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Emily Ruskovich: «Las redes sociales abaratan la vida de la gente»

Emily Ruskovich: «Las redes sociales abaratan la vida de la gente»

Fotografía de portada: © Sam McPhee

Cuando sabemos de un hecho trágico enseguida nos posicionamos. Todo es sencillo. No hay aristas. Ni otros colores que el blanco y el negro. Tenemos un A) culpable al que repudiar; B) una víctima a la que santificar y C) una serie de personajes que pululan por la narrativa del suceso y que en cualquier momento pueden estar en el primer grupo o el segundo: padres, madres, amigos, familiares, periodistas… Emily Ruskovich pone patas arriba nuestra escala de valores, derrumba los cimientos de nuestras convicciones y nos hace ver los hechos con diferentes objetivos fotográficos, en Idaho (Random House, 2022), su colosal debut en el mundo de la novela. Este libro, sin embargo, no es un acercamiento al verdugo para blanquear su papel en el crimen buscando las raíces del mal en los factores sociales, culturales y ambientales; esta novela es una visión en tres dimensiones de una tragedia, en la que cada personaje muestra sus miserias y grandezas sin discursos ideológicos.

Ruskovich nos administra la información con cicatería, haciéndonos disfrutar de su magnífica prosa en el camino a la verdad. En su literatura, cada coma está pensada de antemano. Todas las bombas que la escritora entierra en los párrafos de la novela han sido dispuestas con gran precisión, para que sean detonadas en su momento justo. El engranaje de la trama funciona como las piezas de un dominó kilométrico que se activa con el olor de unos ratones quemados en el interior de una camioneta abandonada. El brillante debut de esta escritora norteamericana, premiada con el International Dublin Literary Award en 2019, discurre por las agrestes montañas de Idaho, en medio de una naturaleza salvaje en la cual los protagonistas intentan sobrevivir a sus recuerdos —Jenny—, a la pérdida de memoria —Wade— y a la falta de conocimiento de lo que pasó aquel fatídico día —Ann—. Idaho es un puzzle ensamblado con una maestría impropia para la primera obra de una autora; una novela que augura el comienzo de una carrera literaria que amenaza con engullirnos.

Hablamos con Emily Ruskovich de su odio a la tecnología, redención, Alice Munro y de una niña obsesionada con la enfermedad que deja a las personas sin memoria.

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—Su libro empieza con una anécdota, un nido de ratones dentro de una camioneta, que nos conduce a una historia dramática. Usted nos administra con cuentagotas los detalles de ese horrible incidente durante la novela. Ahora que todo se cuenta de una forma tan inmediata, ¿por qué ha optado por administrar de una manera tan «tacaña» la información al lector de su libro?

"El suceso principal de la novela es tan espantoso que tenía que darle la vuelta desde muchas perspectivas para no enfrentarme a él de una manera directa"

—Ha sido una novela difícil de estructurar porque el suceso principal es tan espantoso que tenía que darle la vuelta desde muchas perspectivas para no enfrentarme a él de una manera directa, y también por respeto a la niña que muere. Yo quería ofrecer perspectivas diferentes, perspectivas con sus puntos débiles. Porque Wade pierde su memoria y por tanto en esa historia hay una información mermada. El lector se va formulando preguntas para las cuales no tiene respuesta. Yo quería transmitir cómo afecta un hecho como este, a cuántas vidas afecta y durante cuánto tiempo. El asesinato de una persona es como si de repente todo el mundo tuviese una herida, de la cual nadie se va a recuperar hasta que hayan pasado muchos años, porque el suceso tiene un impacto a largo plazo. Y yo lo que quería era darle la vuelta y enfocarlo lentamente para que se viera a través de la vida de los personajes que se han visto afectados y no centrarme simplemente en el suceso en sí.

—Su novela escarba en lo trágico para sacar a la superficie la belleza. ¿Es posible encontrar la redención en situaciones tan dramáticas como las que leemos en su libro?

—Sí. Yo lo que buscaba es que a pesar de comenzar con esa premisa —que es lo peor que podía imaginar— el libro aportase bondad, paz y luz. Y buena parte de la redención se encuentra a través de distintas formas de arte. La música del piano o el retrato de una niña perdida que sabemos que nunca nos vamos a encontrar. Esos esbozos son importantes. El arte es donde todo el mundo encuentra la gracia, tiene un elemento sanador que nos lleva a encontrar el amor de nuevo.

—Uno de los grandes temas del libro es la pérdida de la memoria. Parece que no hay nada que nos pueda aterrar más: que la enfermedad nos arrebate lo que fuimos.

"Mi madre me explicó que hay una enfermedad que te roba la memoria, y a mí me pareció lo peor que había oído en mi vida"

—Cierto. Yo recuerdo la primera vez que oí hablar de esta enfermedad debía tener seis o siete años. Mi madre me explicó que hay una enfermedad que te roba la memoria, y a mí me pareció lo peor que había oído en mi vida. No podía imaginar que algo tan malo pudiera llegar a sucederte. Ya en ese momento, en mi infancia, empecé a escuchar historias de gente que había perdido su memoria. Y creo que perder tus recuerdos es perder quién eres tú en el mundo. Puedes ser una persona fantástica, estupenda y, de repente, por confusión, te conviertes en una persona violenta como le ocurre al protagonista de la novela. Yo quería encontrar al verdadero Wade dentro de esa persona que ha perdido la cabeza. Él no recuerda lo que le ha pasado a su familia, pero sabe que hay algo que no encaja, hay algo que no funciona, algo roto. Lo que le hace a su segunda mujer, Ann, es espantoso. Pero no es él quien se lo hace; es la enfermedad. Pese a todo, ella intenta que recuerde para poder acceder a su marido.

—Ella intenta convertirse en guardiana de los recuerdos de su marido.

—Ella tiene esa obsesión por conservar y reconstruir un pasado tan doloroso y oscuro porque ahí es donde está la verdad. No lo hace para ayudar a Wade, porque sabe que en realidad no puedo lograrlo, lo hace para preservar la verdad. Ella sabe que cuando él haya muerto, cuando todos sus recuerdos hayan desaparecido, nadie más va a estar pensando en esa familia y a ella esto le horroriza. Ann quiere que de alguna manera estas niñas queden en el corazón de alguien. Y si no pueden quedar en el corazón del padre, ella tendrá que hacerlas revivir de alguna forma.

—En su libro hay muchas «trampas» que nos llevan a descubrir la gran cantidad de matices ante un hecho trágico ante el que, en principio, deberíamos posicionarnos de una forma simple. ¿Debemos revelarnos ante la tendencia a mostrarlo todo como blanco y negro en los medios de comunicación y las redes sociales? ¿Hay lugar para los grises en la narración?

—Yo creo que los matices no solo son posibles, sino que son cruciales. Pienso que una persona es mucho más que la peor cosa que haya podido haber hecho en su vida. Jenny hizo algo terrible y tiene que estar en la cárcel, pero dentro de ella sigue habiendo una Jenny que era una niña a la que le encantaba leer libros. También sigue habiendo una madre, aunque en un momento dado esta mujer haya cometido el peor crimen imaginable. Yo creo que olvidar a la gente también es una tragedia, eliminar a alguien por una acción, porque todos somos más complejos que cualquiera de las acciones que hemos llevado a cabo a lo largo de nuestra vida.

—Se citan como influencias de su escritura a Alice Munro —en la oficina de Emily cuelga un cartel con el nombre de la escritora canadiense—, Toni Morrison y Maggie O’Farrell. ¿Se siente cómoda con esas comparaciones?

—(Ríe) No sé si me siento cómoda, pero me siento muy honrada y emocionada. Las autoras que has mencionado significan mucho para mí. Y es increíble que alguien tenga la idea de que hay una referencia a Alice Munro en mi libro. Si yo le hubiera dicho a mi propio yo de veinte años que esto iba a pasar, nunca me lo hubiera podido creer (más risas). Para mí todo esto es un honor infinito que me hace sentir muy contenta y muy feliz porque todas esas escritoras son gente muy potente.

—Usted ha ganado el Dublin Literary Award con su primera novela, igual que hicieron autores consagrados como Colm Toibin, Orhan Pamuk, Valeria Luiselli y Herta Müller. ¿Siente vértigo cuando piensa en sus siguientes pasos literarios?

"En algunos momentos me siento un poco intimidada por mi propio libro"

—En algunos momentos me siento un poco intimidada por mi propio libro. Ganar un premio como este es una experiencia única en la vida. Todavía me parece un sueño. Recuerdo cuando llegué a Irlanda y me dieron este galardón: sentí que era muy afortunada. Creo que es algo extraordinario y espero estar siempre a la altura de ese galardón que me han dado. Confío en no decepcionar nunca a nadie con mi próximo libro. Además de poder llegar a tantos lectores, el premio me ha dado mucha confianza para escribir.

—También comparan su debut con el de Marilynne Robinson que con Vida hogareña fue nominada al premio Pulitzer. Ella tardó veinte años en volver a publicar una novela. 

—(Risas) Saber que ella tardó veinte años en escribir su segunda novela es algo que me reconforta mucho. El libro que citas es de los primeros que yo leí como persona adulta. Recuerdo que pensé: «Dios mío, no imaginaba que esto fuera posible». Yo no sabía lo que podía hacer la escritura, la narrativa. Años más tarde tuve la gran suerte de contar con ella como mentora en la Universidad de Iowa. Yo sentía que iba aprendiendo, que me hacía más inteligente, simplemente por su presencia. Mejoré más por eso que por cualquier consejo o cualquier taller al que asistí. Me esforzaba por poder estar a la altura de su atención.

—¿Por qué ambienta su historia en un mundo rudimentario en el que destaca la ausencia de tecnología?

"Yo crecí en una montaña donde no había televisión. Teníamos un ordenador muy obsoleto, pero nunca tuvimos ni WIFI ni nada parecido"

—Es una gran pregunta. Mi mundo también carece de tecnología. Yo no estoy en las redes sociales, odio la tecnología, no interacciono. Las redes sociales abaratan la vida de la gente; y en mayor medida les deprimen. No me gustan y no forma parte de mi educación. Yo crecí en una montaña donde no había televisión. Teníamos un ordenador muy obsoleto, pero nunca tuvimos ni WIFI ni nada parecido. La tecnología no es algo que yo disfrute, y no quería que estuviera presente en mi ficción, porque no es importante para mí. Voy a escribir ahora algunos relatos que tienen relación con la tecnología moderna, pero en realidad son cosas que me quedan lejos.

Los que sí están muy presentes en la narración son los animales y la naturaleza.

—No es que quisiera escribir una novela con un montón de animales, sino que los animales son la textura del mundo. Ellos están en todas las partes de mi vida. Estoy siempre pendiente de mis animales domésticos. Tengo siempre en mente su alimentación y su cuidado. Igual que hago con mis hijos. Los animales aparecen de una manera muy natural en la novela. Esas moscas que se posan en May muestran que la vida está en todas partes, aunque haya una criatura muerta. Las moscas siguen haciendo lo que las moscas hacen, y eso puede parecer extraño, pero también me resulta muy reconfortante. Los animales están ahí y continúan con su vida. Aunque se vean afectados por lo que hacen los humanos ellos siguen su propio camino.

—La imagen que se vende de Estados Unidos en el exterior está muchas veces asociada al éxito y a la modernidad. Muchas historias del cine, la literatura y la televisión están ambientadas en grandes ciudades como L.A. y Nueva York. Usted ha preferido mostrarnos una Norteamérica alejada de esos estereotipos, pero próxima a otros como los de los redneck y el trumpismo en el medio rural. 

"Yo no quería meter estereotipos de Idaho en mi novela; buscaba mostrar la amplitud de la naturaleza en zonas desconocidas"

—Yo no conocí a mis vecinos, excepto a uno, en la montaña en la que crecí. No era un ambiente muy sociable. Las personas no se relacionaban entre sí. Era gente muy cerrada, que poseía muchas armas y tenía una mentalidad muy conservadora. Nunca he tenido miedo de la naturaleza, ni de los animales, pero sí que lo tenía de encontrarme a un humano allí. También es cierto que si conduces solo una hora desde ese lugar te encuentras con gente muy distinta. La gente cambia mucho de un lugar a otro, situados a poca distancia de coche. Yo no quería meter estereotipos de Idaho en mi novela; buscaba mostrar la amplitud de la naturaleza en zonas desconocidas.

—¿Cómo se vive en un pueblo de Idaho la realidad de Estados Unidos? ¿Cómo han asistido sus habitantes a eventos como la pandemia o el asalto al capitolio?

—Todavía tengo contacto con gente de Idaho y creo que han experimentado la pandemia de maneras muy distintas. Para muchos ha sido una conspiración, algo que no ha sido real. La han vivido con mucha rabia. Pero esta mentalidad no es solo de la gente de los bosques. Es algo que ha ocurrido en toda América: esos sentimientos encontrados, incluso aquí en la Universidad la gente está dividida respecto a la pandemia y cómo se debe manejar. Respecto a cómo es eso de vivir de manera aislada, la verdad es que es algo fantástico. Te puedes sentir solo y te puedes sentir como una persona absolutamente insignificante. Todo lo que te obsesiona en la vida de repente desaparece. Te vas a andar lejos y te sientes bien y en paz contigo mismo; no necesitas nada más, te sientes como un grano de arena en el mundo. Y eso es fantástico. La gente debería tener mucho más contacto con la naturaleza; es bueno para el alma.

—¿Qué es más difícil escribir o enseñar a escribir como hace usted en la universidad?

"Buena parte de la enseñanza de la escritura creativa consiste en emocionar a la gente, motivarles y que las personas busquen una introspección"

—(Piensa durante un rato) Lo más difícil es escribir; es durísimo. Es tan duro, tan difícil, que cada vez que me siento a escribir algo nuevo es como si nunca hubiera escrito nada antes. Yo no sé siquiera cómo se construye la historia que voy a escribir, es un proceso parecido a la magia. Enseñar escritura creativa es más fácil. Buena parte de la enseñanza de la escritura creativa consiste en emocionar a la gente, motivarlos y que las personas busquen una introspección. Se trata de una conversación constante porque estás con personas que tienen ganas de aprender y que están emocionadas. Hay un enriquecimiento mutuo, los alumnos también me enseñan a mí. Todos nos enfrentamos a los mismos dilemas.

¿Y con qué autores y autoras motiva a sus alumnos? 

—Con autores como los que hemos mencionado antes. Toni Morrison y Marilynne Robinson, por ejemplo. Tengo un seminario completo sobre Alice Munro durante un semestre entero, en el cual leemos sus obras. Me encanta hablar a mis alumnos de estos escritores y de sus novelas. Cuando alguien me dice que no le gustan los relatos de ficción, le intento explicar porque a mí me apasionan a través de la frases maravillosas que han escrito estos autores.

—En su próxima novela —que seguro será antes de veinte años—, ¿volveremos a recorrer las montañas de Idaho o cambiaremos de escenario?

—(Ríe) Ahora mismo estoy trabajando en relatos que no son cortos, en realidad, son relatos bastante largos, pero relatos, al fin y al cabo. Todos tienen lugar en la parte occidental, algunos en las montañas, pero hay variedad. Tengo cinco o seis novelas en mente, algunas de las cuales ya he empezado a escribir, pero no me puedo comprometer por circunstancias personales: tengo unas hijas muy pequeñas y un montón de cosas que gestionar. No estoy preparada ahora mismo para acabar esos libros, pero los escribiré. Ese es el objetivo de mi vida y estoy trabajando duro para conseguirlo.

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Josey Wales
Josey Wales
15 ddís hace

Muchos pececillos quedan atrapados en las redes. Como dice la vieja canción alemana: ‘Atrapado por los problemas de esta sucia vida, no te das cuenta hasta qué punto tu vida se acerca al fin’.

Ricarrob
Ricarrob
14 ddís hace

Error flagrante en el título. Debería decir: las redes sociales desbaratan la vida de la gente. No leeré este libro por la falta de criterio, en mi opinión, de la autora.