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Un hombre que fuma bajo la lluvia

Un hombre que fuma bajo la lluvia

De los escasos dos centenares de páginas de su primera novela de la serie Caldas, Ojos de agua (Ollos de auga, en su versión original en gallego), aparecida en 2006, a las más de setecientas de que se compone esta tercera entrega. Y, entre medias, La playa de los ahogados, más crecida que la primera, pero todavía lejos de alcanzar las dimensiones de El último barco. Algo ha cambiado sustancialmente, y no sólo el peso del libro. De entrada, su autor, el gallego —nacido en la ciudad de Vigo en 1971— Domingo Villar, confiesa abiertamente a su ya numerosa parroquia en una nota final, en donde también figuran los consiguientes agradecimientos, que el libro fue “tejido y destejido» —el término está muy bien empleado si nos atenemos a los resultados, y por refrescarnos el recuerdo de una paciente Penélope que, también, teje y desteje con la ilusión puesta en que Ulises pueda regresar algún día, salvado de las aguas— varias veces”.

No es este el momento de recordar pasajes de los dos anteriores volúmenes. Doy por sentado que, en los próximos años, serán muchos los investigadores de una novela policiaca que se ha puesto de moda quienes se ocupen de las obras de Villar, porque hay mucha tela que cortar, muchos secretos por desvelar y, al contrario que la mayoría de sus contemporáneos, que aún están instalados en lo más breve y leve del género, en el caso que nos ocupa hay trabajo para rato, muchos asuntos de los que tirar del hilo en busca de tesoros ocultos. Sin embargo, sí conviene decir, por ejemplo, que aquel Rafael Estévez —el curioso y singular ayudante de Caldas en sus pesquisas policiales— parece, por fin, mucho más aclimatado al medio, mucho más resignado con su nuevo y obligado emplazamiento en tierras gallegas, aunque siga sin entender un carallo la idiosincrasia de estos celtas que siempre responden con un interrogante a cualquier pregunta. Como para volverse loco.

"Son especialmente valiosos y reconfortantes los capítulos en los que aparece la figura del padre de Leo Caldas"

En un tiempo reducido, durante unos cuantos días tan sólo, y en un espacio escénico que no va más allá de la ría de Vigo, entre Tirán y Moaña con las islas Cíes y la frontera con Portugal como telón de fondo, se desarrolla una novela en la que todo transcurre con la debida lentitud. Domingo Villar sabe dominar el tempo de su relato. Sabe cuándo hay que echarle el freno a la bestia, y cuándo hay que hacer un alto en el camino para la reflexión, para vivir esa otra vida al margen de las obligaciones policiales. En este sentido, son especialmente valiosos y reconfortantes los capítulos en los que aparece la figura del padre de Leo Caldas. Es entonces cuando se detiene el relato y se habla del paisaje, de vino y de libros, del misterio del cosmos, de la vida y de la muerte, a veces con medias palabras, imaginándonos las miradas que se cruzan padre e hijo. Caldas aprovecha la ocasión para poner al tanto a su progenitor de la verdadera personalidad de su tozudo ayudante, Rafael Estévez, con lo que se ve obligado a borrarlo de su libro de idiotas, en donde ya lo tenía apuntado a lápiz. De la boca del padre de Caldas salen frases lapidarias, magistrales, que se convierten en toda una filosofía de la vida: “La mejor forma de no volverse loco es perder de vez en cuando la cabeza”. La reflexión va dirigida a su propio hijo, quien, en ese instante, se muestra algo remiso a iniciar una relación con una vieja amiga de la infancia, Elvira Otero, a quien también se le concederá en estas páginas su minuto de gloria.

Pero, acaso, el personaje que más nos llama la atención y que aparece y desaparece como un río Guadiana, como un buque fantasma que emergiera de las sombras, es Napoleón, acompañado siempre de su perro Timur, fiel como el Argos de Ulises, capaz de morir a los pies de su amo. Napoleón es un consumado latinista que se ve obligado a vivir a la intemperie y que se gana la vida regalando frases escritas en la lengua vernácula de Cicerón. No son, me temo, simples latinajos puestos al azar. Napoleón es un símbolo; puede, incluso, que sea una alegoría, como si la sabiduría hubiera sido echada a patadas de las aulas, del templo de la ciencia, y estuviera condenada a vivir en la calle, sin un techo en que poder cobijarse. Un niño —le dice Napoleón al sorprendido inspector Caldas, quien lo visita de vez en cuando— sólo necesita dos cosas para ser feliz: la primera, un perro, y la segunda, que su madre le deje tener un perro.

"La desaparición de Mónica Andrade pone en marcha todo un dispositivo que, aunque pretende ser discreto al principio, desactiva la vida tranquila de los habitantes de buena parte de la ría"

La desaparición de Mónica Andrade pone en marcha todo un dispositivo que, aunque pretende ser discreto al principio, desactiva la vida tranquila de los habitantes de buena parte de la ría. No es una chica cualquiera. Es callada, solitaria, muy especial a la hora de elegir a sus amigos, pero, al mismo tiempo, es querida y admirada por sus alumnos y, muy especialmente, por un muchacho que no articula palabra, que viste de color naranja para que nadie se le acerque y que dibuja como los ángeles. Pero, sobre todo, es la hija del reputado cirujano Víctor Andrade, que ha logrado devolver a la vida a cientos de lugareños, algo que le permite elevar la voz en los juzgados y cantarle las cuarenta al mismísimo comisario, el jefe de Caldas.

Domingo Villar sabe administrar la acción como un verdadero maestro del suspense. Los datos que va exponiendo a lo largo de estas páginas son los precisos, como si todo lo llevara en su puño y sólo nos dejara ver pequeños retazos y nos pidiera paciencia. Todo a su debido tiempo. Ni qué decir tiene que, como cualquier novela negra que se precie, abundan las necesarias repeticiones. Esa necesidad imperiosa de, cada cierto número de páginas, recapitular y poner al lector al día, como un maestro que pregunta a sus pupilos por las posibles dudas antes de seguir avanzando en su lección.

"El último barco es, además, una novela que presenta otros variados recursos a los que su autor sabe sacarle partido. Como ese olor y ese color que otorgan belleza y dan vida a este escenario"

No son muchos los datos que aquí se nos ofrecen de Leo Caldas. El autor prefiere que lo juzguemos nosotros mismos, tanto por sus eficaces acciones como por sus muchos silencios. Es una especie de héroe cansado, dicho en términos revertianos. Un hombre que emplea sólo las palabras justas, y, al mismo tiempo, un implacable observador que posee la particularidad de emocionarse y la rara costumbre de fumar bajo la lluvia. A su lado, manteniendo siempre una cierta distancia, el aragonés y contundente Estévez, con sus casi doscientos centímetros de humanidad, y al que, por un misterio que no se logra aclarar del todo en estas páginas, le ladran los perros desde la distancia, como si fuera ataviado con una piel de gato. No falta, pues, una pizca de humor en un relato a veces excesivamente serio en donde, sin embargo, destaca su prosa elegante, un lenguaje bien elaborado en el que, en no pocas ocasiones, parece percibirse ese tonillo gallego que pone a Estévez de los nervios. El último barco es, además, una novela que presenta otros variados recursos a los que su autor sabe sacarle partido. Como ese olor y ese color que otorgan belleza y dan vida a este escenario, ralentizando de vez en cuando la acción y convirtiendo algunas de estas páginas en un verdadero cuadro más de Cézanne que de Renoir, por sus muchos y significativos claroscuros.

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Autor: Domingo Villar. Título: El último barco. Editorial: Siruela. VentaFnac 

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