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Un escritor del XIX en las copas del Planeta

Imagen de premioplaneta.es.

Anduve yo por Barcelona en estos días. Muy a lo Juan Pérez de Munguía o el Fígaro más cruzado, avancé por las cenas y recepciones que se celebraron en estos días en la capital catalana; algunas de ellas literarias, otras no tanto. Me costó trabajo abrirme paso en esa ciudad donde todos llevan una maleta a cuestas y una Renaixença perpetua recorre los edificios, como una electricidad, un agravio que no prescribe o una forma de ficción. Ciertamente, una experiencia exagerada y de redención.

Enmascarado con pseudónimo, me eché a la calle para buscar el milagro. Sí, uno de esos que ocurren en la fe laica de quienes escriben y leen y que radica en conseguir literatura ahí donde solo florecen ciertas y sofisticadas formas de estupidez: seres que se conceden a sí mismos la noción de un talento del que carecen; versiones vulgares de novelas que antes fueron rompedoras y una permanente sensación de decadencia y espectáculo, como un endecasílabo escrito por Miguel Ángel Revilla con aceite de anchoa.

"El Planeta lo han ganado Juan Marsé o Ana Maria Matute, Vázquez Montalbán o Mario Vargas Llosa, pero también hombres y mujeres a quienes lo de escritor se les añadió al momento de convertirlos en ganadores o finalistas"

Alrededor del premio Planeta, concedido el sábado pasado, se dicen muchas cosas y no todas buenas. Acaso gracias a quienes han conseguido entrar en el portaviones del finalista y muchos inmerecidos ganadores, ha surgido la idea del certamen como el horno industrial de una literatura low cost. Sobre el Planeta se cierne la sospecha y el desprecio de aquellos que dicen hacer ficción literaria, de verdad. Es cierto que el premio no es hoy la mejor versión de sí mismo, pero también habría que decir que arrojar tomates contra éste se ha convertido en una forma de esnobismo de quienes creyéndose Robert Walser, y a pesar de aburrir por el sopor de su afectación y cerrilidad, hacen lo mismo que critican… pero por la vía contraria: escribir mal.

Que el Planeta es uno de los premios literarios más antiguos de España lo sabría cualquiera con capacidad lectora elemental. Su enunciado lo indica. Desde que fue creado por José Manuel Lara, en 1952, la popularidad del certamen se ha movido en el peligroso péndulo que va del talento literario al episodio verbenero o, lo que es peor, la grisura de libros que ni tienen gracia ni se venden. ¿Se desclasan los premios literarios? ¿Pueden ser expulsados de un linaje o de una aristocracia?

El Planeta lo han ganado Juan Marsé o Ana Maria Matute, Vázquez Montalbán o Mario Vargas Llosa, pero también hombres y mujeres a quienes lo de escritor se les añadió al momento de convertirlos en ganadores o finalistas. Con algunas excepciones como el que se concedió a Lorenzo Silva en 2012, al Planeta hace rato que lo literario ha comenzado a escurrírsele como el color a las paredes. Así que no estaríamos del todo equivocados en mirarlo con recelo, siempre que las sospechas se levanten en nombre de la literatura.

Este año conviene entonces preguntarse: de qué forma el premio a Dolores Redondo y Marcos Chicot intenta poner freno a la sangría de novelas escritas por presentadores de televisión, ex políticos o autores de segunda división. Sin novela en la mano, es difícil afirmarlo todavía. Sería una fantasmagoría, como todos aquellos que la noche del premio recorrían los pasillos con un canapé en la mano y una copa de cava en la otra. Esa visión de los libros más alimentaria que literaria (hay que vender libros, sí, es lo deseable, pero…). A la tradicional cena del 15 de octubre, en la que año tras año se anuncia el ganador, acuden personas de todo tipo. Y su función ha sido ésa: reunir a grupos de poder e interés del ámbito barcelonés y del resto de España. Por algo el Planeta es uno de los eventos publicitarios más grandes de la industria mediática y editorial. Un besamanos con más copas que libros. Una noche que sus propios organizadores venden como la velada en la que el libro se hace noticia, pero en la que, paradójicamente, desaparecen los escritores.

"Hay libros que no alimentan. Hay hartazgo y aburrimiento. ¿Volverá acaso la literatura a los premios?"

¿Se mueren de inanición los premios literarios? ¿Se acaba el carbón con el cual encender esa chimenea o acaso hay demasiada madera de segunda mano ya apalabrada para arder en la pira de las novedades? ¿Arden mejor los presentadores o creativos publicitarios travestidos en ensayistas? ¿Facturan más los políticos que escriben sus autobiografías en dos meses y las publican como si se tratara de la correspondencia de Winston Churchill? ¿Desde hace cuánto, incluso quienes viven de comentar estos asuntos en los parnasillos y columnas de prensa, no serían  capaces de recordar autores potentes reconocidos con el Alfaguara o incluso el Anagrama?

Estas son las cosas que piensa un escritor del XIX acodado en la barra de un hotel donde otros celebran. Al fondo, el presentador Risto Mejide conversa con un conocido político, Albert Rivera. Hablan y hablan, rodeados de un corrillo compacto. No hay a su alrededor ni un escritor, aunque a ellos ya les valdrá: ¡Los escritores son ellos! ¡Tienen libros publicados por el grupo que hoy los convida! Algo verbenero crepita en el ambiente, probablemente el mismo ambiente por el que Juan Marsé montó en cólera y se marchó, hace ya muchos años, del jurado. Algo chisporrotea en este ambiente. Arde con ese sonido de aceite en las pailas de los restaurantes de comida rápida. A veces, el vapor de esa nube es sofocante. Hay libros que no alimentan. Hay hartazgo y aburrimiento. Esa sensación estropeada de aquellos lugares de los que la literatura se ha marchado. ¿Volverá acaso la literatura a los premios? Eso está por verse.

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