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Escritores macarras

La literatura se divide, según clásica distinción, entre la digna de ser catalogada de alta cultura y la de mero entretenimiento. Se abre entre ellas una zona gris enigmática y atrayente, un territorio vasto que alberga especímenes dignos de atención. Especialmente atractivos resultan esos autores segregados de la literatura de más alto copete por decisión propia; esos escritores que disponen de la trama idónea, de impecable dominio del lenguaje, de sobrado talento y mayúscula creatividad, pero adolecen de una tacha: le han perdido el respeto a la literatura. Tienen una historia que contar y la cuentan; disfrutan haciéndolo y hacen disfrutar a quien la escucha. No hacen Literatura, se limitan a contar historias. No hay solemnidad, ni ansia de posteridad, ni la circunspección de quien se gusta sabiéndose escritor. Hay un ansia viva por hacer de la literatura un instrumento de disfrute. Un instrumento irreverente, cáustico, desvergonzado. Un poco zafio, si es menester; pero una zafiedad alegre y liviana. Aparecen por el establishment literario con ese aire de profunda marginalidad con que hace un par de décadas aparecían los heroinómanos a las puertas de los hipermercados.

"Las novelas de Pérez Merinero son puro vandalismo: sin filtro moral, sin escrúpulo higiénico, sin miramiento hacia nada ni hacia nadie"

Asombró el reciente éxito de un libro como Los asquerosos, de Santiago Lorenzo. La entusiasta acogida viene a demostrar que la gente aún recurre a los libros para pasárselo bien y que el macarrismo no es literariamente incompatible con la calidad. Yo, cada vez más escéptico con los supuestos beneficios cognitivos de la lectura de literatura de ficción, creo, con Borges, que leer no debe ser sino una forma de felicidad. Los asquerosos refiere una historia profunda, pero escrita con desparpajo, que no ligereza; con chulería, que no frivolidad. Se la ha comparado con Robinson Crusoe, y si Lorenzo la hubiera redactado con más ortodoxo estilo, aparecería en unos años en los libros de texto. Pero no le ha dado la gana. Porque Lorenzo cree, con Borges, que la literatura debe ser una forma de felicidad y aparecer en los libros de texto debe de importarle más bien poco. No son los institutos, al fin y al cabo, lugares a donde el personal asista gustoso y ufano.

Pero, mejorando lo presente, no ha habido un quinqui literario como Carlos Pérez Merinero, a quien debemos el más salvaje comienzo de novela de las letras patrias: No era un hijo de puta; era un nieto de puta. El muy cabrón tenía pedigrí. Un puñado de palabras que lo dicen todo sobre el personaje descrito, la historia que nos aguarda y el tipo que la ha pergeñado. Las novelas de Pérez Merinero son puro vandalismo: sin filtro moral, sin escrúpulo higiénico, sin miramiento hacia nada ni hacia nadie. No se le ocurrirá guarrería que no encuentre en los libros del autor sevillano. Por sus páginas desfilan personajes de un sadismo mugriento, aquejados de los más tenebrosos trastornos de la personalidad, protagonistas de escenas de una escatología inmunda. Los estómagos delicados ya tienen a Proust.

Los personajes de Merinero andan prontos a sacarse la pistola o la polla (la disyunción es inclusiva). Uno de ellos, un policía con tendencias introspectivas, reflexiona: «El día que un discípulo de Freud me psicoanalice tengo que preguntarle a qué recóndito complejo de Edipo se debe el que me pase la vida haciendo ostentación de mis atributos, sacando la picha, la pistola y la chapa cada dos por tres».

" Merinero, que llegó a aparecer en la mítica colección Bruguera, vendió muchos miles de ejemplares y se convirtió en eso que ampulosamente se dice autor de culto"

¿Por qué leer tamaña indecencia? ¿A qué solazarse en las desventuras de personajes de tan tabernaria idiosincrasia? Por lo mismo que se lee cualquier otro libro, elevado o soez: por explorar el alma humana. Y escaso valor tendría la literatura —el arte todo— si nos mostrara solo los más nobles espacios de nuestra condición. Junto al heroísmo y el amor, existen la roña y la caspa. Hay momentos para ir con Ulises al encuentro de los lestrigones sicilianos y los hay para comer zarajos en los baretos de Usera.

Pérez Merinero constituye el ejemplo más conspicuo de los punkis literarios; uno lee sus libros con el mismo espíritu con que se acudía en los ochenta a un concierto de La Polla Records: en busca de una embriaguez con ínfulas de estar perpetrando algo muy subversivo y escandaloso. Santiago Lorenzo o Pérez Merinero son las tribus urbanas de la literatura patria. Alejados del mainstream, con sus crestas de colores y sus imperdibles en las orejas y sus chinchetas en los cueros, nos brindan un gozo muy travieso, muy pueril y muy grande. Alejados del mainstream, que no del público: Merinero, que llegó a aparecer en la mítica colección Bruguera, vendió muchos miles de ejemplares y se convirtió en eso que ampulosamente se dice «autor de culto».

Hay algo, por cierto, que estremece más que las propias obras de Merinero. La respuesta a la pregunta: ¿podrían publicarse hoy?

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