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Eva Cruz: “Mi novela es entretenida, pero yo la he escrito con ambición”

Eva Cruz: “Mi novela es entretenida, pero yo la he escrito con ambición”

Eva Cruz (Santa Cruz de Tenerife, 1973) se doctoró en filología inglesa con una tesis sobre teatro político del siglo XVII. Ha sido profesora de inglés y de literatura en la Universidad de Alcalá, y más tarde guionista de televisión y radio. Con solo un año vive con su familia un tiempo en Inglaterra. Con el cambio de milenio entra a trabajar como guionista en Las noticias del guiñol, de Canal Plus. Luego formó parte del equipo de redacción de Asuntos propios, el programa de Toni Garrido en RNE. Desde 2017 trabaja en el equipo de guion del magazine Hoy por hoy, en la Cadena SER. Ha traducido una veintena de libros y ha colaborado en la escritura de dos o tres ficciones para cine y televisión. Veinte años de Sol es su primera novela, que acaba de publicar en la editorial AdN y, según se cuenta en una biografía autorizada, «vive en Madrid con pareja, hijo y perrito”.

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He de insistir en algo repetido desde que ha publicado Veinte años de Sol, y que en realidad es un gran elogio: esta es su primera novela pero parece que hubiera publicado antes otras tres, por lo menos.

"Escribía mucho de jovencita. A todo el mundo le parecía que escribía fenomenal, esperaban que yo fuera novelista y a mí esto me empezó a pesar, era una mochila enorme"

— Yo me he resistido muchísimo a escribir porque había unas expectativas enormes. Escribía mucho de jovencita, a todo el mundo le parecía que escribía fenomenal, esperaban que yo fuera novelista y a mí esto me empezó a pesar, era una mochila enorme y me parecía que no tenía por qué tener este deseo. Hay muchísimos escritores, ¿por qué tenía que ser yo uno de ellos? Estaba mi padre, pero no solo él, sino también mis maestros, y toda la literatura que leía. Me pesaba aquello como una losa, y pensaba que había un narcisismo en escribir. Me resistí mucho, tanto desde el punto de vista moral como desde el punto de vista práctico… y por no hacerme la interesante, ¿sabes?, por esta negativa a ser especial. Pero al mismo tiempo a mí me gustaba escribir, y entonces llegó un momento en que me dije: “Venga, va, vas a cumplir cincuenta; vamos a ver si te sale algo”. Entonces se lo dije a mi pareja, pero no se lo dije a mi padre, porque no decírselo a él era clave, y hasta que no lo terminé no se lo enseñé, pero cuando lo leyó, y le gustó… en fin. Primero sus elogios y después, cuando empezó a contárselo a todo el mundo, fue todavía peor de lo que yo esperaba. Lo que pasa es que ahora soy lo suficientemente mayor como para que eso no me afecte. Verás, y esto no hace falta que lo cuentes en la entrevista, pero te lo voy a contar: cuando yo tenía unos 15 años había escrito tres o cuatro cuentos, y mi padre hizo una edición limitada en un libro así (y extiende los dedos índice y pulgar abriendo mucho la mano), encuadernado, que sobraban como cien páginas al final y se lo regaló a todo el mundo, incluidos mis abuelos, a Cabrera Infante… y a mí me dio una vergüenza tan enorme que le hice la cruz a la escritura. He tardado mucho en que esto no me importe, en que lo mire con ternura, pero como adolescente…

Esa era la ilusión de tu padre por que fueras escritora.

—Claro, pero ahora ya soy mayor y no me importa.

Era de esperar que hubieras escrito antes, tal vez cuentos, poemas…

— No, nunca poemas. Tampoco quería escribir nada memorialístico, nada en primera persona. Quería escribir una novela entretenida, como las que me gusta leer a mí.

En algún lugar dijo que tenía una historia rondándole desde hacía tiempo: la relación entre dos amigas, la evolución de esa amistad, y la experiencia científica de borrar algunos recuerdos. Me ha parecido muy interesante esa unión, no sé si de contrarios, entre la calidez de los sentimientos y la frialdad de la ciencia. Incluso esa trama de los neurotecnólogos resulta verosímil.

"Me interesa la neurotecnología en sí misma y también me interesa el proceso de madurez, cómo en la madurez vas ganando en frialdad"

—Se basa en lo que la ciencia está haciendo con los traumas, con enfermedades como la anorexia, con el párkinson, con todo tipo de dolencias neurológicas que se están empezando a tratar con electrodos. Es la misma teoría que el electroshock, lo que pasa que ahora el electrodo va interno, es mucho menos dañino y dicen que dentro de poco se van a poder implantar recuerdos nuevos, manipular los que tenemos, pero atenuando los traumas. Me interesa la neurotecnología en sí misma y también me interesa el proceso de madurez, cómo en la madurez vas ganando en frialdad. Ese proceso acelerado por la tecnología era el que quería contar como un proceso de maduración. Cómo las cosas te van importando menos…

Una curiosidad al hilo de lo que cuenta: ¿es lectora de ciencia ficción?

—No mucho, pero hay novelas de ciencia ficción que me han gustado muchísimo. No soy una experta en el género, pero hay algunas cosas que me fascinan, me fascina Vonnegut, que es un escritor mayúsculo, me encanta Stephen King. Me leí hace un par de veranos una novela larguísima sobre una civilización arácnida que me estalló la cabeza. Buenísima. Se titula Children of Time, de Adrian Tchaikovsky. En español la publicó Alamut como Herederos del tiempo. ¡Es brutal!  Me gusta cómo la ciencia ficción te permite plantear dilemas filosóficos. Y además crear intrigas.

Un mundo feliz

Un mundo feliz me encanta. Y 1984, claro. Esas novelas fundacionales son básicas…

No veo en su novela influencias del mundo hispano, puede que sí del anglosajón. ¿Es lectora de escritores norteamericanos del XX?

—Sí, sobre todo soy muy lectora de los escritores británicos del siglo XX, pero también he leído muchísima novela latinoamericana. Yo admiro mucho a los prosistas latinoamericanos. Me gusta lo que hacen con la frase, el ritmo que tienen… pero sí, yo he leído mucho autor británico.

Los cuatro personajes principales que conforman la trama, Sol, Eduardo, Matilde y Teo, están perfectamente dibujados, el lector los ve en su integridad, intelectual y física. Orbitan entre el amor, la lealtad, la decepción, la enfermedad, las decisiones económicas de envergadura… Esta novela tiene mucha enjundia.

"Bueno yo he tenido novios inteligentes en la adolescencia, pero te imaginas estos guapos que te gustan mucho… y te quedas con él"

—La verdad es que la trama se me fue montando. Fíjate, no me resultó muy difícil, la veía muy clara; veía muy claras a las amigas, veía muy claro a Zarza. Clarísimo. Y también a Teo. Teo es como ese novio que tienes en la adolescencia y piensas: “¿Y si me hubiera quedado con este…?”. El pobre podía ser bobo, pero a mí me encantaba. Bueno, yo he tenido novios inteligentes en la adolescencia, pero te imaginas estos guapos que te gustan mucho… y te quedas con él. ¿Qué pasa, cómo resulta luego ese ser humano…?

Ese es Teo Santana.

—Es es Teo Santana, es ese novio que tienes de jovencita (ríe).

La novela plantea muy bien las situaciones, los personajes, y luego te va llevando hacia un conflicto en el que todos tienen algo que ver.

—Sí, sí, yo sabía que ellas dos se tenían que enfrentar, y la novela iba hacia ahí. Lo que yo quería contar era eso, tenía ese motorcito, ese camino, pero hasta que no la tuve bastante planteada no supe por qué se iban a enfadar, no supe cuál iba a ser el punto… hasta que lo vi perfectamente claro.

La novela no tiene una estructura lineal, pero no por eso a partir de un cierto momento se empieza a tener la sensación de que algo muy gordo va a pasar. Todos tienen dentro un conflicto que lleva al lector sin aliento hasta el final. La tensión del relato mantiene el interés y se desea seguir leyendo para conocer el desenlace.

— Menos mal, porque si no no habría terminado. Si no hubiera tenido una trama… Porque yo para describir no escribo. Aunque me gusten las descripciones necesito una historia, porque me la debo a mí, no porque haya nadie que me la exija, pero si no tengo un historia no tengo nada.

Supongo que en un principio escribe para sí misma, luego está el hipotético lector, ese que no se conoce, pero escribe…

—Yo escribo para mis amigos. Para mi amiga Sofía, porque si le gusta a Sofía he triunfado. Si la entretiene a ella, a Nacho, y a dos o tres amigos que son muy lectores, con los que hablo muchísimo de libros…

Y por lo que dice, también muy sinceros…

"Yo he escrito para lectores, no para expertos, ni académicos, ni para otros escritores"

—Sí, sí. Tanto Sofía como Nacho dijeron “menos mal que nos gustó”, porque, claro, todos teníamos miedo de que no gustara. También Marta García, que era mi compañera en la radio, es una lectora importante para mí… Gente de la que me fío, porque sobre todo hablo con ellos de libros. Yo he escrito para lectores, no para expertos, ni académicos, ni para otros escritores.

El tono de esta novela está perfectamente logrado. Y un acierto es el punto de vista que fija en uno de los personajes, lo que se conoce  como «narrador equisciente» y que, por lo tanto, solo puede saber y narrar lo que el personaje percibe por sus sentidos, lo que siente, lo que recuerda y lo que expresa.

—Va de personaje en personaje… A mí me parecía que la novela podría parecer un poco fría. Que era como un melodrama frío, porque todo lo que les pasa es muy melodramático, muy sentimental. Es un desborde sentimental en el fondo, pero al mismo tiempo como frío, ¿no? Hubo un momento al principio en el que yo quería hacer algo de sátira, pero luego les coges cariño a los personajes, aunque te parezca mal lo que hacen. Pero en el fondo no es una sátira: aunque tenga elementos satíricos desarrolla simpatía con los personajes.

En la portada de Pep Carrió está la torre del arquitecto Miguel Fisac, conocida popularmente como La Pagoda, que fue demolida en 1999, que yo recuerdo ver en mis idas y venidas a Madrid por la carretera del aeropuerto. A la destrucción de este edificio Andrés Rubio dedicó un documental titulado La delirante historia de La Pagoda. ¿En tu novela este edificio también forma parte de la destrucción de la memoria?

—Sí, hay una metáfora continuada entre la destrucción de edificios y la destrucción de los recuerdos. Destruir un edificio es destruir un montón de recuerdos. Destruir este edificio en concreto es una prueba de corrupción, de desidia institucional, de descuido por los símbolos que podrían unirnos y una estética que podríamos compartir, un desprecio por el arte contemporáneo. Me parece horroroso haber destruido La Pagoda, algo totalmente inverosímil, totalmente española. Lo peor de España es haber hecho algo así, y si Zarza está implicado en la destrucción de La Pagoda, que es algo que cuento al principio, esto ya te define al personaje, y por mucho cariño que le cojas al final, tú sabes que es un capullo.

Sí, y le coges cariño

—Hombre, claro que le coges cariño…

A todos; luego Teo es como es…

—No es malo, Teo. Ninguno es del todo malo, pero hacen cosas que están mal.

Eso es un gran valor de la escritora, que consigue que el lector quiera a los personajes.

"Yo no conozco ningún héroe en la vida real, alguien del que puedas decir: qué persona sin tacha"

—Porque somos así, a mí me gusta la gente, me gusta hablar de ellos, pero también me gustan ellos, con las cosas malas y buenas. Yo no conozco ningún héroe en la vida real, alguien del que puedas decir: “Qué persona sin tacha”.

Es una novela con gran carga de ironía y hasta de sarcasmo. Contiene potencia literaria y al mismo tiempo su lectura resulta amena, por lo que le auguro un éxito comercial. O al menos es lo que desearía para Veinte años de Sol. Tiene los elementos necesarios para que se venda mucho. Es una novela compleja, aunque fácil de leer.

—Vamos a ver si hay suerte. Yo creo que es un poco inclasificable, en el sentido de que no es una novela social, no es una novela de ciencia ficción, pero bueno, vamos ver si a la gente le engancha la apuesta…

Habla de temas que son cotidianos: del amor, de lealtades, de corrupción… y de dinero. No me parece que haya muchas novelas que hablen con tanta naturalidad sobre el dinero, los negocios, el mundo de la empresa. ¿Ha investigado sobre ese ámbito?

[Ríe] No sé nada de empresas ni de dinero, pero bueno, el dinero le ocupa a la gente muchas horas al día. Y a los ricos también, para estos el dinero es importantísimo, tan importante como para los pobres, y me interesaba el desequilibrio que supone tener más dinero o menos en una amistad. Tener mucho dinero también te genera culpa… Zarza es obsesivo con el dinero, para él es muy importante, a eso se ha dedicado, y le parece además que es su valor como persona, porque mira lo que ha conseguido para su hija. Y en cambio su hija lo vive con culpa, pero también con aprovechamiento.

Todo eso está muy claro.

—No creo que sea excesivamente polémica mi visión del dinero, pero es un problema fundamental. Esta es una novela de clase media alta, no es una novela de pobres. Está el personaje de Melania, que es un personaje pobre pero que está visto desde una distancia, porque es una novela de gente que tiene dinero.

Sí, el personaje de Melania es una subtrama, junto a la neurociencia que mencionamos antes… 

"Me interesaba llevar este personaje por ahí; la debilidad está en su cuerpo pero la fortaleza también está en su cuerpo"

—Sí, es que justo cuando la estaba escribiendo eran las Olimpiadas y Simone Biles, la gimnasta, tuvo ese problema, ¿te acuerdas? La superestrella tuvo ese problema que los ingleses llaman the twisties. Ella, que tiene una capacidad asombrosa para saber dónde está su cuerpo con respecto al suelo, que es lo que tienen las gimnastas y que el resto de los humanos no tenemos. Es una habilidad especial, porque si tú te tiras de un trampolín desde mucha altura te puedes partir la crisma, y si das la vuelta ya no sabes cuántas vueltas has dado. Pero si eres gimnasta esto lo sabes. Pero lo pierdes cuando tienes un problema mental de concentración, y entonces no puedes competir porque te puedes caer de cabeza y matarte. Esto es lo que le pasó a Simone Biles. Así que entonces leí muchísimo sobre neurociencia de gimnastas, me interesó mucho; a mí me gustaba la gimnasia rítmica de pequeña y me interesaba esto del deporte, la fuerza del cuerpo. Me interesaba llevar este personaje por ahí; la debilidad está en su cuerpo pero la fortaleza también está en su cuerpo. Lo que yo he intentado con la estructura de la novela ha sido contar el final a través de la historia de Melania, o sea, durante toda la novela la historia de Melania te está contando qué va a pasar después de terminada la novela. ¿Y qué va a pasar? Pues un proceso de enfriamiento emocional, que le permita vivir a través de su fortaleza corporal.

La pandemia está presente en la novela, tocada con una sutileza nada fácil de conseguir, porque aún está entre nosotros. Es un recurso que le sirve muy bien para contar lo que le pasa a Zarza.

—No se puede escribir una novela en 2020 sin mencionar la pandemia. El confinamiento le cambió la vida a mucha gente, la muerte y la enfermedad, por supuesto, también, pero a mí me ha dado un recurso argumental muy útil.

Es una novela con unos personajes muy bien definidos, una novela muy visual.

—Eso me sorprendió, yo no pensaba que sería capaz de escribir personajes diferentes, y me alegro, porque ha sido lo más bonito. Yo escribo para la radio, pero inventar un personaje no lo había hecho nunca.

¿Ha tenido vértigo antes de publicarla o inmediatamente después, pensar qué será de esta novela?

—Sí, me daría mucha pena que no encontrara sus lectores.

Es una periodista vinculada al mundo literario; habiendo ahora irrumpido en el sector editorial, ¿cuáles pueden ser sus reservas o sus miedos, a la hora de publicar?

—Ha habido muchos periodistas de radio que han publicado novelas. Me daría pena que no se calibre la ambición de la novela. Me parece una novela literaria, no creo que sea una cima de nada, es una novela entretenida pero yo la he escrito con ambición.

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