Se mire como se mire, en la sala de lobotomía quedan ya muy pocas plazas libres. En los rincones apilan los cuerpos, les cuelgan las cosas, de todas partes menos las orejas, que quisieran echar humo pero pasan desapercibidas. Hay una cola enorme, que se escurre hacia la calle, y las enfermeras reparten caramelos con grapas cristalizadas en su interior. Un intestino punchado hace que a uno se le extravíe la ambición de olvidar.
—Las luces fuertes me dejan atontado, y cuelgo como un pontonero —dice con parsimonia Mariano El Del Pendejo Colgante.
Agita, oscilante, la mano derecha con aplicada profesionalidad. Guarda una crema de mentol en el bolsillo trasero del pantalón, con la que se lubrica los agarrotados músculos. Su precisión es escalofriante, como si se cronometrara. Sabemos que Mariano El Del Pendejo Colgante es íbero, pero esos gestos de eficiencia soviética hacen recelar a Pistolera Congoleña. Por suerte ella es una pacífica moza armada con una Smith & Wesson que solo descarga en quien no lo merece.
Y a su juicio Mariano El Del Pendejo Colgante y su incansable cinética lo merecen más que nadie en esa íntima sala de juntas con urinario.
—Ah, así se queda uno, una, todos, listos para el golpe. La muerte más indolora. Indolorosa, que el dolor es una cosa insistente y es prudente ponerle prefijos que lo anulen en donde una pueda.
—¿De dónde sacas eso, Pistolera Congoleña?
A Coronel le gusta fingir control. Controlar a los otros, lo que hacen, lo que saben. Sueña con dominar lo que piensan sobre él. Lo único que el buen Coronel no se ha propuesto jamás es controlarse la vejiga. Casi parece que no le llega su propio olor a orina vieja, sulfurosa, que se atomiza como un buen virus, o el peo rosa de una gallina ponedora.
—Del moño, de la pistolera, del coño. Como a las pájaras que se les caen los huevos, así todo duros y sabrosos…
—Las cuelgan bocabajo, como a mí —las contribuciones de Mariano El Del Pendejo Colgante son bien recibidas.
—Eso, eso —aplaude Pistolera Congoleña—. Y cuando no se lo esperan.
—Estando relajado uno no se espera nada, digo yo.
—Coronel, es usted un bobo que solo sirve para soltar dinero y emponzoñar las mentes de los demás. Bocabajo una lo espera todo porque ya no le queda nada —Pistolera Congoleña acaricia acongojada su revolver. Desea que fuera un gato, pero es lo que es, un regalo de Coronel. Los gatos se quedaron espantados, no sabe bien si por Coronel, el badajo del otro, o si fue ella misma, que se empeñó demasiado en que no merecían un disparo.
—¿Cuándo le llega ese doctorado, estimado Coronel? —Mariano El Del Pendejo Colgante asoma la lengua entre un hueco que se obstina por existir en sus paletas. Así, paletas y paletos aguardan a que esa vena que late azul y rezuma colesterol se aplaque en la frente ancha y aburrida del interpelado.
—¡Es uno de verdad verdadero, que repetiré hasta que se vuelva tangible como los fósiles esos de la mona que te parió!
—Por supuesto, por supuesto, buen señor —asiente Pistolera Congoleña, temerosa de quedarse sin migajas o, peor, sin balas—. Lo invocaremos en los salmos dominicales hasta que sea cierto… hasta que los agujeros en las orejas sean un enorme socavón por el que entren todos sus diplomas.
—A mí con vaselina y mentol ya me vale —Mariano El Del Pendejo se libra del olor a orina del Coronel, pero necesita tanta pomada que los ojos le lloran y no percibe cómo Coronel intercambia una mirada con Pistolera Congoleña.
Por suerte para el bueno del señor del cipote ondulante Pistolera Congoleña está enajenada la mitad del tiempo y se procura medios por los que no estarlo de forma completa. A saber, ignorar el cincuenta por ciento de los inputs del Coronel, sonreír como una maníaca y repetirse que es una leona, aunque siempre que ruge lo que le sale del hueco del pecho sean voces de pollino. La voz de la momia influencer que fue su madre. Hasta que se fugó, la vieja, con el tumor de un grajo desplumado.
—Hay un rabino, ciego y negro, enorme, enorme como… como una mata de yuca, que se extiende hacia arriba porque no imagino cómo sería extenderse hacia abajo, que viene y me visita. —Ahora Mariano El Del Pendejo balbucea—. Me quiere enseñar lo que puede hacer con un tenedor y un poco de binchoatan…
—Con la bichota, con la bichota de quién, Mariano El Del Pendejo —se burla Pistolera Congoleña.
—No seas zafia Pistolera Congoleña, que este caballero es negro de verdad, no como tú, que estás desnatada, al dos por ciento, y lo que usa es un carbón exótico del Japón.
—Eso suena exquisito. Y doloroso. A mi padre, que le de descanso a diosito allá donde los dos se hayan fugado, le hubiera agradado.
Se pregunta Pistolera Congoleña qué más hubiera agradado al buen doctor, su padre, no el falso Coronel doctor, pero Pistolera Congoleña nunca fue buena aprendiendo de los demás. Y aunque vivió con su padre hasta que todos murieron, acariciando esa mortecina sombra de boca que vomita onomatopeyas, no es capaz de ponerse en la piel del viejo.
Coronel se recupera de la ignominia, aunque se promete vengarse y reclamar a esos dos las cafeteras Yorch Cluni que les regaló. Incluso los falsos relojes de asalto que le compró a un verdadero soldado con deudas muy elocuentes y unos dientes que no habían entrado en la pubertad.
—Llaman a la puerta. No podré contarles, ilustres, cómo el rabino me trincho un pedazo de pellejo y lo comimos, asado, quemado, crudo. Que delisia.
—Si es por la lobotomía, yo misma la puedo realizar —Pistolera Congoleña continúa, como Mariano El Del Pendejo, agarrada y presa de su propia extensión corporal, obsesiva, pero no tiene claro si esos dos merecen sus puntas de cobre cortadas.
—Quia, querida, mejor entremos todos en la ducha y…
—¿Y qué, buen Coronel? —Mariano El Del Pendejo salta ahora a la pata coja, sin dejar de menear el trasunto, para evitar llegar al final. Nunca, nunca jamás ha de conocer el desenlace, se dice, lo sabe, lo teme.
—Pues una tostadora de esas y un poco de esto… —señala la ducha, la alcachofa, colgante por su propio berenjenín de la pared.
—Nuestro buen Coronel no sabe qué cosa es la que sale de la hortaliza de la pared —se burla sin querer Pistolera Congoleña.
A Mariano El Del Pendejo se le agota la pata de tanto saltarla, y el muñón colgante se aburre, o renuncia a ser maltratado. Por lo que se contrae como deseando escapar de la mano con callos que lo sostiene y nunca lo tienta, y aunque recuerda algo de estar controlado por un cerebro, al bueno de Mariano El Del Pendejo se le secó hace tiempo cualquier masa blanca que no fuera la que se le acumula en las bolas. Y así, en un escape desesperado, ocurre una derrama fortuita, que no es de agua, pues la hortaliza de la pared sigue cerrada. Como en un cuento infantil enturbiado, las alubias mágicas bañan a todos en el baño, que para eso está, de un modo fluorescente y revivido.
Coronel se lamenta de no ser aún doctor, aunque sea de impostura, para lanzar toda su autoridad académica sobre el desdichado, que se mira la mano con la que ya no tiene nada que agarrar. Con el peso de la academia se le engrandecería el prestigio y ordenaría vivisecciones a siniestro y también a los diestros.
Pistolera Congoleña entra en mutis, pues en sus fueros más internos celebra un referéndum. Quisiera poder empezar a disparar a quienes lo merecen. Y no solo a quienes no. Pero una vocecita interna, como de coral de jejenes, le rebate “Chica, si cambias las normas, ¿cómo vas a disparar a tu amado, entonces?”. Esto es una cosa irrebatible.
Cubierta del todo, pegajosa como los tábanos veraniegos en una cinta adhesiva, Pistolera Congoleña se repite:
—Dispará primero, despues preguntá. Dos al bajo vientre, sin pensar. Retroceso. No hace falta un tercero. No lo merecé, pero sin la trinidad no se completa nada, y con la tercera en el pecho no se va a levantá.
Hay una cola que se alarga, otra que se fuga, y tres pacientes talentosos y afamados, que se preparan los cerebelos para una lluvia de propofol, estrellas y vivir en paz.


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