En medio de la guerra y su recuerdo puede germinar el poema, como una grieta por la que podemos adentrarnos para tocar sin adornos ni imposturas la honestidad del dolor. No de otro modo se puede leer Ciudad que se extiende sobre mi espalda de la poeta libanesa Darine Homani (Lastura, 2026), traducida por Abdul Hadi Sadoun, en estos días en los que asistimos al asesinato por parte de Israel de la también poeta libanesa Khatoun Salma.
La ciudad se despliega en los versos y se va transformando en un ir y venir: de cobijo a escombros, de espacio asfixiante a abierto. Y en medio de esa inestable ciudad la poeta trata de asirse para no caerse, para no extraviarse. La escritura se erige entonces en sostén para los inciertos días. El poema que abre el libro, “Primero escribe poesía”, uno de los más conocidos y traducidos de la autora, es un manifiesto literario-existencial: primero hay que escribir poesía, después ya llegarán los quehaceres domésticos y esa otra verdad:
“Primero escribe poesía
antes de tomarte la presión
antes de enseñar las lecciones del día a tus hijos
antes de empezar a pensar
en las cabezas envueltas de negro…”
El territorio de la escritura ocupa un lugar propio en su poesía. Ni vocación ni refugio es el centro de la tensión de su identidad sobre el que oscila:
“El propósito de la existencia se estrecha a veces,
y solo se ensancha
cuando escribo poesía (…)
preferí recluirme en mí misma
y escribir desde detrás del mundo
hasta que fracasé en todo.”
La literatura para Darine Homani es el fuego en el que arde la vida, por ello, no sólo escribir, sino también embeberse de ella la alimentan, como las muchas referencias a Sylvia Plath, Kafka, Louise Glück o Bram Stocker atestiguan. A pesar de ello, la realidad se obceca, y, aunque asume que la poesía no puede detener ni las masacres ni las injusticias, ésta se entrega como una forma de venganza y de impartir justicia ante una muerte insaciable, por ello, escribir se convierte en una urgencia que justifica y un compromiso que denuncia:
“Y así como no puede inventar una ciudad
sobre cadáveres incompletos
no se puede inventar un poema
que proporcione alegría
mientras esconde la muerte.”
Con el recuerdo de su experiencia de la guerra del Líbano en sus manos y boca (1975-1991) Darine Homani enfrenta el genocidio en Gaza, de este modo la guerra regresa viva a su palabra. Ella habla por quienes ya no pueden: “Y antes de que Palestina se convierta en una idea / después de haber sido un asunto del tamaño de la historia /para toda la humanidad”. El tono directo, casi conversacional, descarnado y la voluntad de interpelación constante, se anudan a unos poemas de estilo narrativo donde lo cotidiano y lo trascendente se entrecruzan y se despojan, así nos alejamos de una línea de la poesía árabe contemporánea más visual y fragmentaria, como la de su compatriota Suzanne Alaywan. La atmósfera bélica se prolonga en los versos como la urdimbre sobre la que se teje la vida, y sin concesiones ni metáforas radiografía el sionismo que ha desembocado en la limpieza étnica del pueblo palestino y ahora, de nuevo, el libanés. El genocidio es la consecuencia de la deshumanización de estado Israel, como en el poema “Una mano cortada en mi mano”, donde leemos versos tan terribles:
“en Gaza solo hay conexión con la muerte
alguien baila en Tel Aviv
otros árabes se regocijan
en Cisjordania disparan a todos lados
cada bala atraviesa mi cuerpo
destruyen una casa cuando se aburren
matan a un niño para matar el aburrimiento
así lo confesó uno de los soldados israelíes
como cualquier humano desea beber su taza diaria de café
si no hay razones comprensibles para tales deseos
¿de dónde les viene tanta brutalidad?”
Resuenan en estos versos la banalidad del mal de Hannah Arendt, si en aquella era el deber y la obligación la excusa del mal y su responsabilidad se diluía en una cadena de mando, aquí la violencia no se desvanece en una obligación burocrática, sino que nace del vacío y el tedio. La equiparación del acto más trivial y el más atroz es la manifestación más exacta de la irreflexión como condición del mal, de la suspensión moral, que impide la toma de conciencia de la gravedad de los asesinatos. Sin que esto implique una justificación de tales barbaries. Nombra la realidad sin eufemismos ni ambages, por esta razón es necesario leer a Darine Homani, porque nos confronta con lucidez el desaliento y la crueldad:
“Hoy también
derribaron una casa en Palestina
mientras el mundo entero
miraba el fútbol.”
Homani puede transitar entre lo íntimo y lo político con sutileza en coherencia con su posicionamiento para retratar la estructura moral del mundo contemporáneo: la capacidad de mirar a otro lado no como cobardía individual sino como condición colectiva, donde indiferencia es una forma de complicidad, sin victimismo:
“¿Qué hace esta guerra con nosotros?
Despojos de niños,
mis pequeños sueños se agrietan frente a ellos, los borran.
Ejercicios duros de imaginación,
el tiempo humano se desvanece.
Un niño consuela a su hermano muerto,
otro niño sin mano,
y otro murmura sus últimos momentos…
La muerte tiene muchas ideas, justo en este momento.
Puedes probar la muerte en Gaza de cualquier forma, confiar en ella.”
Las imágenes brutales de la guerra se agolpan en los versos junto a los recuerdos (y tumbas) de sus padres y sus hermanos y el “feliz” ahora con su marido y sus hijos en Montreal, una ciudad en la que trata de rehacer(se), una nueva patria:
“Busco un psiquiatra
para reparar todo lo que traje de mi ¡¡¡“país feliz”!!!
Allí donde la razón de ser desaparece,
y las balas cruzan
en direcciones opuestas…
No puedo imaginar una ciudad neutral,
como esta ciudad a la que llegué,
Montreal,
donde liberar al ser humano de su caída
se hace con un cariño inmenso…”
El poemario es la ofrenda del nudo vital en el que la poeta se sostiene en todas sus esferas: mujer, madre, esposa, hija… árabe y musulmana, exiliada aunque ciudadana, que la arrojan a una contradicción vital. Así, es una madre cariñosa impotente y consciente de que no puede proteger a sus hijos de la crueldad del mundo, una esposa enamorada que siente la culpabilidad de amar y ser amada, de buscar la felicidad en la tierra en un mundo en guerra. Ante tal conflicto interior, la poeta, ahogada, responde en sus poemas en ocasiones recluyéndose, aislándose en su escritura, en otras increpando a Dios. La presencia de Dios en el libro le permite establecer un diálogo persistente con él desde una creencia veraz, que no oculta el peso de la fe y de las imposiciones religiosas. A él le llora, reza, cuestiona, suplica, increpa, interroga… Dios es el epicentro a quien se dirige para encontrar una respuesta, que no llega, ante una muerte que lo impregna todo:
“El Señor, hastiado de todo, creó el mundo
y decide destruirlo cuando le place.
Tal vez se aburra de los genocidios del hombre contra el hombre,
tal vez se canse de los rostros y voces de los torturados…
¿Sientes placer, oh Señor,
al contemplar el sufrimiento?”
¿Es el poema la respuesta al silencio? ¿es la escritura una forma de seguir viviendo? Sin duda, sí. Desde la esquina de este mundo leer Ciudad que se extiende sobre mi espalda de una de las poetas contemporáneas árabes más destacadas, cuya obra ha formado parte de la imprescindible antología de poesía libanesa Dusk editada por Nada Ghosn y Paulina Spiechowicz, es abrir los ojos y no apartarlos. Leer Ciudad que se extiende sobre mi espalda es comprender que la poesía, cuando es verdadera, no embellece el mundo: lo desnuda. Y Darine Homani lo desnuda sin piedad y sin distancia, porque su lenguaje, usado con sinceridad absoluta, todavía daña. Y hacernos daño, a veces, es la única forma de despertarnos.
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Autor: Darine Homani. Título: Ciudad que se extiende sobre mi espalda. Traducción: Abdul Hadi Sadoun. Editorial: Lastura. Venta: Todos tus libros.


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