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Eugenio Fuentes: “Soy escritor de paisaje y avanzo según lo que me encuentro en el camino”

Eugenio Fuentes: “Soy escritor de paisaje y avanzo según lo que me encuentro en el camino”

Foto de portada: Iván Giménez

El detective Ricardo Cupido acaba de ser padre por partida doble, pero no va a tener mucho tiempo para dedicarse a sus gemelos, Laura y Raúl, porque recibe lo que podría ser el encargo más relevante de su carrera. Deberá localizar a una joven que aparece en un vídeo erótico junto a un famoso jugador de fútbol de origen brasileño. Se llama Gwendolina Barnes Paraíso y, aunque es natural de Breda, se busca la vida en Madrid, como tantas otras chicas de la periferia que intentan realizar sus sueños. En Wendy (Tusquets, 2025), décimo título de la serie Cupido, Eugenio Fuentes despliega sus dotes de narrador, siendo entre sus novelas «la de mayor equilibro entre fondo y forma», como él mismo señala, además de alcanzar un vibrante ritmo narrativo que engancha. Combinando ágiles diálogos con líricas descripciones de los parajes de Breda y atinadas reflexiones sobre diversos temas, ofrece un sagaz retrato de nuestra sociedad. Una sociedad multicultural que rinde culto al espectáculo, a la fama y el dinero fácil bajo el imperio de la competitividad y el feroz individualismo. Fuentes da vida a una rica galería de personajes, 44 en concreto, vinculados por tramas y subtramas que se ramifican, o tal vez mejor decir que forman jugosos racimos, como crecen las cerezas del valle del Jerte, un lugar próximo a Breda, territorio imaginario en el norte de Cáceres, que cartografió en 1999 en su libro Las batallas de Breda, historia coral de formación en la que aparece por primera vez un Cupido adolescente al que llaman Kao.

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—Si cuando apareció Las batallas de Breda alguien hubiera vaticinado que durante un cuarto de siglo seguirías alimentando literariamente a uno de sus personajes, ¿qué habrías pensado?

"Esa novela surgió porque era consciente de que no sabía escribir diálogos y pensé que una buena forma de practicarlos sería una historia de misterio"

—Que era una locura. Creé a Ricardo Cupido sin ninguna intención de convertirlo en protagonista de una serie y, más aún, sin imaginar de ningún modo que llegaría a diez títulos ni que se convertiría en detective. Esa novela surgió porque era consciente de que no sabía escribir diálogos y pensé que una buena forma de practicarlos sería una historia de misterio, donde abundan las preguntas/respuestas. Seguir dándole vida me lo tomé como un desafío: intentar que estas novelas fueran algo más que un juego de enigma, al darme cuenta de que los caminos de la literatura son infinitos y había una senda poco transitada. Por otro lado, algo debió de atraerme en ese giro del personaje, porque ahí está todavía preguntando y preguntándose por la vida.

—¿Por qué detective en vez de policía o guardia civil?

—Porque provenía de una familia de aquellos viejos contrabandistas de café en la Raya con Portugal que, en la posguerra, transportaban la carga en caballos a través de la frontera. No habría parecido muy coherente otra elección. 

—¿Después de tanto tiempo juntos Cupido te ha contagiado alguna de sus costumbres y manías, aparte de la afición al ciclismo? O viceversa.

—Creo que yo le contagié una única costumbre: la práctica del ciclismo. Es la única similitud. Por desgracia, no he logrado aprender ninguna de sus virtudes.

—Tus historias son realistas pero transcurren en gran parte en un mundo imaginario, Breda. ¿Por qué decidiste crear tu Macondo o Región particular y qué crees que eso aporta a la narración?

"Me gusta mucho que cites Región, porque su sombra y su espíritu sí que están en estas novelas"

—Me gusta mucho que cites Región, porque su sombra y su espíritu sí que están en estas novelas. Bajo su influencia, y también bajo la de Santa María, de Onetti, surgió Breda, quizá porque, al alejarme de una referencia geográfica real, podía permitirme mayor libertad para la imaginación y para reflejar un territorio, el norte de Extremadura, que nunca había sido literariamente contado.

—¿Por qué lo llamaste Breda, como la ciudad holandesa?

—En mi primera novela se cuenta que en el siglo XVII un soldado de los tercios españoles que luchó en la batalla de Breda, en Holanda, que luego inmortalizaría Velázquez con su cuadro, regresó a casa, en el norte de Extremadura, y levantó un palacio fortaleza con el dinero que traía de su vida militar. La llamó Breda, y a su alrededor fue creciendo con el tiempo una población en la que, cuatro siglos después, nacería un detective llamado Ricardo Cupido. 

—El perfecto encaje de las tramas y subtramas supone una estructura muy compleja. ¿La tienes ya perfectamente definida antes de ponerte a escribir o la resuelves sobre la marcha?

"Voy observando la flora y la fauna del lugar e improviso actuaciones según me encuentro ríos con o sin puentes, montañas o llanuras, sin saber adónde me llevan"

—Se suele dar por hecho que trabajo mucho la estructura de mis novelas, y nada más lejos de la realidad, porque me pongo a escribir una novela, ante un cuaderno en blanco, cuando imagino una pequeña situación dramática con tres o cuatro personajes implicados. Desde ahí avanzo sin saber adónde ni cómo ni con qué medios. Eso es lo apasionante, y creo que no sabría escribir de otra manera. Ni soy escritor de mapa, que tiene toda la estrategia planificada, ni soy escritor de brújula, que avanza ciego hacia un destino conocido siguiendo el rumbo de la aguja, sin atender a los prodigios del itinerario. Soy escritor de paisaje y avanzo según lo que me encuentro en el camino. Si es un locus amoenus, me detengo allí mientras me siento a gusto. Si es un lugar espinoso que me desgarra la piel, paso deprisa para dejarlo pronto atrás. Voy observando la flora y la fauna del lugar e improviso actuaciones según me encuentro ríos con o sin puentes, montañas o llanuras, sin saber adónde me llevan, incluso aunque el camino pueda despeñarme por algún precipicio.

—¿Dirías que con Wendy, debido a los temas que tratas y la forma de hacerlo, has cruzado un umbral hacia la excelencia?

—Creo que es mi mejor novela, la de mayor equilibrio entre fondo y forma, pero muy lejos de cualquier excelencia. En cualquier caso, ese juicio corresponde a los lectores.

—Tus personajes están descritos con detalle. Sin embargo, la imagen de Wendy se muestra difusa, desenfocada, tal como aparece en la portada del libro. Pese a ello da la impresión de que es una mujer con Síndrome de Peter Pan, que se resiste a madurar.

—Tú lo has dicho: en realidad Wendy no es más que una chica que intenta desesperadamente llegar al País de Nunca Jamás por un camino de polvo de hadas que nunca encuentra. Ese es el tema de la novela. Siendo la protagonista, solo aparece una vez y lo hace disfrazada, como ha advertido José Belmonte. 

—La novela parece asentarse sobre una escala de dualidades contrastadas: el fútbol como negocio/espectáculo y como deporte vocacional; fútbol versus ciclismo; la metrópolis estresante frente a la villa en plena naturaleza; los hermanos gemelos; el dúo siniestro de mariachis…

—No lo había pensado, pero es cierta tu observación. Y por ahí anda Cupido saltando de uno a otro mundo, de la luz a las sombras, en busca de la verdad.

—Por cierto, ¿tuviste que hacer un máster en habla coloquial mexicana para dar voz a estos últimos, especialmente al cíclope Roque, que es muy locuaz?

"Leí libros de autores mexicanos, no solo de novela negra. Élmer Mendoza, por ejemplo, pero también Guadalupe Nettel, que me parece una escritora extraordinaria"

—Nooooo, ja, ja. Leí libros de autores mexicanos, no solo de novela negra. Élmer Mendoza, por ejemplo, pero también Guadalupe Nettel, que me parece una escritora extraordinaria. Y los clásicos, claro. Y aunque no tiré de diccionarios, sí estuve con los oídos en alerta cuando veía series o películas mexicanas. Me atrae mucho México como país, y algo conozco de su excelente y muy variada literatura. De hecho, ya había ambientado allí una novela, durante la revolución zapatista.

—¿Se podría decir que Wendy es, básicamente, una historia sobre la transformación que implica la paternidad y lo que supone la pérdida de un amigo?

—También es una novela sobre la pérdida. Tenía la sensación de que en los anteriores títulos, en el desenlace, Ricardo Cupido terminaba alejándose del daño y del dolor de las víctimas. Y creí que, para crecer como personaje, también él necesitaba conocer el sufrimiento en lo más personal. Y como tantas novelas negras comienzan con un crimen, quise que Wendy comenzara con un nacimiento.

—Tu fidelidad a la editorial Tusquets te convierte en tusqueto pata negra, que diría Rafa Reig. Es evidente que te encuentras muy a gusto en el sello catalán.

—A estas alturas he conocido a bastantes escritores de bastantes editoriales, y me atrevo a decir que no hay una editorial como Tusquets. Estaré allí mientras me quieran.

—¿Te han propuesto alguna serie o largometraje? ¿Algún actor que podría encarnar a Cupido?

—Hace unos años se hizo una adaptación de Las manos del pianista a la que no quiero ponerle adjetivos. Tampoco me atrevo a ponerle a Cupido la cara de un actor. Creo que soy el menos adecuado para hacerlo, porque todavía no termino de verle el rostro. Quizá por eso seguiré escribiendo sobre él. 

—¿Por qué ese raro apellido, Cupido, y por qué tiendes a dar a tus personajes nombres poco comunes?

"Una vez me invitaron a dar una charla a los estudiantes de Puebla y entre los asistentes había cuatro o cinco apellidados Cupido"

—Es que para mí no es un apellido tan extraño, porque he conocido a gente que se llamaba así. Para empezar, Adela Cupido, que fue alcaldesa del PSOE de Puebla de la Calzada entre 1991 y 2007, a la que, por desgracia no llegué a conocer personalmente. Una vez me invitaron a dar una charla a los estudiantes de Puebla y entre los asistentes había cuatro o cinco apellidados Cupido. Y en Entre naranjos, de Blasco Ibáñez aparece un peluquero llamado así. También en El pico del diablo, de Deon Meyer, aparece un policía llamado Vaughn Cupido. Por no citar el sobrenombre de Cupido para un agente secreto infiltrado en los círculos troskistas en El hombre que amaba a los perros, de Leonardo Padura. Respecto a los nombres de los demás personajes, siempre busco la relación con su carácter. En Mistralia aparecen dos hermanos gemelos. La chica se llama Aurora, porque es la primera que nace, que sale a la luz, y es alegre y luminosa. Al otro hermano lo llame Bruno, y es oscuro y triste, como en el endecasílabo de Miguel Hernández: “Umbrío por la pena, casi bruno”.

—¿Qué opinas sobre la novela negra actual?

—Son tan inmensas las negrotecas actuales, es tan difícil leer la mitad de la mitad de lo que se publica, que sería una falta de respeto opinar sobre lo que no he leído. Pero, por lo que conozco, el nivel me parece muy irregular. Hay obras muy notables y otras no tanto.

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