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60 Bibliotecas Breves

60 Bibliotecas Breves

Me lo dijo Fernando Delgado mientras tomábamos asiento para asistir al fallo de la 60ª edición del Biblioteca Breve: «Es la mejor descripción de todas». Se refería a unas palabras de Elvira Lindo que los responsables de Seix Barral habían transcrito en el pequeño folleto que editan todos los años para anticipar las características generales de la novela ganadora. Teniendo en cuenta que se festejaba, además del propio dictamen del jurado, el hecho de haber alcanzado un número de convocatorias tan apreciable como redondo, la editorial quiso preguntar su impresión sobre el premio a algunos de los autores que figuraban en su palmarés y a otros que, en repetidas ocasiones, habían formado parte de su jurado. Lindo respondía a la petición con una frase, «Un premio importante pero discreto», que colgaba del Biblioteca Breve dos adjetivos tan inequívocos como definitorios. En primer lugar, porque es cierto que el galardón de Seix Barral aparece siempre en un segundo plano respecto a otros que han sabido adquirir más relumbrón —me refiero fundamentalmente al Planeta y el Nadal—, y que da la impresión a veces de que ni siquiera resulta el más visible entre aquellos que sí forman parte de la división a la que se adscribe, como puede ser el Alfaguara. Importante, porque desde su creación, hace ya más de medio siglo, pocos han sido los nombres reconocidos y reconocibles que dejaron de pasar por su nómina, y porque de alguna manera podría trazarse una breve historia de la literatura contemporánea en español a partir de un repaso a su historial.

"El listón estaba alto, pero aquel mismo año quedó claro que el jurado no pontificaba en balde: el ganador de aquella convocatoria inaugural del Biblioteca Breve fue Luis Goytisolo con su novela Las afueras."

Se trata de una declaración de principios cumplida, porque fue justamente ese propósito el que motivó su nacimiento. El primer Biblioteca Breve se concedió en 1958. El 14 de junio de aquel año, se reunió en Sitges un jurado compuesto por José María Castellet, Joan Petit, Víctor Seix, José María Valverde y Carlos Barral. Además de fallar la obra ganadora, se propusieron dejar bien asentados los cimientos de un galardón para el que deseaban una larga historia. Su finalidad sería partir de «la calidad absoluta en la realización literaria», según José María Valverde; gracias a él se podría «incorporar nuevas voces a la renovación de la literatura europea actual», en palabras de Víctor Seix; los miembros del tribunal se comprometían a premiar una obra que se contara «entre las adscritas a la problemática literaria y humana de nuestro tiempo», tal y como declaró Carlos Barral; pero también podía ser que la novela reconocida presentara una innovación «por su temática y estilo», opinaba Joan Petit, o que avanzara «dentro de una línea de conciencia social y responsabilidad histórica», tal y como enunciaba José María Castellet. El listón estaba alto, pero aquel mismo año quedó claro que el jurado no pontificaba en balde: el ganador de aquella convocatoria inaugural del Biblioteca Breve fue Luis Goytisolo con su novela Las afueras.

La composición del tribunal encargado de juzgar los originales se mantuvo inalterada durante unos cuantos años. Las muertes de Juan Petit y Víctor Seix y la marcha de José María Valverde a Canadá hicieron que a partir de 1964 se incorporara a figuras del calibre de Salvador Clotas, Juan García Hortelano y el propio Luis Goytisolo. A partir de ese momento, también las bases experimentarían modificaciones importantes, aunque transitorias: durante un tiempo el galardón llevó el nombre de Juan Petit, como homenaje al jurado difunto, y a partir de cierto momento se permitió que concurriesen obras escritas en cualquier lengua romance de la Península Ibérica, aunque nunca ganó ninguna novela que no estuviera escrita en español. 

"Durante un tiempo el galardón llevó el nombre de Juan Petit, como homenaje al jurado difunto, y a partir de cierto momento se permitió que concurriesen obras escritas en cualquier lengua romance de la Península Ibérica."
Pero cuando llegaron todas estas variantes, el jurado original ya se había encargado de conferirle al premio tal impronta que habría resultado imposible deslucirlo o frivolizar con sus pretensiones. Si nos ceñimos al periodo comprendido entre aquel 1958 en el que Luis Goytisolo abría el palmarés y ese año de 1964 en el que el jurado experimentó su primera remodelación importante, encontramos en la lista de ganadores nombres tan indiscutibles como Juan García Hortelano (Nuevas amistades, 1959), José Manuel Caballero Bonald (Dos días de setiembre, 1961) o todo un futuro premio Nobel como Mario Vargas Llosa, que obtuvo el Biblioteca Breve con la brillante La ciudad y los perros (1962). La convocatoria del año 1960 quedó desierta, pero trascendieron los nombres de sus finalistas, y entre ellos se encontraba Juan Marsé con Encerrados con un solo juguete. En 1964, el año del cambio, la ganadora resultó ser una obra titulada Vista de amanecer en el trópico. Su autor reformaría luego la novela y la daría a conocer con otro título: se trataba de Tres tristes tigres, de Guillermo Cabrera Infante.

 

Los años que siguieron no se quedaron atrás. El palmarés incorporó, ahora sí, a Juan Marsé (Últimas tardes con Teresa, 1965) y fue sumando a Carlos Fuentes (Cambio de piel, 1967), Adriano González León (País portátil, 1968), Juan Benet (Una meditación, 1969), José Donoso (El obsceno pájaro de la noche, 1970, aunque en este caso fue un ganador virtual, porque el fallo oficial no llegó a celebrarse), Nivaria Tejera (Sonámbulo del sol, 1971) y José Leyva (La circuncisión del señor solo, 1972). El Biblioteca Breve no llegó indemne a esos años y no viviría lo suficiente para asistir a la muerte de Franco. Las disensiones en el seno de la editorial y los disgustos provocados por la censura hicieron que Seix Barral desistiera de programar más convocatorias. Los padres del invento decidieron que el premio había cumplido su función, y firmaron el acta de su fallecimiento en un momento en el que todo eran incertidumbres.

 

Así, el Biblioteca Breve se convirtió durante muchos años en un recuerdo glorioso: el de un galardón y una editorial que habían hecho lo posible para dar alas a una nueva narrativa que no siempre encontraba cielos abiertos por los que emprender el vuelo. Pero en 1999, con la integración de la vieja Seix Barral en el todopoderoso Grupo Planeta, sus nuevos responsables quisieron recuperar tanto la marca como el espíritu que la había animado para salir a la caza y captura de los autores, nuevos o veteranos, que estuviesen tratando de dar nuevos aires a la novela desde las dos orillas del idioma. El palmarés quedó reabierto con Jorge Volpi y su En busca de Klingsor, y desde entonces hasta ahora se ha venido enriqueciendo con con propuestas que, de una u otra forma, han transitado por los diferentes caminos que ha venido explorando una literatura tan variopinta como las voces y los intereses de quienes la practican. 

"Así, el Biblioteca Breve se convirtió durante muchos años en un recuerdo glorioso: el de un galardón y una editorial que habían hecho lo posible para dar alas a una nueva narrativa."
 De Latinoamerica llegaron, además del mencionado Volpi, Gonzalo Garcés (Los impacientes, 2000), Mario Mendoza (Satanás, 2002) y Mauricio Electorat (La burla del tiempo, 2004), siguiendo una regla no escrita que parecía alternar ganadores del nuevo y el viejo continente. La práctica se relajaría y en ediciones posteriores se verían pocos nombres procedentes del otro lado del Atlántico —Gioconda Belli (El infinito en la palma de la mano, 2008), Guillermo Saccomano (El oficinista, 2002) y Elena Poniatowska (Leonora, 2003)— mientras los españoles comenzaban a acaparar el historial. Hubo nombres ya conocidos (y reconocidos) que incorporaban con el Biblioteca Breve un nuevo galón a su pechera —como fueron los casos de Juana Salabert (Velódromo de invierno, 2001), Juan Bonilla (Los príncipes nubios, 2003), Elvira Lindo (Una palabra tuya, 2005), Juan Manuel de Prada (El séptimo velo, 2007) o Rosa Regàs (Música de cámara, 2013)— y otros que veían cómo el premio venía a dar un espaldarazo a sus carreras, como ocurrió con Luisa Castro (La segunda mujer, 2006) o Javier Calvo (El jardín colgante, 2012). Si para muestra vale un botón, el último lustro ha resultado bastante definitorio en cuanto a la amplitud de miras del jurado, en lo que se refiere al reconocimiento de las distintas propuestas que campean por el panorama de la narrativa española contemporánea. Se ha viajado de la sátira metaliteraria de Fernando Aramburu (Ávidas pretensiones, 2014) a los recorridos autorreferenciales (¿autoficcionales?) de Fernando Marías (La isla del padre, 2015), pasando por la solvencia de una narración absolutamente canónica a cargo de Antonio Iturbe (A cielo abierto, 2017) y deteniéndose en los nuevos paradigmas instaurados por eso que se llamó primero movimiento nocilla, y luego literatura mutante, y que parece sometido a los rigores de una redefinición perpetua, con Ricardo Menéndez Salmón (El Sistema, 2016) y Agustín Fernández Mallo (Trilogía de la guerra, 2018) como representantes.

 

"Muchos de los libros reconocidos con el Biblioteca Breve han pasado a la posteridad sin que trascienda muchas veces su condición de ganadores."

Así pues, una vez repasada la historia intermitente del Biblioteca Breve, cabe volver sobre la definición de Elvira Lindo. ¿Importante? Sin duda. Pese a que hay grandes ausencias y a que no todas las obras ganadoras podían presumir del mismo grado de excelencia —cuestiones ambas imposibles en una historia con tanto recorrido— no cabe no reconocerle al premio esa ambición de establecer una suerte de marco general en la que dar acomodo a toda una literatura. ¿Discreto? También, porque sus oropeles no se parecen en absoluto a los de otros reconocimientos que acaparan muchas más páginas y garantizan a sus autores el rápido ascenso hacia la cumbre de las listas de ventas. Hay otro aspecto que, en cierto modo, aúna ambas virtudes: muchos de los libros reconocidos con el Biblioteca Breve han pasado a la posteridad sin que trascienda muchas veces su condición de ganadores. Eso, el que una novela se pueda independizar no ya de su autor —como tanto quiere el tópico—, sino incluso de las circunstancias que permitieron y aseguraron su visibilidad, demuestra el buen ojo que ha tenido el Biblioteca Breve a la hora de buscar a sus elegidos, y es otro punto a favor de un premio al que cabe desear que cumpla, como poco, otros sesenta inviernos.

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