Inicio > Blogs > Ruritania > En una tarde azul, sube al espino…

En una tarde azul, sube al espino…

En una tarde azul, sube al espino…

“Y tú Antonio,
buen Antonio Machado que aquí al amor naciste
y estrenaste las cruces del dolor y de la muerte”

Gerardo Diego

Antes de cumplir los veinte años, anudaba a mi existencia el tercer amor de mi piel desvelada. Se llamaba Romina, y digo “se llamaba”, porque el cruento rayo de la muerte partió su vida tempranamente. Romina era una novia intangible, literaria, hecha de sueños y de tinta. Una mujercita puro carácter que desde el fondo de su mirada aguamar invitaba al doble juego del amor locuaz y del silencio impuesto. En una de esas tardes que se hacían largas en el Club del barrio, puso en mis manos un cassette de Joan Manuel Serrat con una nota en un papel prolijamente doblado. Aquella nota decía: “No es el yo fundamental eso que busca el poeta, sino el tú esencial” y más abajo: “Antonio Machado”. Romina, unos años menor que yo, ya había leído a Machado y me había regalado —quizás inconscientemente— el secreto de la escritura, ese secreto que desde aquel momento comenzó a roturar los campos vírgenes de mi vida.

Llegué a Soria la mañana de un 12 de junio. Habían sido tres horas largas de autobús desde Valladolid, locus cordis donde yo desandaba mis sueños castellanos, esos sueños que fui modelando de niño con el barro tibio de las historias de “Castilla la Vieja” que mi abuela me contaba en un patio bonaerense, llenos de geranios y jazmines.

"Aquellos álamos y mi soledad habitada fueron testigos de una gratitud escrita con lágrimas. Machadianamente miraba al Duero mientras el silbo de los mirlos quebraba el silencio y yo recitaba de memoria"

David Ortega, eximio cronista de la Soria profunda, me había armado un itinerario para recorrer por la mañana el casco histórico de la ciudad. Cerca de las 2 de la tarde nos encontraríamos al pie del Monte de las Ánimas, donde un Bécquer pétreo, sentando sobre un tronco, sigue mirando los ojos de aquel gato negro, intentando descifrar el dolor del amor frustrado tras un rayo de Luna. Un abrazo con David, unos torreznos bien sorianos y un viaje corto hasta Castilfrío de la Sierra, donde Sánchez Dragó se hizo silencio una mañana de abril, el polémico y bueno Dragó que me ayudó a publicar mi primer artículo en El Norte de Castilla.

Llegué a Soria la mañana de un 12 de junio, cuando el verano demoraba su presencia, latía ansioso en el canal de parto de la primavera madura, sabiendo que su monólogo era breve en aquellas tierras olvidadas. Para quienes vivimos una vida literaria, Soria es la Ciudad de los Poetas, y yo fui tras ellos, buscando las huellas de Gerardo Diego en el Casino Amistad de la Calle del Collado, de Bécquer en el reflejo acuoso del Padre Duero, de Machado entre las paredes silentes del Instituto que hoy lleva su nombre y aquella curva de ballesta entre San Polo y San Saturio. Un puente de piedra con ocho ojos, y más abajo un sendero a la orilla de las aguas. Aquellos álamos y mi soledad habitada fueron testigos de una gratitud escrita con lágrimas. Machadianamente miraba al Duero mientras el silbo de los mirlos quebraba el silencio y yo recitaba de memoria:

“[…] álamos del amor cerca del agua
que corre, y pasa y sueña
álamos de las márgenes del Duero
conmigo vais, mi corazón os lleva”

Antonio llegó a Soria una tarde del primer día de mayo de 1907. Bajó de un lento tren proveniente de Madrid, ligero de equipaje y sin más documentos que una libreta personal, su flamante título de profesor de francés y su torpe aliño indumentario. Francisco Umbral, que por momentos parece el dueño absoluto de la metáfora en la literatura española de la segunda mitad del siglo XX, escribe: “Machado cambia el cisne rubeniano por la cigüeña castellana, y le da el mismo resultado poético. […] Hay que ver a Machado en Soria como la síntesis del provinciano absoluto y esencial.” [1] Y es que es así, tal cual, porque jamás Machado caminó Soria como un forastero, porque se hizo consubstancial con el hombre y el paisaje castellano, porque es así como dice entre nosotros, poéticamente, Julia Prilutzky Farny:

“Donde se quiere arar. Y dar un hijo.
Y se quiere morir, ahí está la Patria”

Antonio se instaló en una pequeña pensión regenteada por Isabel Cuevas, cuya hija, de apenas 13 años, menuda, trigueña y de ojos oscuros, iba a convertirse en la musa inspiradora del poeta, su razón de vivir. Aquella jovencita se llamaba Leonor Izquierdo.

“Sentí tu mano en la mía,
tu mano de compañera,
tu voz de niña en mi oído
como una campana nueva,
como una campana virgen
de un alma de primavera

Y el afecto se hizo verbo y el verbo se hizo vida… y la vida se hizo añicos. Antonio, Leonor y Soria formaron una tríada indisoluble que aún hoy gravita en las calles y en los paseos de aquel rincón castellano:

“¿No ves, Leonor, los álamos del río
con sus ramajes yertos?
Mira el Moncayo azul y blanco; dame
tu mano y paseemos”

Leonor y Antonio contraen matrimonio una tarde de verano de 1909 en la Iglesia de Santa María la Mayor. Aquel día, un 30 de julio más precisamente, los vecinos de Soria vieron salir de su casa a una humilde muchacha que lucía con la belleza sobria de una princesa castellana. Los retratos color sepia que aún se conservan muestran a una Leonor de sonrisas leves y ojos profundos, casi tristes. Dos años después, en una estancia en París, un hilo de sangre brota de las entrañas de la muchacha, anunciando la tuberculosis. El poeta dispone todo cuanto tiene para amortiguar la visita inesperada del ángel de la muerte. No cabe en el alma de los que amamos a Antonio aquella imagen suya empujando un cochecito de paseo por los senderos que rodean la Ermita de Nuestra Señora del Mirón. Antonio contempla a su mujer-niña y se aferra a la vida. Su pluma lo inmortaliza en un poema desgarrador. Él sabe que, cual olmo seco, el mal corroe las entrañas de su amor, pero todo leve soplo de mejoría enciende una candela de esperanza:

“[…] olmo, quiero anotar en mi cartera
la gracia de tu rama verdecida.
Mi corazón espera también,
hacia la luz y hacia la vida
otro milagro de la primavera”

Y Leonor se va irremediablemente. Y Soria, la Soria encantada —eso es Soria, créamelo, querido lector—, comienza a ser para el poeta el lugar del vacío, de las voces ausentes, de los recuerdos que no abrazan ante tanto frío, incluso en agosto.

“Señor, ya me arrancaste lo que yo más quería.
Oye otra vez, Dios mío, mi corazón clamar.
Tu voluntad se hizo, Señor, contra la mía.
Señor, ya estamos solos mi corazón y el mar”

Llegué a Soria un 12 de junio, y se preguntará usted: ¿por qué vuelvo sobre esta fecha? Y respondo: no solo porque Soria fue la revelación esperada sino porque un 12 de junio nació Leonor Izquierdo. Yo no lo sabía, pero la Providencia siempre escribe guiones sublimes. Llegué hasta el pie de su tumba llena de flores, una lápida ya gris por una centuria de lluvias cayendo sobre ella y una inscripción que es la síntesis de una ofrenda: “A Leonor” y más abajo: “Antonio. Aquella mañana de verano subía yo la cuesta hasta el Cementerio del Espino asumiendo la misma misión que Antonio encomendó a su amigo José María Palacio:

“Con los primeros lirios
y las primeras rosas de las huertas,
en una tarde azul, sube al Espino,
al alto espino donde está su tierra”

—————————

[1] F. Umbral. Las palabras de la tribu. Ed. Planeta, Barcelona, 1996: p. 48-49

5/5 (2 Puntuaciones. Valora este artículo, por favor)
Notificar por email
Notificar de
guest

0 Comentarios
Feedbacks en línea
Ver todos los comentarios