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En silencio te escucho, mamá

En silencio te escucho, mamá

Lady Bird, de Greta Gerwig.

Mi abuela había tenido una vida antes, aunque ninguna foto así lo atestiguaba.

A través de los amplios pasillos de un Carrefour, una joven universitaria mastica la distancia respecto a su madre. La ve frente a ella, gesticulando, hablando sin freno. Ella quizá debería estar en otro lugar: cerca de las personas que pueden canjearle un ascenso social a corto plazo; quizá en casa leyendo libros, escuchando música, viendo películas europeas para así participar activamente en las conversaciones de su grupo de amigos. Su madre sigue hablando. Despacio, las palabras empiezan a dibujar sus siluetas, como si apareciesen ahora por primera vez en todo este tiempo, como si ella hubiese desbloqueado la posibilidad de escuchar la historia de su madre. En la sección de los lácteos de un Carrefour se reconcilian, en un chasquido cósmico, las narrativas de dos generaciones hasta ahora distanciadas. Madre e hija se dan la mano, porque el resto de las cosas dan bastante miedo. Las dos juntas están bien.

1. el pasado, una bandera ondulante

Cuando eres niña, crees que los padres solo pueden hacer cosas ejemplares,
y luego te enteras de que solo hacen lo que pueden.

Listas, guapas, limpias es el primer libro publicado por Anna Pacheco (Barcelona, 1991). Edita Caballo de Troya. Son datos relevantes.

Aparentemente, el relato se emplaza en un tiempo pasado, no respecto a nosotros —que también—, sino respecto a la voz narradora. Uno podría pensar que dicha voz es la de la propia Anna Pacheco, dadas las coincidencias espacio-temporales con su protagonista. Además, esa constante mirada al pasado que propone Listas, guapas, limpias confiere a la narración el aspecto de unas memorias parciales de juventud. Pese a todo, la escritora guarda ciertas distancias, manipulando así el dispositivo y transformándolo en un aparato ficcionado. Supongo que hago este análisis para concluir que, al final, los límites no están claros, y que este libro sabe sacar buen provecho de los puentes tendidos entre realidad y ficción.

La mirada al pasado conoce, pese a todo, diferentes distancias. La acción transcurre, de inicio, en el año 2007: la protagonista, de nombre velado, asiste a un momento crucial de su juventud. A las puertas del bachillerato, se entera de que Yaiza, su mejor amiga, ha decidido no cursarlo. Es la primera ruptura con la vida conocida. A partir de ese quiebre inicial, la narración se parte en dos, hacia adelante y hacia atrás. En 2010, al terminar su primer año en la universidad, la protagonista regresa a su barrio para ayudar a su madre en los cuidados de su abuela, de 93 años. También se reencuentra con Yaiza, después de un curso de apenas verse. Asimismo, la protagonista recuerda. Recuerda otro verano, el del año 2000, cuando ella y sus padres pasaron unas vacaciones con otra familia amiga.

Todo en Listas, guapas, limpias sucede en verano, como si ese espacio abierto y caluroso posibilitase la reflexión, el giro de los términos hacia uno mismo, más allá de las obligaciones diarias del día a día que cubre el resto del año. Conflictuada por sus relaciones con su entorno —su familia, sus amigos, sus parejas— y acercándose a la veintena, la protagonista recuerda el pasado como si tratase de aferrarse a algo, a una señal identitaria que ahora, en medio de tantos cambios, parece desvanecerse. La incipiente demencia de su abuela, que apenas recuerda su nombre por momentos, la invita a pensar hacia atrás.

2. el presente, una amalgama de herencias

El camino a su casa lo hacemos en silencio,
y me doy cuenta de que pensamos cosas distintas.

Anna Pacheco construye la narración de Listas, guapas, limpias alrededor de una serie de afectos en conflicto, los afectos tensos de una joven con su mejor amiga de la infancia, con su madre y con su abuela. Reflejados diferentes momentos de su pasado en cada una de ellas, por un momento se plantea la posibilidad de haberse desvinculado. Universitaria, cosmopolita y culta, siente en primera instancia que todas esas cuestiones asumidas a posteriori, es decir, más allá de las personas que constituyeron el núcleo de su vida temprana, la distancian de ellas de manera irreversible. Se hace grande en casa: impulsada por una arrogancia adolescente, empieza a notar que las paredes impuestas por su madre, por su amiga, por su abuela, se le van quedando pequeñas.

El golpe viene desde el lado opuesto. En una fiesta universitaria, sentada en una esquina del sofá, la protagonista es testigo de cómo una serie de estudiantes de clase alta, bohemios, inquietos —que reúnen, en esencia, todas aquellas cualidades a las que ella, de algún modo, aspira—, interactúan. Cuando uno de ellos le pide que cambie la música, que elija la música que ella quiera, colapsa: ¿y si la música que elige la hace quedar en evidencia? Sus inseguridades, tiempo atrás enterradas en el ámbito doméstico, emergen con una fuerza nunca antes conocida. Su miedo a no pertenecer desvela un poderoso contraplano de su altivez, del pedestal desde el que mira a las personas de su entorno más cercano. Ahí, entre desconocidos, vuelve a ser frágil.

Anna Pacheco dibuja así una contradicción inscrita en la genética de la generación millennial, permanentemente conflictuada por la ausencia de lugares comunes entre lo familiar y lo social, incapaz de conciliar ambos aspectos de la vida de manera saludable. En ese punto intermedio entre ambas cosas, la protagonista retrocede en el tiempo en busca de respuestas. Episodios de la juventud de su madre salpican el relato, al mismo tiempo que su abuela relata el proceso mediante el cual acabó casada con su abuelo. Las tres se reencuentran en ese pliegue del tiempo, que posibilita que, por un momento, todas compartan la misma edad, todas traten de ser felices adscritas a los parámetros de sus respectivas épocas. La ventaja de la voz que narra, insiste Anna Pacheco, es que dispone de los relatos de sus antecesoras. De ellos aprende, con ellos en la mano trabaja hacia la libertad.

3. darse la mano otra vez, supongo

Mi madre necesita saber la hora a la que suceden las cosas que ella se pierde.

La agitación política y la estricta contemporaneidad discursiva han sido, a lo largo de los quince años de historia del sello Caballo de Troya, elementos fundamentales a lo hora de comprender su catálogo. El libro de Anna Pacheco registra dichas máximas y las trabaja con insistencia: amén de ser una trenza generacional, Listas, guapas, limpias también afronta la progresiva liberación de la mujer en términos de relación con su propio cuerpo. A través del retrato de la abuela, la madre y la hija, uno lee con facilidad las amplitudes del mundo conocido, pero también las estrecheces que todavía exigen un camino a recorrer.

El libro, que ya bajo su título esconde la promesa de una agitación irónica, arranca sus páginas desde ese lugar: una joven trata de desembarazarse de una herencia que la lastra como mujer, de desmarcarse de las expectativas sobre su cuerpo y su intelecto, de sentir que puede llegar a ser libre. Todo eso queda escrito en las primeras páginas; después el viaje es hacia atrás, hacia dentro, hacia el aprendizaje que todavía podemos extraer de aquello que consideramos teóricamente obsoleto. Listas, guapas, limpias es, insisto, una trenza generacional: una mano tendida hacia el pasado, hacia las ausencias sufridas por nuestras madres, por nuestras abuelas. Una mano tendida al vacío, por si alguien la necesitase.

Madre e hija conversan en los pasillos abiertos de un Carrefour, en el mismísimo corazón del libro de Anna Pacheco, las dos juntas, sobrepasadas ya las distancias. La madre habla, la hija escucha, en esta ocasión, en silencio. Escribe: «Nos vamos haciendo diminutas a medida que nos alejamos. El paseo lo es todo para nosotras«. Este es un Caballo de Troya enviado al centro de los silencios. Con palabras por fin dichas, Anna Pacheco reconquista los afectos perdidos.

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Autora: Anna Pacheco. Título: Listas, guapas, limpias. Editorial: Caballo de Troya. Venta: Amazon, FnacCasa del Libro.

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