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Un hilo de Twitter gana el concurso de relatos Bajo dos banderas

Bajos dos banderas en Zenda

El hilo de Twitter La bayoneta, de Ildefonso Labrot (@ILabrotMM), ha ganado los 2.000 euros del primer premio del concurso de relatos Bajo dos banderas. El segundo premio, dotado con 1.000 euros, lo ha ganado Jorge Aldegunde Piñeiro por el relato Flores para los vivos. Así concluye el concurso basado en Bajo dos banderas libro editado por Zenda y patrocinado por Iberdrola. Los dos premiados, como los otros ocho finalistas, además recibirán un ejemplar de la edición de papel de la obra.

El jurado de este concurso ha estado formado por los escritores Espido Freire, Agustín Fernández Mallo, Juan Gómez-Jurado, Paula Izquierdo y Alberto Olmos, y la agente literaria Palmira Márquez.

El plazo para participar en este concurso comenzó el 30 de mayo y terminó el domingo 10 de junio. Las narraciones que hemos recibido pueden leerse en nuestro foro. Ofrecemos ahora los relatos premiados. Gracias a todos por participar.

GANADOR

La bayoneta

Ildefonso Labrot

Me dijeron que el motrileño se pasó cinco minutos seguidos sin parar de reír diciendo que “enzartaba las cabeces de los dragones igual que las de los jureles”.

Y el caso es que el cuadro debía tener cierta gracia porque las chanzas de españoles e indios hacia aquel desdichado casaca roja no descansaban en ninguna boca.

Al intentar escapar el inglés y volver la espalda al motrileño, éste avanzó los brazos y alcanzó la bayoneta a hacer carne en el cuello, atravesándolo y dejando clavado cómicamente al pelirrojo en el tronco de un árbol, con el acero encontrando de nuevo la luz a través de la boca

El caso es que el Teniente Escalona entendió que aquel capitán podría darnos mucha información sobre las fuerzas de Campbell en Pensacola y que tanto el señor Pollock como nuestro General Gálvez estarían encantados de conocerlo, por lo que ordenó que lo desclavaran con sumo cuidado del árbol y lo acompañaran a nuestro campamento para ver si yo podía hacer algo por tan preciada pieza.

Y así me lo encontré yo, en la mesa de la tienda con cara de terror y con una bayoneta que entraba bajo la zona occipital derecha, en la transición al cuello, y que salía por la boca, habiendo fulminado su afilada punta los dos incisivos centrales superiores y parte del maxilar.

Apenas sangraba un poco por la boca, pues a esas alturas ya había funcionado la coagulación sanguínea y uno de los cubanos le había limpiado con agua las costras de la cara.

-¿Qué piensa hacer, doctor?

Me hacía gracia que aunque mi vida estuviese dedicada a la cirugía, se me siguiera tratando como doctor, a pesar de que no llegué a ejercer ni un minuto como médico tras acabar los estudios en Salamanca, pues me fui directamente a Cádiz a formarme como cirujano de la Real Armada para disgusto de mis padres, que no tenían en mayor estima a un cirujano que a un barbero.

Me asaltó el recuerdo de mis padres cuando reparé en que mi ayudante estaba tan expectante como la escolta de cuatro hombres que vigilaba al inglés y que por nada del mundo iba a perderse el espectáculo.

Todos me miraban fijamente y mi cabeza daba vueltas a la anatomía cervical imaginando la trayectoria del acero y las estructuras que podría haber interesado, en un intento de poner en orden las posibilidades de supervivencia, pocas a todas luces, de aquel joven oficial, el cual me miraba con ojos suplicantes sin entender una palabra de lo que se decía allí. Pero lo que seguro podía detectar sin hablar nada de español era que yo estaba tan preocupado por su destino como cualquiera en aquella tienda y que no tenía seguridad de que pudiera ayudarle en demasía.

-Gabriel, ¿crees que puede un hombre vivir con una bayoneta clavada que sale por la boca?- le pregunté a mi ayudante tratando de relajar el ambiente.
– No, doctor, no lo creo.

– Pues quitémosle a este inglés ese acero. Prepara mis instrumentos.

Confiaba en lo que tantas veces nos dijo Virgili sobre la flexibilidad de las arterias y su capacidad para moverse como una anguila.

Por eso, más que la carótida, me preocupaba la yugular. Sospechaba que la propia bayoneta estaba actuando de tapón al desgarro de débil pared de la vena y estaba conteniendo la hemorragia que se iba a desencadenar sin remedio al retirarla.

-Gabriel, voy a proceder.

El silencio sepulcral de la tienda era la antesala de la desesperación.
Poco a poco fui retirando la bayoneta, que empezó a desaparecer de la cavidad oral al tiempo que el brillo de la punta se perdía en la pared faríngea y todos contuvimos la respiración esperando la sangre con rojo vivo arterial o rojo apagado venoso e identificar el origen de la fatal hemorragia incoercible.

Pero la bayoneta se fue. Fuese y no hubo nada. Aún estuvimos varios minutos esperando una explosión de muerte tardía por el desprendimiento de algún coágulo.

Pero no, aquel capitán inglés tuvo la suerte de su lado en una situación en la que de cien veces moriría noventa y nueve.

La mirada del pelirrojo se clavaba en la mía cuando lo sacaron de la tienda tras acabar de suturar la piel. No hizo ni un gesto de dolor mientras la aguja hacía su cometido y en los ojos nos leímos su gratitud a mi trabajo y mi reconocimiento a su entereza.

Había conservado la vida y perdido dos dientes.

Devolví la bayoneta al motrileño y Gabriel organizó los instrumentos para atender al siguiente herido.

***

FINALISTA

10

Flores para los vivos

Jorge Aldegunde

Recorrió junto a su madre la distancia que mediaba entre el desgastado portón principal y las primeras tumbas del cementerio. Caminaban callados; ella con aquel rostro solemne y triste, y él expectante – confiando en encontrar una ocasión para darle su mano o cogerla del brazo. Lo que fuera – pensaba él, con tal de romper aquella distancia indescifrable que, de un tiempo a esta parte, los separaba.

Ella visitaba los lugares donde descansaban los suyos y, metódicamente, eliminaba los tallos ajados, reponía los ramos marchitos y cambiaba el agua de las jardineras. Solía traer crisantemos, claveles, gladiolos y rosas recién cortadas del campo o traídas de encargo, según el caso. Su amor por las flores convertía aquel gesto en algo mágico, capaz de llenar de color y esperanza aquel lugar de recuerdo y pesar.

Ojalá – pensaba él – pudiera hacer lo mismo con su mirada, devolverle la luz que antaño irradiaba. Recordaba no pocas ocasiones en las que aquellos ojos azul profundo lo miraban y protegían de las aristas del mundo. Pero ahora están marchitos – se dijo, como las flores que, tercamente, se afanaba en cambiar para honrar el recuerdo de los fallecidos.

Se aproximaron a aquel recodo en el que se encontraban las lápidas más antiguas; vidas pasadas que él no había llegado a conocer. Entre ellas, la de Alejandro, del que tantas veces habían hablado en tardes de sobremesa: había combatido, a las órdenes de Bernardo de Gálvez, en la batalla de San Luis – a orillas del río Misisipi, en plena Guerra de la Independencia americana. Realidad o leyenda familiar, contaban que se había hecho enterrar con un trofeo de guerra – la cabellera de un soldado inglés. Mucho más reciente, encontraron el sepulcro que sus abuelos Juan y Teresa compartían. Su madre se arrodilló frente a él para musitar una breve oración y dejar un pequeño ramo de lilas. Más adelante, casi en la esquina norte del cementerio, la más fría, llegaron a un lugar donde una losa reciente daba paso a una hilera de nichos. Allí su madre se detuvo y depositó un manojo de azucenas. La tarde avanzaba; el viento comenzaba a despertar y movía ligeramente las copas de aquellos jóvenes cipreses que se erguían sobre el muro del cementerio y flanqueaban el lugar.

Recordó que, muy pronto, sería el cumpleaños de su madre. Y que hacía demasiado tiempo que no le regalaba flores. Pensó en un inmenso ramo de margaritas, rosas de vivos colores, gerberas blancas y coloridos tulipanes. Qué mejor obsequio para quien nunca olvidaba traer flores para los muertos.

Cuando su madre se levantó, observó que sus ojos brillaban, y que su rostro apenas ocultaba una mueca de profundo dolor. Pensó en abrazarla y se acercó, hasta que sus miradas se cruzaron. No le extrañó la frialdad de sus ojos mojados, pero sí la imprecisión de aquella mirada que lo atravesaba, desenfocada y rota. Buscó en su memoria recuerdos de tiempos más felices, en los que ella le regalaba sonrisas sin apenas merecerlo. De largos paseos por la ciudad en los que, con paciencia infinita, le enseñaba a leer los letreros luminosos de las tiendas. De soleados días de verano con postres en forma de bola de helado que, indulgente, siempre le consentía repetir. De algún lugar de su memoria brotó la conciencia escondida de su enfermedad. De tardes postrado en camas de hospital con su madre recordándole, con voz serena, que todo saldría bien. De largos tratamientos, recaídas y sufrimiento, al filo de toda esperanza. De aquella noche brumosa en la que la vio marchar, mientras le decía adiós envuelto en un mar de lágrimas. De cuando decidió no seguir luchando.

Reparó entonces en la inscripción de la losa, parcialmente cubierta por las azucenas que su madre había colocado con esmero. Las apartó cuidadosamente hasta que las palabras quedaron a la vista. Es oscura la casa en la que ahora vives, leyó. Del ramo se desprendió un viejo atrapasueños de tela que ella le había regalado.

La vio alejarse, apurando las últimas luces del atardecer. Caminaba serena; remedaba que, por un instante, hubiera sido capaz de librarse del peso de la amargura. Él se aferró al atrapasueños como, siglos atrás, su antepasado se habría aferrado a la cabellera del casaca roja.

Supo entonces que, cuando ella cerrara la puerta tras de sí, todo sería negrura y olvido.

Justo antes, la brisa le traería el aroma de millones de flores.