En un punto equidistante entre la salud y la enfermedad, entre la lucidez y el delirio, se abre una nebulosa transitada por seres atormentados que actúan como espías de su propio organismo, atentos a la mínima señal de que algo no funciona del todo bien o da indicios de estropearse. Como si la piel y la carne fueran transparentes y pudieran observar sus propias tripas, igual que los antiguos relojeros desmontaban un reloj para estudiar su mecanismo. Cuerpos de cristal. Personas que sufren un estado de constante ansiedad por su salud que, en busca de tratamientos y curas milagrosas, peregrinan por consultas médicas y páginas de internet, y en última instancia corren el peligro de caer en manos de curanderos y vendedores de humo. Son los hipocondríacos.
Antes de proseguir conviene recordar que la expresión «cuerpos de cristal» tiene otros significados relativos a un par de enfermedades raras que afectan a los huesos y a la piel. También se usa metafóricamente en alusión a la fragilidad emocional de algunos jóvenes nacidos tras el año 2000. En la Edad Media y Renacimiento se extendió entre los nobles un delirio inspirado por el vidrio que empezaba a utilizarse, y que puede considerarse antecedente de la hipocondría. Se autosugestionaban con la idea de que sus cuerpos eran de ese frágil material, cuerpos de cristal, y los protegían con vestimentas reforzadas con varillas de hierro. El caso del rey de Francia Carlos VI es el más documentado que ha llegado a nosotros.
En este ensayo Crampton recorre la evolución de una enfermedad tan antigua como la humanidad, aunque no tuvo nombre hasta el siglo V a.C., «un espejo que refleja las dudas de cada época». Desde el vórtice del problema, por haberla sufrido en sus propias carnes, desmonta prejuicios y clichés profundizando en sus causas y efectos. También analiza su proyección en la sociedad a través de la mirada de artistas y pensadores que han usado la patética imagen del hombre o de la mujer aquejados de males fantasmas para reflejar los extremos a los que se puede llegar ante el temor a la enfermedad y a la muerte. Entre estos creadores destaca Jean-Baptiste Poquelin, más conocido por Molière, autor de El enfermo imaginario, en torno al arquetipo de hipocondríaco, Argan, que obliga a su hija a casarse con un médico para tener asistencia gratuita y asegurada. En realidad, el gran dramaturgo francés sentía aversión hacia los galenos, incapaces de curar la tuberculosis que padecía y que le llevó a la tumba, aunque no le impidió casarse, a los cuarenta años, con un actriz mucho más joven.
El nombre de Woody Allen ocupa el podio de los hipocondríacos célebres. Haciendo autoparodia de su trastorno, el cineasta ha logrado divertirnos exhibiendo su angustia a causa de una imaginaria mala salud. Numerosos humoristas y cómicos han explotado ese filón con mayor o menor ingenio. «La hipocondría es divertida y también todo lo contrario. Reírse de ella es una forma de expresar crueldad, prejuicios y, en el mejor de los casos, inseguridad. La mortalidad incomoda. Tomarse en serio a las personas hipocondríacas sería reconocer que todos nos encontramos siempre más al borde de ella de lo que creemos». Crampton incluye múltiples referencias culturales a escritores, filósofos o científicos que enriquecen el texto: Virginia Woolf, Susan Sontag, Katherine Mansfield, John Keats, Freud, Darwin…
¿Cuántos hipocondríacos existen en el mundo? Como casi todo lo concerniente al tema, los datos son difusos. El porcentaje de población a quien se ha diagnosticado «trastorno de ansiedad por enfermedad», término acuñado por el DSM-5, se estimaba en el uno por ciento, pero en las dos últimas décadas ascendió hasta el cuatro y el siete por ciento, y hasta el diez si existe una enfermedad previa, como en el caso de la autora. La pandemia de la covid es uno de los factores que explican este incremento, además del hecho de que una sociedad materialista como la nuestra, que ya no cree en una recompensa en el mas allá, rinde culto a una Nueva Trinidad: juventud, belleza y salud. A eso se suma el fácil acceso a información médica en internet y a la existencia de múltiples dispositivos que permiten chequearse directamente sin acudir a los sanitarios.
Crampton no ofrece respuestas fáciles ni curas milagrosas. Propone dignificar un sufrimiento real que la medicina ha despreciado durante siglos y reconocer que la hipocondría es también una forma de estar vivos, de intentar comprender un cuerpo que se nos vuelve extraño y amenazante. El libro nos interpela directamente: ¿seguiremos tratando el miedo a enfermar como una debilidad ridícula o empezaremos a escuchar el dolor de quien teme su propio cuerpo? Este ensayo revela que la hipocondría no es solo la enfermedad de unos pocos, sino el síntoma de una época que nos ha enseñado a vigilar nuestros cuerpos sin cesar, a temer cada sensación, a buscar certezas donde solo existe la fragilidad de estar vivos. Y a la postre, pese a todo el sufrimiento, lanza un mensaje positivo y esperanzador: «Desenredar la historia de la hipocondría me ha permitido apreciar lo que tengo delante de mí, mirarlo fijamente, sin temor. Nuestros cuerpos son tan extraños e improbables… Soy una milagrosa maraña de sistemas y complejos procesos. ¿Qué puedo hacer sino maravillarme ante su infinito prodigio?».
Caroline Crampton colaboró para diferentes medios como The New Statesman y The Times antes de dedicarse a la no ficción literaria. Su primer libro, The Way to the Sea: The Forgotten Histories of the Thames Estuary (Granta, 2019) fue un acontecimiento literario alabado por la crítica, al igual que su galardonado pódcast Shedunnit, donde habla de ficciones, que se distribuye a través de BBC Sounds. Como presentadora, ha aparecido en BBC Two, Sky News, BBC Radio 2 y BBC Radio 4. Es además editora jefe de The Browser, donde escribe artículos, reseñas y ensayos para diversas publicaciones.
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Autor: Caroline Crampton. Título: Cuerpos de cristal: Una historia de la hipocondría. Editorial: Barlin Libros. Venta: Todostuslibros.



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