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Yo spameo, tu spameas…

Yo spameo, tu spameas…

Una de las bestias pardas de los autores es la promoción. Cuando todavía no has escrito tu primer folio y ves en televisión o en la prensa a un autor, te imaginas que eso es algo que mueven las editoriales, algo que ocurre de forma natural en el proceso de edición de cualquier libro y que cuando el tuyo vea la luz seguirá una senda bien trazada para darlo a conocer. La realidad es que son muy pocos los autores a quienes se dedican recursos para promoción ―por lo general, precisamente, a aquellos que menos lo necesitan pero más lo rentabilizan―. El resto del pelotón, si quiere sacar cabeza, tienen que echarle ingenio y gracia, como las Fallas, además de muchas horas, poca vergüenza y, a veces, incluso dinero.

Puede pensarse que no hay que preocuparse de eso, que lo importante es escribir. Y así es. Pero el trabajo de escritor cobra sentido cuando al otro lado de la obra se encuentra un lector. Pocos escriben para guardar su manuscrito en un cajón y legárselo a la familia en sus últimas voluntades. La mayoría tiene el deseo, incluso la necesidad, de que el fruto de su imaginación sea leído por otros, cuántos más, mejor, y a ser posible antes de la jubilación. Y eso no llega solo.

Las formas para conseguirlo son variadas.

El primer contacto con los futuros lectores suele ser la presentación. En contra de lo que puede parecer, muchas presentaciones las organiza el propio autor. La editorial da el placet ―a veces ni eso― siempre y cuando no les cueste dinero, que el sector está muy achuchado, ya tu sabes. Como si de un iceberg se tratara, la parte que se hace visible en el mundo literario es mínima frente a lo que queda sumergido en las aguas heladas. Y en esas aguas inhóspitas y solitarias no solo está quien empieza sino todos los que no llegan a las cifras de venta deseadas por la editorial, que de un tiempo a esta parte son cada día más. El caso es que con o sin apoyo logístico, nadie se resiste a iniciar la andadura literaria con una presentación, incluso aquellos para quienes hablar en público es una cruz. Hay que hacerse el ánimo y tirar adelante, porque de alguna forma hay que dar a conocer la obra. En tu ciudad las cosas son fáciles; quién más quién menos tiene familia, amigos, amigos de amigos, enemigos, curiosos y, conforme pasa el tiempo, lectores que le siguen ―los más difíciles de conseguir―. En mi primera presentación, presa de pánico escénico, temí estar sola. La sala elegida ―lo de esta editorial es una larga historia― se me antojó inmensa. Y me encontré con cerca de trescientas cincuenta personas y las que se quedaron en la calle. Terminaba de firmar pasadas las once de la noche (269 libros). Era mi primera experiencia y no salía de mi asombro.

"Si tienes que ir por libre, ¿hasta dónde llegar? ¿Te dedicas a viajar por toda España, con el coste que eso conlleva, y te arriesgas a no vender ni para cubrir la gasolina?"

Con el subidón en pleno apogeo es fácil imaginarse repitiendo la hazaña en otras ciudades. Pero la realidad te atropella pronto y, tras esas primeras y cálidas experiencias locales, vuelves a la tierra en dos viajes porque fuera de tu «plaza» la cosa se complica. Recuerdo una presentación de Las guerras de Elena en la FNAC de Marbella. Me habían insistido en ir aprovechando que presentaba en Málaga al día siguiente invitada por un club de lectura. Me introduciría una escritora autóctona con muchos contactos y la asistencia estaba «garantizada». Nunca lo está. Coincidió con otras dos presentaciones, una muy sonada, un evento musical y no recuerdo qué más. Terminamos siete en un corro de sillas ―las presentadoras y yo abandonamos el escenario― e improvisamos un miniclub de lectura sobre El final del ave Fénix, que ya habían leído. Lo pasamos bien, casi nos hicimos amigas, pero no se habría justificado el viaje de no tener al día siguiente el compromiso de Málaga, que fue bien distinto y la afluencia masiva.

Si tienes que ir por libre, ¿hasta dónde llegar? ¿Te dedicas a viajar por toda España, con el coste que eso conlleva, y te arriesgas a no vender ni para cubrir la gasolina? Con suerte se puede conseguir una columna en la prensa local anunciando la presentación o una crónica posterior, y ser visible ante nuevos potenciales lectores. ¿Seleccionas cuatro o cinco destinos donde cuentas con amigos y conocidos suficientes para no hacer el ridículo? ¿O te conformas con quedarte en casa mientras la editorial no se implique ―eufemismo― en el proyecto? Todas las decisiones tienen sus pros y contras y, excepto la última, su coste para el autor. A veces los lectores preguntan por qué no vas a su ciudad, insisten con cariño hasta el punto en que se siente que les estás fallando. Pero la cuenta del banco y experiencias anteriores previenen de la locura de embarcarse en un nuevo desplazamiento.

Superadas las presentaciones ―o solapada con ellas―, el libro necesita ayuda para aguantar en las librerías o en las listas de libros digitales. Una puede ser conseguir una reseña en un medio de comunicación o en alguno de los muchos blogs que se han popularizado ―no entro en ello porque ya lo traté en otro artículo, De críticos y blogueros―; y otra ayuda es la cruz de escritores y lectores: la publicidad más o menos clara, más o menos encubierta, en redes sociales, que, en el peor de los casos puede degenerar en el famoso spam. Esto se da sobre todo con los libros digitales y merced a la guerra brutal de precios y oferta que se da en las principales plataformas de venta. Para muestra un Black Friday cualquiera.

"Antes un escritor se dedicaba a escribir y a trabajar en aquello que le daba de comer. Hoy en día, además, tiene que ser publicista y community manager."

Tengo compañeros escritores con decenas de miles de seguidores que proclaman la efectividad de la publicidad continua, y no es que lo afirmen, es que las ventas les dan la razón porque siempre se mantienen de media tabla para arriba ―en digital, insisto―. Hace falta mucho tiempo y espaldas anchas para conseguir resultados. No puedo hablar por otros escritores, pero en mi caso, por poco que haga, ya me parece excesivo. Da igual que cambies el mensaje, que cambies el enfoque, cada vez que lanzas una recomendación de tu propia obra muere un gatito en tu interior, y un gatito muerto ya son demasiados. Sin embargo, por excesivo que parezca, nunca es suficiente. Hace unas semanas acudí a la presentación de una amiga ―esa es otra realidad: un elevado porcentaje de quienes acuden a las presentaciones son colegas escritores―, y una de las asistentes, tras comentarme feliz cómo le habían gustado mis dos primeras novelas y aclararme que me sigue en redes sociales, me preguntó cuándo salía la tercera. La tercera se publicó en diciembre de 2015 y, desde entonces, he ido dando noticias con mejor o peor fortuna ―parece que con peor― relacionadas con la novela: presentaciones, sorteos, promociones, clubs de lectura… Pues a pesar de esto, a pesar de que siempre parece demasiado, no se había enterado de la publicación de mi última novela.

Black Friday

Antes un escritor se dedicaba a escribir y a trabajar en aquello que le daba de comer ―la literatura da de comer a muy pocos escritores―. Hoy en día, además, tiene que ser publicista y community manager. Aquella imagen de la profesión de escritor asociada a perfiles solitarios e incluso gruñones está en vías de extinción. Comentaba un autor en otra presentación reciente que hemos pasado de que los fans se emocionen al verse respondidos por el autor en persona, a que sea el escritor quien le enseñe a la familia, también emocionado, cómo le ha escrito un lector para felicitarle por su trabajo.

"Incluso los consagrados tienen que tocar tierra y darse de alta en alguna red social para acercarse a los lectores. Lo de quedarse en el Parnaso es de otra época."

Dejando fuera al porcentaje mínimo de autores que sí viven de la literatura y a quienes su editorial les hace el trabajo de promoción, el resto tiene que dedicar muchas horas a una labor que para muchos es tediosa o ingrata. Incluso los consagrados tienen que tocar tierra y darse de alta en alguna red social para acercarse a los lectores. Lo de quedarse en el Parnaso es de otra época.

Mantener ese ruido constante alrededor de las obras para hacerlas visibles puede llevar al paroxismo. Se comentaba de una autora americana autopublicada, y que llegó a vender un millón de ejemplares, cómo, durante el lanzamiento de su novela, estuvo meses sin moverse del ordenador más allá de tres o cuatro horas al día para dormir. Leyenda urbano-literaria o realidad, es una locura que puede acabar con uno y tengo casos próximos que han estado cerca de ello. Son muchos los que al final del día dedican más horas a pensar frases ingeniosas, a hacer pósteres, carteles, diseñar sorteos, booktrailers, concursos, contestar mensajes de lectores y, en definitiva, a recordar que existen, que a escribir. Como comentaba la escritora Mayte Esteban en un artículo de su blog El espejo de la entrada Novelas 2.0―, pensaba que escribir era otra cosa.

Y todo por conseguir un lector más que permita, algún día, dejar de hacer todo esto para centrarse en lo que realmente se desea, escribir, y a lo que tanta interferencia puede llegar a ahogar.