero no llegaba a serlo del todo. Tenía cuerpo y rostro humano. Tenía reacciones corporales y expresiones faciales, pero había sutiles diferencias que delataban su condición no humana y que despertaban una sensación de inquietud en los usuarios. Este punto de caída en la confianza hombre-máquina es lo que Masahiro Mori llamó “el valle inquietante”.

Según su hipótesis, llegaría un momento en el que seríamos capaces de fabricar robots tan similares a los humanos que serían indistinguibles, y solo entonces podríamos decir que habríamos superado el valle. El problema de la teoría de Mori era que no estaba basada en un estudio realizado a partir de muchos encuentros de humanos con robots. Era una conjetura que después ha resultado ser más o menos aceptada, aunque no del todo. Hay defensores y detractores. Aun así, ya ha sido aplicada incluso en campos no estrictamente robóticos, como la animación 3D, dando por sentado que un personaje robótico conectaría mejor con el público cuando no intentara hacerse pasar por humano o, por el contrario, conectaría completamente si se comportaba exactamente igual que una persona, de forma que no hubiera manera de diferenciar a uno de la otra.

"Ya está ocurriendo con las imágenes generadas por IA, que se acercan asombrosamente a ser reales, pero no llegan a serlo del todo"

Hay quienes han buscado explicaciones antropológicas al fenómeno del valle inquietante, insinuando que la reacción puede venir de una tendencia a separarnos de personas con comportamientos que no son del todo coherentes, porque nos resultan imprevisibles, porque creemos que pueden transmitir una enfermedad o porque representan, en general, un peligro al que no sabemos poner nombre.

Tal vez haya algo de eso o, tal vez, no haya absolutamente nada. Tal vez el valle inquietante sea una respuesta nueva a algo nuevo, igual que hemos tenido que acostumbrarnos a otras incertidumbres tecnológicas en el pasado, como la psicosis que tuvo lugar cuando se lanzó el satélite Sputnik y, por primera vez, había algo orbitando en el cielo además de la luna. Hoy en día sabemos que hay miles de objetos pasándonos sobre la cabeza y no nos preocupa lo más mínimo.

De hecho, volviendo al nivel del suelo, estamos a las puertas de otros valles inquietantes. Ya está ocurriendo con las imágenes generadas por IA, que se acercan asombrosamente a ser reales, pero no llegan a serlo del todo, y eso nos preocupa porque pensamos en todos aquellos que puedan darlas por auténticas o porque vemos venir el momento en el que nadie sea capaz de diferenciarlas. Tal vez cuando eso ocurra no nos preocuparemos ya por distinguirlas y nos acostumbraremos a desconfiar de todas y, al mismo tiempo, a disfrutarlas. Convertiremos todo lo que veamos en una pantalla en una ficción y valoraremos la realidad como el único espacio del que podemos fiarnos.

"Existirá un valle inquietante relacionado con el aislamiento, cuando queramos buscar momentos en los que seamos capaces de hablar sin ser escuchados por nadie que no sea humano"

El problema vendrá cuando sea la realidad la que se llene de ficción. Cuando tengamos a nuestro alrededor miles de objetos tan inteligentes como nosotros. Conviviremos con electrodomésticos con los que podremos tener conversaciones tan profundas como las que tenemos con cualquier humano, y es muy posible que eso llegue a despertarnos cierta inquietud. Ya está ocurriendo, y eso que, hoy por hoy, lo único que nos preocupa es que nos escuchen. Más adelante, el problema será mayor. Estaremos rodeados de aparatos que nos entenderán y podrán opinar. Las máquinas nos harán sugerencias, pondrán en cuestión nuestras ideas, nos harán dudar e influirán en nosotros, del mismo modo en que lo hacen las personas con las que hablamos a diario. Sentiremos lo mismo que sentimos cuando estamos con un grupo de gente, pero sin gente, y eso quizá nos encierre en pequeños momentos de desasosiego al percatarnos de que esas conciencias que están por todas partes no son humanas y que, en realidad, estaremos solos sin estarlo.

Es posible que entonces empecemos a valorar la auténtica soledad. Existirá un valle inquietante relacionado con el aislamiento, cuando queramos buscar momentos en los que seamos capaces de hablar sin ser escuchados por nadie que no sea humano, o, incluso, por nadie en absoluto. Vivir el privilegio de hablar con nosotros mismos, de escuchar nuestra propia voz a solas, en alguna habitación aislada de nuestra casa o marchándonos al campo, para estar seguros de que no haya ninguna máquina cerca que pueda atender a nuestros desvaríos, alejándonos del coche y del teléfono móvil. Alejándonos de todo y de todos.

Es lo que pienso ahora, en este presente en el que aún no ha ocurrido nada de eso, porque, tal vez, nada de eso llegue a suceder nunca. Tal vez el aislamiento de la propia voz no llegue a valorarse por los que nunca lleguen a conocerlo, igual que no echan de menos un cielo nocturno con colores los que siempre lo han visto en blanco y negro. Tal vez ese futuro tenga previstos otros valles inquietantes que ahora no soy capaz de imaginar y que solo llegarán a inquietarme a mí, que desde este presente en el que me hago preguntas, soy un anciano para ese futuro.

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