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En busca de redención

Cuando un escritor decide poner en marcha una nueva obra puede deberse a distintos motivos: haber tenido una idea brillante para un argumento, el deseo de compartir un mensaje o una experiencia con los lectores o, simplemente, la necesidad de pagar las facturas y ganar algo de dinero. En este caso, sin embargo, el impulso, o más bien la necesidad, de escribir mi última novela es muy diferente. No la escribo por ninguna de las razones mencionadas, sino por una promesa.

Hace ahora siete años, en una malhadada tarde de principios junio de 2012, una mujer maravillosa sufrió un ictus cerebral estando entre mis brazos y murió pocos días más tarde. Una mujer honesta, sensible y valiente, una policía del cuerpo de los Mossos d’Escuadra que empleaba su vida en proteger a los demás y en especial a las mujeres maltratadas. Esa mujer se llamaba Nuria Badal y era la mujer a la que amaba.

"He necesitado siete largos años para ser capaz de rememorar a Nuria sin que los remordimientos me acuchillaran el corazón"

Nunca he podido —ni querido— librarme de la responsabilidad que tuve en su muerte. Aunque la causante fue una maldita arteria en su cerebro, es posible que si no me hubiera conocido y estado conmigo aquella tarde de junio, ella aún siguiese viva. Sé también que el resto de mi vida seguiré sintiéndome culpable por la muerte de una persona mejor de lo que yo lo seré jamás. Eso no podré ni querré evitarlo y será mi carga para siempre.

Pero soportar el peso de esa culpa no es ningún castigo, es lo justo.

Si en aquel momento hubiera podido intercambiar mi vida por la de ella, lo habría hecho sin dudar, pero por más que recé pidiéndolo, el destino había lanzado ya sus dados trucados y el mundo se convirtió en un lugar peor.

Ese día rogué, lloré y maldije al cielo, y mientras aguardaba en aquella sala de espera de paredes azules y gastadas sillas de plástico junto a la familia de Nuria el veredicto del cirujano, decidí dos cosas: renegar de un dios inaceptable y escribir una novela en la que traer de vuelta a Nuria.

Esa novela es Redención.

He necesitado siete largos años para ser capaz de rememorar a Nuria sin que los remordimientos me acuchillaran el corazón. Siete años para crear una historia que mereciera la pena contar. Siete años de manuscritos inacabados y miedo de no estar a la altura de lo que ella se merecía; escribiendo, reescribiendo y lanzando borradores a la papelera a la espera de dar con la historia correcta.

"Redención, en fin, es esa promesa cumplida de traer de vuelta a Nuria, para que ya nunca vuelva a marcharse"

Finalmente, a día de hoy, siete veranos y siete inviernos más tarde, la novela está al fin terminada y llegando a miles de lectores de todo el mundo; lectores desde Cádiz a Nueva York, desde Australia a Buenos Aires, que ya están conociendo a Nuria, recorriendo de su mano las calles de Barcelona, luchando, sufriendo y amando con ella en cada página de la novela y, al hacerlo, sin que se den cuenta, Nuria estará pasando a formar parte de sus vidas. Quizá una parte ínfima, cierto, la parte reservada en la memoria a esos personajes de un libro con los que nos encariñamos y no queremos olvidar, pero estará ahí sin duda y para siempre. Ya no solo habitando en el recuerdo de aquellos que tuvimos el privilegio de conocerla, sino también en la mente y los corazones de miles de lectores que ni tan solo sabían de su existencia.

Y ese es el gran truco de magia de la literatura. No solo es capaz de transportarnos a lugares ajenos y tiempos lejanos, descubriéndonos paisajes desconocidos y personajes inolvidables, o como un afilado vector inocularnos ideas y sueños que jamás habríamos imaginado. Además, tiene el increíble poder de presentarnos a personas reales que ya no están; no solo rescatar su memoria, sino hacer que compartamos sus miedos y anhelos, y los echemos de menos al pasar la última página de la novela.

Redención, en fin, es esa promesa cumplida de traer de vuelta a Nuria, para que ya nunca vuelva a marcharse.

Pero esto, claro, es solo una parte de la ecuación, la semilla de una novela que por entonces no era más que un deseo, una voluta de humo apenas intuida por el rabillo del ojo. Los más de tres años de desarrollo y trabajo diario para darle forma a la idea original, para convertir un puñado de frases garabateadas en el papel de un hospital en una novela de ciento noventa mil palabras, ya es otro asunto que también requiere de su propia explicación.

"Ya tenía la protagonista, el tono y una cierta idea de la trama la novela. Ahora me tocaba situarla en un tiempo y espacio en concreto"

La única premisa inicial era, obviamente, convertir a Nuria en la protagonista de la novela, y como ella era policía la elección lógica apuntaba a que se tratase de una novela policíaca. El problema es que yo nunca había escrito una novela policíaca. De hecho, apenas he leído unas pocas en mi vida, y ni tan solo soy aficionado a las películas del género, creo que porque tiendo a empatizar demasiado con víctimas y delincuentes. Así que, para suplir mis carencias, empecé a devorar novelas y series policíacas para aprender de los maestros y empaparme de la oscuridad y sordidez que la buena novela negra requiere, presto a ser poseído por el espíritu de los autores clásicos norteamericanos y los retorcidos nórdicos.

Pero oiga, no hubo manera.

Es una indiscutible ley universal que la cabra tira al monte, y mis novelas, a pesar de los apuros en los que constantemente meto a los personajes, están siempre trufadas de humor y optimismo. Así que, aunque lo intenté, me resultó imposible imaginar las escenas de horror y desasosiego que requiere una buena novela negra. No me salían, así de sencillo. Qué le vamos a hacer.

Pero aun así yo estaba emperrado en escribir una novela policíaca, de modo que decidí que escribiría el tipo de novela policíaca que a mí me gustaría leer, y si en lugar de negra resultaba ser gris o verde botella con lunares, que así fuera. Así que me lié la manta a la cabeza y, sin saber muy bien por dónde iba a salirme el tiro, respiré hondo y me puse manos a la obra.

Ya tenía la protagonista, el tono y una cierta idea de la trama la novela. Ahora me tocaba situarla en un tiempo y espacio en concreto. El escenario comprendí rápidamente que no podía ser otro que Barcelona, mi ciudad y también la de Nuria. No podía hacer como en el resto de mis obras y llevar a los personajes a recorrer medio mundo en sus peripecias, esta vez no tocaba.

"¿Por qué situar la novela en ese año y no en 2019, con lo que me habría ahorrado malentendidos y tener que dar estas explicaciones?"

Fue sin embargo a la hora de escoger el tiempo en el que iba a transcurrir la novela que decidí arriesgarme y no situarla en cualquier momento del conocido pasado del que conocemos las coordenadas, sino mirar en dirección contraria, hacia el futuro. Pero no a un futuro lejano de coches voladores y pistolas láser, sino hacia un inmediato futuro a nueve o diez años vista, absolutamente reconocible y que no habrá cambiado más de lo que hemos cambiado desde hace diez años a esta parte. Si 2010 nos parece que fue anteayer y en el día a día apenas somos conscientes de mayores cambios que tener patinetes eléctricos y teléfonos más grandes, en el 2028 que transcurre Redención tampoco habrá nada que nos extrañe o sorprenda demasiado: si acaso será una leve decepción por lo poco que habrán cambiado las cosas.

Pero entonces, se preguntará —y si no ya lo hago yo, que para eso estoy aquí— por qué situar la novela en ese año y no en 2019, con lo que me habría ahorrado malentendidos y tener que dar estas explicaciones. Pues las razones son dos: la primera es que me gusta arriesgarme, saltar a la piscina y luego ya en el aire, comprobar si hay agua debajo. La segunda razón es algo más compleja.

Los que me conocen bien saben que soy un contumaz devorador de información con la memoria de una pescadilla, así que todo lo que veo, escucho y leo sale de mi cabeza casi con la misma facilidad con la que entra; no recuerdo ni lo que he desayunado, pero a cambio, en mi cerebro parecen haber un puñado de neuronas a las que se les da muy bien crear patrones e intuir tendencias. Tendencias que no son más que la extrapolación de esos patrones al combinarse entre ellos. Es decir, si por ejemplo hacemos una receta en la que mezclamos el cambio climático, el crecimiento del integrismo religioso, la superpoblación en los países subdesarrollados y el miedo de los europeos a ser invadidos por las hordas bárbaras, la agitamos bien y calentamos nueve años a fuego lento, es probable que nos resulte un escenario muy similar al que describo en la novela. Diferente al que vemos cada día al asomarnos a la ventana, pero tan familiar y previsible que es probable que nos demos una palmada en la frente y nos preguntemos cómo es que no lo vimos venir.

"Sé que nada puede cambiar lo que sucedió aquella terrible tarde de junio de 2012, ni nada puedo hacer para expiar mi deuda"

Finalmente, luego de decidido el contexto de la novela, tenía que desarrollar el argumento en sí: qué pasa y por qué pasan las cosas. Pero, como se puede imaginar, eso no voy a contarlo aquí; tendrá que leer el libro para averiguarlo.

Lo que sí puedo adelantarle es que va a encontrarse con un libro que no le va a dar ni un respiro, una novela quizá no tan negra como el género exige, pero a cambio más inquietante, trepidante e intensa. De hecho, permítame sugerirle que antes de embarcarse en la lectura de Redención vacíe la vejiga, despeje la agenda y se despida de familia y amigos, porque es posible que hasta que no termine de leerla no vuelva a prestarles demasiada atención.

En resumen: sé que nada puede cambiar lo que sucedió aquella terrible tarde de junio de 2012, ni nada puedo hacer para expiar mi deuda. Pero esta novela, una de las mejores que he escrito, es el fruto del esfuerzo por hacerle a usted feliz durante seiscientas páginas, de que Nuria se haga un hueco en su corazón y de algún modo, gracias a la magia de los libros, buscar mi propia redención.

Gracias por leerme.

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Autor: Fernando Gamboa. TítuloRedenciónEditorial: Suma de Letras. VentaAmazon

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