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Emma Lazarus a los pies de la libertad

En este volumen, Esther Bendahan e Israel Doncel recorren la vida de Emma Lazarus para analizar su personalidad, su estilo literario, sus opiniones políticas y sus posicionamientos en la sociedad del momento. Además, se incluyen artículos y poemas de Lazarus traducidos por primera vez al español. Todo con el propósito de recordar a una escritora sefardí a la que el destino guardaba un puesto de honor en uno de los iconos más importantes de nuestro tiempo.

Zenda adelanta las primeras páginas de Emma Lazarus a los pies de la libertad (Huso Editorial).

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El judaísmo americano como entorno para entender la figura de Emma Lazarus

Al escribir estas líneas, mis primeras palabras deben ser de agradecimiento sincero a la editorial Huso por embarcarse junto con el Centro Sefarad-Israel y Boreal Projects en este maravilloso proyecto, que ambiciona dar a conocer al público español la figura de Emma Lazarus, una mujer judía sefardí orgullosa de su origen y su tradición. Su figura no es suficientemente conocida y apreciada en España y a esa labor se consagra esta publicación.

LOS PIONEROS JUDÍOS

Una realidad histórica, todavía no suficientemente valorada, es que los primeros judíos que se establecieron en territorio de los Estados Unidos eran descendientes de aquellos que fueron expulsados de España y Portugal y que recibían el nombre genérico de «sefardíes». Aunque se dieron casos de individuos aislados anteriores, la referencia más conocida se remonta a 1654, cuando veintitrés sefardíes provenientes de Recife llegaron a la colonia holandesa de Nueva Ámsterdam y allí se establecieron iniciando un idilio duradero entre el pueblo judío y lo que poco después sería refundado como Nueva York.

Estos veintitrés eran representantes de la nación portuguesa, es decir, los descendientes de los judíos expulsados de la Corona de Portugal en 1497, que se habían asentado principalmente en los Países Bajos. Un dato relevante es que buena parte de los miembros de este colectivo eran judíos castellanos que se habían asentado en el reino vecino tras la expulsión de 1492 y que se unieron a los portugueses en su posterior exilio.

A pesar de su limitado número, estos sefardíes fueron un actor más en el desarrollo de las Trece Colonias y se asentaron en ciudades portuarias dedicándose principalmente al comercio a través de redes marítimas entre familias del mismo colectivo. A lo largo del siglo XVIII, el judaísmo americano se enriqueció con la llegada de askenazíes, principalmente polacos y alemanes, que establecieron una relación cordial con los judíos ya asentados. Los recién llegados acabaron siendo más numerosos, pero la élite seguía siendo sefardí.

Hay un dato que muestra a las claras el poco peso poblacional que aún tenían los judíos, porque en el momento de la firma de la Declaración de Independencia de 1776 había aproximadamente dos mil quinientos judíos en todos los Estados Unidos sobre un total de dos millones quinientos mil. Hablar del 0,1 % de la población es un dato de baja relevancia. Aun así, los judíos fueron parte de la realidad de esta etapa inicial de la historia de la joven nación y estuvieron presentes en algunos de sus rincones más oscuros, como el tráfico de esclavos. El innegable origen sefardí de nombres como Aaron López o Jacob Rodríguez Rivera nos dirige a dos conocidos traficantes de esclavos con base en Newport (Rhode Island).

Un referente esencial de la historia de EE. UU., como es la guerra de independencia contra los británicos, tuvo también presencia judía y la tuvo en los dos bandos, si bien la mayoría optó por apoyar a los sublevados. Así, uno de los primeros caídos en el combate por la independencia en agosto de 1776 era sefardí y se llamaba Francis Salvador. Consta, además, que en las milicias del general Washington había una compañía cuyos miembros eran mayoritariamente de origen judío.

Pero si bien los Estados Unidos de América surgen como nación en el siglo XVIII, es en el XIX cuando las iniciales Trece Colonias dan un sorprendente salto exponencial generando hitos históricos definitorios de lo que es la esencia americana: el fortalecimiento de la mentalidad sureña con la esclavitud como referente, la expansión industrial del norte con espíritu abolicionista, la Guerra Civil o la de Secesión, la frontera que avanza con el ferrocarril y la fiebre del oro dibujando el espíritu del lejano Oeste… Muchos fueron los actores que protagonizaron estos hechos históricos, pero, una vez más, en todos ellos los judíos fueron parte activa.

Tal es el caso de la primera expansión hacia el oeste a finales del XVIII y principios del XIX en la que los judíos, como muchos otros americanos, cruzaron los Apalaches y participaron en la colonización del territorio del noroeste y del territorio de Luisiana, de los que surgirían hasta veinte nuevos estados que se añadieron a la Unión. Su papel principal en esta expansión fue el de vendedores ambulantes o comerciantes en pequeños pueblos.

Ese momento ve también el inicio de una serie de reformas de las propias comunidades judías en América, que decidieron trasladar a su identidad los valores genuinamente americanos que se habían definido recientemente. La democratización interna y la separación entre el ámbito religioso y el social fueron señas de identidad de este proceso, muy innovador para lo que era la mentalidad judía tradicional. De alguna manera, los judíos decidieron parecerse más a ese país que los había acogido y al que ya admiraban.

LA MIGRACIÓN ALEMANA (1820-1880)

Situándonos ya en 1820, encontramos una presencia judía todavía muy limitada de apenas cuatro mil personas en todo el país. Pero esto habría de cambiar pronto por los avatares de la historia en Europa. El desarrollo económico e industrial de la nueva nación produjo un efecto llamada que atrajo a mucha población del Viejo Continente, que venía de ser asolada por las guerras napoleónicas. Así, entre 1820 y el comienzo de la guerra de Secesión, cinco millones de europeos emigraron a EE. UU. Una pequeña proporción de ellos eran judíos, alrededor de doscientos cincuenta mil entre 1820 y 1880. Para los cuatro mil que antes mencionábamos fue una auténtica avalancha.

Esta fase migratoria es conocida como «migración alemana» y lo es en un sentido amplio, pues abarca muchos territorios de influencia cultural germánica en el centro de Europa. El nexo de los nuevos migrantes era la lengua alemana y por ello los recién llegados eran fácilmente reconocibles por un factor: hablaban inglés con acento alemán.

En Alemania y en otros países de la misma lengua, algunos judíos habían conseguido integrarse en las clases medias urbanas e incluso apuntar a las élites. Estos fueron los que se quedaron mientras que los que emigraron a América eran generalmente de clase baja y con un perfil de vendedor ambulante. La historia nos demuestra con frecuencia lo imprevisible de su devenir. Los judíos alemanes que se embarcaron hacia el Nuevo Mundo eran los aparentemente fracasados, pero en apenas una generación triunfaron y fueron partícipes del sueño americano. En contraposición y a pesar de su éxito inicial, los nietos y bisnietos de los que se quedaron padecieron el odio y la violencia desatada del antisemitismo como nunca antes había ocurrido, acabando muchos de ellos en las cámaras de gas.

Los «alemanes» se esparcieron por todo el país y fueron parte también de otro hito americano como fue la fiebre del oro, ya que hasta diez mil judíos emigraron a California por ese motivo en la década de los 40. La labor principal de los recién llegados era la misma que habían desarrollado en su país de origen, la venta ambulante. Además, sus bazares móviles que deambulaban por los pueblos del país se proveían del género que les suministraban otros judíos para los que en buena medida trabajaban. Se trataba de los judíos asentados desde principios de siglo, que gozaban de un estatus social y económico acomodado, entre ellos las familias sefardíes primigenias.

Otros muchos alemanes se asentaron en las ciudades, desarrollando sobre todo una actividad ligada al oficio de sastres y costureros, que se vinculó intensamente con la identidad judía. Inicialmente cosían a mano, pero, en 1850, un tal Isaac Merritt Singer inventó un instrumento que, a través de un pedal, movía la aguja de arriba a abajo. La producción textil se disparó y la calidad de vida de los sastres judíos mejoró considerablemente.

Como había ocurrido con las oleadas anteriores de migración judía, los alemanes tuvieron un foco principal, que fue la ciudad de Nueva York. Esta seguía cimentando su ya intenso idilio con el mundo judío, hasta el punto de que en 1880 un tercio de los judíos americanos vivía en ella.

En 1849, en el contexto de la migración y asentamiento de la nueva oleada de judíos, es cuando viene al mundo Emma Lazarus, en la emblemática Nueva York y en el seno de una familia judía sefardí de la élite de la ciudad. Aunque los sefardíes ya no eran ni remotamente el grupo mayoritario dentro de los judíos americanos, seguían manteniendo una posición de prestigio social y de bienestar económico de los que la familia Lazarus era un claro exponente.

Cuando Emma apenas contaba once años, un vendaval barrió el país poniendo en riesgo los valores en los que se sustentaba y su existencia misma. En abril de 1861, la Confederación inició las hostilidades y, una vez más, los judíos vivieron un acontecimiento americano como el global de la sociedad, de manera contradictoria. Muchos judíos del sur eran propietarios de esclavos y apoyaron la causa confederada, incluso alistándose en ella. Sin embargo, había más judíos en el norte y estos lucharon por la Unión en mayor número, entre ellos diferentes parientes de Emma.

Podemos decir que la oleada de migración de alemanes acabó integrándose plácidamente con los judíos ya asentados, pues las diferencias sociales y culturales no eran grandes ni insalvables. Además, fue madurando una identidad judía específicamente americana, vinculada a un reformismo que, sin asimilarse, tomaba ideas y referencias de la sociedad protestante mayoritaria. Así, la liturgia judía se adaptó entonces a la lengua del país, al uso de la música y a otras innovaciones ajenas al rito judío tradicional.

Un añadido hacia la integración social fue el hecho de que, en los últimos años de la década de los 50, el Gobierno garantizó la neutralidad religiosa de las escuelas públicas y desde entonces los niños judíos comenzaron a ir masivamente a las mismas dejando el sunday school de las sinagogas para los que querían recibir formación religiosa. Los judíos eran felices en América, estaban integrados en su sociedad e intentaban parecerse a ella sin perder su esencia, pero llegando al punto de desarrollar una identidad judía específicamente americana que escandalizaba a judíos de otros países. Sobre una base social mayoritariamente askenazí y alemana, las familias sefardíes de la primera época eran parte de la élite judía del país, y, en ese entorno, Emma Lazarus desarrollaba su producción literaria.

LA MIGRACIÓN RUSA (1881-1924)

Muy lejos de allí, otros judíos no gozaban ni remotamente de esta privilegiada situación. El caso más extremo era el de la Rusia zarista, que desarrollaba una activa política antisemita, recluyendo a sus judíos y discriminándolos cruelmente con consecuencias sociales y económicas devastadoras.

La RAE define la palabra «pogromo» como «del ruso, matanza y robo de gente indefensa por una multitud enfurecida». Y esto ocurrió con especial virulencia en Rusia a partir de abril 1881 con hasta trecientos ataques violentos antisemitas ante los que las autoridades zaristas no intervenían, culpando incluso a los propios judíos. Con intervalos de distinta intensidad, estos pogromos continuaron hasta incluso más allá de la Revolución rusa.

No se les dejaron muchas opciones y un tercio de los judíos rusos decidió que la emigración era la única manera de vivir e incluso de sobrevivir. A ellos se unieron otros judíos de Rumanía y de la Galitzia polaca ocupada por el Imperio austrohúngaro. Su destino principal eran los Estados Unidos de América, adonde llegaron en tromba, ya que la suma de todos ellos entre 1881 y 1924 alcanzó el número de dos millones quinientas mil almas.

Los judíos americanos integrados y reformados sumaban apenas doscientas cincuenta mil personas hacia 1881. Tenían, pues, que afrontar de alguna manera coherente la avalancha que se les venía encima. Los recién llegados no tenían nada que ver con ellos: eran pobres, incultos, ortodoxos y su lengua ni siquiera era el alemán, sino el yiddish, el idioma de los judíos de Centroeuropa que los propios judíos alemanes ilustrados consideraban una versión inferior de la lengua alemana. Siendo ambos colectivos igualmente judíos, el choque cultural era evidente dadas las pocas similitudes que los unían.

Y, mayoritariamente, los judíos americanos optaron por la vía de la solidaridad, atendiendo a los recién llegados y ofreciéndoles trabajo en sus empresas. Emma Lazarus fue un adalid de esta causa y defendió ardientemente la integración de los «rusos» en la sociedad americana. Su célebre poema The New Colossus a los pies de la estatua de la Libertad está claramente vinculado a esa voluntad integradora. Esa causa hizo además que ella misma se reafirmara intensamente en su propia identidad judía.

Conociendo como conocían el lado oscuro de la sociedad en la que vivían, los judíos americanos intentaban, con su actitud abierta y generosa, que los nuevos inmigrantes no perdieran su identidad judía cayendo en manos de las iglesias evangélicas. Además, conseguir la pronta integración de estos en el modo de vida americano evitaría cualquier rebrote de antisemitismo en la sociedad.

Nueva York volvió a ser el principal referente y los rusos ocuparon buena parte de los barrios y las funciones sociales que los alemanes habían abandonado al prosperar socialmente. Sus condiciones de vida iniciales no eran buenas y Emma Lazarus se ocupa de denunciarlo en sus escritos, pero, en todo caso, eran considerablemente mejores que las que tenían en sus países de origen. Prosperaron rápido y muchos de sus hijos pudieron acceder a una educación convirtiéndose en empresarios, profesionales liberales de prestigio o artistas y creadores culturales.

Su modo de vida y su cultura llegaron también a la sociedad americana a través de su idioma, el yiddish, ya que se desarrolló una activa prensa en esta lengua con cuatro cabeceras importantes y una tirada de más de seiscientos mil ejemplares diarios. El teatro en yiddish se extendió también en los lugares de diversión de las principales ciudades.

Fue en la década de 1890, después de la muerte de Emma Lazarus, cuando algunos judíos concibieron la idea de crear salas de juego a las que acudían principalmente las masas de judíos rusos. Fue en estas salas donde se utilizó un extraño aparato llamado cinematógrafo; era indiferente que los usuarios apenas entendieran inglés, porque solo se proyectaban imágenes sin sonido alguno. Este fue el germen de la industria cinematográfica, que hacia 1910 dio el salto a California creando en esos años las grandes productoras, casi todas ellas de origen judío.

El ámbito religioso también se vio afectado, ya que en 1880 el 90% de las sinagogas americanas eran reformistas, pero una década después la mitad habían devenido en ortodoxas como los recién llegados.

CONCLUSIÓN

Las sucesivas olas migratorias judías en los Estados Unidos fueron forjando una identidad judía americana que ha tenido una influencia decisiva en el conjunto del judaísmo. Eso hizo que los judíos de EE. UU. adquirieran un peso y una relevancia enorme, lo que hoy sigue siendo una realidad innegable en el mundo judío.

Hemos hablado de una sociedad americana tolerante hacia los judíos. ¿Quiere esto decir que se consiguió acabar con la lacra del antisemitismo? En absoluto. Parte de la sociedad americana del XVIII y del XIX tenía posturas y actitudes antisemitas. La diferencia respecto a Europa era que los judíos no ocupaban el primer lugar en el escalafón de las fobias sociales; otros colectivos tuvieron la desgracia de ser ubicados en ese ingrato lugar.

Desde una perspectiva racial, los recelos se centraban en los afroamericanos, los nativos americanos y, más adelante, los asiáticos y los hispanos. En el ámbito religioso, la América protestante focalizaba sus obsesiones negativas en el rival más denostado: el catolicismo. Los golpes más duros se los llevaban entonces los colectivos que estaban en la vanguardia del odio; cuando esos ataques llegaban a los judíos lo hacían ya con menor fuerza e intensidad.

Podemos decir que la historia y la identidad de los judíos americanos que hemos relatado y que se extiende también al siglo XX representa como pocas un concepto que está en la esencia de los Estados Unidos: el sueño americano. Asumiendo que este concepto conlleva llegar a un lugar extraño falto de recursos propios y en apenas una generación integrarse perfectamente en él, aportar a su crecimiento y prosperar social, cultural y económicamente, los judíos lo hicieron con creces. Son muchos los casos, pero sirva como muestra un ejemplo que creo plasma muy bien esta realidad.

A finales del XIX, un zapatero judío polaco emigró a EE. UU. Se apellidaba Wonskolaser y tuvo nueve hijos. Cuatro de ellos, Hirsz (Harry), Aaron (Albert), Szmul (Sam) e Itshak (Jack) compraron un cinematógrafo y proyectaban películas a los mineros de Ohio y Pensilvania. Años después fundaron su estudio cinematográfico y los hermanos Wonskolaser cambiaron su nombre por otro que sonara más americano. Surgió así una de las marcas más universales y reconocidas en todo el mundo: Warner Brothers.

El éxito de muchos judíos, no de todos, en el modelo americano se basó en dos conceptos: trabajo e innovación. El primero fue la seña de identidad de la primera generación de inmigrados, con trabajos intensos en estratos sociales humildes. Sus hijos, ya americanos integrados, crearon e innovaron en muchos sectores con especial referencia a algo tan americano como la cultura de masas. La comedia americana, el musical, el cine, la radio, el humor… son conceptos que relacionamos con EE. UU., pero que tienen en su germen un importantísimo componente judío.

El sueño americano es por definición amplio y plural, porque afectó a distintos colectivos con intensidad variable. No obstante, puede afirmarse que, desde los primeros sefardíes, pasando por las sucesivas oleadas alemanas o rusas, los judíos supieron sacar provecho de este de una manera excelsa. Aun denunciando las injusticias cuando las hubo, amaron a ese país por ser el primero que los aceptaba como tales, se adaptaron a él, le aportaron su trabajo y su creatividad y llegaron a ser parte esencial de su historia y de su identidad. Y Emma Lazarus fue testigo activo de todo ello.

MIGUEL DE LUCAS GONZÁLEZ

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Autores: Esther Bendahan e Israel Doncel. Título: Emma Lazarus a los pies de la libertad. Editorial: Huso. Venta: Todos tus libros, Amazon, Fnac y Casa del Libro.

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