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Francisco Marhuenda: «No entiendo que alguien no lea, leer es fundamental»

Francisco Marhuenda: «No entiendo que alguien no lea, leer es fundamental»

Francisco Marhuenda (Barcelona, 1961) tiene 70.000 libros y 200 máquinas de escribir en una nave industrial sita en Valdemoro. Expolítico, profesor universitario, periodista y amante de la lectura, recibe a Zenda en el despacho del periódico que dirige, La Razón, un escenario que alberga, entre otras cosas, mapas antiguos, cascos militares —de la Benemérita, de la Guerra Civil, de la de Vietnam…—, una colección de tortugas “baratas” y de diversa ralea, un cojín en el que se puede leer “No hagas caso de los consejos, yo nunca lo hice. Y que no se te suba a la cabeza. Los escritores son iguales que todos, pero peores” —la cita es de Hemingway—, un ejército de archivadores que albergan documentos sobre las temáticas que más le interesan y, cómo no, varias torres conformadas por novelas, ensayos y libros de arte. Conversamos sobre literatura, Historia, periodismo y democracia pocas horas después de que una terrible explosión de gas reventara un edificio en la calle Toledo de Madrid y matara a cuatro personas.

—Antes de nada, señor Marhuenda, quisiera manifestarle mi, digamos, solidaridad gremial, después del linchamiento obsceno que ha sufrido por parte de La Última Hora, el panfleto de Dina Bousselham.

—Eso es un panfleto, como muy bien dices. Yo no le doy demasiada importancia. Al final, ella es una marioneta, una sicaria de Pablo Iglesias y de todo su entramado. Lo que pone son auténticas tonterías, vamos. De verdad, es asombroso. Le parece que en mi tribunal de oposición elegía a la gente. Claro, es que todos los que había eran catedráticos con un montón de sexenios… ¿Qué controversia puede haber con un tribunal de oposición impecable? Pero bueno, es igual.

—Que un presunto medio de información nazca apadrinado por el vicepresidente segundo del Gobierno y un partido político es síntoma de…

"Mis alumnos muy descontentos no deben de estar, cuando siempre me dan sobresaliente"

—De una anomalía. Los medios de comunicación han de responder a un planteamiento empresarial serio, a la búsqueda de dar información, y este digital que citas es que no da información. Que mi tribunal de tesis de oposición fuera la primera noticia es como de chiste. Si yo fuera Biden, bueno, pues sí, sería normal, pero que abran con una cosa inconsistente… Había otra noticia mucho más divertida: que mis alumnos estaban descontentos conmigo. Difícilmente pueden estar descontentos, porque estoy en excedencia. Como me nombraron vocal del Consejo Social de la universidad, legalmente no puedo seguir siendo profesor funcionario allí. Entonces, tuve que pedir la excedencia. Pero es que, además, está mal que lo diga, pero es el dato objetivo: cada año, cada semestre, los alumnos responden a una encuesta sobre cómo has sido como profesor, y luego te la mandan. Es anónima, se hace antes de los exámenes, por supuesto, y no conoces el resultado hasta después. Siempre saco una nota media de 4,5 sobre 5. Mis alumnos muy descontentos no deben de estar, cuando siempre me dan sobresaliente. Dentro de tu carrera docente, la valoración de los alumnos es un elemento que también sirve para valorar si eres buen o mal profesor. Por tanto, un medio que lo que hace es inventarse noticias, que rezuma el odio que tiene el vicepresidente segundo del Gobierno, nada más y nada menos, contra determinados periodistas que no le reímos las gracias o que no somos afines, pues me parece que dice muy poco de la vicepresidencia del Gobierno y, sobre todo, del partido político.

—¿Hasta qué punto somos los periodistas culpables de esta situación? En algunos casos, es muy difícil distinguir a un periodista de un político. Hay una plaga de periodistas-activistas.

—Ahí hay una cuestión que tiene una cierta complejidad y que se remonta ya al propio nacimiento de las facultades de Ciencias de la Información: la izquierda las tomó. La mayor parte de los profesores, o una buena parte, eran personas con una sensibilidad de izquierdas. Es decir, la idea del Partido Comunista, en su momento, fue la de acaparar todo lo que eran las facultades de Humanidades, Historia Contemporánea, algunas asignaturas de Derecho como Derecho Constitucional, etcétera. Yo he sido profesor en la facultad de Periodismo de la Autónoma mucho tiempo. Por tanto, la conozco, he dado clases y tal. Una buena parte de la profesión periodística, ideológicamente, es de izquierdas. Lo mismo pasa con los escritores, con los pintores, los músicos. Aunque luego puedan vivir y, en el fondo, tener ideas de derechas, queda muy mal ser un director de cine, ser un actor de cine o un periodista y decir “soy de derechas”. En cambio, si dices “soy comunista”, o “soy socialdemócrata” o “soy de Podemos”, eso suena bien. Suena como que eres socialmente sensible. Te preocupas por el medio ambiente, por que haya paz en el mundo, que haya agua y que la gente pueda comer. Como las preguntas de un concurso de misses: cuando te preguntan “cuál es tu mayor deseo”, dices que quieres la paz en el mundo. Eso ha hecho que la llegada de Unidas Podemos fuera acogida con gran simpatía por los periodistas. Es más, muchas periodistas y muchos periodistos (risas), como dirían ellos, se hicieron muy compinches, muy compañeros de la gente de Podemos. Se iban de copas, se iban a cenar… Hubo hasta parejas de gente de Podemos con periodistas más o menos conocidas. Hubo todo un intercambio de relaciones, de simpatías y de afectos. Gobernaba el PP y la izquierda periodística difícilmente podía soportar que la derecha volviera a gobernar. Ya gobernó Aznar, al cual odiaban, detestaban, y llegaba Rajoy. Entonces, la campaña fue inmisericorde. Tenemos una memoria muy frágil. Yo no digo que el PP lo hiciera todo bien. Hizo muchas cosas mal, entre ellas la corrupción, por supuesto. Pero hay una doble vara de medir que se aplica en función de si eres de izquierdas o de derechas, y ahí los periodistas somos muy irresponsables, porque una gran parte de la profesión es de sensibilidad de izquierdas. Conozco a muy pocos periodistas que sean de derechas.

—Bueno, salvando las diferencias con La Última Hora, porque no ha sido apoyado desde una institución gubernamental, La Gaceta de la Iberosfera, la nueva versión de La Gaceta de Intereconomía, ha sido arropada y jaleada por Vox. O sea, que el apadrinamiento partidista de medios no es exclusivo de la izquierda.

"Que digan lo que les dé la gana. Mira, en el mundo en que me muevo, la gente se solidariza conmigo"

—Si te fijas, son publicaciones de carácter marginal. Estamos hablando de publicaciones que tienen una difusión inexistente. Ni me molesto en responder a lo que ponga La Última Hora. Como si dicen que asesiné a Lincoln o que maté a Joselito, yo qué sé, o que robé el oro de Moscú. Que digan lo que les dé la gana. Mira, en el mundo en que me muevo, la gente se solidariza conmigo. Cada vez que me atacan, bueno, lo primero, a la gente le da risa lo que dicen, y luego, la gente se solidariza, me manda correos… Los pocos que se enteran me dicen: “Oye, Paco, qué barbaridad, cómo te atacan estos de Podemos”. No es lo mismo lo de Vox, porque no hacen estas cosas raras. Tienen su posicionamiento ideológico y a mí me parece muy bien. Vamos a ver, si lo que hace La Última Hora fuera lo mismo que lo que hace Vox en La Gaceta, pues está bien. La Gaceta publica artículos de personas que defienden ideas que corresponden al corpus de Vox. De acuerdo. Lo que hace La Última Hora es atacar a gente que no sea afecta a la mentalidad estalinista de la gente de Podemos. Es estalinismo puro y duro. Cualquier historiador lo sabe perfectamente: descalificar al contrario con mentiras. Socavar su prestigio, su credibilidad, difundiendo informaciones falsas.

—¿Tiene la ciudadanía los políticos y los periodistas que merece?

—(Piensa) Es una pregunta complicada. Es verdad que los ciudadanos votamos lo que votamos, pero también en EEUU han votado a dos presidentes impresentables. Tanto Trump como Biden me lo parecen, y es EEUU. Y te preguntas por qué el Partido Demócrata y el Partido Republicano no han sido capaces de presentar candidatos o candidatas que tuvieran un perfil y una edad. Es decir, tener como presidente de EEUU, dicho con todo el respeto a Biden, a alguien con 78 años, con el ritmo de vida que significa la presidencia, es, como mínimo, sorprendente. Si te vienes a Europa, también pasa lo mismo. Al final, acaban saliendo figuras con una credibilidad, a veces, cuestionable. Y los ciudadanos votamos lo que queremos. Es la democracia.

—¿Y con respecto a los periodistas? Es muy frustrante, por ejemplo, tirarse una semana o dos preparando un reportaje, investigando, hablando con gente, etcétera, y, luego, el día que se publica, la noticia de la última foto de Ana Soria con Enrique Ponce tiene cuatro o cinco veces más visitas que ese producto periodístico más elaborado. Y eso es el pan nuestro de cada día.

—Eso hay que asumirlo. Es un clásico. Siempre pongo el ejemplo de La 2. Preguntabas a la gente qué veía, te decía que los programas sobre Historia, y tal, y luego lo que veía era la telebasura. Y la veía gente de muy buena formación. No puedo decir nombres…

—Anímese a decirlos.

—Te digo el cargo: un ministro, en su momento, muy culto, jurista, y me decía: “Me encanta llegar a casa y ver un programa X”, no voy a decir el nombre, de estos que conocemos todos como telebasura, porque le relajaba. Forma parte de la realidad. Bueno, la gente es curiosa, todo es un patio de vecinos. “Fíjate, la novia de Ponce, qué pasa con tal…”. El mundo del corazón te da una audiencia impresionante. Eso es una realidad.

—Pasemos al cuestionario literario. Hábleme de esa nave que tiene en Valdemoro con 70.000 libros, señor Marhuenda.

"Tengo una gran pasión por los libros. Un libro siempre te da una gran compañía"

—Me gustan mucho los libros. Una parte de la biblioteca, lógicamente, la heredé de mi padre. Tengo una gran pasión por los libros. Un libro siempre te da una gran compañía. Cualquier libro merece un enorme respeto. Me paso la vida comprando libros, ya sean nuevos, ya sean de segunda mano. Ahora, aprovechando las librerías de viejo, aprovechando Iberlibro, es magnífico para completar… Claro, antes te faltaba un libro y te volvías loco hasta que encontrabas el volumen. Los coleccionistas somos obsesivos. Yo tengo una lista de libros que me faltan, y la quiero completar. Los libros los tenía en Barcelona, en el piso donde yo nací. Entonces, me vine ya aquí: me nombraron director, la plaza de la universidad la tengo en Madrid… Mi vida pasa por Madrid, y decidí traérmelo todo. Estuve dándole vueltas y, como el monstruo había crecido tanto, era un problema: estaban los libros, una colección de máquinas de escribir…

—¿Cuántas tiene?

—Unas doscientas. Y otra colección de armas antiguas, cuadros… Era un enredo. Entonces, gracias a un gran catedrático de Contemporánea, compañero mío, que se llama Luis Togores, me enteré de que había en Valdemoro unas naves a la venta. Las vi y dije “pues igual esta es la solución”. Claro, para meter tanto libro necesitaba un piso muy grande, y todo es carísimo. Entonces, había unas naves que eran de un banco, vamos, de Bankinter. Me pidieron mucho dinero. Al final, la directora de la oficina de Bankinter de Valdemoro habló con la dirección regional de su banco y, finalmente, me hicieron una oferta razonable y me quedé con la nave. Entonces, tengo allí mis libros, mis muebles, mis cosas, y las voy ordenando. De hecho, los libros, normalmente, tienen un tránsito: de los que tengo aquí, unos van a la nave, los hojearé, otros no los veré nunca… Siempre me hacen la misma pregunta idiota: “¿Los has leído todos?” (risas).

—Tendría que alcanzar a Matusalén para ello.

—Como poco. Muchas veces coleccionas por el placer de coleccionar. Entonces, otros los traslado a la universidad. Tengo una cátedra que se llama Historia de las Instituciones en la Rey Juan Carlos, y ahí tengo también muchísimos libros, y luego en mi casa. Los libros van transitando en función de lo que necesito en cada momento.

—¿Tienen esos 70.000 libros algún orden?

"Mi padre era un gran coleccionista de libros y todos los fines de semana, todos los domingos, íbamos al Mercado de San Antonio"

—Están desordenados. Tengo algunos ordenados. La nevada, en ese sentido, me ha venido muy mal. Entonces, llego allí y me pongo a ordenar algunos. En casa tengo los que utilizo de referencia: los de Historia y Derecho. Son los libros que necesito para trabajar, o para clase, o para si quiero escribir algo, y luego está toda esta cantidad de artículos que tengo en archivadores. Como te digo, van transitando las cosas de un sitio para otro. Y tengo descargadas todas las revistas de Historia. Las revistas más modernas: Historia 16, El Ámbito de la Historia, etcétera. Luego las grapo y las separo por archivadores, temáticamente.

—Su pasión por los libros viene de la infancia, ¿verdad?

—Sí. Mi padre era un gran coleccionista de libros y todos los fines de semana, todos los domingos, íbamos al Mercado de San Antonio. No es como el Rastro aquí. Allí el equivalente al Rastro son Los Encantes. El Mercado de San Antonio es una plaza que se rodea todos los domingos de tiendas de libros antiguos. Íbamos a ver, a comprar y tal. Y luego había una librería que se llamaba Torradas, no sé si aún existe, donde mi padre compraba los famosos libros de la editorial Ruedo Ibérico, que venían de París. Me parecía muy heroico. Nos subíamos a un altillo y ahí estaban esos libros. Antes vivía al lado del Rastro, en la calle Conde. Cuando llegó la familia, en ese piso ya no cabía nadie, y ahora vivo fuera. De hecho, cuando llegamos se asustaron porque la casa había ido creciendo en libros. Era una biblioteca.

—¿Los libros le deshauciaron?

—Yo sigo teniendo canibalizado mi despacho. Casi todas las habitaciones tienen libros. (Piensa) Sí, todas: las de mis hijas, el salón… todas las mesas están llenas de papeles. Por ejemplo, eso de ahí es sobre Bizancio. Hace poco leí un libro de Crowley sobre la caída de Constantinopla, muy interesante, y seguí profundizando. Aunque tengo muchas cosas sobre Bizancio, algunas veces lo he explicado en clase… Yo, normalmente, voy cambiando de asignaturas. Este semestre daba Historia Contemporánea…

—¿Pero no estaba en excedencia?

"Aunque esté en excedencia como funcionario, me gusta mucho dar clase y me relaja hacerlo"

—La doy en el CEU San Pablo. Nunca dejo de dar clase. Aunque esté en excedencia como funcionario me gusta mucho dar clase y me relaja hacerlo. Este semestre he dado Historia Contemporánea; a lo mejor, el próximo doy Derecho Constitucional. Depende. En la Rey Juan Carlos daba Historia del Derecho y de las Instituciones. Son las tres áreas en las que me muevo en el ámbito docente, y me gusta ir cambiando. A veces he dado Historia de la Economía, Historia del Comercio… Si vas cambiando…

—…evitas el anquilosamiento.

—Exacto. Tengo compañeros que empezaron dando una asignatura, no sé, Derecho Administrativo, Historia Contemporánea, me es igual, y se jubilaron habiendo dado la misma asignatura siempre. A mí eso me parece un rollo. Me gusta cambiar.

—¿Recuerda cuál fue el primer libro que leyó?

—No. Esas son las preguntas más horribles: “¿Cuál es el libro que estás leyendo? ¿Cuál es tu película favorita?”. Me estresan mucho.

—Pues de esas vienen unas cuantas, señor Marhuenda.

—Yo leía mucho las novelas históricas. Siempre me ha gustado mucho la novela histórica. Aunque soy bastante crítico: hay novela histórica que tiene calidad y novela histórica que no la tiene. La novela que no tiene calidad, ni me molesto en leerla. Mi buen amigo Gonzalo Anes decía que un historiador, y en eso discrepaba con él, no se puede dedicar a divulgar la Historia. Pero es verdad que la novela histórica, desde Walter Scott hasta Emilio Salgari… Leí todas las novelas de un escritor que estaba de moda en los años 20 ó 30, que era Oppenheim. Hacía novela policíaca. También me gustaba mucho Agatha Christie. Estas novelas eran divertidas. Algunas no tenían mucha consistencia. Emilio Salgari, por ejemplo: su fórmula es divertida, pero no era una persona con una formación sólida. No es Julio Verne.

—¿Alguna obra que alimentara alguna de sus vocaciones?

"Doy clases de Derecho, doy clases de Historia, me acredité en Derecho Constitucional, soy periodista y dirijo un periódico. Es un chollo. Soy un privilegiado"

—No, no. Siempre lo tuve muy claro. Mi padre estudió Derecho, era un hombre al que le gustaba mucho la Historia. El periodismo me gustaba mucho. He tenido la suerte de que las tres cosas que más me gustan en el mundo las puedo ejercer al tiempo, que es muy complicado. Es decir, me dedico a la Historia del Derecho y de las Instituciones, por tanto doy clases de Derecho, doy clases de Historia, me acredité en Derecho Constitucional, soy periodista y dirijo un periódico. Es un chollo. Soy un privilegiado. Es para salir cada mañana, mirar al cielo y decir “¡gracias, Dios mío!” (risas). Pero no hay un libro específico que… (Piensa) Todos los libros que has leído en la vida te han influido, ¿no? Cuando ha habido un tema que me ha interesado mucho, por ejemplo clásicos griegos y romanos, me he dedicado a leerlos sistemáticamente. Cuando acaba esa etapa, me pongo a otra: Valle-Inclán, Pío Baroja… He intentado seguir una sistemática en los autores muertos; los autores vivos van llegando. Y lo mismo en el ámbito de la vida docente: cuando me ha interesado una materia, he cogido de esos libros. Gracias a Dios, he tenido medios. Y ahora, internet te da una gran oportunidad: hay muchos documentos con los que puedes hacer una primera aproximación vía internet.

—¿Algún libro que le haya quitado el sueño?

—Ningún libro me ha quitado el sueño. Además, soy un lector muy, muy desordenado: leo muchos libros a la vez. No puedo leer un único libro. Tengo un libro en el cuarto de baño y leo. El último es una novela, La caída de Constantinopla, y luego, de Mary Higgins Clark, una novela muy interesante sobre Washington que se llama Un destino de leyenda, y la verdad es que lo busqué, lo conseguí en internet y es un libro interesante. Empieza cuando Washington deja de ser presidente, porque no quiere presentarse a un tercer mandato, y va haciendo flashes hacia adelante y hacia atrás, y está francamente bien. Es sólida. Y ahora tengo Sicilia, de Norwich. Ese es el ámbito de baño, de la intimidad. Voy amontonando ahí libros. El resto de libros son más lo que yo utilizo para los avances académicos. Libros sobre Historia. O los libros de Pérez-Reverte, cómo no. Siempre he tenido un respeto y una admiración por él, porque siendo periodista ha sido capaz de triunfar como escritor en una profesión donde los celos son lógicos y normales, porque todo periodista tiene un escritor en su alma pero, normalmente, no consiguen triunfar como escritores, y eso es bastante descorazonador a veces. Y Arturo no sólo ha conseguido triunfar: ha conseguido ser una referencia, haciendo libros muy sólidos en el ámbito histórico. El último, el de la Batalla del Ebro, me llegó coincidiendo cuando estaba escribiendo sobre la Batalla del Ebro para clase. Con los autores que escriben novela histórica, mi elemento referente es ese: la novela tiene que ser rigurosa. No me importa que la trama sea inventada, que sea fascinante, que sea políticamente correcta, incorrecta, etcétera, pero el cuerpo, en el terreno histórico, debe ser sólido.

—Bajemos al barro: ¿algún autor u obra que no soporte?

"Genéticamente, me molesta la gente que es fanática"

—¡En qué compromisos me pones! No lo he pensado nunca. No, me metería en un charco. Genéticamente, me molesta la gente que es fanática. Los libros de personas fanáticas, que quieren impactar para satisfacer su ego, que quieren demostrar que son grandes escritores diciendo que ahora es de noche cuando todavía no es de noche. Esa gente con un ego enorme encantada de haberse conocido, algún periodista vanidoso y soberbio que se cree más que nadie… Chico, ya que sabes tanto, que te compre otro.

—¿Algún personaje literario del que se haya enamorado?

Los distintos personajes de Guerra y paz son tan apasionantes, tan interesantes todos ellos… Es una obra extraordinaria que me encanta leer. Y un personaje que también me encanta es Elizabeth Bennet, de Orgullo y prejuicio, que refleja muy bien la realidad de la sociedad inglesa.

—¿Alguno que haya querido asesinar?

—No. Hombre, siempre me impresionan mucho y detesto algunos personajes de la II Guerra Mundial. Es muy difícil, incluso como historiador, hacer abstracción del rechazo. Lo que es el nazismo, o lo que es el comunismo o el militarismo japonés. Esa crueldad sin límites, esas atrocidades impresionantes que cometen los japoneses en Shanghái, o en la utilización de las mujeres como esclavas sexuales en Corea… Siempre pensamos en el nazismo, pero hay que ir más allá. La maldad del ser humano me llama la atención. Me repugna. ¿Cómo alguien puede ser tan terriblemente malo? Una cosa es que, en un momento de ofuscación, alguien como tú o como yo pueda cometer un crimen. Es horrible, es espantoso, creo que no lo haría. Pero el crimen sistemático, la crueldad sin límites, las fórmulas de tortura tan brutales que utilizan los japoneses, los alemanes y los rusos, para perseguir y para asesinar a aquellos que despreciaban, son terribles.

—¿Es mejor un hombre que lee que uno que no lo hace?

"Lo más importante para un estudiante de Periodismo no es que se saque la carrera, sino que se siga formando"

—Creo que sí. No entiendo que alguien no lea. Me sorprende. Leer es fundamental. Seguir leyendo. Si quieres ser culto, no te basta con hacer una carrera o, sólo durante un periodo de tu vida, leer mucho. Quien se cree que lo sabe todo no sabe nada. Tienes que aprender permanentemente, es una obviedad. Un periodista es un ejemplo de ello. Siempre digo lo mismo en clase: lo más importante para un estudiante de Periodismo no es que se saque la carrera, sino que se siga formando. Se tiene que ir formando siempre. Además, un libro hace mucha compañía. Muchas veces se sorprenden cuando llego a una reunión y siempre llevo un libro. Siempre: en el bolsillo, en la mano, en la mochila… ¿Por qué? Porque si me hacen esperar, me pongo a leer.

—Si fuera ministro de Educación y/o de Cultura, lo primero que haría sería…

—Emprender una serie de reformas legales que se han de hacer para consolidar el modelo educativo, tanto en el ámbito universitario como en la educación básica y secundaria y la mal llamada formación profesional. Hay pocas cosas en las que yo sería partidario de un pacto de Estado. Que cada partido, cuando llegue al Gobierno, tenga su política exterior, por ejemplo, me parece bien. En cambio, la única fundamental es la educación. Porque la educación es el ascensor social básico, es el más importante. La educación es la que permite que seamos realmente iguales. Entonces, la politización sistemática de la educación es una tragedia de este país. Tenemos una Ley Celaá que, a la que llegue el PP, la va a cambiar corriendo. Y luego tenemos una Ley de Universidades que quiere hacer este ministro tan estrambótico, Castells, que vamos… La izquierda siempre busca igualar por abajo. No: lo que tenemos que hacer es que todos subamos hacia arriba. Yo estudié en la universidad pública. Y he ido a colegios públicos. Y podía haber ido a privados. Mis padres, gracias a Dios, podían permitírselo. Yo creo en la educación privada y en la pública. Entonces, ya te digo, lo primero que haría es, inmediatamente, poner en marcha un proceso para, con gran rapidez y gran generosidad, intentar convencer a todos los actores de este mundo tan complejo que es el educativo, que es el mío y que lo conozco bien, sacar adelante unas normas que sirvieran de base al modelo educativo durante un periodo largo. Es más: que no fuera una “Ley Marhuenda”, en plan “Ley Celaá”: no, que sea una ley de todos. Al final, ¡el ego que tenemos los seres humanos! Si fuera necesario, no la presentaría como un proyecto de ley del Gobierno, sino como una proposición de ley de los grupos. ¡Porque la educación es tan fundamental! No sé si tienes hijos…

—No, que sepa.

"¿Por qué tenemos que adoctrinar a la gente? En eso, soy profundamente liberal. Que mis niñas voten lo que les dé la gana"

—Ya los tendrás. O no. Bueno, cuando tienes hijos quieres que estos tengan los mejores profesores, los mejores medios tecnológicos, que sepan varios idiomas. Eso es lo único importante. ¿Qué más me da lo que vayan a votar? ¿Por qué tenemos que adoctrinar a la gente? En eso soy profundamente liberal. Que mis niñas voten lo que les dé la gana. Me importa un pepino lo que vote la gente. Hombre, siempre digo que es mejor estudiarse un poco los programas electorales, ver cómo lo han hecho cuando han gobernado… porque a lo mejor no votarían cosas tan raras como a los que quieren destruir España, como son los de Unidas Podemos.

—Para terminar, ¿cómo están las cosas con Ussía?

—No he vuelto a hablar nunca más con él. Decidió que se quería ir del periódico, que no quería compartir página conmigo. Me hizo un gran honor para alguien que toda la vida ha vivido del periodismo y que, además, ha escrito siempre, ha hecho algún que otro libro: dijo que yo no sabía escribir y que nunca escribía nada interesante. Eso tiene mérito. Le hizo gracia la frase y lo decía en todas las entrevistas que le hacían: “¿Cómo voy a escribir con Marhuenda, si Marhuenda no tiene nivel?”. Pues hombre, no sé, seguro que él tendrá varios doctorados. Yo, modestamente, tengo un doctorado en Historia, otro en Derecho, otro en Periodismo, me he preocupado de leer mucho y, como decía el filósofo, no sé nada. Alfonso debería ser más prudente. Es una lástima, porque habíamos sido muy buenos amigos durante mucho tiempo, peeeero… no tengo nivel para escribir con él (risas).

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