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Fontenelle y la crítica de los oráculos

Fontenelle y la crítica de los oráculos

En esta época de guerras en el Medio Oriente por amenazas de armas nucleares, cabe recordar cómo muchos rumores circularon, allá por el año 2003, cuando se gestó uno de los episodios más notorios de desinformación contemporánea: el supuesto programa de armas de destrucción masiva en Irak. La historia se fue inflando a través de una cadena de informantes dudosos, desertores con credibilidad cuestionada y servicios de inteligencia que interpretaron —o exageraron— datos ambiguos; figuras como el informante conocido como “Curveball” proporcionaron relatos sin verificar que fueron aceptados sin el debido escrutinio. Sin embargo, en aquel clima político, estas afirmaciones se amplificaron y consolidaron hasta llegar a los más altos niveles del gobierno estadounidense, culminando en la infame intervención de Colin Powell ante el Consejo de Seguridad de la ONU, donde, con aparente certeza y apoyado en presentaciones visuales, aseguró que Irak poseía armas de destrucción masiva.

Ya todos sabemos cómo terminó aquel fiasco. Y lo más triste es que aquella tragicomedia de errores no ocurrió por falta de advertencias. Ya en 1687, Bernard Le Bovier de Fontenelle escribía: “Asegurémonos bien del hecho antes de ocuparnos de la causa. Es verdad que este método resulta demasiado lento para la mayor parte de las personas, que se precipitan directamente sobre la causa, pasando por encima de la verdad del hecho en cuestión, pero así evitaremos caer en el ridículo de haber hallado la causa de un hecho inexistente” (Historia de los oráculos, pág. 27). Fontenelle ilustraba esta idea con la historia de un supuesto diente de oro que le había salido a un niño, fenómeno que generó tratados enteros donde eruditos debatían sus causas y significados. Durante años, médicos y filósofos ofrecieron explicaciones elaboradas —particularmente, se decía que era un milagro enviado por Dios para consolar a los cristianos frente al acecho de los turcos— sin que nadie se detuviera a verificar el hecho mismo. Solo más tarde se descubrió que el diente no era de oro en absoluto, sino una simple prótesis, dejando en evidencia el absurdo de haber construido teorías sobre una falsedad.

"Fontenelle es también célebre por sus reflexiones sobre los mitos, particularmente en su Origen de las fábulas, donde propone una interpretación marcadamente racionalista"

Estos pasajes provienen de la Historia de los oráculos de Fontenelle, una obra que ha sido recientemente publicada en castellano por Laetoli, con traducción de Bernat Castany Prado y un epílogo de Jorge García López. El texto de Fontenelle, sin embargo, no surge en el vacío: se basa en un estudio previo mucho más denso del erudito holandés Anton van Dale, publicado en 1683, que desmontaba los supuestos poderes sobrenaturales de los oráculos paganos. Como explica García López en su epílogo, el mérito de Fontenelle consistió en tomar ese material erudito y árido y transformarlo en una exposición más clara, elegante y accesible, capaz de llegar a un público más amplio sin perder su filo crítico.

Fontenelle es también célebre por sus reflexiones sobre los mitos, particularmente en su Origen de las fábulas, donde propone una interpretación marcadamente racionalista: los mitos no serían revelaciones profundas ni verdades simbólicas, sino productos de la ignorancia y la imaginación de los pueblos antiguos al intentar explicar fenómenos naturales que no comprendían. Desde esta perspectiva, las divinidades y relatos fabulosos surgen como explicaciones erróneas de causas reales, una suerte de “proto-ciencia” fallida. Sin embargo, en tiempos más recientes, algunos autores han criticado este enfoque por considerarlo excesivamente reductivo, en la medida en que desatiende dimensiones fundamentales de los mitos, como su valor poético, su capacidad de articular significados existenciales o su función cultural como vehículos de identidad y cohesión simbólica.

"A diferencia de los mitos, que suelen situarse en un pasado remoto y difuso, los oráculos han sido durante siglos tomados como guías prácticas para la acción, influyendo directamente en decisiones políticas, militares y personales"

Quizás esas críticas tengan algo de razón. Al fin y al cabo, cuando alguien relata un mito situado en un tiempo primordial, no necesariamente está intentando engañar, y muchas veces esas narraciones admiten —e incluso invitan— a una lectura alegórica o simbólica que trasciende su literalidad. En ese sentido, reducir los mitos a simples errores cognitivos puede pasar por alto su riqueza expresiva y su capacidad para vehicular intuiciones profundas sobre la condición humana.

Sin embargo, cuando se trata de los oráculos, la crítica de Fontenelle resulta mucho más contundente. A diferencia de los mitos, que suelen situarse en un pasado remoto y difuso, los oráculos han sido durante siglos tomados como guías prácticas para la acción, influyendo directamente en decisiones políticas, militares y personales. Esa pretensión de verdad inmediata y aplicable los ha convertido en terreno fértil no solo para el fraude deliberado, sino también para errores graves de juicio, al basarse en interpretaciones ambiguas o en la supuesta autoridad de fuerzas sobrenaturales en lugar de evidencia y razonamiento.

Y, por supuesto, como señalarían con mayor énfasis los ilustrados del siglo siguiente, la religión a menudo ha funcionado como un instrumento de dominación en manos de los poderosos. El propio Fontenelle lo expresa con notable claridad: “La facilidad con la que se corrompían los oráculos prueba con toda claridad que se trataba de realidades humanas. Demóstenes llamaba al oráculo de Delfos la Pitia filipense, porque consideraba que sus oráculos estaban siempre conformes a los intereses del rey Filipo” (pág. 59).

"Así, bajo una apariencia renovada, continúa aquello que Fontenelle denunciaba: la búsqueda de certezas en sistemas que, más que conocimiento, explotan la incertidumbre y la credulidad"

Conviene recordar, además, que aunque Fontenelle dirige explícitamente sus críticas contra los oráculos paganos, no resultaba difícil para sus lectores advertir que muchas de sus observaciones podían extenderse, de manera implícita, al propio cristianismo. Como tantos autores de la Ilustración temprana, se movía en un terreno delicado que exigía cautela, midiendo cuidadosamente sus palabras para evitar confrontaciones abiertas con las autoridades religiosas de su tiempo. En este sentido, uno de los mayores logros de Historia de los oráculos reside precisamente en esa habilidad para sugerir más de lo que afirma, articulando una crítica sutil pero penetrante que, sin necesidad de hacerse explícita, invitaba al lector a aplicar el mismo escepticismo a las creencias contemporáneas.

Lamentablemente, los oráculos no han desaparecido: simplemente han cambiado de formato. En pleno siglo XXI, rodeados de tecnología y sofisticación científica, persisten formas de pensamiento claramente premodernas en la popularidad de la astrología, las consultas de tarot, los “lectores de energías” o incluso aplicaciones móviles que prometen predecir el futuro sentimental. A esto se suma, en el ámbito de las inversiones, todo un aparato de marketing en torno al trading que a menudo funciona como un oráculo moderno, ofreciendo supuestas señales, fórmulas y “estrategias infalibles” a quienes buscan dinero rápido y fácil. No es raro que decisiones importantes —relaciones, inversiones, mudanzas— se sigan apoyando en estas fuentes, que operan con la misma ambigüedad y capacidad de adaptación que los antiguos vaticinios délficos. Así, bajo una apariencia renovada, continúa aquello que Fontenelle denunciaba: la búsqueda de certezas en sistemas que, más que conocimiento, explotan la incertidumbre y la credulidad.

"Existen, nos guste o no, formas mejores y peores de pensar y de actuar, y es difícil imaginar que Fontenelle no hubiera estado de acuerdo con ello"

Más sorprendente aún es que, en tiempos recientes, incluso algunas corrientes intelectuales aparentemente sofisticadas han intentado ofrecer una suerte de coartada para estas prácticas. Desde posiciones asociadas al posmodernismo, se ha acusado a los pensadores ilustrados de haber sido etnocéntricos o incluso racistas, al pretender imponer a las culturas de América, Asia y África una concepción estrecha de la racionalidad. En ese giro, no pocos autores han terminado sugiriendo que prácticas como los oráculos pueden ser “racionales” dentro de sus propios marcos culturales. Ya en la antropología clásica, Evans-Pritchard mostraba una notable cautela al analizar las consultas de los oráculos en la tribu africana de los azande, rozando la idea de que su sistema de pensamiento tenía una coherencia interna que debía ser respetada; posteriormente, filósofos como Peter Winch fueron más lejos al cuestionar abiertamente que tenga sentido calificar de irracional el recurso a oráculos como el de los azande, en la medida en que respondería a una lógica distinta, pero no necesariamente inferior.

Frente a todo esto, ha llegado el momento de llamar al pan pan, y al vino vino. Existen, nos guste o no, formas mejores y peores de pensar y de actuar, y es difícil imaginar que Fontenelle no hubiera estado de acuerdo con ello. Examinar las entrañas de un animal para predecir si lloverá mañana no es simplemente “diferente” de realizar un estudio meteorológico: es, sin rodeos, intelectualmente inferior. Del mismo modo, resultaría un despropósito sostener que la cadena de errores y credulidades que condujo a la invasión de Irak en 2003 no fue irracional, sino apenas un “modo alternativo de pensamiento”. Precisamente por eso, hoy más que nunca conviene recuperar la lección de Fontenelle: distinguir entre formas racionales e irracionales de comprender el mundo y de tomar decisiones, y asumir sin ambigüedades que es por las primeras por las que debemos guiarnos.

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Autor: Fontenelle. Título: Historia de los oráculos. Editorial: Laetoli. Venta: Todos tus libros.

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