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Fabular una vida para salvar a mi hermano

Fabular una vida para salvar a mi hermano

Recuerdo que fabulé historias. Conquisté tierras inexploradas, descubrí tribus caníbales, combatí a piratas malayos y fui rescatado por tuaregs cuando ya temía por mi vida en aquellas arenas ardientes, tras el asalto a mi caravana. Fui trampero en el Klondike, filibustero en Maracaibo y descubrí un reino perdido en Camboya. Imaginé mil vidas para que mi hermano no tuviera que vivir la suya.

Quería que soñara otras, muy lejos de su realidad de arneses, pesos, poleas y un armazón de hierro que le abría la piel en terribles escaras. Quería que burlara la escoliosis a lomos de historias fabulosas.

Recuerdo que musitaba: «Cuéntame otra historia». Y yo, desde mi almohada, hablaba y hablaba mientras aguardaba a que se quedara dormido, señal de que por unas horas se aplacaba el suplicioÉl descansaba y yo lograba olvidar, por un momento, la rabia inmensa que me habitaba: la de saber que, con apenas ocho años, mi hermano pequeño era prisionero de un amasijo de hierros y cuero; que ir al colegio era un cesto de vergüenzas y burlas; que la noche traía el tormento de un sistema que nos habían vendido como remedio y que no hizo sino torcerle la infancia y condenar la adolescencia.

Aún llevo clavada en el alma la imagen de mi hermano atado a aquella cama. Y pienso que quizá fue su desgracia la que me dio un oficio: contar historias. Aquellas inventadas entonces, hoy transformadas en reales, y otras ya noveladas. Porque lo de volar con la imaginación no era, para Luis y para mí, una frase hecha: era una forma de supervivencia. Soñar con una vida allí donde el horror no alcanzaba.

Era un reino de anhelos: princesas rescatadas, espadachines diestros, guerreros valerosos que siempre salían victoriosos tras batallas encarnizadas.

Cuando la imaginación flaqueaba, siempre tenía a mano a Emilio Salgari, al Capitán Trueno, al Hombre Enmascarado o las praderas infinitas de Karl May. Creo que Luis siempre supo que todas aquellas hazañas eran un artificio de su hermano mayor. Si dejó pronto de creer en los Reyes Magos, difícilmente podía pensar que su hermano —el gafotas— fuera un bravo guerrero shoshone capaz de abatir a los fieros pawnees con su tomahawk. Pero ambos necesitábamos esas historias, tan hiperbólicas como absurdas. Yo, contarlas. Él, escucharlas.

Hoy sueño con otras cosas, quizá tan inalcanzables como aquellas de la infancia. Pero sigo creyendo que la oralidad de aquellos cuentos improvisados fue el tablón al que nos aferramos para no naufragar en la realidad que descubrí, por primera vez, tras la puerta entreabierta del cuarto de mis padres.

Allí estaba mi gigante, mi héroe, llorando sin consuelo mientras miraba al infinito desde la ventana. Un llanto que le sacudía los hombros, que le obligaba a enjugarse las lágrimas sin lograrlo.

—Papá, ¿qué pasa?

—Nada —mintió.

En su rostro desencajado intentó dibujar una sonrisa imposible.

La nada era, en realidad, todo: un mal diagnóstico que confirmaba que el pequeño tendría una infancia torcida, como su espalda empeñada en quebrarse como un meandro.

Aquel día yo también lloré. En realidad, todos lo hicimos. Todos menos Luis, que observaba a mis padres con más sorpresa que miedo, incapaz aún de descifrar lo que significaban aquellas manos unidas de sus padres y esas caricias.

Lo que vino después fue durísimo. Triste. Eterno. Y tan injusto como lo es siempre la desgracia. Pero alumbró historias maravillosas que ayudaron a mi hermano a volar lejos de esa tumba de hierro y a mí a pensar que quizá ser narrador era un oficio que merecía la pena.

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