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Ese azar extraordinario

La muerte es el ser más generoso que conozco. Aun pudiendo arrebatarnos de esta tierra con un sutil movimiento… acecha y espera. Antes pensaba que aguardaba a que hiciéramos algo bueno con nuestras vidas, creía que todos estábamos condenados a insignificantes actos de bondad: tener éxito, tener hijos, tener… Una vez fallecido Philippe, la muerte se desveló como un juego de azar extraordinario. Entonces dejé de creer en todas las cosas que hasta ese momento habían dotado de sentido a este devenir que llamamos existencia.

La ceremonia fue breve. Mucho más de lo que él hubiera deseado. No quiero lágrimas, había dicho, e hicimos lo imposible por acatar ese deseo. Apenas media hora en torno al féretro a punto de escalar al nicho del que jamás escaparía. Philippe, que fue siempre tan libre, encerrado en este hueco tan nimio hasta la eternidad. La concurrencia se disolvió en silencio, tal y como había llegado. Y entre tanto, palabras disparadas llenas de recuerdos, de viajes inolvidables, de experiencias junto a él. Con Philippe la vida era eso, un continuo crepitar de emociones: el placer de saborear un cono de helado de sabor indescriptible en Indonesia, país que recorrimos en apenas 15 días con aquellas pesadas mochilas a la espalda, dejándonos seducir por aromas y sabores, por el exotismo de lo que llamamos “extranjero” aunque en determinadas patrias —familia, deseo, coraje, perseverancia…— todos nos reconocemos.

Philippe y yo jamás habíamos compartido un hombre. Al menos así lo creí los años en que intercambiamos confidencias en París. Teníamos gustos similares y los ojos se nos escapaban, a los dos, tras los modelos del Atelier Chardon Savard donde yo hacía mis prácticas como fotógrafa y él despuntaba como estilista de distintas producciones. Nunca me fotografíes —me dijo uno de los primeros días en que coincidimos— e hice caso omiso de su ruego pertrechando, con mi objetivo, la prudente distancia que nos separaba y nos demandaba un cierto pudor.

Todo aquello era trabajo, aunque inmortalicé, a su pesar, sus dedos recorriendo aquellos cuerpos escuálidos. Nunca le enseñé esas fotos. Jamás supo que le había fotografiado. Eran bellos primeros planos de sus dedos sobre la ropa prestada de las grandes maisons. Eran bellos primeros planos de sus manos ajustando costuras aquí y allá. En alguna de las instantáneas sus dedos asemejaban un volátil borrón sobre una espalda desnuda. Nunca pensé que no debía haberle fotografiado y hoy me parece que podría publicar una obra o inaugurar una exposición en el café de la calle Barbieri con aquellas decenas de imágenes que capturaron su talento y lo amarraron al papel llenándolo inocentemente con intenciones.

Philippe y yo jamás habíamos compartido un hombre, creí esos años en París, los años de efervescencia de nuestras primeras vidas. Por nuestro pequeño apartamento de la calle Pecquay se dejaron ver, en numerosas ocasiones, algunos de aquellos modelos que luego despuntarían con Valentino en Milán o tras el objetivo de Testino. Yo sólo era yo. El testigo mudo de un pasado que dejé de añorar. Me levantaba por la mañana y allí estaban, con un café solo en la mano, saludándome con aquella mirada de condescendencia que solían dedicarme todos los maniquíes y artistas homosexuales, como si yo no fuera cómplice de sus escarceos de madrugada, de sus gemidos acompasados en la habitación de al lado, de ocultar a Armand, el novio intermitente de Philippe, todas estas aventuras. Joie de vivre, decía él.

Aquellos modelos me miraban con altanería y Philippe siempre volvía a casa en el momento justo, cuando estábamos a punto de llegar a las manos, cuando los estúpidos celos se animaban al fin a poseernos. Philippe volvía a casa en el momento justo y con él la bandeja de croissants. Había olvidado ya el olor del churro clásico y me rendía sin excusa al delicioso desayuno que él preparaba. Comíamos los tres en silencio y no tenía fuerzas para preguntarle por Armand. Esperaba a que el modelo se despidiese, ojeroso y excitado, en el rellano. Y cuando él, Philippe, cerraba la puerta con el tacón —con el tacón de dos centímetros que le subía la autoestima y el orgullo y le alejaba de los vestigios de un pasado que deseaba olvidar— me pedía disculpas y me aseguraba que la siguiente vez me avisaría con algo de tiempo. Yo le miraba escéptica, ¡al fin y al cabo era Philippe!, y algunas cosas nunca cambian aun a pesar del empeño que mostremos en hacerlo. Entonces sí, le preguntaba por Armand. Y Philippe enmudecía y respondía con evasivas: “Esto no te incumbe, Clara”.

Para entonces Armand ya se estaba muriendo y Philippe no quería hablar del SIDA, asumir la gravedad de su dolencia, admitir el fracaso de una relación que parecía destinada a desvanecerse desde el principio, descubrir que quizá ese torbellino orgiástico en que se habían inmerso juntos tenía parte de culpa. Que del SIDA tenía incluso parte de culpa él, que tanto deseaba descubrir cuerpos desconocidos, que tanto recurría a los modelos del Atelier o a los muchachos de la vía Bois de Boulogne cuando volvía solo a casa sin Armand.

Philippe no se atrevía a visitar a su pareja en el hospital, donde éste firmaba ya entonces su desahucio vital. Enterraron a Armand en mayo y únicamente le acompañamos sus padres y yo. Philippe se encerró en el cuarto, a oscuras, con el último disco de Bowie bajo el brazo.

Philippe volvió a trabajar dos días después y con el tiempo yo dejé el Atelier. Su insensatez me desvelaba. Intenté hablar con él, pero se revolvía como un animal herido cada vez que mencionaba a Armand. Con los meses y la distancia dejamos de hablar. Yo sabía de él por la muchacha que acudía a limpiar el piso y me enamoré en esa época de uno de aquellos imberbes modelos. Creí que, por su aspecto femenino y enfermizo, podría haber estado con Philippe. Jamás le pregunté. Mi vida se escurrió, alejándose de esa duda, y se ubicó en la certeza inocua de que Philippe y yo jamás habíamos compartido un hombre.

Tras mi marcha del Atelier Chavard trabajé retratos, paisajes para revistas especializadas y muchas bodas. Y no olvidé las manos. El claroscuro de miles de detalles enmarañados sobre la angosta piel. Seguí fotografiándolas. Me gustaban especialmente las manos robustas de hombres de mediana edad. Hombres que podrían haber sido Armand, o incluso Philippe. Quizá lo fueron, pero mis miles de ensoñaciones sobre qué habría sido de él habían diluido la imagen real que de él había mantenido a salvo en mi memoria.

Me mudé y olvidé pedir noticias a la muchacha que acudía a su piso a limpiar, aunque no sé si fue por la mudanza o porque ella se hartó: de los hombres imberbes, de los jóvenes escudados por el anonimato, hombres que sostenían de manera imperturbable una taza de café solo, una taza de porcelana blanca con un ribete dorado, herencia de su tía materna, seguro, la única taza que conservaba en el piso.

Quizá fotografié sus manos, mucho tiempo después aunque, como digo, ya no lo recuerdo. Es importante guardar los recuerdos justos para no permitir que nos invada la nostalgia, para dejar que se creen nuevas imágenes de nuestras vivencias, para conseguir ese mínimo de libertad e inconsciencia de vivir que nos ayuda a navegar por este sino proceloso.

Sé que fotografié sus manos, esta vez sí. Fue un encargo que me llegó a través de agencia. Philippe ha muerto —comenzaba el encargo—, rogamos fotografíen el cadáver para la agencia Reuters. Acudí, de luto, al velatorio. El féretro permanecía abierto. No tuve que identificarme pues todo el mundo allí reunido parecía conocerme.

La lente se dirigió a sus manos. Esas manos robustas que ahora firmaban el armisticio y que habían hecho muchas de las cosas buenas que debemos hacer todos en la vida. Habían hecho el amor, habían provocado placer, habían abrazado a amigos, habían trabajado, habían…

Conservaba, en ese momento, el espacio vacío entre sus dedos entrelazados, entre sus dedos apoyados y entrelazados sobre un traje oscuro que habría mirado, seguro, en su juventud con condescendencia. No llevaba joyas encima, ni apenas maquillaje sobre el rostro. Había perdido el gesto huraño que protagonizó los años pasados.

La vida le habría vapuleado, seguro, y una placidez se había arremolinado en torno a sus arrugas. Era indiscutiblemente bello. Lo fue de joven, cuando la vida le disparaba tantas emociones, lo era ahora, que la muerte le miraba sin altanería —ahora que la muerte le concedía un último acto de generosidad con la perenne taza de café solo y humeante entre los dedos—: belleza, ese azar extraordinario.

Imagen: Pixabay

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