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Enfermedad que crece si es curada

Enfermedad que crece si es curada

Quién podría pretender a estas alturas descubrir al inmortal Quevedo… Sin embargo, como en aquella ocasión en la que elogié a Vargas Llosa, no como escritor o como político, sino como boxeador, debo comenzar con una de esas digresiones que a uno le hacen lo que es, escribiendo o viviendo; al fin y al cabo, quiero pensar que digresar no es tanto dispersar como enriquecer, apuntar matices, ofrecer puntos de vista, encontrar alternativas, fabricar pensamientos laterales… Un cursi contemporáneo, por supuesto necesariamente anglicista, hoy se definiría digresioner, pero un fulano cuya niñez creció en el barrio madrileño de Usera, como mucho podría ser digresante, o directamente tocapelotas. Confieso mi crimen, como autor orgulloso de su obra.

Así las cosas, más allá (o, seguramente mejor, más acá) de la brutal genialidad de su soneto, rebosante de quiasmos, paradojas y oxímoron que convulsionan al alma lectora, me rindo ante un tipo capaz de comprar la casa donde vive de alquiler su adversario, solamente para desahuciarlo. Quevedo no se quedaba en las palabras que escribía, sino que sus versos pendencieros se hacían carne, y lejos de perderse en el viento se anclaban a la tierra, como, por otra parte, se exige de los héroes.

"Los protagonistas de Camus son rebeldes: el hombre rebelde de Camus es enemigo de la opresión"

Los actos que le hacen a uno convertirse en enemigo son versos pendencieros que se hunden en el suelo y nos definen en aquello contra lo que no creemos, contra lo que combatimos, contra lo que no somos. Para Carl Schmitt, aquél que consideras enemigo configura y delimita la identidad de uno mismo. Ser enemigo es un acto de dignidad contra lo que aborrecemos y a favor de nosotros mismos, quienes, en realidad, elegimos contrincantes a la medida de nuestra propia altura, porque un cervatillo no puede ser nunca enemigo del león: puede ser solamente su víctima. Y no hay honor en el desvalimiento del contrincante. Por lo tanto, ser enemigo revela algo profundo y extraordinario en quien lo porta, pero —¿desgraciadamente?— de alguna manera también elogia a nuestro adversario: mi enemigo me debe una.

Los protagonistas de Camus son rebeldes: el hombre rebelde de Camus es enemigo de la opresión, Mersault lo es de las convenciones sociales y el doctor Rieux del absurdo y la injusticia de una enfermedad que solamente comprende un dios sordo. Aquiles y Héctor son enemigos, desde que Héctor acogió a su hermano Paris y a Helena en las murallas de Troya, y se alzó como enemigo humano del hijo de la diosa Tetis, a sabiendas de que no podía rehuir la lucha, y de que resulta que, a pesar de que bien sabía que nadie podría vencerlo hasta que llegase su hora, las horas las marcan los dioses. Darth Vader es tan formidable que obliga a crecer a Luke Skywalker, seguramente sabiendo que el Lado Oscuro mordería el polvo, porque habitaban un universo de Hollywood, y no en los bajos fondos de una ciudad cualquiera de carne y hueso. Holmes fue el genio que fue, porque Moriarty lo eligió como enemigo, a pesar de que sabría que él no sobreviviría a la catarata y el detective sí. Y el genial Coyote sucumbe en una rueda interminable del destino, como enemigo del soplapollas plano del Correcaminos, simplemente porque sí.

"No veía rastro de mí. Solamente estaba ella: entonces supe que estaba perdido"

Cómo no sentirse cerca de El Enemigo, de ha-Satan, ese Satanás del judaísmo antiguo, cuando no era todavía el Mal Absoluto, sino la figura del que se enfrenta, del que acusa, del que resiste como un Luzbel rebelde, seguramente apiadado por el género humano. Cómo no sentirse cerca de una nación llamada Apache (“enemigo”, en la lengua de los otros) y de sus valores y su fuerza como para no ser nombrada por su propio nombre, sino por su fiereza. Qué placer, poder definirse simplemente como enemigo, incluso corriendo peor suerte que el madrizleño don Francisco.

Pero todo esto es otro cantar: fin del paréntesis y vuelta ahora a Quevedo, pluma y espada a cual más afilada, y a su enfermedad que crece si es curada.

Porque, tras unos cuantos años andando caminos, apurando botellas, bebiendo de las copas y de los labios, y escribiendo renglones torcidos, uno aprende que a quien nace para martillo del cielo le caen los clavos, y que nadie escapa a lo que le persigue, si son sus propios fantasmas o si el karma lo recluta como soldado.

Un día me miré en mi espejo y la vi a ella. Yo debía estar ahí, buscándome como tantas veces, tratando de reconocerme una vez más en el que fui, preguntándome dónde estaba yo en esa figura ajada y de mirada cínica que solía encontrarme; pero no, en ese momento allí sólo estaba ella. Mirándome como yo me miraba, llenando la estancia como un estallido de luz al abrir la ventana a la mañana, apagando el pasado como un golpe de viento que se lo llevara todo. No veía rastro de mí. Solamente estaba ella: entonces supe que estaba perdido.

"De nada me valió jurarme que no me convencería el sonido de su voz. A mí, de nada me valió atarme al mástil del barco"

Solamente entonces adquirí la lucidez de que me había derrotado aquél al que elegí como enemigo. Irremisiblemente, sin condiciones, sin esperanza de supervivencia… Yo, que elevé la razón a la cúspide de la pirámide; yo, que no quería sentir; yo, que creí de verdad que el valor valía, que creí de verdad que las armaduras protegían, que nuestros actos importaban y que se podía gritar al Universo. Pero no; se dejó gritar y dobló la apuesta y, en un instante, perdí en su ruleta todo lo que tenía: yo. El amor me partió la cara.

Porque dejé de ser yo para ser ella. Invasión. No era reflejo ni sombra: era invasión. De nada sirvió atrancar puertas, excavar fosos y levantar puentes levadizos. De nada sirvió conocer al enemigo y sus tácticas. De nada sirvieron las pequeñas victorias ni las derrotas anteriores, de ésas que nos engañaron al decirnos que se aprende de ellas. No: un único arañazo en el cruce de golpes mete en la sangre miles de pequeñas larvas que un día estallan y le llenan a uno el pecho, hasta que revientan las costuras y se desparraman por toda nuestra vida.

Porque yo no sabía que la enfermedad iba a crecer si la curaba. Me enamoró casi sin hacer nada, de forma insultantemente fácil, llegando poco a poco, como si hubiera entrado en mí sin permiso, lenta, definitiva, silenciosa, colonizándome por dentro, hasta que ya nada era mío (¿por qué caminos y cómo te dirigiste a mi alma?, ¿quién te enseñó los pasos que hasta mí te llevaron?). De nada valieron los esfuerzos por sujetarme el alma, para que no se me fuera hacia ella. De nada me valió jurarme que no me convencería el sonido de su voz. A mí, de nada me valió atarme al mástil del barco.

"Lo sé porque abro los ojos al despertar y doy gracias por ver que sigue a mi lado. Lo sé porque, si pienso, pienso en qué pensaría ella"

Y lo sé porque estaría horas velando su sueño, solamente mirándola (es bueno, amor, sentirte cerca de mí en la noche, invisible en tu sueño, seriamente nocturna, mientras yo desenredo mis preocupaciones como si fueran redes confundidas). Lo sé porque abro los ojos al despertar y doy gracias por ver que sigue a mi lado. Lo sé porque, si pienso, pienso en qué pensaría ella. Lo sé porque no quiero llegar si ella no ha llegado todavía. Lo sé porque no podría seguir en esta casa, si ella la abandonase. Lo sé porque me duele su dolor, porque me acobarda su miedo, porque me ahogan sus lágrimas, y porque incendiaría ciudades y asesinaría a destajo y con risa de loco por ella.

Al fin, todo lo que soy cabe en uno solo de sus abrazos.

Yo, el Enemigo, resulta que ahora ridículamente trato de entenderlo, como si quizá pudiera demostrar que no había otro camino, como si pudiera encontrar el instante exacto en el que ya todo se vuelve necesario y hubiera llegado allí porque era imposible que no lo hiciera, como si comprender por qué ha pasado me liberase de la derrota… Erich Fromm, como si teorizase lo que Pessoa simplemente siente en su Cancionero —amar es cansarse de estar solo—, entiende el amor como la necesidad del ser humano de superar su separatidad, de abandonar la prisión de su soledad, pero no puedo estar de acuerdo: nunca me sentí suficientemente solo. Un poco más me reconozco en la entrega por encantamiento y en el enamoramiento como un fenómeno de la atención de Ortega, pero tampoco puedo estar de acuerdo en separar los estados orteguianos de enamoramiento (una especie de imbecilidad transitoria) y amor (lealtad a una elección), y ello aunque también Alberoni parezca creer en una especie de amor-pasión, por un lado, y otra de amor-duración, por otro, como si se pudiera pagar una borrachera desgajando el haz de una moneda y dejando el envés para la siguiente. Y, desde luego, en nada puedo reconocerme en que el amor tenga por fundamento un instinto dirigido a la reproducción de la especie, de Schopenhauer; pero, en fin, qué seguimiento se le podría dar en este tema a un misógino del calibre del pesimista alemán, por otra parte tan lúcido en los demás. En definitiva, termino tan sin saber si los filósofos pueden entender algo sobre el corazón, como si los poetas pueden entender algo sobre el seso. Pero, ¿en serio quiero teorizar, cuando, de tanto mirar a las profundidades, el abismo ya ha entrado en mí, y si, al fin y al cabo, como diría nuestro genial Cervantes, el andar a caballo a unos hace caballeros y a otros caballerizos, y a mi ego le ha tocado limpiar tantas cuadras? Al final, va a ser verdad —con Bonaparte— que la única victoria sobre el amor es la huida… pero yo nunca supe salir corriendo.

"En esa mirada no hay desafío, ni miedo, ni exigencia. Hay algo peor: confianza y paz"

Parece jodida justicia poética. El hombre —el varón— se cree rey de la Creación. Mandamos, ordenamos el mundo, brindamos a voces en nuestra camaradería, nos decimos a nosotros mismos que somos fuertes, que nuestros brazos sostienen y protegen, que sin nosotros todo se vendría abajo y nos reconocemos orgullosos en el titán Atlas, con el mundo sobre nuestros hombros. Y quizá, en el fondo, por eso invadimos países, incendiamos ciudades y nos pasamos a cuchillo: para demostrarnos que somos dignos de sus ojos. Para vernos reflejados en su mirada como diosecillos de andar por casa, soberanos de un pequeño orden privado que nos salva del caos, para sentirnos grandes frente a la intemperie del mundo y de la vida…

Y, sí, luego unos ojos nos miran. En esa mirada no hay desafío, ni miedo, ni exigencia. Hay algo peor: confianza y paz. Creemos ver en ella la certeza silenciosa de que somos el pilar de nuestro mundo compartido, de que nuestra fuerza importa, de que la locura tiene premio, como si fuésemos la pieza que falta, como si fuésemos necesarios, como si fuéramos suficiente para ellas. Y ahí caemos. Simplemente nos dejamos alcanzar.

Porque yo no sé qué hacer cuando me mira como si fuese su refugio, como si mi fuerza sirviese no para destruir sino para permanecer, como si tuviese todas las respuestas, como si fuera un héroe, aun uno sin escenario, sin aplausos y sin enemigos épicos. Entonces, llega la lucidez y, de repente, ya no me veo en mi espejo. Y me importan una mierda todas las explicaciones teóricas, todas las justificaciones, el mundo entero más allá de su piel y hasta las risas de mis antiguos yoes. Como casi siempre, el Enemigo ha vuelto a perder.

Entonces, ella me mira, veo que se ponen verdes sus ojos cuando me quieren y comprendo que soy un hombre afortunado, porque pudimos no encontrarnos en el tiempo, y, sin embargo, la tengo a tiro de mis dedos enamorados. Uno más uno sigue siendo uno. Y, si esto que digo es error y pudiera probarse, decid que nunca he escrito, ni hombre jamás ha amado.

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