Inicio > Blogs > Siempre de paso > Eternidad en Central Park

Eternidad en Central Park

Eternidad en Central Park

Casi todo cuanto rodea la figura del escritor Williams B. Arrensberg aparece envuelto en el misterio. Muy pocas muestras han llegado de su prosa y apenas tenemos datos que nos permitan esbozar una reseña biográfica que merezca recibir tal nombre. Es curioso que sea su figura difusa y casi anónima —porque él mismo se esforzó por ocultarla, por disolver su identidad en la amalgama caótica e imprecisa de las grandes ciudades contemporáneas, por no ofrecer a la posteridad más que unas pocas pistas inexactas de su paso por el mundo— la que con más nitidez haya llegado a nuestros ojos gracias a quien fue uno de sus íntimos amigos y también el que con más ahínco se empeñó, si bien con la discreción que el personaje requería, en descubrir la existencia de un narrador excepcional del que únicamente cabe paladear ínfimos destellos. Nadie lo tradujo nunca al español, y los textos menores y a menudo vicarios en los que sí depositó su firma han ido extraviándose poco a poco y quizá sólo sean hoy localizables en tres o cuatro librerías de viejo y algún archivo inhóspito frecuentado por investigadores que han resuelto dedicar sus vidas a la persecución de anhelos imposibles. Escribo en pasado desde la sospecha, dictada por la lógica, de que Williams B. Arrensberg ya no forma parte de la realidad, algo que no está probado pero que han asumido quienes de una u otra forma estuvieron al tanto —aunque decir eso quizá sea excesivo, dado que nunca fue fácil saber demasiadas cosas de él— de sus variopintos avatares: nunca se publicó su esquela, nadie recibió aviso de su fallecimiento y, por descontado, se carece de testimonios que den fe de su entierro o sus funerales.

He dicho que fue la figura de Arrensberg, y no sus textos, lo que realmente ha perdurado y actúa como huella de un tránsito que fue tenue y apenas entrevisto, pero tampoco es ésta una verdad absoluta porque todo lo que atañe al novelista bordea los territorios de la elucubración. Una de las definiciones más certeras de su aspecto la dio en el ABC el escritor Juan Jesús Armas Marcelo, que durante años persiguió su presencia fantasmagórica e iba compartiendo sus hallazgos. Respondía aquella breve semblanza a otra anterior que había esbozado a vuelapluma el promotor cultural Aquiles Tuero y que retrataba a Arrensberg como «un hombre de casi dos metros, de cuerpo delgado y fibroso, un rostro hosco, espeso y ancho bigote, brazos largos, manos endiabladamente huesudas y las piernas atléticas fuertemente asentadas en su geografía, muy cerca del East River, en Brooklyn». 

"Las escuetas crónicas que hemos podido leer apuntan que Arrensberg y Úrculo se conocieron en París a mediados del siglo pasado, en algún momento de la década de los sesenta."
 Arrensberg no se dejaba ver en público y jamás permitió que lo fotografiaran. Sólo quien fue uno de sus cómplices más cercanos, el artista Eduardo Úrculo, obtuvo permiso para inmortalizarlo en una escultura pensada para la madrileña estación de Atocha. No obstante, Úrculo ya lo había retratado subrepticiamente —sin que se lo reprochara el interesado, que evidentemente llegó a conocer esas licencias— en no pocos lienzos en los que el escritor aparecía siempre de espaldas, tocado con su característico sombrero panamá y sin dar jamás la cara al espectador, instalado en la eternidad con un aspecto que perpetuaba la apariencia de la que llegó a estar orgulloso en los primeros compases de su deslavazada geografía, antes de convertirse en el inválido que fue en su edad madura y en esa vejez que pasó medio escondido en Brooklyn.

Las escuetas crónicas que hemos podido leer apuntan que Arrensberg y Úrculo se conocieron en París a mediados del siglo pasado, en algún momento de la década de los sesenta. Coincidieron en el barrio de Montparnasse, en una fiesta que se celebró en el apartamento donde un mexicano exiliado intentaba esconderse de la policía francesa, que lo culpaba de un asesinato cometido en segundo grado, y entablaron una amistad que se iría fortaleciendo a lo largo de los años siguientes. Se ignora qué condujo hasta París a Arrensberg, judío de pura estirpe neoyorquina. Existen, sin embargo, suficientes indicios para dar por hecho que su estancia allí fue turbulenta. Una leyenda narra cómo apuñaló a un gigoló en un cabaret de baja estofa que existía entonces en la Place Pigalle. Ya se conocían entonces su querencia por el alcohol y su carácter violento, que a menudo convertía las madrugadas en estrambóticos campos de batalla. Le acompañaba en la reyerta el boxeador Carmen Ervigio, a quien Arrensberg, gran aficionado a ese deporte, había conocido en sus deambulares por los bajos fondos parisinos. 

"Arrensberg huyó de París tras el incidente con el proxeneta, y dicen que fue entonces cuando regresó a Nueva York y se instaló en aquel piso de Brooklyn del que apenas volvió a salir."
Ervigio era entonces un púgil afamado cuyo nombre brillaba en los carteles que anunciaban las veladas de la capital francesa. Quienes lo vieron pelear recuerdan la clase con que propinaba directos a sus contrincantes y el enorme talento que destilaba al ejecutar en el cuadrilátero unos pasos tan medidos y estilizados que parecían más propios de una coreografía de ballet que de un combate a tres asaltos. Arrensberg huyó de París tras el incidente con el proxeneta, y dicen que fue entonces cuando regresó a Nueva York y se instaló en aquel piso de Brooklyn del que apenas volvió a salir. No se trató de una escapada forzosa: nadie lo buscaba porque nadie llegó a delatarlo ante las autoridades, y tampoco la ley se ocupó de señalarlo en los años que siguieron como presunto culpable de aquel crimen que posiblemente se sobreseyó esa misma noche. Se desconocen las razones por las que Carmen Ervigio decidió acompañarlo, poniendo fin a su carrera y convirtiéndose en la sombra de quien había decidido ser sombra él mismo.

Pero no fue ese asesinato de Montmartre el único incidente de importancia en el que se vio envuelto Williams B. Arrensberg. Una década atrás, había protagonizado una estrepitosa pelea con James Dean en el Chelsea Hotel de Manhattan, el mismo donde Leonard Cohen y Janis Joplin vivieron el escarceo que acabaría inspirando una canción brillante. Dean y Arrensberg se habían hecho muy amigos a primeros de los cincuenta, y nadie supo nunca dar cuenta del asunto que les hizo enfrentarse con tanto encono y tanta furia. El actor Dennis Hopper, que estaba presente y se cree que tuvo una participación decisiva para que ambos no se enviaran mutuamente al otro barrio, nunca quiso aclarar nada. Ya se había forjado Arrensberg la buena reputación literaria que le llevó a confraternizar —nunca demasiado y siempre en entornos propicios a la intimidad y la confidencia; aunque no se hubiera consumado aún su apartamiento voluntario, en ningún periodo de su vida se prodigó en actos sociales, ni programó reuniones multitudinarias, ni frecuentó bares o tertulias con la única intención de verse reconocido entre sus iguales o mencionado en negrita por los diarios— con los directores John Huston y Sam Peckinpah, el dramaturgo Arthur Miller o el periodista Capote. Fue un lector atento a clásicos y contemporáneos, y también un consultor exigente, pero generoso. Muchos autores jóvenes y no tan jóvenes le entregaron a Arrensberg —antes y después de sus peripecias noctámbulas por las calles de París— sus manuscritos inéditos con el fin de que les diese su bendición y algún consejo, y él rara vez podía resistir la tentación de matizarlos con su impronta. Dicen algunos investigadores, muy autorizados, que no son pocos los novelistas estadounidenses de su tiempo que le adeudan una parte importante del brillo que la crítica atribuye a sus prosas exquisitas. Tampoco faltan quienes se refieren a la autoridad que ejerció sobre un jovencísimo Paul Auster, quien le visitaba con frecuencia en sus inicios y habría contraído con él una deuda lo suficientemente importante como para hacerle aparecer, sin nombrarlo directamente y medio de soslayo, en sus novelas primeras.

"También hay quienes afirman que en el incidente del Chelsea Hotel estuvo presente, además de Hopper, el ex-boxeador Ervigio —lo cual resulta imposible por una mera cuestión de coherencia temporal—."

Como se ha dicho, resulta muy difícil dar nombres y datos concretos porque indagar en la biografía de Williams B. Arrensberg es como introducirse por un túnel con una única boca. Los testimonios son tan parcos y tan dispersos que incluso sus más pertinaces seguidores han terminado incurriendo en contradicciones: unos apuntan que fue una enfermedad la que le confinó en una silla de ruedas hasta el final de sus días —suponiendo que el final de sus días haya llegado y no sea una mera convención o un espejismo o un fruto más de ese silencio obstinado en el que se enclaustró él mismo— y otros sostienen que su invalidez se debió a las duras consecuencias de la pelea con Dean, hipótesis poco creíble porque cabe dudar entonces de que hubiese podido desplazarse hasta París unas décadas más tarde. También hay quienes afirman que en el incidente del Chelsea Hotel estuvo presente, además de Hopper, el ex-boxeador Ervigio —lo cual resulta imposible por una mera cuestión de coherencia temporal—, mientras que otros dan a entender que se encontraban en aquel lugar figuras relevantes del cine y el periodismo de la época que después procuraron mantenerse en el anonimato para no ver su popularidad o su trabajo afectados por tan desagradable coincidencia. Sí existe consenso al afirmar que el último rescoldo perceptible de la vida y la obra de Arrensberg se concreta en diversas aportaciones al guion de Manhattan Sur, una película de Michael Cimino que se estrenó en 1985 y cuyos diálogos habría revisado y reescrito.

 

Existe una gran paradoja: lo más cierto de cuanto atañe a Williams B. Arrensberg es, precisamente, aquello que él hizo deliberadamente incierto. Se trata de una novela inconclusa y fragmentaria de la que sólo se conocen unos cuantos folios y que no siempre resulta legible a causa de la enmarañada caligrafía de su responsable. Ese libro frustrado, del que sólo han trascendido traducciones intermitentes, lleva por título Eternity at Central Park y tenía una vocación autobiográfica que, de haberse completado, podría satisfacer la curiosidad del callado ejército que trata de reconstruir los pasos perdidos de Arrensberg con más entusiasmo que resultados. 

"Se ignora si existen más fragmentos de Eternity at Central Park, aparte de los que ya conocen los lectores más avisados, y también si la novela llegará a publicarse más o menos íntegra algún día."
En el inicio de la narración, un hombre de edad avanzada llega al sur de Central Park acompañado por un hombre negro, que le sienta en un banco y se pone a hacer footing. El viejo, de pronto, capta en la atmósfera un aroma que le evoca el perfume de una mujer a la que conoció muchos años atrás, cuando él aún era un joven que anhelaba convertirse en novelista y tener éxito, y con la que quiso vivir un romance que no tardó demasiado en revelarse imposible. A partir de ese instante, la trama se descompone y se multiplica en la remembranza de diversos avatares que mezclan la memoria y la ficción para ir enhebrando una narración imposible e hipnótica, dominada por el caos, en la que sólo ese rastro de perfume imprime coherencia a lo que parece más bien el brillante desahogo de una existencia abonada a toda clase de turbaciones.

Se ignora si existen más fragmentos de Eternity at Central Park, aparte de los que ya conocen los lectores más avisados, y también si la novela llegará a publicarse más o menos íntegra algún día, aunque sea en su versión ya eternamente embrionaria. Armas Marcelo, que se esforzó en traducir algunas partes, no pudo averiguar gran cosa cuando, hace unos cuantos años y por mediación de Úrculo, fue capaz de visitar en Brooklyn a su autor. «Me recibió durante unos minutos. Me dijo que lo perdonara, que estaba cansado y que debía retirarse a trabajar (a escribir)», contó en un artículo que publicó en el ABC el 12 de junio de 2010. Dicen que un tiempo antes había abandonado durante unos pocos días su refugio neoyorquino para asistir a la inauguración de aquella estatua de bronce para la que dio explícitamente su permiso y que finalmente no se instaló en Madrid, sino en una plaza de Oviedo. Igual que había hecho tantas veces, logró que su figura se confundiera con la de los asistentes al acto. No tuvo la menor intención de intervenir y nadie advirtió su presencia. Nada extraño en alguien que hizo del anonimato un arte y del silencio un blasón perfecto tras el que ocultar su existencia difuminada. «Están locos los que creen que conocen perfectamente el mundo porque son capaces de dibujar sus mapas», escribió en un capítulo de su novela inacabada.