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Elena Lamarc nunca celebró el 8 de marzo

Elena Lamarc nunca celebró el 8 de marzo

Elena Lamarc nunca celebró el 8 de marzo, no estaba afiliada a ningún partido ni asociación y, nacida en los albores de la guerra civil, creció en una época sombría para las mujeres españolas. Sin embargo puede calificársela de revolucionaria. Su lucha individual nace de negarse a asumir el papel de víctima, de creer en sus posibilidades y no esperar a que nadie libre sus batallas. La trilogía de los Lamarc no la escribí con ninguna intención reivindicativa, pero sí con idea de reflejar la realidad de las mujeres empresarias y trabajadoras en la España franquista, de visibilizar una forma de luchar diferente a la que domina la corriente actual.

En los movimientos de lucha actuales se resta valor a la individualidad, la unión hace la fuerza, pero gracias a muchas mujeres que lucharon desde sus propias convicciones y medios hemos avanzado hasta donde estamos. Cada mujer que ha conquistado un espacio ha ganado una batalla para todas.

A Elena Lamarc, como a tantas mujeres de su época, su padre no le permite estudiar a pesar de haber demostrado sobrada capacidad para ello. Será su hermano, más débil de carácter y falto de interés por el estudio, quién se vea favorecido con el acceso a la formación. Pero ella no se frena, procura aprender lo que necesita para sacar adelante su proyecto.

"Elena Lamarc se desvive por hacer cosas, por progresar, por vencer, y olvida lo más importante: ser, vivir, disfrutar. Es un problema muy actual y que se ha convertido en punta de lanza de muchas reivindicaciones."

La legislación vigente regulaba que las mujeres fueran menores de edad perpetuas, incapaces de abrir una cuenta corriente o tener un talonario, de vender los bienes heredados sin permiso marital, obligadas a abandonar el trabajo al casarse si así lo decidía su marido, a tener que aguantar en caso de adulterio o arriesgarse a perderlo todo… Y ella busca la manera de vencer esos impedimentos, no se amilana ni se victimiza. La sociedad no acepta su forma de vivir, las vecinas la critican, la ven como un peligro, recelan, pero Elena no va a cambiar. No soporta hablar de papillas, de cómo almidonar los cuellos, de a cómo está el lenguado en el mercado. Tampoco presume del último disfraz hecho a su hija. Ella prefiere hablar de política, de economía, de la caída de la peseta o la subida de los tipos de interés. Una inadaptada para su época, que no encaja entre las mujeres de su entorno. Tampoco los hombres la aceptan. Demasiado decidida, demasiado carácter, demasiado igual. Los colegas la miran con recelo y muchos tardan en ver en la joven empresaria algo más que unas piernas bonitas o unos ojos verdes. Será ella quien les obligue a mirarla con otros ojos, a respetar su trabajo, a hacerle un hueco.

La vida no la trata bien, también ella comete errores, muchos, y se gana gran parte de las desgracias que padece. ¿Dónde está el equilibrio entre el triunfo profesional y el personal? Elena Lamarc se desvive por hacer cosas, por progresar, por vencer, y olvida lo más importante: ser, vivir, disfrutar. Es un problema muy actual y que se ha convertido en punta de lanza de muchas reivindicaciones.

Incluso la Iglesia le da la espalda cuando se ve ante el Tribunal de la Rota; no la escuchan, el único papel aceptado para la esposa es el de la sumisión ante la voluntad del marido. Le piden que mire a otro lado, la amenazan con perder a su hija; y esto pasaba. Tampoco claudica ante tan alta instancia y decide que el portazo lo da ella. No acepta imposiciones, la rabia ante las injusticias le dan la energía para derribarlas. Eso y el convencimiento de que tiene mucho que aportar, que no es menos que ningún hombre y está decidida a ganar la batalla de su futuro y su vida. No la frena un no ni se autocompadece ni se queja; no reclama privilegios, solo derechos. Trabaja, lucha, persevera, planta cara. Agotador, pero efectivo. Hoy estaría muy mal vista.

"La independencia económica no era una opción sino una obligación. Y mi padre opinaba exactamente igual."

Si bien la trama es ficción, muchos de los hechos narrados relacionados con la situación de la mujer están fundamentados en la realidad. Las referencias empresariales las saqué de la empresa que mi madre montó en los años 50, las situaciones que tuvo que superar y el proceso para arrancarla. También la información sobre los viajes a Oriente Medio y a Beirut están sacados de las misiones comerciales en las que participó en los años 70. Si tengo que pensar en una mujer representativa del espíritu feminista su imagen es la que primero me viene a la mente, antes que cualquier referencia política nacional o internacional. Y, sin embargo, a pesar de esa lucha, a pesar de las dificultades, nunca me habló de los hombres como si fueran el enemigo. Nunca me inculcó un sentimiento de bandos antagónicos. Crecí educada en la igualdad sin que esa palabra apareciera en ningún momento en casa. Se me educó para no depender más que de mi esfuerzo y capacidad. Siempre me repetía lo mismo: «Lo que metas en tu cabeza será lo único que nadie te pueda quitar». La independencia económica no era una opción sino una obligación. Y mi padre opinaba exactamente igual. No sé si fui afortunada, pero crecí sin complejos de género, sin sentirme inferior ni diferente en cuanto a las posibilidades de afrontar la vida, a pesar de ser consciente desde muy niña de que lo tendría más difícil que si hubiera nacido varón.

Mujeres como Elena Lamarc demostraron que podemos llegar donde nos propongamos, se ganaron el respeto de sus congéneres y sembraron el camino de la igualdad desde el trabajo diario, sin victimismos ni minutos en el telediario. Ahora nos toca a nosotras.