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Ficción ya para siempre

En la muerte de Auster

Se muere Paul Auster y, de todos los libros suyos que he venido leyendo a lo largo de mi vida, me vienen a la mente el último y el primero. Baumgartner, que en España salió a la venta hace unos pocos meses, es un relato hermoso que se adentra en los territorios de la memoria, el olvido y la soledad, y exhala todo él un aliento crepuscular que acaso quiso enfatizar su autor, consciente mientras lo escribía de que se le iba acabando el mundo. Ciudad de cristal no sólo fue la obra con que Auster llegó a España, fue también la primera que yo leí cuando el suyo era ya un nombre consolidado. La historia que trajo esa novela a nuestras tierras no es muy conocida porque conoció el éxito cuando Anagrama la reeditó a finales de los noventa en un solo volumen que compendió lo que, junto con Fantasmas y La habitación cerrada, su propio autor denominó Trilogía de Nueva York, pero por aquí ya había circulado casi diez años antes gracias a las buenas artes de Júcar, una editorial gijonesa que tenía al frente al indesmayable Silverio Cañada y que contrató la novela, a sugerencia de Paco Ignacio Taibo II y con traducción de Ramón de España, dentro de la colección Etiqueta Rota que dirigía Juan Cueto. Júcar alumbraría después las dos que la sucedieron y también llevaría a imprenta la primera edición que se hizo en estos pagos de la trilogía, pero en aquel momento —el proceso completo culminó en 1991— se quedaron poco menos que en libros de culto. De todo el libro, lo que mejor retiene mi memoria es la teoría a propósito de la autoría de el Quijote —no del libro de Cervantes, sino del libro que Cervantes asegura estar escribiendo— y que el Paul Auster real pone en boca del Paul Auster que aparece como personaje en la novela y que a su vez es un reverso luminoso de Daniel Quinn, su protagonista y, a la postre, alter ego del verdadero Paul Auster. Según esa hipótesis, el responsable de que las andanzas del caballero manchego pasaran a la posteridad no sería otro que el ingenioso hidalgo, en una traslación del juego de espejos que el mismo Auster lleva a cabo en la novela y, seguramente, en toda su obra, donde la realidad y la ficción se comunican a través de pasadizos tan firmes como inextricables, similares a ése que él acaba de atravesar para abandonar los predios de lo que existe e instalarse en aquéllos donde habita el recuerdo únicamente, y por tanto convertido él en ficción ya para siempre.

Moraleja, industrias y andanzas

"En Moraleja hay un parque que lleva el nombre de Alfanhuí donde, a media tarde, juegan y se columpian los niños entre citas extraídas de la novela de Rafael Sánchez Ferlosio"

En Moraleja hay un parque que lleva el nombre de Alfanhuí donde, a media tarde, juegan y se columpian los niños entre citas extraídas de la novela de Rafael Sánchez Ferlosio, que pasó largas temporadas en la vecina Coria e hizo varias referencias a este lugar en la que fue su primera obra narrativa, que unos consideran epígono del género picaresco y otros precursora del realismo mágico. Hemos venido hablando de ello durante el viaje que nos ha traído desde Béjar —donde me esperaban el escritor Luis Roso y su pareja, Amanda, para trasladarme desde allí en coche hasta este pueblo, que es el suyo— y lo mastico mientras paseo por sus calles apretadas y veo asomados a dos ventanas al Principito y Blancanieves después de tropezarme con Carolina Coronado casi a las puertas del hotel, en una persiana metálica sobre la que se asoma, risueña e inconfundible, la actriz Florinda Chico. Nos hemos encontrado a nuestra llegada con Olivia, la dueña de la librería Neruda, que es donde debo presentar mi última novela, y me ha hecho saber que tengo una seria competencia: nada menos que cuatro entierros se celebran esta tarde en la parroquia y hay además una procesión que, según parece o según entiendo, va a tener o ha tenido ya a buena parte de los vecinos vagando entre la iglesia junto a la que aparcamos el coche y otra ermita cercana. Moraleja no tiene grandes atractivos, pero tal vez sea eso lo que le confiere su encanto, esa gracia indiscernible de la que pueden presumir los lugares que ni tratan de aparentar lo que no son ni fingen tener lo que no tienen. Es la cabecera de la sierra de Gata, pero ni siquiera está en la sierra, sino a sus puertas, y a veces se considera más una extensión de Salamanca que un pórtico de la Extremadura que la engloba y a la que, a su modo, sirve de entrada. Tiene en su costado sur un barrio de vocación cartesiana al que desmiente el enrevesamiento de su núcleo de calles enroscadas, y un parque con un puente que cruza el río y cuyas arboledas mitigan los sofocos de las abrasadoras tardes veraniegas. Escribió Ferlosio que Moraleja es un pueblo alegre, y aunque no me parezca tal cosa cuando aún es media tarde y recorro sus entrañas casi desiertas, corroboro la apreciación cuando llega la hora de acudir al acto que me ha traído aquí y encuentro la librería llena y mi novela presidiendo una mesa en la que han dispuesto vino y cerveza, queso y embutidos, emparedados y brazos de gitano. La presentación deja de ser tal para convertirse en una fiesta que trasciende las cuestiones meramente literarias, porque de lo que se trata es de celebrar que por una tarde estamos juntos y lo que nos ha congregado aquí es un libro que nació a muchos miles de kilómetros sin sospechar que conocería alguna vez un agasajo semejante. Luis, que dirige aquí el festival Gata Negra, dice que Moraleja es la capital literaria del norte extremeño, y a la vista de los acontecimientos no puedo más que admitir que lleva bastante razón. Me invitan a regresar en verano y alguien, en el momento de las despedidas, me interpela. «Acuérdate de nosotros», dice; y eso hago.

Vistas parciales de Zafra

"Casi un lugar de ninguna parte, y tal vez radiquen en ello las razones que lo hacen tan sutil y tan liviano"

La cuestión es que el ayuntamiento, en manos del Partido Popular, no ponía especial interés en celebrar una feria del libro y fue una asociación cultural, Artea, quien asumió la responsabilidad. Lo han hecho con patrocinios privados y sin apenas recibir ayudas públicas. El único detalle que han tenido los munícipes consiste en poner a su disposición una funcionaria a media jornada que se ocupa de vigilar el recinto que acoge la exposición de dibujos de Jaime Clara. Todo esto me lo cuenta el propio Jaime mientras paseamos a un ritmo vertiginoso por el pueblo, por aquello de mostrarme lo más paradigmático antes de que Luis presente su Aguacero sobre la misma tarima sobre la que yo hablaré después de La otra orilla y donde, más tarde, nos enfrentaremos ambos a un sumario juicio a la novela negra en el que también intervendrá el escritor Mario Peloche. No veía a Jaime desde que ambos coincidimos en Montevideo, hace ahora casi un lustro, y me ilusiona que sea él quien vaya a hablar aquí conmigo de una novela en cuyo germen participó él sin saberlo. Me resulta especialmente simpático, además, que sea él, uruguayo de pura cepa, quien asuma la tarea de pasearme por los rincones emblemáticos de este pueblo del sur de Badajoz en el que lleva avecindado dos semanas y por el que se mueve como un convecino más. Pese a que sus explicaciones son exhaustivas y documentadas, y aunque hable de estas calles con tanta pasión como si él mismo hubiese venido al mundo en ellas, el tiempo es tan escaso y la conversación tan estimulante que lo que acierta a apreciar mi retina —un campanario que asoma al fondo de la calle Sevilla, las inevitables Plaza Grande y Plaza Chica, la Plaza de España que he tenido que cruzar a toda prisa, la Puerta de Jerez abierta hacia una calle tan sugerente que parece inventada, una hornacina que debería albergar la imagen diminuta de una Virgen que anda ausente porque, al parecer, también ella procesiona en estos días— no dejan de ser vistas parciales, chispazos fugaces, postales incompletas de un paisaje que merece más atención de la que puedo dedicarle. Cuando llego al parque de la Paz y saludo a Inma Rodríguez, la responsable principal de que la feria del libro no haya quedado reducida a cenizas, Elena Bello me responde a una publicación de lo que antes era Twitter en la que he colgado algunas fotos hechas durante el paseo. «Parece Portugal», dice, y es cierto que alguna reminiscencia hay de aquellas latitudes en éstas, al fin y al cabo un paisaje de frontera entre uno y otro país, pero también entre Extremadura, que muere un poco más al sur, y la vecina Andalucía. Casi un lugar de ninguna parte, y tal vez radiquen en ello las razones que lo hacen tan sutil y tan liviano.

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