La América española es un concepto difícil de metabolizar ya que, por su inmensidad y variopinta riqueza inmaterial y paisajística, a veces resulta más estimulante en su propia sonoridad que como realidad identitaria. Sin embargo, a las puertas de 1800, cuando la contemporaneidad golpeaba al compás de la ciencia ilustrada, el citado vocablo obedecía a una formidable porción del globo —desde Tierra de Fuego al actual estado de Montana— en cuya superficie palpitaba una vida urbana con los niveles de prosperidad más altos del mundo.
Curioso que aquellos pretendidos culpables, los mismos que desembarcaron en sus costas cuatrocientos años antes tras sortear los tormentos de una homérica travesía, fueran causantes de algo más que de ir cargados con la ambición propia de su tiempo. Es cierto: nadie les había llamado, y es cierto igualmente que el choque fue inevitable. Ahora bien, a cada uno lo que le corresponde: muy pronto se establecieron cabildos, audiencias y consejos que hicieron aflorar las ciudades y propagar el mejor aval de la singularidad española: el mestizaje. Coincidente con el progresivo “entierro” de los grandes césares de América a mediados del siglo XVI, y habida cuenta de la robustez comercial que adquirían los virreinatos, no resulta extraño que estos se fueran transformando en las presas más codiciadas de ultramar. Ahí entra en juego Inglaterra, que pasó de “viejo amigo” a reino aventajado de envidiosos que nunca cejó en su intento de socavar el poder español. Se empeñaron con entusiasmo, desplazando fuerzas apabullantes que se estrellaron en su afán de rapiñar primero y buscar cómo levantar un sentimiento emancipador después. Spoiler: realmente nunca lo hubo. Y cuando digo nunca, me refiero a la primera acepción de la RAE. ¡Nunca! Las clases populares fueron un dique ante las acometidas británicas y los criollos —a excepción de una funesta fracción— mostraron un sentimiento de pertenencia igual o mayor que los peninsulares hasta la crisis sobrevenida en el siglo XIX.

Miranda en la Carraca, por Arturo Michelena.
Así les pasó a nuestros pinches vecinos en Cartagena de Indias; así les pasó en San Juan de Nicaragua —en dos ocasiones—, posteriormente en Puerto Rico y, finalmente, en sus emotivos intentos de invadir Buenos Aires. Partido a partido, una merecida Champions del ridículo. Incluso cuando lograron tomar La Habana —pírricamente— durante once meses, la población no mostró el más mínimo interés en cambiar los mojitos por el té de las cinco.
Visto lo visto, Londres pasó a diseñar algo mejor: el Foreign Office, o lo que es igual: el Ministerio de Exteriores. La entidad, instituida para que la isla alcanzase sus metas geopolíticas, contó con la inestimable ayuda de un español: Francisco de Miranda. Traidor en román paladino, el caraqueño procuró a los ingleses un espacio de acogida intelectual para quienes le sucedieron en la tarea de despedazar la España de ultramar, entre ellos Simón Bolívar, otro venezolano, y uno de los sujetos más controvertidos, utópicos y trágicos que la historia recuerda.
Paradójicamente, Miranda había combatido contra la propia Inglaterra en la independencia de las Trece Colonias. Llegó a Londres en 1785 y de su estancia en Norteamérica junto a George Washington y John Adams recogió un espíritu republicanista que soñó implantar en los dominios españoles, apoyado por el influyente círculo del primer ministro Frederick North. Acomodado junto al Támesis y cargado con documentación confidencial de los gobiernos virreinales, levantó las suspicacias del embajador español, quien no tardó en alertar al conde de Floridablanca para que este, a su vez, informase a Carlos III. Miranda no sólo acudía a tertulias, sino que asistía a las sesiones del Parlamento, configurando un discurso demagogo que se ganó a la opinión pública con presteza. Y hete aquí el problema: los diarios empezaron a jalear la necesidad de que Inglaterra apoyase su causa; no por romanticismo, huelga decirlo, sino por puro interés estratégico.

William Pitt the Younger (1759-1806), por John Hoppner.
Para 1790, con William Pitt al frente, las ideas secesionistas habían madurado significativamente porque, aparte de las primeras concesiones presentadas por Miranda, Inglaterra estaba contactando con otros correligionarios del independentismo. De las propuestas de unos, la indolencia de otros y el apremio del resto se gestó una oferta que no podía ser más jugosa: a cambio del apoyo, la “Pérfida Albión” obtendría el mando extractivo de las minas de plata y la preferencia mercantil en el Pacífico. Con todo, el Ministerio de Exteriores, en una maniobra tan simple como sagaz, decidió seguir esperando, a sabiendas de que, más pronto que tarde, brindarían por haber obtenido una ganga.
Así se llega a 1798, momento en el que bajo la influencia del lobby financiero del barón de Bexley, el criollo desplegó un programa de acción política que incluía en el lote tanto el sufragio como la tolerancia de credos. “Cuéntame más”, debió de decirle Pitt. Miranda insistió en que Inglaterra era la herramienta para extirpar “la superstición a la que les tenía sometidos la metrópoli”. Conmovedoras palabras… Al intentar redimir a América de sus hipotéticos males, el confabulador dejaba a los vástagos de la Monarquía Católica a los pies de Su Majestad Británica. Extraña forma de hacerse patriota, ¿verdad?
Como es comúnmente conocido, el criollo no vio sus sueños consagrados, pero el mal ya estaba hecho. En 1810 coincide en Londres con el célebre Bolívar, el acelerante definitivo. Una vez Napoleón sumergió la Península en el caos, Bolívar no sólo fragmentó los virreinatos, sino que terminó entregando a su otrora mentor, Miranda, a las autoridades españolas en un acto de oscura conveniencia. Mientras el “precursor” moría a la sombra del penal de las Cuatro Torres de Cádiz, Bolívar —judas por partida doble— se convertía en el responsable último de endeudar a las nuevas naciones con los intereses de los leoninos empréstitos británicos; deudas que algunos países tardarán más de siglo en saldar. Agradezcamos la “generosidad” a Lord Castlereagh, sucesor de Pitt al frente del Foreign Office. Juntos lograron que en apenas una centuria, el imperio español se transformara en el perfecto menú de una oligarquía usurera.
El proceso tuvo dos momentos traumáticos: 1830 y 1898. Tras la fiesta —porque seguro que la hubo— en St. James Palace por la descomposición española, Inglaterra quedó como potencia hegemónica e impuso un programa económico del que también se benefició Estados Unidos, algo que nadie —nótese la ironía— podría haber intuido. Los Hannover pasaron a controlar Belice, Guyana y las Malvinas, poniendo la guinda con la costa de los Mosquitos, Nicaragua. Era ya una nueva era; una época que, pese a todo, vería alejarse el anticlímax para sentir a finales del siglo el aliento del panhispanismo.


Los hijos de la Gran… Bretaña tuvieron su papel, pero como bien señala el autor, no hay que obviar la idiotez y miopía de los españoles de ambos hemisferios.
Otro grandísimo artículo de Fabio.
Casi olvido dos cosas:
1) El famoso cuadro “Miranda en La Carraca” no es una pintura realista, es pura imaginación. Michelena nunca conoció a Francisco Miranda y por tanto tampoco lo vió preso en La Carraca. El pintor es de otra generación, no del inicio del siglo XIX. Y Miranda fue un Prisionero de Estado, un preso político, y disfrutó allí de varios privilegios como tener sirviente, que así llamaban en esos tiempos pasados de barbarie y esclavitud, al hombre libre quien a cambio de un pago cumplía labores de servicio doméstico a las órdenes de quien pagaba.
2) No solo Cervantes, todos los grandes literatos de los Siglos de Oro son también nuestros, herencia cultural común de españoles e hispanoamericanos. Esto explica porque un aislado costromero puede escribir ensayos sobre Miguel de Cervantes como “Cervantes, Su Propuesta de Novela Psicológica, Influencias del Quijote en el Ulises de James Joyce y Otras Notas” (publicado en 2023) para probar que James Joyce es el más aventajado novelista hijo literario de Miguel de Cervantes y de los Siglos de Oro. Extendí mi análisis literario a las poderosas influencias en James Joyce de Francisco Delicado, Joanot Martorell, Francisco de Quevedo, Luís de Góngora, Pedro Calderón de la Barca y Fray Juan de Ortega (autor del Lazarillo de Tormes) porque me cansé de ver, oír y leer que James Joyce no le debe nada a la Literatura Española porque supuestamente James Joyce es oro y nuestros literatos son polvo y olvido. Esto prueba que en Costromo y en toda Hispanoamérica no exageramos al afirmar que tenemos una Literatura Común, una Literatura Hispánica que es maravillosa, aunque no quieran reconocerlo los angloparlantes y los francoparlantes con sus soberbios, parcializados y errados “críticos literarios” que reducen a límites grotescos la participación de la Literatura Hispánica en las Letras Universales.
Este artículo tiene errores de la Historia (tan extensa) de España y de América (tan corta) que resulta necesario expresarlo.
De entrada aclaro que la mayoría de los hispanoamericanos amamos a España y es lógico que así sea, porque España forjó (no conquistó, invadió ni subyugó) a Hispano América, antes la América Española, en un proceso histórico de 3 siglos, por esto hablamos una lengua española (el idioma castellano), creemos en Cristo, somos mayoritariamente frutos del fecundo mestizaje étnico y cultural de España en América (casi todos tenemos un abuelo español, un abuelo indio y un abuelo negro) y en lo cultural prevaleció España y por esto somos occidentales. Quienes no lo entienden son víctimas de la ignorancia y de los demagogos.
Asentado lo anterior también es pertinente diferenciar pueblos de gobernantes, porque el cisma político que se produjo entre España y la América Española durante las primeras tres décadas del siglo XIX fue el resultado de los errores de las élites gobernantes no de los pueblos, y por ser la Metrópolis, la mayor responsabilidad recae en los Reyes de la época, Carlos IV y Fernando VII. Eran tiempos de Monarquía Absoluta y de Inquisición, en sociedades esclavistas. Todos nuestros antepasados vivían en el atraso y el primitivismo político, porque la verdadera modernidad política se inició con la abolición de la esclavitud, la suma de todos los crímenes.
La destrucción del Imperio Hispánico no fue la obra titánica de Francisco Miranda ni de Don Simón de Bolívar (como consta de sus actas de bautismo), ellos no eran los Reyes de España en 1807 cuando Carlos IV autorizó la entrada a España de los ejércitos napoleónicos para invadir Portugal con la promesa de conquistarlo y repartirlo con España. Carlos IV y su favorito Manuel Godoy fueron engañados por Bonaparte, quien decidió usurpar la Corona Española previa abdicación de Carlos IV y de su heredero Fernando El Deseado, después Fernando VII, quienes pasaron toda la Guerra de Independencia de España (1808-1814) en la ciudad francesa de Bayona, en jaula de oro, y hasta pidieron al pueblo español lealtad y obediencia al usurpador extranjero (?Por qué el Historiador del Arte no los llama “Judas” o “Traidores”?), porque el Bravo Pueblo Español (a quien Andrés Bello rindió homenaje en 1808 desde Caracas, con una obra de teatro, “España Restaurada”, y una canción patriótica, “Gloria al Bravo Pueblo”, cuya letra reformada es el actual Himno Nacional de Venezuela) no aceptó al usurpador Napoleón Bonaparte ni a su títere “José I Bonaparte, Rey de España y de las Indias”, y se lanzó en 1808 a la desigual y desesperada Guerra de Independencia contra Francia y ganó, auxiliada por Inglaterra, esa guerra cruelísima porque el pueblo español generalmente es superior a sus gobernantes. En la América Española tampoco aceptaron a los usurpadores franceses y ante la realidad que enfrentaba la Península (que auxiliaron con dineros, con armas y con hombres) sus élites se dividieron entre aquéllos que mantenían la lealtad a los Carlos IV y Fernando VII El Deseado, “prisioneros del Anticristo”, Napoleón Bonaparte quién hasta hizo prisionero al Papa de turno; aquéllos que querían monarquía constitucional y abolición de la esclavitud aceptando un protectorado británico; aquéllos que, acostumbrados al nefasto “Pacto de Familia” o “Francia decide y España apoya”, formaron el partido afrancesado en las dos orillas del Atlántico y apoyaron al francés José I, el “Rey Pepe Botella” y que “!Viva la Pepa!”, la Constitución de Bayona redactada bajo dictado de los usurpadores franceses; y aquellos que querían la separación, la independencia, para imitar el ejemplo exitoso de los Estados Unidos de América, una República que toleró la esclavitud, como los modelos antiguos de Atenas y Roma.
Los partidarios de la Independencia en la América Española se convirtieron en mayoría a partir de 1814 ante el nefasto reinado de Fernando VII, quien en Bayona se subordinó a Napoleón Bonaparte y le pidió por esposa a “una Princesa Bonaparte”. Carlos IV y más aún Fernando VII son los mayores culpables de la Independencia de la mayoría de las Repúblicas Hispanoamericanas durante las primeras tres décadas del siglo XIX. Ni Miranda ni Bolívar gobernaron España. Ellos no se aliaron en 1807 a Napoleón Bonaparte para repartirse Portugal ni causaron la ocupación de España por los Ejércitos Napoleónicos. Ellos no se aliaron a Bonaparte para invadir Inglaterra ni sufrieron la catastrófica derrota naval de Trafalgar en 1805 cuando la flota naval británica aniquiló las flotas navales de España y Francia. Y las políticas de Fernando VII impidieron cualquier reconciliación para mantener la unidad porque Fernando VII agradeció a los héroes españoles que ganaron la Guerra de Independencia de España contra Francia de esta “patriótica” forma: Los reprimió, los encarceló, los desterró y los mató. Restauró el Absolutismo y la Inquisición, eliminó de cuajo las libertades y derechos políticos que el pueblo español ganó durante la Guerra que libró contra los ocupantes ejércitos franceses. También vendió en 1819 a precio de ganga las Floridas a los Estados Unidos. Envió expediciones militares a la América Española que fracasaron y la última se le alzó antes de embarcarse y restableció la Constitución de Cádiz de 1812, impuso el llamado Trienio Liberal (1820-1823) que terminó cuando Fernando VII, llamó a la Santa Alianza de Monarquías Absolutas de Europa para restablecer su Absolutismo en España y pidió que otro ejército extranjero invadiera España para otra vez matar españoles y oprimir al pueblo español, “Los Cien Mil Hijos de San Luís”. Otra vez, en menos de díez años, ejércitos franceses matando españoles.
Sí quiere el autor buscar culpables de la decadencia y extinción del Imperio Español busque en la ambición imperialista de los Estados Unidos que en 1898, prevalidos de la debilidad militar de España, creó una excusa para desatar una guerra (la Hispanoamericana) y le arrebató Cuba, Puerto Rico, las Filipinas, Guam y otras islas del Pacífico. Busque sí quiere más atrás, cuando otro Rey de España cedió a Francia la Luisiana Española y la parte Oriental de la Española (hoy Haití), cuando cedió a Inglaterra las venezolanas islas de Trinidad y Tobago, la guatemalteca “Honduras Británica” (hoy Belice). También puede buscar más atrás en el tiempo, cuando su Nobleza fue incapaz de elegir de su seno a un nuevo Rey de España al extinguirse la rama española de la Dinastía de la Casa de Austria y previa guerra civil con intervención de las mayores potencias de Europa, aceptó la imposición de un Rey Extranjero, un francés nieto del Rey de Francia Luís XIV, que impuso el nefasto “Pacto de Familia” y se estrenó como Rey firmando un tratado de cesión perpetua en propiedad del español Peñón de Gibraltar al Rey de Inglaterra. Y sí quiere ir mucho más atrás, busque culpas en el garrafal error del Emperador Carlos V de privilegiar, por amor a su terruño natal, a la actual Bélgica en el desarrollo del comercio y de las manufacturas en desmedro de España. O en la torpe decisión de Felipe II de pactar tregua con La Sublime Puerta (El Imperio Otomano) de feroz militancia musulmana, para combatir cristianos en Europa, a los Protestantes, especialmente en Flandes, una larga y costosa sangría de hombres y recursos que secó a España, en lugar de establecer la tolerancia religiosa entre cristianos, como le sugirió una mente esclarecida de España: Nuestro genial Miguel de Cervantes, quien abandonó los Tercios antes que hacer guerra entre cristianos, como su hermano Rodrigo. Lean El Quijote con más detenimiento, que allí están expresadas estas ideas.
Estos son otros errores del artículo:
1) Simón Bolívar nunca fue un traidor, fue un Héroe con sus fallas y defectos (el mayor no abolir la esclavitud aunque se vanagloriaba de su título de Libertador), es considerado un Grande Hombre y Gloria del Pueblo Hispánico, y fue un español americano liberal de su tiempo, NO ENTREGÓ a Francisco de Miranda, lo quería fusilar por Traidor y por Ladrón, por entregar la República de Venezuela a los monárquicos por órdenes británicas y pretender huir a Inglaterra con el Tesoro de la República que se le confió defender. Miranda era un Agente al servicio de la Monarquía Británica (no el Diablo en persona, y hasta hizo algunas cosas buenas) ya en 1806, cuando encabezó una fallida invasión naval británica a Venezuela, actuando como máscara, invasión militar perpetrada en forma simultánea a la invasión naval británica de Buenos Aires. Miranda estaba a sueldo y pitanza del Gobierno Inglés. Fue un Traidor a España y a Venezuela, un hecho que muchos historiadores de Venezuela esconden por vergüenza.
Su artículo me decidió a escribir un pequeño ensayo para explicar ese polémico tiempo histórico (1800-1845) que tentativamente titularé “Causas del Cisma Político entre España y la América Española. Las Independencias”, con la ilusión de evitar que más españoles e hispanoamericanos sucumban ante los abismos y las tinieblas de la ignorancia histórica. Le agradezco su involuntario impulso.
2) Ni Francisco Miranda ni Don Simón de Bolívar gobernaron toda la América Española. Así que es imposible que la condenaran a ser deudora eterna de los usureros británicos.
Miranda solo gobernó por menos de un año la parte republicana de Venezuela en 1812 y la Monarquía Británica le ordenó abolir la República porque impuso su interés estratégico de intentar mantener la unidad de la Corona Española para enfrentar en Europa a Napoleón Bonaparte.
Miranda no pasó de ser un propagandista sin poder político efectivo, salvo los pocos meses que fue Generalísimo de Venezuela. Quizás exista confunsión por sus cuentos y proyectos fantasiosos ante el Gobierno Británico para lograr financiamiento, porque Miranda se acostumbró a vivir del dinero ajeno, primero exprimió a sus padres, exitosos comerciantes en Caracas, su padre canario y su madre una parda, quienes le compararon una “Patente de Capitán” para que ingresara como Oficial en los Ejércitos del Rey sin pasar por academia militar alguna. El padre de Miranda antes de pagar ésta costosa “patente militar” a la siempre sedienta Hacienda Real, años antes compró “reales cédulas de gracias al sacar” para que a su esposa parda y sus hijos pardos no se les tratara legalmente como tales, sino como “blancos canarios”, por eso Francisco Miranda pudo inscribirse en la Universidad de Caracas, viajar a España e ingresar a los Reales Ejércitos de España. Eran tiempos de sociedad de castas, con derechos y limitaciones legales conforme a la casta de pertenencia, tanto en España como en la América Española.
Y el terrateniente Don Simón de Bolívar, quien coherente con la fe republicana, abandonó el uso del Don y de la partícula “de” de su apellido, solo gobernó por pocos años después de ganada la guerra en los siguientes países: Venezuela, Colombia (antes Nueva Granada), Ecuador (antes Quito), Panamá, Perú y Bolivia (antes Alto Perú) por tanto nunca puede ser culpable de lo acontecido en la época en México, Centroamérica, Chile, Paraguay, Argentina y Uruguay. Bolívar fue el Gran Capitán de la Guerra de Independencia en el Virreinato de la Nueva Granada y parte de los Virreinatos del Perú (Perú) y del Río de la Plata (Alto Perú, actual Bolivia) aunque se probó incapaz para gobernar las nuevas Repúblicas porque no quiso compartir el poder ni establecer la Federación, porque se acostumbró al mando único, al poder centralizado, propio de un Ejército y no de una sociedad democrática, ni siquiera en los estrechos límites que la República significaba en tales tiempos de esclavitud y sufragio restringido.
Así que pretender que Miranda y Bolívar son culpables de la decadencia y fin del Imperio Español y de todos los males actuales de las precarias Repúblicas Hispanoamericanas es una desmesura, una simplificación que distorsiona la Historia.
Pido disculpas a todos por el error que cometí al decir que un Rey de España cedió a Francia la parte Oriental de la isla La Española, cedió la parte Occidental (Hoy Haití), la parte Oriental era la antigua Santo Domingo, hoy República Dominicana. Me equivoqué porque escribí de memoria y tenía en mente la parte Oriental de Venezuela donde llegaron los voluntarios haitianos, marineros y soldados, que combatieron en la Guerra de Independencia de Venezuela como parte de las tropas auxiliares de Haití que le facilitó el Presidente de Haití Alejandro Petion al Ejército Expedicionario de Simón Bolívar en 1816, en las dos famosas expediciones contra los monárquicos en Venezuela, la Expedición de los Cayos y la Expedición de Jacmel, por los puertos haitianos de partida. Fueron más de 2.800 haitianos que se embarcaron para combatir por la Libertad y la abolición de la esclavitud en Venezuela y que nunca regresaron a Haití, ya porque murieron en la guerra o porque al finalizar esta se quedaron en Venezuela y fundaron familias. En el Oriente de Venezuela y en las costas de Coro son comunes apellidos franceses como Petit, Leroux, Petion, Le Blanc, Carpentier y otros que llegaron con los voluntarios expedicionarios haitianos, son descendientes de éstos valerosos héroes anónimos. Irónicamente Simón Bolívar no cumplió con su promesa bajo juramento al gobierno republicano de Haití (existió simultáneamente un gobierno monárquico porque Haití estaba dividido) de abolir la esclavitud en todos los territorios en los que ejerciera soberanía la República. Y a excepción de los Libertadores de Chile, los demás Libertadores de las nuevas Repúblicas de la América Española no abolieron la esclavitud, en total contradicción al ideal republicano de “Libertad, Igualdad y Fraternidad’ que se popularizó entre los revolucionarios hispanoamericanos. Un caso decepcionante es el del famoso General Sucre, venezolano que gobernó Bolivia, quien retirado en Quito y asesinado por motivos políticos, dejó un testamento estableciendo que sus bienes los heredaría su hija, y al enumerarlos detalla sus haciendas con sus esclavitudes incluídas, que desglosa por “piezas”, ni siquiera los trata como seres humanos, sino como semovientes, como el ganado. En 1823 Chile abolió la esclavitud por ley del Congreso Nacional, del resto solo abolieron la esclavitud en la década de 1850, previo pago de indemnizaciones a “sus amos o propietarios”. Ésta mácula, de la que solo se salva Chile, engrandece al gran mexicano Miguel Hidalgo, el famoso “Cura Hidalgo”, quien en 1810 dictó un bando de abolición de la esclavitud sin pago de indemnización alguna y bajo pena de muerte para los antiguos amos o propietarios que no cumplan con lo dictado en un término de 10 días. Todo quedó en intenciones porque al poco tiempo Hidalgo perdió una batalla, fue tomado prisionero y fusilado. No se cumplió con la abolición de la esclavitud aunque quedó grabado en letras de oro el filantrópico y justísimo decreto.
Ya que usted se refirió a la Secretaría, Ministerio u Oficina de Asuntos Exteriores del Gobierno de la Monarquía Británica y al sobrevalorado Francisco Miranda le informo que la fortuna robada por Miranda al Tesoro Público de la República de Venezuela en 1812 en su frustrada huída a Inglaterra, cerca 28 mil pesos en monedas de oro y plata (el papel moneda lo dejó para los ingenuos venezolanos que le entregaron el mando absoluto de su República como Dictador y Generalísimo) terminó en las arcas británicas porque Miranda los embarcó en una fragata de guerra inglesa como parte de su equipaje personal y no como bienes del Tesoro Público de Venezuela y cuando la Real Hacienda de España reclamó su devolución al Gobierno Británico este le respondió que no podía entregar bienes particulares y violar el sacrosanto derecho de propiedad, pero no le entregó éste dinero, una fortuna, a la esposa del prisionero Miranda, como tampoco le entregó su famoso Diario que terminó en las manos, como “herencia privada” de un descendiente del Secretario de Asuntos Exteriores del Gobierno Británico de la época. En resumen: los gobernantes británicos de la época actuaron como lo que eran: ladrones, gentes con la honorabilidad de piratas, a quienes la Corona Británica premiaba nombrándoles “Caballeros Británicos o Sir”. Ya en el siglo XX unos diplomáticos de la sanguinario y brutal dictadura de Juan Bisonte Gómez compraron el Diario de Miranda para la República de Venezuela, ese desdichado país experto en padecer Dictaduras, Traidores y Ladrones, de 1999 Colonia de la Monarquía Comunista de Cuba y hoy Protectorado de Estados Unidos porque sus gobernantes y militares cambiaron de amo con unos tiritos, presas del miedo pánico de terminar presos de los gringos, muertos o perder todo el botín robado a saco del Tesoro Público, porque ese el mayor ejemplo de Francisco Miranda: Es el precursor de los nefastos gobernantes hispanoamericanos quienes después de ejercer el poder en forma catastrófica para sus países y saquear el Tesoro Público, marchan al extranjero (con preferencia por Estados Unidos o Europa) con la meta de vivir ellos felices con sus familias en la impunidad y como potentados o magnates con el botín robado, con cuentas secretas en Suiza y otros paraísos del secreto bancario.
Y para adelantarme a los furibundos acólitos al falso héroe Francisco Miranda y a los malos historiadores que no se han leído su Diario ni lad más informadas biografías del notable personaje, les informo:
1) Miranda renegó de su condición de español y de venezolano, escribió que era “un ciudadano francés de alma y corazón que conoció la desventura de nacer en una remota provinci
a en América de la atrasada España”. Y pretendió justificar su traición a la República de Venezuela bajo su mando absoluto como Dictador y Generalísimo diciendo en julio de 1812 que los venezolanos “no tenían carácter para la guerra” y los jóvenes Simón Bolívar, Santiago Mariño, Manuel Piar, José Francisco Bermúdez, Rafael Urdaneta y muchos más, en menos de 6 meses estaban lanzados a la guerra y triunfando donde Miranda fracasó, aunque actuando en peores condiciones porque no existía la República ni el Ejército que Miranda abolió por obedecer a sus amos ingleses.
2) Miranda era un pardo por su herencia genética materna, y renegó de su condición de pardo, mentía y decía que era un “noble español”, un “conde español” y hasta “Coronel Español”. Solo ascendió hasta Teniente Coronel en los Reales Ejércitos de España y como carecía de formación profesional militar cuando actuó como General en Jefe, la primera vez en su vida, como Generalísimo de Venezuela, fue un absoluto fracaso, una catástrofe por inepto, incapaz e ignorante del Arte Militar. Además no tenía sangre de Caudillo, como Simón Bolívar, Santiago Mariño, Manuel Piar, José Antonio Páez. Tampoco era un General de talento aunque sin dotes de Caudillo como José Antonio Sucre, José de San Martín, Rafael Urdaneta, Francisco Santander, etcétera.
3) inventó “Colombia” para sustituir a la América Española y hoy es el nombre de un país y el proyecto fallido de Simón Bolívar de mantener unido al antiguo Virreinato de la Nueva Granada con dicho nombre, un homenaje a Cristóbal Colón.
Casi lo olvido: Francisco Miranda tenía un pensamiento político esencialmente Monárquico. Admiraba el modelo de Monarquía Constitucional Británica y lo copió en la mayoría de sus fantasiosos proyecto constitucionales que le presentó al Gobierno inglés cuando quería sacarle dinero, cuando quería sacarle dinero a los gobernantes y empresarios de los Estados Unidos cambiaba Monarquía por República, porque siempre fue un oportunista. El famoso proyecto del Incanato, con sus dos Incas cogoberantes, era una copia de la Constitución de Licurgo de la Antigua Esparta con sus dos Reyes Guerreros. Miranda era un hombre cultísimo, el americano más culto de su tiempo, y gran admirador de la cultura de la Antigüedad Griega. Y se casó con una humilde jovencita de la clase trabajadora inglesa, de la minoría católica, Sarah Andrews, a quien contrató como “Ama de Llaves” y así la presentaba en público (hace pocos años se encontró el acta de matrimonio en los archivos de una iglesia católica de Londres) porque le avergonzaba su linaje tan pobre y plebeyo, y por sus infulas de “Conde Español” porque todos sus intentos de casarse con bellas mujeres de la aristocracia o la alta burguesía de Inglaterra, Francia y Estado Unidos fracasaron al descubrirse que era un pardo de una remota provincia en América del Imperio Español, con sangre de dudoso origen y él, Francisco Miranda, era no un noble español sino un traidor a su patria, un militar y político mercenario que vendía su espada y su pluma al mejor postor.
Es pertinente explicar por qué Francisco Miranda murió prisionero de España, porque en julio de 1812, ante la Capitulacion de Miranda, la rendición y abolición de la República de Venezuela y de su Ejército, el jefe de la guarnición militar de La Guaira, Coronel Manuel María De las Casas, designado en dicho mando militar por el propio Miranda, abandonó las filas de la República y se pasó al Bando Monárquico, a los Realistas, y entregó al prisionero Francisco Miranda, perseguido por España por Alta Traición, no solo por ser propagandista de ideas separatistas y republicanas, por ser instrumento de los ingleses en sus fracasadas invasiones de 1806 a las costas de Venezuela, cuando actuó como fachada bajo las órdenes de las invasoras fuerzas navales británicas, y por entregar documentos y secretos de Estado a los gobiernos de Estados Unidos y Gran Bretaña sobre las fortificaciones de La Habana. El Coronel De las Casas fue quien entregó a Francisco Miranda al Gobierno Español porque Bolívar y otros militares venezolanos lo capturaron para fusilarlo por Traidor a la República y Ladrón de su Tesoro Público y tal hecho histórico es irrefutable. De las Casas murió sirviendo a la Monarquía Española como Teniente de Justicia de Petare durante la Guerra de Independencia de Venezuela y su familia siempre sostuvo que no era un traidor, que simplemente era “Godo”, es decir Realista, Monárquico. En esa larga Guerra muchos cambiaron de bando, incluso varias veces, y no solo en Venezuela. Algo parecido con Francia y sus muchos cambios entre República y Monarquía.
Lo irónico de Miranda es que su empeño en regresar rico a Inglaterra con la fortuna que le robó al Tesoro Público de la República de Venezuela que la Corona de España reclamó a la Corona Británica como legítima propiedad de la Real Hacienda de España, fue la causa determinante para que Francisco Miranda muriera prisionero de Estado de España porque nadie en el Gobierno Británico estaba interesado en solicitar a la España aliada y auxiliada por Gran Bretaña en su propia Guerra de Independencia contra Francia, que diera libertad a Francisco Miranda, Agente al Servicio de Su Majestad Británica, lo que podía lograr por el enorme poder e influencias del Gobierno Británico ante España, porque esto significaría entregarle a Miranda el botín robado a Venezuela, que se apropiaron los jerarcas del Gobierno Inglés. Miranda robó a la República de Venezuela y el tesoro robado no fue devuelto ni a Venezuela ni a la Real Hacienda de España, se lo robaron los ingleses. Miranda libre continuaría reclamando “su equipaje personal” y ya no era útil libre porque su “rendición inexplicable”, su desgraciada “Capitulación de Venezuela” lo desacreditó en toda la América Española y hasta en Estados Unidos y Francia. El Gobierno de España quería preso de por vida (no lo fusilaron para no convertirlo en mártir) a Miranda y el Gobierno Británico también, para no regresar el botín robado a Venezuela y para mantener oculta la orden de rendición de la República de Venezuela que le impartieron a Miranda, que hecha pública enemistaría a Inglaterra con los republicanos de la América Española. Y para colmo de la miseria humana el falso héroe Francisco de Miranda le escribió a los gobernantes de España, tanto a los españoles que luchaban contra la ocupación francesa como al mismo Rey Fernando VII, ofreciendo su espada para ir a combatir a los republicanos de la América Española para el mejor servicio del Rey de España. Allí están las cartas reclamando su supuesta propiedad sobre el tesoro que robó a la República de Venezuela y las cartas suplicando libertad y ofreciendo sus servicios para combatir a Bolívar, a San Martín, a Carrera, a todos los insurgentes de América de ser necesario. Esas cartas son pruebas del “heroísmo” del farsante Francisco de Miranda, cuya fiel esposa debió vender parte de sus libros y trabajar como sirvienta para mantener a sus dos pequeños hijos, quienes ya hombres viajaron a Colombia a buscar la protección de Simón Bolívar (quien los acogió y favoreció) porque en la clasista Inglaterra no tenían futuro: Eran los hijos de un traidor español de América con una sirvienta católica. El hijo mayor de Miranda al morir Bolívar viajó a Francia, hizo fortuna y formó familia y el hijo menor murió en Colombia durante la violencia desatada por la Dictadura de Bolívar (1828-1830). Sí Bolívar fuera culpable de traicionar a Miranda sus hijos jamás habrían cruzado el Atlántico para servir bajo sus órdenes. Pero aún así existen muchos ignorantes de la Historia que se repiten los disparates inventados por historiadores británicos.
Finalmente, concuerdo con el autor en relación a la política del Imperio Británico de atacar y destruir al Imperio Español, muy anterior a la creación de la Oficina de Asuntos Exteriores, desde los tiempos de Felipe II (irónicamente quien modernizó la flota naval inglesa en sus tiempos de Rey Consorte de Inglaterra, aunque no modernizó la flota naval española), política también de Francia desde los tiempos del Emperador Carlos V y política contra España a la que se sumó Estados Unidos después de llegar a un acuerdo con Inglaterra al finalizar la Guerra Angloamericana de 1812, cuando Estados Unidos probó su músculo militar, se estableció como potencia naval en América y un actor que no podía ser ignorado en la política americana de los grandes imperios coloniales de la época: Inglaterra, Francia, España, Portugal y Holanda. Y la destrucción del Imperio Español, en mayor parte culpa de la incapacidad y garrafales errores de sus reyes y élites gobernantes, abrió el camino para la sustitución de la Metrópoli, la España Peninsular, por Inglaterra, Francia y Estados Unidos. Y no fue algo “impensado”, al contrario, existió un acuerdo entre Inglaterra y los emergentes Estados Unidos para apoderarse o someter a vasallaje a las antiguas provincias de España en la América Española. Así cuando el nefasto Fernando VII pidió ayuda militar a la Santa Alianza para recuperar su dominio en la América Española, no solo fue el alto precio que pretendió cobrar la Santa Alianza en territorios de América lo que impidió que se materializaran expediciones navales, fue el acuerdo entre Estados Unidos e Inglaterra contra tales expediciones, primero con la proclamación pública por Estados Unidos de la Doctrina Monroe en 1823 que inmediatamente respaldó Gran Bretaña al anunciar mediante cartas a las potencias de la Santa Alianza (Prusia, Rusia, Austria y Francia) que su flota naval en el Atlántico, en conjunto con la flota naval de Estados Unidos, atacaría y hundiría cualquier barco que intentara cruzar el Atlántico para atacar a las nacientes Repúblicas de la América Española, sin importar sí eran barcos de guerra o solo transportes de tropas o de armamentos. Tal advertencia, Inglaterra y Estados Unidos, aliados en el Atlántico contra España y la Santa Alianza, determinó que ésta desistiera de sus planes de auxiliar a España o de participar en las Guerras de Independencia de Hispanoamérica desde 1823. Así Estados Unidos, una potencia económica y militar en ascenso y deseosa de ampliar sus fronteras y Gran Bretaña también deseosa de nuevas colonias y mercados en América de entendieron para imponer sus hegemonías y sustituir a España. Mientras así continúa el mundo, la visión aldeana de nuestros gobernantes y las ignorantes “élites” ni siquiera han entendido que, por abandonar el tablero de ajedrez de la geopolítica mundial, estamos reducidos a simples peones.