Unas tijeras de punta roma, una chapa desgastada de un grupo de neopunk pasado de moda, una figura de acción articulada desnuda, una cinta de tenista con el logo apenas legible, una pluma negra con vetas rojas, el armazón de un mueble viejo, un sombrero agujereado, la cabeza de un león de plástico, un rinoceronte en miniatura, la puntera recortada de unas crocs, un mechón de pelo sintético gris, una red de alambre, tres nueces aún en su cáscara, el rostro desinflado de una muñeca hinchable con exceso de maquillaje y gesto asustado, una bolsa con tapones de metal, un par de pompones rojos deshilachados, los cinco dedos de madera de la mano derecha de un maniquí y dos canicas de cristal, un trozo de tubería, la hélice del motor de un electrodoméstico pequeño, seis varillas oxidadas y cuatro palillos de madera de diferentes tamaños, cruzados sobre las ruedas de una caravana del oeste de Playmobil… Así es como Thomas Deininger construye sus esculturas tridimensionales. Con material reciclado que coloca de tal modo que, si las miras de frente, parecen aves de verdad: un pavo real, un faisán, una paloma, un loro, un gorrión, un cuervo, un búho. Son tremendamente realistas. Increíbles. Tanto que, cuando uno observa todos esos pájaros desde la perspectiva adecuada, parece que, de un momento a otro, echarán a volar. Es cuando el espectador se acerca y cambia el ángulo, que empieza a ver todos los objetos que conforman la pieza. Nuestro cerebro no es capaz de asimilar tamaño efecto óptico sin regocijarse en el asombro.
Una canción grabada en una cinta de casete con un aparato de radio de dos pletinas que ya no existe, los pliegues amarillentos de una carta de amor, las palabras maltrechas y cargadas de dolor de un poema que nunca se recitó, el timbre de una bicicleta, la visera tornasolada de un casco de motorista agrietado, las piezas sueltas del teclado de un ordenador cuyas letras apenas se distinguen ya, una tirita arrancada de cuajo y manchada de sangre seca, el yeso partido de un vendaje, una película que parpadea en el reproductor de video y se corta antes de llegar a los créditos, la entrada de un concierto mordida en una esquina, las fotos guardadas junto a los negativos al fondo de un armario, los besos, las caricias, los abrazos que se dieron y también aquellos que se perdieron en el limbo de la indecisión, en ese instante en el que eran precisos y necesarios y, sin embargo, efímeros. El sudor y las lágrimas, los amaneceres cortos y las noches largas. La camiseta agujereada que se resiste a morir, las cuerdas de esa guitarra que llevan necesitando un cambio desde hace años, la caja llena de púas y los cables embrollados en una bolsa quemada por el sol y el tiempo, las manecillas torcidas de un reloj de muñeca que hace eones dejó de funcionar, la escultura abstracta y retorcida que recuerda la tristeza de una amistad muerta, un chicle sin color ni sabor pegado bajo el pupitre de la infancia, los clips y las chinchetas que sujetaron vidas e historias, facturas y recibos, bocetos, garabatos e ideas en decadencia. Las hebras de cabello anudadas con un lazo naranja en el interior de una cajita de madera tallada. Los casquillos de las balas que no se usaron, las botellas vacías de bourbon, las latas de cerveza del último brindis y los tapones de corcho de las celebraciones. El confeti y las serpentinas. Los pechos, los ojos, las bocas. Las risas atesoradas bajo todo ese montón de escombros y los sacos de agobio a pulso sobre los hombros. Las novelas apiladas junto a los sueños. Los relatos mendigando una atención indigna y malsana. Las ilusiones desperdigadas como comida para los pollos, hundiéndose en el lodazal mientras los ignorantes y envidiosos las picotean. Las pesadillas negras de tiempos negros en que los corazones también eran negros. La traición de esos «te quiero» que se clavaron en la espalda, los silencios, las despedidas veladas y las palabras a destiempo. Los cafés a la luz mortecina de un trastero. La lengua trabada en otro idioma. Las estrellas lánguidas, las lunas tristes y las oleadas de viento frío. Es quizá todo eso parte de lo que puede que me conforme a mí, del mismo modo que todas esas piezas de reciclaje conforman la estructura de esas aves de postín de Deininger.
Puede que sea así, porque vivimos tiempos oscuros en que nadie es lo que parece y ya comienzan a verse por las calles a todas esas personas que caminan de lado y hacia atrás, como los cangrejos. Como quien oculta un regalo a la espalda y teme ser descubierto. Evitan los espejos y escaparates para que no se les descubra el perfil, que no es más que una conjunción de deshechos, escombros y objetos inservibles. La sombra de Jung llevada al extremo. Es esa gente que va de frente en el sentido más literal de la palabra. No te dan la espalda y sonríen. Porque en el mismo acto de girarse se demuestra que no son quienes afirman ser y puede que alguno de aquellos pedazos encastrados en una suerte de trampantojo, de ilusión óptica, acabe clavándose traicioneramente en el corazón blandito de los más vulnerables, los amables y confiados. No tienen un fin voraz de aniquilación. No es su cometido. Yo, al menos, no lo veo así. Y, en cierto modo, les entiendo. Ese pánico a mostrarse cómo son en realidad, con todo ese equipaje que les acompaña y da forma a su naturaleza. Lo bueno y lo malo. A lo que, a cada paso, se suma más de lo uno y de lo otro. Puede que algunas estructuras se desmoronen por el camino, que desvirtúen la imagen frontal o que incluso acaben desmontando todo aquello que durante años se lleva construyendo bajo la piel, la carne y los huesos que se nos ofrecen a la vista. Y yo mismo tengo miedo de mirarme de reojo en los espejos y escaparates, porque temo que todo eso que llevo a rastras acabe viéndose demasiado o cediendo al peso excesivo de todo ese lastre que me he negado a descargar. Esas personas cangrejo existen. Sin embargo, todos —sin excepción— nos parecemos a ellas más de lo que creemos. Estamos hechos de pedazos. Ese es el punto en el que estamos.


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