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Elogio de la portada cruda

La vida lleva aparejada un porcentaje considerable de dolor, las calles están plagadas de no pocos hijos de puta, ahí afuera hay hambre, guerras, enfermedad o miedo. No hay que ser Schopenhauer para certificar estas afirmaciones, no es una opinión personal ni pretendo abrir debate en torno a ellas, sólo hay que echar un vistazo a las noticias para comprobarlo. Y aludo a las noticias periodísticas con toda la intención del mundo: ellas son las encargadas de hacernos ver lo que a menudo la serotonina oculta. Es su deber, y quien quiera darle la espalda a esa realidad sólo tiene que apagar el televisor, quemar el periódico en una pira o apagar el wifi de casa. Sin esa información y con la dosis necesaria de suerte personal, usted puede vivir ajeno al dolor tranquilamente.

"El debate ético es muy pertinente: me parece tan legítimo exigir el detalle de esa miseria como rechazarlo. Mi opinión: el periodismo tiene que mostrar esa desgracia"

Pero si por azar es usted uno de esos seres que compra religiosamente el periódico, acude puntual a su portal de noticias o sintoniza el telediario de cabecera cada día, entonces encontrará una buena porción de esa realidad oscura de la que hablaba. El debate ético es muy pertinente: me parece tan legítimo exigir el detalle de esa miseria como rechazarlo. Mi opinión: el periodismo tiene que mostrar esa desgracia. Y yo, que creo en una palabra más que en mil imágenes, no hablo sólo de instantáneas. En el XIX, con el naturalismo en pleno auge, las crónicas sobre desastres incluían todo tipo de detalles, la realidad era prolija, la sangre pasaba por sangre, la muerte por muerte. En esta época que nos ha tocado vivir, en la era de la imagen, estos detalles narrativos han sido sustituidos por fotografías y vídeos que retratan esa realidad sin pasar por la tinta. Creo en la necesidad de conocer esta realidad, la retrate Capote en A sangre fría o un fotógrafo de Reuters.

"Hubo quien aplaudió la foto en portada de El País en tiempos del 11-M, con sus vísceras y su sangre en primer plano, y ahora critica la que muestra El Mundo"

Ahora bien, esta teoría parte de una premisa: acepto toda opinión que esté basada en la ética particular de quien la exponga. Lo que no es de recibo es que esos valores morales giren en función de qué medio publica la dichosa foto, en función de quién o quiénes están en el gobierno y en la oposición. Dicho con palabras llanas: hubo quien aplaudió la foto en portada de El País en tiempos del 11-M, con sus vísceras y su sangre en primer plano, y ahora critica la que muestra El Mundo; como hay quien recorre el camino contrario: en contra de la foto cuando perjudicaba a un gobierno de derechas, a favor ahora que gobierna la izquierda. Esta deontología que sólo depende de lo mucho que permita bufandear al vocero de turno me provoca náuseas. Y, además, da respuesta a otra pregunta: ¿Por qué Aylan ahogado en Turquía o los hombres cayendo desde un octogésimo piso en el World Trade Center no agitaron tanto el avispero? Fácil: porque no había una trinchera enfrente a la que arrojar con saña esa realidad que algunos quieren evitar. Decía Schopenhauer, organizador del pesimismo moderno, que el dolor es lo que le da sentido a la vida. En este escenario patrio no es el dolor lo que da sentido a esas portadas, sino la actitud servil de quien las mira.

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