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Eliseo Reclus atisba su quimera

Otro diecisiete de agosto, el de 1855, hace hoy ciento sesenta y siete años, el geógrafo anarquista Eliseo Reclus navega a bordo del Philadelphia. Tiene ganas de desembarcar. Se impacienta. Aunque es francés se hace imposible llamarle Élisée desde que empezó a figurar como Eliseo en sus primeras traducciones españolas. Por citar una, valga la de los seis volúmenes de la Novísima geografía universal (1875-1894), dada a la estampa por la editorial Prometeo en la Valencia de 1906. Fue debida a Vicente Blasco Ibáñez y el geógrafo reclusiano español Alberto Carsi.

Pero el que se impacienta en aguas caribeñas, deseando pisar tierra en Nueva Granada, es el joven Reclus. Casi todo está por escribir, su historia está por hacer y, desde el barco, puede contemplar algunos restos de lo que fue la América española. Mientras duró su opulencia, entre los siglos XVI y XVIII, Portobelo —en la costa norte del istmo de Panamá— fue uno de los puertos más importantes para la exportación del oro del Virreinato del Perú y la plata de Nueva Granada. Sí señor, fue el punto de partida de la Flota de Indias hacia España.

"Eliseo Reclus ya empieza a considerar que la formación del istmo fue uno de los acontecimientos geológicos más importantes de los últimos sesenta millones de años"

Barrido por el viento de la historia aquel antiguo esplendor, la prodigiosa vegetación del istmo se ha ido enseñoreando de las ruinas del Castillo de San Jerónimo, como lo hace en esos templos abandonados y poblados por los monos de las junglas del Punjab, de los que nos habla Kipling. O mejor aún, como se adueña inexorable de los restos mayas del Yucatán. Nuestro viajero apenas repara en el estado del Castillo —o fuerte, como aún le llaman algunos—, por mucho que sea un excelente ejemplo de la arquitectura colonial castrense.

Parece más acertado apuntar que Eliseo Reclus ya empieza a considerar que la formación del istmo fue uno de los acontecimientos geológicos más importantes de los últimos sesenta millones de años. Un vistazo a cualquier atlas es suficiente para advertir que se trata de un fragmento de tierra muy pequeño en comparación con las dos Américas que separa. Sin embargo, dicen los sabios que tiene un impacto grandísimo, tanto en el clima del planeta entero como en el medio ambiente. Al actuar de dique de contención entre el Atlántico y el Pacífico, desvía sus corrientes. Las de aquél se desplazan hacia el norte, originando al hacerlo la llamada Corriente del golfo. Fluyen así las cálidas aguas del Caribe al noroeste del Atlántico y, en consecuencia, el clima del noroeste de Europa aumenta en torno a diez grados. ¡Vaya que sí! Creo no exagerar al sostener que fueron estos y otros asuntos, también anteriores a la humanización del paisaje, los que llevaron al joven Reclus al istmo de Panamá.

"Ese pequeño trecho que separa Portobelo de Aspinwall es el último tramo del cabotaje del Philadelphia con el geógrafo a bordo"

La excitación de la inminente llegada le ha tenido en vela toda la noche. Pero ha sido una vigilia esperanzada, en gran medida pasada en el castillo de proa del Philadelphia, el vapor que le ha traído a Nueva Granada desde Nueva Orleans. Ha sido una noche acompasada por el rumor de las olas. El intento de otear el horizonte a través de la oscuridad, unido a la brisa marina que acariciaba sus sienes, le ha tenido sumido en un estado próximo al que da el don de la ebriedad:

“La masa de montañas estaba sumergida aún en la sombra, pero, gradualmente, la luz descendía a lo largo de sus faldas y coloreó de un tinte azul las cimas lejanas, mostrando en las escarpas más próximas los bosques extendidos como un espléndido manto de verdura, y mezclando algunas ráfagas rosadas a la capa de nieblas que reposaba entre la ribera del mar y el pie de las colinas”, escribe el viajero en el primer asiento de su crónica. La traducción —como denota lo del “manto de verdura”—, es de esas antiguas.

"A medida que la niebla se vaya despejando no deberán faltar huecos por donde aquellos rayos prodigiosos vayan penetrando"

Todo el que sea consciente de cómo un simple rayo de sol puede llegar a ser capaz de sintetizar por sí solo toda la grandeza del alba en el hemisferio, que imagine también lo que puede ser ese mismo rayo despertando la jungla de la ribera del caribe en esa cincuentena de kilómetros que, mediado el siglo XIX, separaban Portobelo de la entonces conocida como Aspinwall. Llamada así en honor de William Henry Aspinwall, uno de los directores de la Pacific Mail —empresa que financiaba la compañía del ferrocarril de Panamá—, en 1890, para el ya gobierno colombiano, será un acto de afirmación nacional llamar Colón a la ciudad alzada sobre la isla de Manzanillo para acoger la terminal atlántica de la Pacific Mail. Por el momento, ese pequeño trecho que separa Portobelo de Aspinwall es el último tramo del cabotaje del Philadelphia con el geógrafo a bordo.

Cuantos han asistido al espectáculo del rayo singular, iluminando un pequeño fragmento de la inmensa vegetación, aseguran que es suficiente para formar una estampa ideal de los trópicos. Ese día como hoy, cuenta nuestro viajero, despertó nublado. A medida que la niebla se vaya despejando no deberán faltar huecos por donde aquellos rayos prodigiosos vayan penetrando.

“Bien pronto este velo de vapor se rasgó, dispersó sus jirones alrededor de los arrecifes y por la superficie de las andas; y nos mostró la extensa obra de Aspinwall o Navy-Bay, muellemente tendida entre los dos verdes promontorios del [río] Chagres y la [bahía] de Limón”, prosigue el geógrafo su relato.

"La antigua América española aún es la tierra de las utopías. Allí imaginó Tomás Moro la suya, a unas quince millas al norte de Sudamérica"

Decididamente, la sensación que nos produce un lugar es bien distinta, radicalmente opuesta, según arribemos allí en el ocaso o de amanecida. Esos bosques tropicales, que llegan hasta la mismísima costa frente a la que acaba de discurrir el cabotaje del Philadelphia, vistos al anochecer hubieran sido tan temibles como cualquier bosque de Europa cuando caen sobre él las sombras.

La llegada a puerto es jubilosa, entre otras cosas, porque coincide con el clarear del día. “Los rayos del sol que nacía se deslizaron oblicuamente sobre las olas e, hiriendo apenas sus crestas, cambiaron en una larga lista de oro la blanca espuma que orlaba los muelles de Aspinwall”. En efecto, cuando al fin tomó tierra en el puerto, Eliseo Reclus experimentaba una sensación muy próxima a la embriaguez. Desde que abandonó Francia en 1852, cuando se impuso el exilio tras encabezar en Orthez —junto a su hermano Elías— el levantamiento contra Luis Napoleón —el presidente de la república que, tras el golpe de estado del dos de diciembre de aquel año 52 se convirtió en el emperador Napoleón III—, acaricia la idea de fundar una explotación fraterna, una suerte de falansterio.

La antigua América española aún es la tierra de las utopías. Allí imaginó Tomás Moro la suya —que publicada en 1516 da nombre a todo el género—, a unas quince millas al norte de Sudamérica, a la que otrora estuvo unida por un istmo.

"En Nueva Granada, el patuá empezaba a escucharse entonces en boca de los trabajadores procedentes de la América insular"

El exilio del viajero ha discurrido por Inglaterra, Irlanda —donde fue testigo de los estragos que aún causaba la hambruna de 1847—, y Estados Unidos. Allí ha visto el funcionamiento de esa “funesta institución” que es la esclavitud. No cabe duda, le lleva a Nueva Granada, más concretamente a su Sierra Nevada de Santa Marta, una utopía.

“Apenas desembarcamos, los trescientos pasajeros del Philadelphia fuimos asaltados por una multitud de hombres de todas las razas y de todos los países: negros de Jamaica, Santo Domingo y Curazao; chinos, americanos, irlandeses que hablaban o marmoteaban cada uno en su lengua o en su patuá, desde el francés o inglés más puro hasta el papamiento más corrompido”.

El patuá, o criollo caribeño, es un idioma hablado; escrito apenas. Nacido del pidgin habido entre el inglés y las lenguas africanas, su vocabulario no carece de aportaciones francesas y españolas. Su origen está en Jamaica, pero también se chamulla misterioso, con sus modismos y respectivas particularidades, en las Barbados, Trinidad y Tobago y las Bahamas.

En Nueva Granada, el patuá empezaba a escucharse entonces en boca de los trabajadores procedentes de la América insular, que menudearon entre los contratados para la construcción del ferrocarril transcontinental que atraviesa el istmo.

El papamiento, explica el propio Reclus, “es una mezcla de palabras españolas, holandesas, francesas, inglesas y caribeñas que sirve de lengua franca en las Antillas holandesas y en las costas de Colombia”.

"Muchos de los primeros anarquistas aprendieron esperanto a la espera de que llegase un tiempo en que este idioma universal sustituyese a la lengua materna de cada uno"

Semejante variedad lingüística, buscando jovialmente el mutuo entendimiento, fascina a nuestro recién llegado apenas comienza a dar cuenta de ella. Experimentando aún la embriaguez procurada por su primer amanecer en el trópico, y sumado todo ello al deseo largamente acariciado de conocer el istmo, al fin satisfecho…

Si creo que fue entonces cuando Eliseo Reclus atisbó por primera vez la Utopía, la quimera, fue porque aquel afán del paisanaje por entenderse, mientras humanizaban un paisaje, aún virgen en muchos aspectos, lo merecía. Al geógrafo debió de parecerle que aquella alegre algarabía se alzaba contra el relato del Génesis que nos habla de cómo Yahveh, el dios de los hebreos, enojado por la soberbia de los hombres, quienes se aplicaban en la ciudad de Babel en la construcción de una torre capaz de alcanzar el cielo, decidió que, a partir de entonces, comenzasen a hablar distintas lenguas. De este modo no podrían entenderse y llevar a cabo sus industrias.

En su cosmovisión fraternal, muchos de los primeros anarquistas aprendieron esperanto a la espera de que llegase un tiempo —destruido el antiguo orden y quemado su último mapa— en que este idioma universal sustituyese a la lengua materna de cada uno. Habría de ser un paso más hacia esa Acracia en la que todo habría de funcionar mediante el apoyo mutuo, esa energía que definían tan armoniosa como el caudal de un río y la dinámica de la rueda hidráulica. ¡Demasiado ingenuo para nuestros días!

El atisbo, la visión de la quimera, duró lo que una multitud de desdichados, que no eran otros que los mismos que hasta unos segundos antes se afanaban en enmendar la maldición de Yahveh, tardó en caer sobre los recién llegados.

"Todo lo visto en este viaje será una fuente inagotable de experiencias para sus futuros trabajos sobre geografía humana, geografía económica y geografía social"

En efecto, debió de ser tal y como cuentan las crónicas que hacían los golfillos de la calle, prestos a ofrecerse como guías de los viajeros occidentales, apenas arribaban estos últimos a las ciudades de los países árabes. En aquella ocasión, los pasajeros del Philadelphia fueron arrastrados casi por la fuerza, separados unos de otros tumultuosamente, y llevados a los innumerables hoteles, posadas, fondas y demás alojamientos que ya se ofrecían al visitante de la aún incipiente ciudad de Aspinwall.

Dos años después, tras una serie de intentos fallidos, a veces por la mezquindad de aquellos a quienes se ve obligado a recurrir, otras por lo impracticable que resulta poner en marcha la explotación imaginada en las laderas de la Sierra, Reclus ha de volver a Europa. Pero todo lo visto en este viaje será una fuente inagotable de experiencias para sus futuros trabajos sobre geografía humana, geografía económica y geografía social. Disciplina, esta última, que se base en los estudios que relacionan la sociedad y el territorio, interesándose en cómo la sociedad afecta a los factores geográficos y como estos últimos interactúan con la sociedad. Ciencia que tendrá su principal impulsor en Eliseo Reclus. Así se escribe la historia.

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Héctor
Héctor
1 mes hace

Hermosa prosa la del Sr Eliseo Reclus, armoniosamente descriptiva. Me gustó su historia.