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Épica de la derrota

Juan Trejo, escritor barcelonés nacido en 1970, es bien conocido por su impagable labor al frente de algunas revistas literarias, como Quimera, de la que fue codirector en su día. Su actividad como novelista arranca con El fin de la Guerra Fría, que fue recibida con no poco entusiasmo, y, sobre todo con La máquina del porvenir, obra con la que logró el siempre codiciado Premio Tusquets.

La barrera del sonido es su cuarta incursión en el mundo de la narrativa. La prueba de fuego con la que un escritor tiene que demostrar que ha venido para quedarse, que su nombre ya debería empezar a figurar en los suplementos culturales, y sus libros a aparecer en los escaparates de las principales librerías.

"La novela de Trejo es ambiciosa en exceso. Es como si no hubiera querido dejar nada para una próxima ocasión"

Las últimas líneas de la cita de Walter Benjamin que va al frente de la obra representan toda una declaración de intenciones. Una advertencia previa al lector sobre el modo en el que debería abordar estas páginas: “Por mucho que puedan extenderse, los recuerdos no representan siempre una autobiografía. Y este escrito, desde luego, no lo es”. Un modo muy particular, sutil y posmoderno de ponerse la venda antes de hacerse la herida. Antes de que el crítico de turno –que podría ser yo mismo– enfoque su comentario sobre la tan traída y llevada autoficción. Pero lo cierto es que un relato en primera persona, desde los tiempos del Lazarillo y más allá, siempre tiene sus servidumbres y a veces es necesario, más que huir de ellas, hacerles frente y asumir sus consecuencias.

La novela de Trejo es ambiciosa en exceso. Es como si no hubiera querido dejar nada para una próxima ocasión. Las historias se suceden constantemente, como si su autor tuviera miedo de aburrir al lector a quien, en ocasiones, no le concede respiro alguno. De ahí que los relatos se encadenen unos con otros, y hasta puedan a llegar a chocar entre sí. Pero, considerando como cierto todo lo apuntado, a mí, al menos, me vale, de entrada, la portentosa imaginación del novelista, ese deseo, a veces un tanto desesperado, de no dejar huecos, agujeros negros, momentos de asueto en su discurso. No es de extrañar, por lo tanto, que, por instantes, La barrera del sonido se convierta en una especie de juego con el que se le pone a prueba al lector, como cuando comienzan a desfilar determinados escritores como si estuviéramos en un teatrillo. Es el caso, por ejemplo, de Juan Rulfo. Me parece bien que en los primeros instantes se nos proporcionen ciertas pistas con su manera de hablar, con ese tono y ese temple tan cercano a su conocida novela; pero ya resulta un poco más discutible que, no contento con ello, quizá desconfiando en que el experimento quede en agua de borrajas, Rulfo se convierta en un tiovivo con ese despliegue de frases que nos recuerdan no sólo a su Pedro Páramo, sino también a muchos de sus celebrados cuentos. Pero, en el fondo, no deja de ser una simple anécdota que resulta, incluso, divertida. El libro de Trejo se halla repleto de referencias a otros escritores, de reflexiones sobre la propia literatura, sobre la pintura, sobre el cine y la fotografía, sobre las ciudades que visita, y también sobre su propia trayectoria artística, como cuando asegura que “para crear hay que tener claridad”, trampa en la que, en no pocas ocasiones, cae el propio autor.

"Hay, con absoluta certeza, un buen novelista que aún está por cuajar. El molde ya está confeccionado, y el material es rico y abundante"

En el ritmo de su prosa hay ciertos recuerdos de autores españoles, como Vila-Matas y también José Ovejero, por ese deseo de introspección, por esa manera de buscar y bucear en el fondo de las cosas.

Si en el conjunto de la obra hay ciertas grietas, algunas parcelas que quedan a la intemperie, página a página y, sobre todo, en algunos determinados pasajes, la novela resulta brillante, sobre todo cuando mezcla la realidad con la ficción, cuando expresa, con absoluto convencimiento, su fascinación por ciudades como Estambul o Nueva York, que le trae de inmediato a la memoria la figura de Paul Auster.

Sobran las frases hechas (“mundo propio e intransferible”, “en otro orden de cosas”, “no estaba por la labor”, “a cierto nivel”, “me sentí la mar de satisfecho”, “aquel viaje me pillaba a pie cambiado”, etc.), sobran los detestables tópicos, que añaden poco al texto y lo empobrecen con largueza, pero nos compensa con las originales reflexiones que nos ofrece (como cuando escribe, ya en las líneas finales, sobre la épica de la derrota, sobre cómo todo cambia y se transforma), o con la aparición de ciertos personajes, como el señor Alemán, que nos recuerdan al mismísimo Pío Baroja cuando se olvidaba que tenía ante sí una novela y se marchaba de paseo del brazo de su personaje.

En resumidas cuentas, como diría el maestro Sanz Villanueva con su terminología tan particular, hay más en el debe que en el haber. Hay, con absoluta certeza, un buen novelista que aún está por cuajar. El molde ya está confeccionado, y el material es rico y abundante.

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Autor: Juan Trejo. Título: La barrera del sonido. Editorial: Tusquets. Venta: Amazon, Fnac y Casa del libro

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