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Ramón Acín piensa entregarse a sus asesinos

Ramón Acín piensa entregarse a sus asesinos

Otro tres de agosto, el de 1936, hace hoy ochenta y seis años, España está inmersa en una de las mayores carnicerías de su historia: la Guerra Civil. La vesania con la que se mata, no ya en el frente, en ambas retaguardias, tiene impresionados a los observadores extranjeros. Los más ecuánimes, ante la saña sin medida con la que se asesina impunemente, a quien haga falta, tanto los que están librando una cruzada como los que están haciendo su revolución, olvidan la diferencia que hay entre atacar y defenderse. Los garrotazos de la riña entre paisanos pintada por Goya se quedan en nada comparados con los bombardeos de la población civil en los días de mercado, y tampoco son nada esos golpes que nos presenta el artista si se les confronta con la suerte que los chequistas dispensan a quienes van a misa. Los españoles han decidido resolver sus rencillas sociales por la tremenda y, cuando vengan los sabios a escribir la Historia, sólo explicarán la crueldad de estos días como un preámbulo de toda la barbarie de la Segunda Guerra Mundial.

Ramón Acín Aquilué, como Goya, es otro artista aragonés. Pero, a diferencia del de Fuendetodos, nunca ha sido, ni por asomo, un pintor de corte. Todo lo contrario, Ramón Acín es un militante confederal, un libertario, un insurrecto. Pero no como los alzados contra la República, un insurrecto contra toda autoridad que hoy teme por su vida. Apolítico y ateo, como el anarquista que es, sabe que la emancipación del ser humano está en la cultura, que no en la política, que aboca a la gente a la barbarie, como la desatada este verano en todo el país. Por eso, por su amor a la cultura, ha sido el productor de Las Hurdes, tierra sin pan (1933), el impresionante documental que don Luis Buñuel dedicó a la región más deprimida del país. Amigo del gran cineasta, le prometió que si le tocaba la lotería le financiaba una película. Y quiso la suerte que el gordo de Navidad fuese a parar a Huesca y que Ramón Acín llevase una participación.

A diferencia del común de sus compañeros en la CNT, el singular productor es de orígenes burgueses. Nacido en Huesca en 1888, su padre, Santos Acín, fue un ingeniero agrónomo que pudo ponerle un profesor de dibujo cuando el pequeño Ramón sólo contaba diez años.

"El movimiento obrero español es anarquista. Al comenzar la guerra, la CNT cuenta con un millón de militantes. Frente a la Confederación Nacional del Trabajo, los comunistas son una minoría al servicio de Stalin"

No mucho después, en el instituto oscense, trabó amistad con Felipe Alaiz. No hay constancia de que este último, su biógrafo y uno de los cenetistas históricos del alto Aragón, ya estuviera en “La Idea”. “La Idea” llaman los anarquistas españoles al anarquismo desde que el italiano Giuseppe Fanelli, enviado por el mismo Bakunin, se reunió con un grupo de internacionalistas en el Madrid de 1868. Es todo un misterio que La Idea arraigase como lo hizo en España, puesto que ninguno de aquellos primeros amigos de la Internacional hablaba italiano y Fanelli no sabía nada de español.

Pero lo cierto es que La Idea arraigó en España como sólo lo hizo en la Ucrania de Néstor Majnó. El movimiento obrero español es anarquista. Al comenzar la guerra, la CNT cuenta con un millón de militantes. Frente a la Confederación Nacional del Trabajo, los comunistas son una minoría al servicio de Stalin. En mayo del 37, con el Zar rojo enseñoreado de la república española por ser la URSS la única potencia extranjera que envía armas a Madrid, la represión contra el movimiento libertario desatada en Barcelona por el PCE, el PSUC, la Generalidad de Cataluña y el gabinete de Juan Negrín pondrá fin desde la retaguardia al anarquismo histórico español, mientras que desde la vanguardia lo hace el fascismo.

Pero aún quedan unos meses de utopía, porque como en la Ucrania de Majnó, en España —en una parte de Aragón, por mejor decir—, allá por donde pasa la columna Durruti, matan al cura y a los fascistas locales, suprimen el dinero, convierten la iglesia en un almacén y los pueblos se transforman en colectividades libertarias.

"Pese a que puede decirse que hablamos de un anarquista nato, lo cierto es que la CNT fecha su militancia en La Idea en 1913, cuando comienza a publicar la revista La Ira"

Acín piensa que es una lástima que los compañeros se hayan quedado en Pina de Ebro (Zaragoza). Cuando los anarquistas de otros puntos de Aragón se acercan hasta la columna a por armas, los de Durruti se las dan. En realidad, los fusiles les sirven de muy poco. No son estrategas, son revolucionarios y tienen que enfrentarse a un enemigo, en muchos casos, curtido en las crueldades de la guerra colonial.

Tras haber asistido a las clases del maestro Lafuente, Acín fue bohemio en el Madrid del año 10. Becado por la diputación de Huesca unos meses después, alterna su estancia en la capital —donde llegará a instalarse en el mismo torreón de la calle Velázquez que posteriormente será la vivienda de su amigo Ramón Gómez de la Serna— con temporadas en Toledo —la ciudad favorita de don Luis Buñuel—. Antes de emplearse como profesor interino de Dibujo, en la escuela Normal de Huesca, trata a Federico García Lorca. Probablemente, se lo presenta don Luis.

Afincado en la Huesca de los primeros años veinte, allí se hace notar tanto por su arte como por su cultura. Pese a que puede decirse que hablamos de un anarquista nato, lo cierto es que la CNT fecha su militancia en La Idea en 1913, cuando comienza a publicar la revista La Ira. Ya en el 19, asiste a un congreso de la CNT y mitinea a favor de los presos ácratas. En el 22 hace su primer relieve en barro, un busto del escritor, periodista y jurista Luis López Allué. En octubre de ese mismo año abre una academia de dibujo en su domicilio y en enero del 23, se casa con Conchita Monrás. La cárcel la pisa por primera vez en el 24, tras haber publicado un artículo —Por indulto y por humanidad— en el que pide la libertad para su amigo, el escritor y dibujante Juan Bautista Acher, condenado a muerte por la dictadura de Miguel Primo de Rivera.

"Al estallar la guerra, el artista, junto a otros cenetistas, va a pedir armas al gobernador de Huesca. La autoridad, que teme más a los libertarios que a los alzados, se las niega"

Al salir del trullo, se impone ese exilio parisino, casi preceptivo entre los libertarios, gobierne quien gobierne en España. La azarosa vida del militante confederal no resta tiempo a su trabajo artístico, reconocido incluso por las instituciones burguesas. En la capital francesa, por medio del gran don Luis, Ramón Acín entrará en contacto con los vanguardistas. La obra y las detenciones se suceden. La República, que tras el golpe de los militares tendrá a sus primeros defensores en los anarquistas —el mismo Lluís Companys lo reconocerá el 20 de julio de 1936— no tarda en comenzar a reprimir a sus futuros salvadores. A nuestro artista lo encarcela por primera vez en marzo del 32, devolviéndole a la trena en julio y diciembre del 33, “dentro de las campañas de amedrentamiento hacia la CNT en Huesca”, escribe Miguel Íñiguez en su Esbozo de una enciclopedia histórica del anarquismo español (Fundación de Estudios Libertario Anselmo Lorenzo, Madrid, 2001).

Las decenas de hagiógrafos de Azaña, entre quienes destacan los hispanistas británicos encargados del relato de la contienda por la nueva España oficial, lo negarán. Pero los anarquistas están convencidos de que el entonces presidente del Consejo de ministros mandó reprimir a sus compañeros de Casas Viejas con aquel “Ni heridos ni prisioneros. ¡Tiros a la barriga!”. Así es como las gasta la República, que se dice de trabajadores de todas clases, con los libertarios. Pero Ramón Acín sigue trabajando en la obra tanto como en La Idea. Ni una ni otra se ven mermadas por la saña gubernativa.

"Si no fuera porque los anarquistas no tienen cosas de esas, podría decirse que Ramón Acín entregó el alma el mismo día seis. A sus asesinos les faltó tiempo para matarle. A Conchita, su mujer, le quitaron la vida quince días después"

Al estallar la guerra, el artista, junto a otros cenetistas, va a pedir armas al gobernador de Huesca. La autoridad, que teme más a los libertarios que a los alzados, se las niega. Asegura que todo está bajo control. Horas después, los franquistas se hacen con la ciudad y empieza la represión. Ramón Acín logra esconderse. Pero Conchita Monrás no está con él. Y en un día como hoy, el productor de don Luis Buñuel piensa más en la suerte de la compañera de su vida que en la suya. Fue el propio cineasta uno de los primeros en contar el momento estelar de Acín, cuando estas cosas apenas se podían decir.

El día seis, enterado el anarquista de que sus enemigos tenían prisionera a su mujer, que amenazaban con matarla si no se entregaba, aquel sin dios se ofreció en holocausto a sus asesinos, como aquel tipógrafo leridano del que nos habla Félix de Azúa en su Canción de los subversivos alcoyanos a sus compañeros que iban a ser fusilados en Valencia (1869), otro libertario que, antes de ser pasado por las armas contra la tapia de un cementerio, gritó: “¡Abajo los tres reinos de la naturaleza! ¡Viva el perder!”

Si no fuera porque los anarquistas no tienen cosas de esas, podría decirse que Ramón Acín entregó el alma el mismo día seis. A sus asesinos les faltó tiempo para matarle. A Conchita, su mujer, le quitaron la vida quince días después. No se sabe si fue la misma cuadrilla de matarifes —con lo que su villanía hubiera sido aún mayor— o cualquier otra, ignorante de la valentía de Ramón Acín, cualquier otra de las muchas que mataban gente en ambas retaguardias, en esa carnicería que asolaba a España otro verano tan caluroso como este, el de 1936.

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