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Este dolor que nos habita

«Siento el dolor y busco la parábola. Noto una quemazón que va cociéndose lentamente, y que a veces se desborda en pequeños charquitos de sangre. La quemazón o calentura deviene en dolor punzante pero grueso, expansivo», escribe Inés Belmonte (Murcia, 1993) en Herida blanca, poemario galardonado con el IV Premio de Literatura Joven “La Montaña Mágica Librería”, un libro que desde la prosa poética reivindica el dolor y lo dignifica, que legitima el sufrimiento de la mujer y lo visibiliza a través de una lírica que consigue el equilibrio entre lo crudo y la belleza.

El poemario, publicado en abril de 2020, se reedita ahora, poco más de un año después, ofreciendo algunas variaciones que ha realizado la poeta en los 19 poemas y el epílogo que lo componen. Un libro que, si bien se puede leer en una sola tarde por su brevedad, se entrega al descanso y la reflexión, a hacer pausas y digerir el dolor, para releer una y otra vez un mismo poema ahondando en esa herida e, incluso, palpándola a través de la palabra.

"Un riesgo que asume el libro es el de hacer atractivo el sufrimiento, caer en el embellecimiento de los malestares físicos y psicológicos"

Así como en Lucas 24:39 leemos, tras la resurrección, «mirad mis manos y mis pies, soy yo mismo: palpad y ved», Inés nos muestra las llagas y nos hace comprender que detrás de un cuerpo que sufre hay también una mente, un espíritu que padece los mismos males y debe lidiar con el miedo.

El estilo de los poemas se entrega a la belleza, al ritmo, con una extensión que oscila entre un único verso y un par de páginas, que en ocasiones recuerda al Antonio Gamoneda en sus últimos poemas o La prisión transparente por la abstracción de los versos, el tono continuamente reflexivo, el ambiente colmado de blancura que evoca en las imágenes y la plasticidad de sus versos. Sin embargo, un riesgo que asume el libro es el de hacer atractivo el sufrimiento, caer en el embellecimiento de los malestares físicos y psicológicos, aunque la crudeza de los propios textos genera en el lector la incomodidad y el miedo que condensan los poemas.

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VII

“Nada más que una niña mirando sus manos, manos de acariciar, más que de forzar, y aún más de ser acariciadas.

Las mira, la niña, y se decepciona de que no sean más grandes y rugosas, como las de su abuela Maruja. Se decepciona de que no haya heridas profundas.

Pero puede sumergirse en ellas; puede sostener llagas imaginarias. Rozar la pared y escocerse. Puede morderse los nudillos y secar luego la sangre como ropa tendida.

Eso al menos la tranquiliza”.

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No obstante, el eco de Antonio Gamoneda no es el único que se percibe en los poemas, sino que Marta Sanz abre la obra con una cita de Clavícula, «arranca la época de las enfermedades mágicas», y sobrevuela los poemas en el tema de la enfermedad y la articulación de la conciencia del yo, el dolor que deja fluir los pensamientos a caballo entre la narración y la reflexión, planteándose preguntas sin respuesta, ideas que nacen del yo y que lo atormentan.

Foto: Enrique Martínez Bueso

Así, vemos cómo el yo lírico descubre el dolor desde los primeros años de la infancia y finalmente alcanza el ahora, un viaje a través del tiempo y la pérdida de la inocencia según progresa en el examen del cuerpo, de la herida, que comienza con el dolor físico y desemboca en la tortura y el autorreconocimiento presentes.

"Herida blanca, de Inés Belmonte, es un fantástico poemario que ha de leerse con detenimiento, pues no admite una lectura rápida o ligera"
 

Además, cabe destacar el tono confesional que adopta en ocasiones el poemario, las anécdotas que se asemejan al diario íntimo, que exponen escenas al lector y parecen anotaciones personales, pequeñas historias en las que la poeta asume la focalización de uno de los personajes y universalizar el sufrimiento propio: este dolor que vivo es este dolor que nos habita. Aunque también llega a dirigirse a un tú, como en el poema XIII, donde establece un diálogo en el lector se involucra hasta tal punto en el sentimiento que refleja perfectamente aquello que escribe en uno de los poemas: «para tener una enfermedad —sobre todo si es de naturaleza intensamente psicosomática— necesitas un cómplice», una suerte de aviso al lector que actúa también como un mensaje que se hace a sí mismo el yo del poema, una reflexión que, como digo, llega a parecer una anotación en un diario.

En suma, Herida blanca, de Inés Belmonte, es un fantástico poemario que ha de leerse con detenimiento, pues no admite una lectura rápida o ligera, un libro que visibiliza el dolor colectivo a través de la exposición detallada del dolor individual, un recorrido que parte del desconocimiento y hace cómplice al lector del sufrimiento.

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Autor: Inés Belmonte. Título: Herida blanca. Editorial: Calblanque. Venta: Todostuslibros

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