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En las tripas del monstruo

La novela de Carlos Bardem Mongo Blanco va de un monstruo, de un mongo, un gran señor de la trata de personas, el malagueño Pedro Blanco Fernández de Trava, uno de los más destacados negreros del siglo de la esclavitud por excelencia, el XIX. Sugiero a quien le apetezca hacerse una idea suficiente de semejante sujeto que visite la entrada —en internet y gratis— que le dedica el diccionario biográfico de la Real Academia de la Historia. La sucinta información firmada por Dolores García Cantús permite calibrar cuánto da de sí tan espantoso personaje, lo que hay en él de hombre culto, eficaz, ilustrado y emprendedor, si este último adjetivo no implicara un escarnio para quienes ponen sus dotes al servicio de una labor productiva. Y cuánto se encuentra también de lo más terrible de la naturaleza humana.

El ángel y la bestia conviven en un solo ciudadano. Y Carlos Bardem, que lo rescata del panteón de ilustres olvidados, lo sabe bien. Es más: diría que esa polarización le ha fascinado y ha sido el motor de que la ponga por escrito, con toda la calma y minuciosidad que indica el grosor del libro. Tiene delante Bardem un tipo cuya vida en sí misma novelesca (como el narco Escobar, por venir a nuestros días, y permítaseme la comparación no desatinada, pues alguna semejanza cabe entre ambos energúmenos) incita a recrearla dentro de un relato psicologista, en una indagación demorada en las enfermedades del alma que pone en un plato de la balanza la cara atractiva y en el otro el ser miserable.

"La aventura, en las novelas, suele tener un objetivo sustancial de entretenimiento. Pertenece al territorio literario de la evasión. No es el caso de Mongo Blanco"

De hecho, Mongo Blanco no es solo una novela de exploración en desarreglos mentales sino que su arquitectura reproduce una minutísima y encadenada sesión de psicoterapia. Un Pedro Blanco anciano, loco e internado en un brutal manicomio barcelonés, accede a ser tratado por un médico joven, el doctor Castells, quien, aflorando el pasado y los traumas del paciente, pretende reintegrarle al mundo cuerdo, a la vez que, guiado por su sensibilidad filantrópica y sus creencias hijas de la Ilustración, contribuir a la mejora de la humanidad.

Tengo dudas respecto de la verosimilitud histórica de este planteamiento dialógico que remite más a un escenario de terapia posfreudiana que a la clínica decimonónica. Pero como solo toco de oído en esta materia, me quedaré con su probada eficacia narrativa. La conversación, tormentosa en más de un momento, saca a la luz el ser feroz que es el capo esclavista, y la novela se llena de violencia, horrores, sexo, erotismo compulsivo, desmanes, brutalidad. Algunas escenas ponen los pelos de punta.

De todo ello derivan dos flancos casi independientes en Mongo Blanco. El libro tiene una fuerte carga de relato de aventuras. No poco seductor por su intrínseca materia. Las peripecias africanas de don Pedro, su instauración de algo equiparable a un reino autocrático en África occidental, en el estuario del río Gallinas (del que tomó el sobrenombre de Rey de Gallinas), las andanzas por la América española, en el asentamiento esclavista en Cuba, los conflictos con los británicos… Y aventuras son también, aunque de otra índole, los trapicheos con el poder político y económico español que le convirtió en socio de la reina Regente María Cristina.

La aventura, en las novelas, suele tener un objetivo sustancial de entretenimiento. Pertenece al territorio literario de la evasión. No es el caso de Mongo Blanco, presidida por una evidente voluntad de fresco histórico. Medio siglo de vida de don Pedro, de su infancia malagueña a fines del XVIII a la Barcelona de hacia 1850, da para un amplio panorama de época. Y no costumbrista, aunque se reconstruyan aquellos tiempos con notas ambientales bien seleccionadas, sino muy intencionado. Ya nos pone en la pista de una voluntad de interpretar el pasado el relato calmoso de las vicisitudes del protagonista y de sus familiares durante la guerra de la Independencia. Quizás algunas de las mejores páginas del libro se hallan en las tropelías francesas en Málaga. Sin embargo, no se nos cuentan la épica nacional y el vejamen del extranjero. Hace un decenio, con ocasión del segundo centenario de la francesada, proliferaron hasta la saciedad las novelas que recrearon aquel episodio capital de nuestro pasado cercano. Muchas de ellas estaban inspiradas en un patrioterismo aldeano, y algunas abochornan por los absurdos heroicos que inventan. Bardem recrea aquellas jornadas malacitanas como un gigantesco caos de los patriotas en el que, eso sí, espanta la ferocidad napoleónica.

"El propio Bongo reconstruye con arrogancia su historia. Quizás se complace en exceso en ella y de ahí la larga medida de su relato"

Al autor le mueve al tratar los episodios de 1808 un ánimo desmitificador que se proyecta como una larga sombra sobre el conjunto de la novela. Quizás podría hablarse de un ejercicio de memoria histórica sui generis, que planea sobre un pasado ya distante del presente pero no desvinculado de este. Mongo Blanco desvela si no un capítulo entero, sí un epígrafe de la historia española, el de la complicidad de nuestra oligarquía en el ominoso negocio de la trata de negros, los intereses de las clases dominantes de la monarquía borbónica, desde la propia reina hasta la Iglesia. Por eso, parece un simple acierto narrativo encabezar cada uno de los veintiséis capítulos con los artículos del Reglamento de Esclavos promulgados por el capitán general de Cuba, don Jerónimo Valdés. Su función informativa —un modo eficaz de mostrar el contexto histórico— se convierte, sin embargo, en el alegato del fiscal en el juicio de la Historia.

Carlos Bardem se mete en la mente de un personaje apasionante (tanto como repulsivo) con un instrumental narrativo de segura eficacia: el gusto por contar historias. Esta afición al relato de peripecias atractivas se materializa en el discurso vehemente, lúcido y cínico del protagonista. El propio Bongo reconstruye con arrogancia su historia. Quizás se complace en exceso en ella, y de ahí la larga medida de su relato. En estos tiempos de la comunicación en ciento cuarenta caracteres da algo de miedo meterse en un tomo de seiscientas nutridas páginas. La novela habría ganado en agilidad sin perder dramatismo con alguna poda, pero una vez que uno ha entrado en ese mundo abyecto, no lo lamenta. Acceder a las tripas del monstruo tiene recompensa literaria.

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Autor: Carlos Bardem. Título: Mongo BlancoEditorial: Plaza & Janés. Venta: AmazonFnac y Casa del Libro.

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