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Ganador y finalistas del concurso de historias sobre #NuestrosHéroes

Ganador y finalistas del concurso de historias sobre #NuestrosHéroes

Nuestros héroes, por Augusto Ferrer-Dalmau.

Ciento veinte escalones, de Mayte Blasco, es el relato ganador del concurso de historias sobre #NuestrosHéroes organizado por Zenda y patrocinado por Iberdrola, dotado con 3.000 euros en premios.

Asimismo, los diez relatos que han resultado finalistas son los siguientes: Superman, de María López Villarquide; Motivos para odiar, de Erminda Pérez Gil; No te duermas, por favor, de María del Mar Castilla Hernández; Historias que son cuento, de Abraham Darias Barroso; Querido diario, de Patricia Collazo; Carta a una madre, de Lucía Rivero; Heroicidades menudas, de Elena Camacho Rozas; Mascarilla 19, de Josep Belda Roselló; Encerrados, de María Gil Sierra; y Raquel contra el virus, de Álex Garaizar. Enhorabuena a todos los premiados.

El jurado encargado del fallo ha estado formado por los escritores Juan Eslava Galán, Juan Gómez-Jurado, Espido Freire, Paula Izquierdo y la agente literaria Palmira Márquez. La autora de la mejor historia recibe un premio de 1.000 euros. Además los autores de las 10 historias finalistas restantes se llevan un premio de 200 euros. Puedes consultar las bases del concurso aquí.

A continuación reproducimos el texto ganador y los finalistas del concurso de historias sobre #NuestrosHéroes.

Ganadora

Ciento veinte escalones

Mayte Blasco

Solo me ausento durante ocho o nueve minutos, el tiempo que se tarda en bajar y subir los siete pisos del edificio a una velocidad media. Desciendo con las manos metidas en los bolsillos para no tocar la barandilla. En el rellano del sexto huele a guiso de carne con verduras, o algo parecido. En el del quinto, todos los vecinos han dejado fuera su calzado, zapatillas de deporte en su mayoría. Ayer solo era el del quinto A quien tenía fuera sus deportivas; parece que el miedo y sus prácticas se expanden a una velocidad insólita. Avanzo hasta el cuarto pensando que tal vez nosotros deberíamos hacer lo mismo. Cuando llego al tercero he descartado la idea; ya tengo suficiente dosis de paranoia en la cabeza. Los mellizos del segundo gritan, se pegan, desquician a su madre tras las paredes carcelarias. Se escucha música en el primero, algún grupo de pop rock que no soy capaz de identificar. Llego a la planta baja y reviso el buzón del correo. Nada. Ni siquiera el banco se acordó de nosotros.

Me acerco a la puerta de salida. Resisto la tentación de girar el pomo, de cruzar el umbral, de salir a la calle y respirar el aire de esta ciudad doliente. Regreso sobre mis pasos y comienzo el ascenso.

Una voz masculina de dudosa afinación acompaña el sonido enlatado del disco que suena en el primero. En el segundo piso, los mellizos continúan su batalla. La voz de la madre, exhausta, repite con indolencia: “Parad ya, por favor, que os vais a hacer daño”. A medida que avanzo, mi pulso se acelera, la respiración se agita. En el cuarto piso, releo por enésima vez el cartel pegado junto a la pared del ascensor, una hoja mecanografiada donde se informa de los nuevos horarios de recogida de basuras. Ahí siguen las zapatillas deportivas en el quinto piso. Vuelvo a plantearme si también nosotros deberíamos hacer lo mismo. Imagino un ejército de bolitas malignas microscópicas adheridas a las suelas de mis zapatos. En la entreplanta del sexto y el séptimo, me asomo al ventanuco enclavado a la altura de mi frente. Solo se ve el cielo, hermoso y limpio como pocas veces se observa en esta ciudad enferma. Los pájaros trinan, cantan, copulan como locos sobre las ramas de unos árboles que no veo, en mitad de esta primavera extraña. “Todo esto es ahora nuestro”, pensarán ellos, con las alas extendidas. “Por fin es nuestro”.

Ahora son los sonidos de mi propia casa los que se oyen: la televisión encendida con una serie infantil de Netflix, la risa de mi hijo, aguda e ingenua, enseñándome cada día, cada minuto, que la felicidad existe en cincuenta metros cuadrados.

Finalistas

Superman

María López Villarquide

Jacobo se arrastra por el parquet. Lleva una hora desperdigando piezas de su desmontable y el suelo ya no le parece una superficie estimulante para levantar torres de control, buques de carga ni garajes verticales. Ahora él rueda hacia la alfombra y su pijama de la patrulla X se le enrosca en las rodillas: hace dos días que no se lo cambian y a nadie parece importarle.

A su lado, sentada en el sofá de dos plazas, su hermana Teresa ojea una revista, pasa las páginas y se detiene en párrafos que antes no le habían llamado la atención para leerlo todo y rebañar las frases. Apura los contenidos como si fueran los últimos.  Tal vez lo sean, quizás no se vuelva a publicar más prensa en un tiempo, no se sabe cuánto. Se fija en una fotografía a doble página aunque no atina a discernir de qué se trata: es un anuncio de una nave, un prototipo futurista. Teresa abandona la revista sobre el sofá.

Cae la tarde y es casi la hora en la que la madre se dispone a preparar la cena: unas barritas de merluza empanadas que van del congelador a la freidora, una ensalada de tomates y queso fresco, unos yogures de limón para quien le apetezca postre. La tortilla francesa fue ayer y la carne tocará mañana, conviene no repetirse, es preferible no caer en la rutina y todo debe estar listo antes de las ocho porque los aplausos no se los saltan nunca, es el momento más divertido del día, sobre todo para el pequeño Jacobo y ¿quién puede quitarle la ilusión a un niño de cinco años?

─¡Mamá, corre! Hay un señor en el tejado ¡mira!

Virginia retira las barritas de merluza de la bolsa y las deja en una fuente mientras se calienta el aceite. Sale de la cocina para ver a qué se refiere su hija con ese grito.

─Cuidado, no salgáis ¿me has oído, Teresa? Cierra la ventana ─Para cuando llega al salón los dos están asomados, el pequeño mete la cabeza por los barrotes, quiere ver mejor lo que sucede en un edificio a lo lejos, en uno de los bloques de enfrente donde, al parecer, un hombre se ha subido a la azotea. Virginia les llama nerviosa ─¡Teresa! que cierres la ventana ¿cómo tengo que decirlo?─. Da un par de zancadas y toma al pequeño por los brazos para arrastrarlo hasta el interior del salón; su hija, mientras tanto, retrocede unos pasos y cierra la ventana obediente.

─Sólo queríamos ver qué pasaba. Los vecinos hablaban y he pensado que se trataba de los aplausos pero todavía queda un cuarto de hora para que empiecen─. Teresa se justifica por haber salido antes de tiempo al balcón, por permitir en un descuido que su hermano pequeño se encaramara a los barrotes─ Jacobo no ha hecho nada.

─Pues si no ha pasado nada haz el favor de tener más cuidado que éste se nos escapa─. Virginia revuelve el pelo al pequeño y regresa a la cocina en donde el botón de la freidora indica que ha alcanzado la temperatura correcta y ha pasado del rojo al verde.

─Poned la mesa que ya está casi lista la cena y no hagáis caso, seguro que se trata de un técnico de la antena o un electricista que vendrá reparar algo.

Los dos hermanos llevan cubiertos y vasos al comedor; en cada viaje desde la cocina aprovechan para lanzar miradas furtivas a través de la ventana. El jaleo de los vecinos es cada vez mayor y aunque Jacobo ya está entretenido ayudando a su madre, Teresa aprovecha para fijarse: no le parece un operario, es una silueta más grande que la de un hombre con uniforme de trabajo y parece que vaya envuelto en algo, una especie de manta. Tiene los brazos cruzados bajo el pecho como si vigilara.

Cuando por fin dan las ocho y la mesa está puesta salen los tres al balcón para sumarse a los aplausos de cada tarde. Teresa toma a Jacobo de la mano para que el chiquillo no trepe por la barandilla y la hermana mayor observa al misterioso personaje de la azotea. Se oyen comentarios a ambos lados de la calle, algunos preguntan y otros increpan al desconocido pero él no se mueve.

─Mamá ¿es un pájaro? ─El dedo diminuto de Jacobo señala la figura del tejado mientras pregunta.

Teresa no sabe qué responder e inicia sus aplausos. El niño la sigue y pronto toda la calle se funde en la ovación diaria.

Virginia se ha retirado y regresa al salón para tomar de nuevo la revista que había dejado sobre el sofá abierta por la fotografía a doble página de la nave; la mira y murmura para sí “es un avión”.

En ese momento un murmullo de llaves al rozar la cerradura la saca de su ensimismamiento; la puerta de entrada se abre y aparece su padre. Sonríe al retirarse la mascarilla en cuanto ve a Teresa en mitad del salón. Saluda a su hija con la mano, deja el abrigo en el perchero de la entrada y de un puntapié se desprende de los zapatos y les pasa un trapo húmedo por la suela antes de quitarse también los guantes de vinilo y tirarlos a la basura. Ella le devuelve la sonrisa y lo saluda, sigue a su padre con la mirada mientras él camina hacia el baño para lavarse las manos.

─¡En el hospital hemos dado de alta a otros dos! ─Grita el padre al otro lado del pasillo mientras corre el agua del grifo.

Una lágrima de alegría y esperanza se asoma en el rostro de Teresa que vuelve la vista por última vez a la azotea en busca de la figura robusta envuelta en su capa, pero allí ya no hay nadie vigilando.

Motivos para odiar

Erminda Pérez Gil

En breve empezarán de nuevo. Todas las tardes el mismo incordio: alguien pondrá música muy alta, otros se asomarán a sus balcones o ventanas y empezarán a aplaudir hasta que les ardan las palmas de las manos. Y mientras, se escucharán sirenas a lo lejos alimentando el jolgorio. Y yo me pregunto, ¿qué diantres tienen que celebrar?

Los odio a todos. Odio a los que ponen música, a los que aplauden y a los que hacen sonar sus sirenas. Odio a los que impusieron el confinamiento forzoso de la población en sus casas, a quienes dejan a la gente aislada sin posibilidad de reunirse, de encontrarse con amigos o amantes semana tras semana; sí porque primero fueron quince días, luego lo alargaron un mes y ahora, ¡ahora ya ni se sabe hasta cuándo estarán sin pisar las aceras! Y claro, odio a los que vigilan las calles para que nadie ronde por ellas sin motivo y multan a los que se saltan la norma. ¡No hay derecho!

Odio que los que trabajan en las tiendas de alimentación vayan tan bien protegiditos, con sus guantes y sus mascarillas. Son unos auténticos cobardes. Qué más da tocar las cosas y hablar con la gente. Si es que ya nos estamos deshumanizando al ser tan asépticos y limpitos. Y odio también a quienes se empeñan en utilizar litros y litros de apestosa lejía para fregarlo todo y a quienes están dale que te pego con sus máquinas de coser confeccionando mascarillas caseras.

Pero por encima de todos ellos, a quienes más odio es a esos sanitarios que se pasan horas y horas en los hospitales cuidando a los contagiados, luchando por salvar vidas arriesgando las suyas. ¡Qué necesidad tienen! Déjenlos así, que para eso es la vida, para perderla. Igual que quienes empuñan los carros de la limpieza y van por ahí desinfectando hasta el último resquicio de los centros de salud. ¿Y qué me dicen de las residencias de ancianos? La misma historia altruista.

Así no se puede vivir, me tienen hasta la coronilla. Lo único que quiero es trabajar, cumplir mi objetivo, alcanzar mi meta y marcharme, pero no me dejan. Surgí para extenderme, contagiar a toda la población y diezmarla en poco tiempo. Están acabando conmigo y como esto siga así voy a tener que mudarme a otra parte. Si no, ¿para qué sirve entonces ser un virus letal?

No te duermas, por favor

María del Mar Castilla Hernández

Ya no aplaude nadie. Mi hijo dormido. Mi marido roncando. Yo, revisando unas innumerables e insensatas traducciones de latín que no importan a nadie, creo que ni a mis alumnos. A mí no me aplauden, ni me ven, sólo me miran cuando salgo a las ocho de la tarde al balcón, mísero escape de una cárcel impuesta: el del cencerro me pone negra; me agita su artilugio en la distancia como si quisiera atolondrarme más de lo que estoy. Bien, si le sirve de acicate, imagino que le hará gracia ver a la maestrucha del cuarto (como me ha llamado más de una vez) encerrada como él: la globalización del coronavirus nos ha colocado, de un guantazo, a todos, en el mismo miedo y en la misma incredulidad.

Vaya, ni siquiera puedo perderme en mi lamento y mi desazón. Ya me están mandando las traducciones los de segundo de bachillerato: pobrecillos, están más perdidos que yo, que también estoy cansada y harta de esta situación, que me gustaría irme con ellos a ese viaje fallido de fin de curso (con la de veces que les dije que no iría ni loca), que desearía estar con los treinta a la vez, en nuestra destartalada y desconchada aula, como una hydra intentando poner orden en sus exabruptos y alocados comentarios. Vale, vale, ya os contesto, qué exigencias, hacen lo mismo en la distancia: no he podido ni tomarme la leche, después de dejar a mis dos hombres descansando, por fin. Tampoco le voy a echar en cara que no me ayude con el niño en casa: sin paciencia, sin guantes, sin mascarilla, sin cenar, sin besos, sin abrazos, con malas caras, con controles, con manos agrietadas de tanto lavarlas… es lo que tiene trabajar en Metro, que también es esencial e invisible.

Que sí, que estoy despierta, que todavía no me he dormido: Jorge, hijo, que eso no es un ablativo absoluto, Ana, tu traducción está bien, pero es muy ortopédica, ¿qué? Pues que es muy literal y no tiene una estilística adecuada. A ver, esperad un rato, que Rosa no puede enviarme el correo. Bueno, Javi, hijo que tú, a veces, eres también el último. Que sí, que sigáis en línea. Venga, ya, Consu ¿cómo que vais a suspender todos y no vais a poder hacer la Evau, ya estás con tu optimismo? No te rías Carlos, que tú quieres ir a un Ciclo Superior. ¿Qué, qué le pasa a Alba? Ella lo sabía como todos: hoy era el último día de entrega. Bueno, que sí, que si me lo enviáis mañana da igual; ya, ya sé las circunstancias, pero os lo he dicho con diez días de antelación, es que siempre hacéis lo mismo, a última hora; sí, Tania, ya sé que todos los profesores os estamos agobiando, pero os he insistido en que tenéis que organizaros bien, como antes, pero en la distancia; a ver, chicos, que seguimos aquí y todos lo sabemos; vale, Jose, sí, hijo, que después de esto nos vamos todos de fiesta, hala, ponte a traducir, que te falta el texto de Virgilio.

¿Alba? ¿Qué te ocurre? No, no me he ido todavía a dormir. Sí, he cerrado la línea con tus compañeros. ¿Por qué me escribes a este correo si me tenéis que entregar las traducciones al otro? ¿Qué? ¿Qué me estás contando? Alba, Alba, ¿sigues ahí? Os he dicho, muchas veces, que me podéis contar lo que queráis, pero no te entiendo, Alba, tranquilízate y dímelo más claro.

Silencio. Nunca el silencio había sido tan largo entre Alba y yo. Su smartphone (que le he quitado en innumerables ocasiones en clase) ha dejado de escribir. No, no, por favor, Alba, sigue escribiendo. Bien, deja de llorar y quédate en tu habitación. No, no le abras. ¿No está tu madre? Pues llámala. ¡Dios mío, que está encerrada en el baño! Vale, vale. ¿Estás en tu casa? No, ni Ana ni Pilar pueden ir, nadie puede ir, son las tres de la madrugada y estamos en cuarentena. Voy a llamar a la Policía: no, me da igual, Alba, ya está bien, no puede seguir pegándoos siempre, alguna vez habrá que pararle los pies. Has sido muy valiente: aguanta, Alba, confía en mí, vale, soy yo, tu profe, estoy llamando ya, no abras, grita por la ventana, claro que sí, vas a poder.

La impotencia me arranca unas lágrimas y sé que no voy a poder dormir hasta que Alba y otros muchos niños míos, vuelvan a aparecer por mi aula riendo, empujándose, copiándome en los exámenes y llamándome por el nombre más bonito que tengo: profe, profe, profe…

Historias que son cuento

Abraham Darias Barroso

III

La luz eléctrica del techo cae sobre los enfermos que permanecen en hilera a lo largo del pabellón sin clases. Había un silencio total. Recostado sobre la cama plegable, Santiago Crespo, miembro del Gabinete de Presidencia de la comunidad, tecleaba en su iPhone.

–¿Señor Crespo?

Éste levantó la mirada y se encontró con la del extraño. Volvió a su pantalla en silencio.

–¿Cómo se encuentra? –añadió el recién llegado.

–¿Otro periodista?

–No, señor. Soy médico –señaló en su pecho tres renglones escritos con letra mayúscula sobre el traje blanco: «Salvador. Médico. 10:40»–. Aquí lo pone.

Santiago miró de nuevo al hombre.

–Ah –dijo, y dejó de escribir.

El doctor anduvo hasta los pies de la cama, examinó el parte –deficiencia respiratoria. Posible neumonía por Covid-19– y regresó junto a Santiago.

–¿Cómo se encuentra?

–Nada bien.

Inclinándose, Salvador le ajustó las cánulas de oxígeno.

–¿Mejor?

El político dijo sí con la cabeza. Y entonces el doctor le dijo la verdad.

–Ha habido complicaciones.

El político lo miró como preguntándole por la gravedad. Se oyó una tos carrasposa.

­–Complicaciones serias –añadió.

–¿Cuáles?

–Los parámetros no muestran mejoría. Disminución en respuesta respiratoria y aumento leve de fiebre.

Las aletas de la nariz del político se abrieron para una exhalación larga, de resignación. Había pensado en ello la noche anterior, cuando los desvelos por asfixia –siete, llegó a contar– le obligaban a inhalar profundamente.

–Hacemos cuanto podemos –dijo Salvador.

–¿Lo suficiente?

Tres segundos de silencio. Tras la pantalla facial, formando una línea oscura entre las cejas, el doctor le dirigió una mirada directa.

–Lo suficiente, lo necesario, y más.

Cerca, sonaba rodando la silla que empujaba una enfermera. Salvador miró hacia el parte y luego miró de nuevo a Santiago.

–Necesitará un respirador –dijo.

–Pues tráigalo.

El doctor tardó cinco segundos en responder.

–No es posible, aún –dijo en tono profesional–. Quedan pocas unidades. Una; quizá dos. Por protocolo, atenderemos primero los casos más graves.

–Entiendo –mintió.

La tos carrasposa sonó con mayor arrastre. Salvador dijo que volvería enseguida y acudió al enfermo que tosía. En este momento Santiago Crespo escribió al grupo de Gabinete de Presidencia: «Necesito respirador. Encontrar y traer» y pulsó enviar.

Sosegada la tos, Salvador volvió repasando con atención la unidad. Cuando estuvo frente al político dijo:

–¿Necesita algo?

–No –mintió de nuevo. Y cuando Salvador reiniciaba la marcha:

–Doctor –dijo­–. ¿Me trae otra almohada?

II

Jamás olvidaré el fuerte olor antiséptico –demasiada lejía vertida en cubos con muy poca agua– de este lugar.

Aquí, en la entrada, todos se preparan o se desvisten de su armadura de biorriesgo. Desajustan la pantalla facial; el delantal sale hacia delante formando cuatro puntas con las mangas y la falda, como recogiendo un cubrecama sucio; se desvisten del traje sacando los hombros por arriba, después un codo, el otro, sigue hasta las muñecas, y sin soltarlo, llevan el tejido hasta apoyarlo en el suelo para finalmente sacar una pierna primero y otra después; para lo último llevan el dedo pulgar al interior del otro guante y luego hacia arriba, entonces la mano libre arrastra hacia fuera el primer guante hasta formar un ovillo azul que va directo al material desechable. Tan absorbida estaba por aquel ambiente que no percibí el aviso de la mujer de iris verdes que esperaba a mi lado.

–¿Entras? –dijo.

No sonó agradable como para ser una invitación, ni inflexible como una orden, sino como la manera directa de averiguar si era de las que llegaba a luchar o de las que se replegaba para luego volver. Moví la cabeza diciendo sí, y me ayudó a vestir en silencio: mono blanco, delantal, cinta a presión alrededor de muñecas y calcetines sobre las botas, guantes, mascarillas; terminó de ajustarme la pantalla y me preguntó mi nombre, se lo dije y lo escribió sobre mi traje. Cerrando el rotulador me dijo:

–Ya puedes entrar en la zona sucia.

El campo de hileras se pierde en el horizonte. No puedo vivir con esta asfixia.

I

Esos aplausos… ¿Se irá alguien? Ay, diosito. Que se vaya, que se vaya.

Desperté. Alrededor, los vecinos duermen, o lo parece. Me gustaría preguntárselo, pero, a mi edad, es difícil hacerse entender con esta cosa del oxígeno en la cara.

Al ver que a dos metros junto a mí la enfermera ayudaba a incorporarse sobre la cama a mi vecina amiga, pensé estar atenta para acompañar los aplausos cuando ésta se marchara a casa, pero tan pronto vi que la enfermera le subió la camisa del pijama y movía el estetoscopio frío por su espalda, contuve mi ánimo. La enfermera acostó a mi vecina amiga y seguidamente me dirigió su mirada tras la pantalla. Viendo la enfermera venir era imposible adivinar sus intenciones. Sólo me habló cuando, a mi lado, tuvo mi mano entre las suyas.

–Hay un respirador para usted, Pura. En el hospital.

Nos quedamos mirando la una a la otra, como esperando una reacción o una palabra, pero a mí ya me pesaban los años. Pensé que, al final, cuando escuchara los aplausos y saliera, me quedaría para vivir los marcos con fotografías en las paredes, una vieja voz varonil y familiar en el pensamiento, la mitad vacía de la cama y este anillo, recuerdo de matrimonio. Sonreí como por instinto al sentir cercano un susurro viejo y familiar, y la enfermera me devolvió la sonrisa. Se marchó en el instante en que le dije que ya no me iría de este sitio, y cuando regresó acompañada de otros acepté que ahora tendría que explicarlo todo.

0

Semanas después pudo leerse en los diarios de la comunidad.

Sucesos.

Varios detenidos por malversación de respiradores artificiales.

Política.

Santiago Crespo, curado: “Mi patria fue mi oxígeno. Ella me sostuvo”.

Sociedad.

Muere mujer de 90 años que cedió su respirador: “Tuve una buena vida. Ahora les toca a otros”.

Hablamos con el personal sanitario del pabellón 5: “Aquí hemos visto cosas heroicas. No todos los héroes llevan capa”.

Querido diario

Patricia Collazo

Día 1 sin mamá

Mamá me ha dicho que escribiera este diario. Que eso me ayudará a pasar el tiempo mientras no podamos vernos, y de paso, luego podré contarle todo lo que me vaya pasando y que no llegaré a decirle en su llamada diaria.

Día 5 sin mamá

La abuela dice que no podemos hablar mucho rato con mamá. Que nos llama cuando llega a casa, muy cansada después de trabajar todo el día. Que tiene que dormir. Entonces tenemos que turnarnos ella, Eva, Lucas y yo. Solo me tocan dos o tres minutos. Todavía no me he animado a decirle cuanto la quiero.

Día 7 sin mamá

Hoy la gente ha empezado a aplaudir en los balcones a las ocho. La abuela nos ha dicho que aplauden a mamá y salimos los cuatro con los abrigos puestos y aplaudimos hasta que nos duelen los brazos. Lucas es el que se cansa primero y le pregunta a la abuela si está segura de que están aplaudiendo a mamá. “Sí, cariño”, dice la abuela. “A mamá y a todos los héroes que cuidan de los enfermos y luchan contra el virus”. “¿Mamá es como Superman?”, pregunta Eva. La abuela asiente. Yo sé que mamá no tiene capa ni nada. Le miente a Evita porque es pequeña y se lo traga todo.

Día 10 sin mamá

La abuela nos enseñó a hacer magdalenas, nos ha dicho que eran el dulce preferido de mamá cuando era pequeña. Hoy, cuando ha llamado, nos hemos peleado por ser el primero en contarle lo buenas que nos han salido. “Mmm qué rico” ha dicho mamá. Le prometimos que cuando podamos volver a casa con ella, haremos un millón de magdalenas.

Día 12 sin mamá

Hoy me he animado a decirle que la quiero mucho. No sé, ya tengo ocho años, cada vez me gusta menos que me ande besuqueando todo el tiempo. Pero hoy me hubiera encantado que lo hiciera. Me prometió una guerra de cosquillas cuando regresemos a casa.

Seguimos saliendo al balcón a las ocho. Ya no llevamos abrigo, y es de día. Entonces es más fácil ver que al rato de empezar a aplaudir a la abuela se le caen las lágrimas. Es una pesada, pero a ella también la quiero.

Día 15 sin mamá

Nos pregunta siempre si estamos haciendo las tareas que nos pasan los profes. Evita es demasiado pequeña y no le dan tareas. Pero me preocupo de que Lucas y yo estemos al día. Para poder decirle que sí, que lo estamos haciendo todo. Si le decimos eso, se nota que se tranquiliza. Dice que nos extraña, pero que ya falta menos. Que no hagamos regañar a la abuela. Y que se va a dormir, que mañana madruga mucho otra vez.

Día 18 sin mamá

Hoy la abuela ha estado hablando cinco minutos con mamá. Se ha encerrado en la cocina y no nos ha dejado escuchar. Solo nos dejó mandarle besos y abrazos todos juntos con el micrófono abierto. Dijo que mamá estaba muy cansada y que tendría que quedarse en casa unos días. “¿Podemos ir a verla, entonces?”, pregunté entusiasmada. “No, cariño, no podemos” dijo, y luego se enjugó con disimulo dos lágrimas como hace siempre después de los aplausos en el balcón.

Día 20 sin mamá

Ahora mamá nos llama desde casa. Le han dado unos días libres. Pero se ve que ha trabajado demasiado, porque está muy cansada. No deja de recomendarnos que hagamos las tareas, que nos portemos bien. Habla como si acabase de correr una carrera. Le pregunto si estaba haciendo gimnasia. Me dice que no. Que está un poco cansada, pero que se le pasará.

Día 21 sin mamá

Hoy mamá ha hablado un rato más largo con nosotros. Habla con todos a la vez, parece que eso la cansa menos que repetirnos lo mismo a uno por uno. Nos ha prometido que el año que viene, cuando yo cumpla los nueve, Lucas los once y Eva los cinco, nos iremos los cuatro a Eurodisney. Nos pusimos a saltar y gritar como locos. Y ella empezó a toser y toser. La abuela quitó el micrófono abierto y siguió hablando unos minutos con ella encerrada en la cocina.

Día 22 sin mamá

Antes de levantarnos, cuando la abuela todavía no había venido a llamarnos para desayunar, Lucas y yo estábamos despiertos. “Mamá se lo ha pillado”, me ha dicho. “¿Que mamá queeeé?”. “No seas tonta, nena, que tiene el coronavirus y se va a morir. ¿No ves que la abuela no quiere decirnos nada?”

Entonces entró la abuela y levantó la persiana. “A ver esos remolones… que tenemos pan recién tostado…”. “Abuela, ¿es cierto que mamá se ha contagiado?” pregunté, temerosa de que dijera que sí, o de que se enfadara por creer las tonterías que dice mi hermano. Ella se sentó en mi cama. Lucas se bajó de la litera y se sentó a su lado. “Sí, es cierto. Pero se pondrá bien”.

Día 25 sin mamá

Hoy mamá tampoco ha llamado. Lleva tres días sin hacerlo.

Día 28 sin mamá

Seguimos saliendo al balcón a las ocho para aplaudir a todos los que están cuidando de mamá en el hospital. Ahora aplaudimos todavía más fuerte que al principio. Luego nos cogemos las manos limpias y relimpias de tanto lavarlas y cantamos la canción esa que pone a todo volumen la del edificio de enfrente. Yo mucho no la entendía, pero cada vez la voy entendiendo mejor.

Día 30 sin mamá

Hoy mamá ha vuelto a llamar. La abuela tenía razón. Puede que no tenga capa, pero mamá es un superhéroe.

Hoy el balcón a las ocho ha aparecido lleno de primavera.

Carta a una madre

Lucía Rivero

Estoy exhausta, mamá. Me duelen las manos y me escuece la cara.

No sé ni cuántas horas llevo aquí, ni cuánto hace que no abrazo a mi marido. Sabes que temo que les pase algo a él y las niñas… pero les echo de menos. Vivimos en la misma casa y no puedo tocarles. A veces oigo a la pequeña llamarme por la noche cuando tiene pesadillas. Se me parte el alma al no poder consolarla.

Cuando me despierto en la mañana, y preparo el café, pienso en el terror de volver. Tienes que ver el hospital mamá, está vacío de recursos. Está a rebosar de personas. Gente por los pasillos pidiendo soluciones. Soluciones que, a veces, no podemos darles. Las personas mueren solas mamá. Vienen solas y se van… solas.

¿Así merece morir alguien? ¿Tan solo?

El martes me encontré con Encarna. Sí, tu amiga de toda la vida… No quise contártelo mamá, para que no sufrieras. Sus hijos llamaron a la ambulancia y, tras realizarle las pruebas, la trajeron al hospital. La vi tan perdida, madre. Tan rota. Llevaba quince días sin ver a sus hijos ni a sus nietos. Ella, en su soledad, enfermó. Y no sé qué es peor, si la soledad o la enfermedad. Quizá van unidas de la mano.

Cuando me vio, y me reconoció… tenías que ver cómo lloraba. “Hija mía”, me dijo. Y por un momento pensé que eras tú. Ella está estable por ahora, tiene ganas de hablar y eso, en cierto modo, es bueno. Le di la cinta de la Virgen del Pilar, aquella blanca que compramos juntas ¿recuerdas? Sonrió. “Ya no estoy sola”, me dijo. Está luchando por vivir. Os enseñaron bien a los de vuestra época. Os enseñaron a siempre volver, a no dar nada por sentado y a exprimir la vida.

Si ella fueras tú mamá… no quiero pensarlo. No puedo. Lucho por cada paciente como si fueseis uno de vosotros, y creo que todos aquí hacemos lo mismo. Eso nos da valentía y fuerza a la hora de avanzar.

Veo a compañeros derrotados, con padres enfermos. Amigos que no pueden despedirse de sus seres queridos. Veo a familias destruidas, con negocios quebrados e hijos a quienes darles una vida mejor. Veo oscuridad mamá, y tengo miedo. Debajo de esta mascarilla soy un nudo de dudas y de dolor. Fuera de ella, doy esperanza. Me pongo la careta de “todo pasará”, y reparto esperanza.

Cuando aplaudís a las 20:00 horas, me avergüenzo. No me considero una heroína. No me considero nada más que una doctora haciendo su trabajo. Velar por la salud de las personas es nuestra misión. Cada día, y en cada situación. Sean cuales sean las condiciones en las que tenemos que movernos. En mi vecindario han hecho carteles, en algunos han puesto mi nombre, dándome las gracias. A mí mamá. A mí. ¿Por qué? ¿Puedes explicármelo? Si yo he tenido que dar malas noticias. Si yo he tenido que decidir a quién sí y a quién no le daba un respirador. Si yo he tenido que tomar decisiones que han acarreado consecuencias. Dime. ¿Qué hago con las pérdidas que pesan sobre mí? ¿Qué hago con esta sensación de no estar llegando a todo? ¿Qué puedo hacer con esta culpabilidad que me hace no poder dormir? ¿Cómo quieren que digiera esos aplausos si yo no me siento grande?

No tengo ni idea de cómo saldremos de esta, ni qué será del cuerpo sanitario cuando todo acabe. Yo no busco reconocimiento. Busco normalidad. Necesito volver a una realidad que creo que jamás existirá de nuevo.

Mamá cuídate. Díselo también a papá. Qué cuesta arriba se hace esto… ¿Cuándo fue la última vez que os besé? Y a saber cuándo será la próxima… Desconozco cuándo me atreveré a volver. Quizá mi nombre ya no me haga justicia, quizá ya no sepa iluminar el camino de quien no tiene luz. Ni el mío propio.

Me siento más humana que nunca, y por ende, más vulnerable. Pero no dejaremos que venza. No merece vencer. Como dijo Julio Verne, “Mientras el corazón late, mientras el cuerpo y alma siguen juntos, no puedo admitir que cualquier criatura dotada de voluntad tenga necesidad de perder la esperanza en la vida”.

Os quiere, de todo corazón, vuestra hija.

Heroicidades menudas

Elena Camacho Rozas

¿Qué hago? No puedo quedarme de brazos cruzados. Revoloteo a su alrededor.

Marco el 061. Lo he oído en la tele este mediodía mientras ella recogía a duras penas la mesa. Mamá lleva tosiendo toda la tarde. Parece un oso cavernoso como los que pintaban en las grutas que visitamos este otoño.

—Mamá está temblando —le digo a una mujer de voz neutra.

Me pide que le mida la temperatura.

—Hay un termómetro en el cajón de su mesita.

Lo busco y lo hago. Cuando enfermo yo, es lo primero que ella hace entre mimo y mimo.

Quien está al teléfono sigue hablándome con una voz monótona. ¿Le aburrirá este trabajo? Mamá siempre dice que hay gente a la que nada le hace feliz y otra que se contenta con todo. Y que deberíamos conformarnos con lo que nos toca, sacar lo mejor de nosotros mismos en cualquier situación y disfrutar. Le gusta tanto dar consejos que un día escribiré sobre ellos. De momento, los copio en mi diario, el que me regaló hace un año, cuando cumplí los ocho.

—¿Cuánto espero?

¿Lo que tarde su historia? Y me ha contado un cuento que duraría unos… ¿tres minutos? Cuando ha terminado, me ha pedido que se lo quite. Pero no conseguía ver hasta dónde llegaba el mercurio, no lo tenemos de esos modernos que pitan. La mujer inalterable ha tenido que repetirme cien veces trucos para verlo. Al final, de tanto mirarlo girándolo poco a poco una y otra vez a la luz de la lámpara de la mesita, lo he conseguido. Marca 39,8.

—Seguro, seguro.

Y como no he titubeado me cree. Me da la sensación de que está haciendo tiempo conmigo. Después, siguiendo sus indicaciones, le he puesto trapos de cocina húmedos en la frente para refrescarla, y la he destapado. Mamá, cuando se echó, se cubrió hasta las cejas.

Esa señora me ha preguntado por mi padre y no he sabido qué contestar. Papá se largó hace años nadie sabe adónde, o nunca me lo contaste, mamá. Luego ha insistido si no hay algún otro adulto con nosotros. Pero no, el abuelo murió el año pasado. Fue casi lo primero sobre lo que escribí en este diario. Me hubiera gustado tanto tener hermanos. Pero cada cual vive la vida que le toca. ¡Cuántas veces me lo has repetido, mami!

Le alcanzo la botella de agua para que beba a morro, necesita estar hidratada, pero ni se la arrima a los labios. Empieza a hablar en alto sin ton ni son, no la entiendo, parece delirar, los paños húmedos dejan de estar fríos enseguida. Me han dicho que evite acercarme demasiado. Lo justo para cambiárselos. Y que me tape la boca y la nariz con alguna prenda a modo de mascarilla.

No me escucha, no me habla, tirita y una especie de vapor rodea la escena y le da un toque de irrealidad. No tardarán, me asegura esa voz al otro lado del teléfono. Pero es terrible observar cuánto le cuesta respirar.

Llaman a la puerta, deben de ser ellos. Les abro. Suben con trajes casi espaciales, una camilla y aparatos muy extraños. Se han metido por el minúsculo pasillo hasta el saloncito que usa mamá de dormitorio. Nuestro apartamento es muy pequeño. Hacen mucho ruido. Es imposible, les oigo, demasiado tarde. ¿Qué es imposible?

Me he adormecido en mi cama. Me vienen a buscar. Sus caras son largas. Una médico o enfermera, dudo, me acaricia el cabello y la mejilla. Sin mediar palabra, me abraza y calla.

—¿Y mamá?

—Esta noche vendrás a dormir a mi casa. Acabo ahora mi turno —es su única respuesta—. Mañana ya pensamos qué hacer.

—¿Ha muerto? —le pregunto.

Una lágrima resbala por su rostro y no necesito traductor.

Me da la sensación de que hoy he crecido un palmo. Mamá me diría que estoy hecha una mujercita. No lloro. Ella me enseñó a ser valiente.

Mascarilla 19

Josep Belda Roselló

«Hoy, ahora, ya… se enardecen tras las
cenicientas piras con la alevosía
inquieta de sus iras y mentiras».

Luis Eduardo Aute

Hoy, ahora, ya. Acaba de darse cuenta de que estamos en estado de alarma, las noticias lo confirmaban desde hacía un par de días, pero ha sido al entrar cuando ha notado el cambio. ¡Buenas! Qué sorpresa, la semana pasada no viniste. No poder salir de casa lo había enfadado, y se lo hizo saber hasta cansarse. Lo dice sonriendo, con las tijeras en la mano y elevando la voz por encima del secador, pero sin gritar. Aquí no hay peligro. Primero agua tibia, con poca presión: ¿Está muy fría? Había cerrado los ojos y ya no notaba nada, aunque era incapaz de dormir a su lado. ¿Te has hecho el tinte estos días? Recuerda quitártelo si te salpica en la piel, si se seca cuesta más. La sangre latía en la ropa húmeda. Creía haberse asegurado antes de salir de que no tenía marcas visibles. Light red copper brown. Se miró en el espejo preguntándose cómo conseguía no salirse del marco que ocultaba el lienzo de su ropa, debía ser difícil medir tanta ira. Nunca en la cara, aunque a veces si se irritaba por el perfume del alcohol, llegaba al cuello con su aliento embriagado. Antes de que pudiera darse cuenta, estaba cubierta con la capa para empezar a cortarle las puntas, que se abrían como flores a la primavera. A ver si acaba pronto este mes de marzo. Observaba el tatuaje de su mano, le gustaba la silueta de los cuatro pájaros en pleno vuelo: cada tijeretazo era un aleteo huyendo lejos. Quien guarda un secreto y lo cuenta, no puede esperar que la otra persona no haga lo mismo. Cobarde. Has oído que a partir de mañana cerramos, tantas críticas han acabado por hacer cambiar de opinión al Gobierno. Puede enjabonarse y peinarse sola, sí, a veces al mover los brazos tiembla sin querer; simplemente le gusta estar ahí, escuchar su voz le tranquiliza. Le gustaría poder explicárselo. Estos días tendrás que llevar cuidado, ya sabes que eres población de riesgo: sus ojos coinciden de golpe, palidece como la cera de una vela en Semana Santa. Lo sabe. Todo abril, quizá algunos días de mayo. Si quieres, podría pasarme por tu casa. No podía acercarse, siempre le daba miedo después: orden de distancia, alejamiento de seguridad. «Gracias». Le quita cuidadosamente la capa, que aún conserva algunos pelos y se la cuelga del hombro, de perfil pareciera capaz de salir volando junto a su bandada de pájaros, pero se queda con ella. Cuídate.

¹ Mascarilla-19. Es una palabra clave, una llamada de auxilio ante la situación de mujeres que están padeciendo algún tipo de violencia machista y que, dadas las circunstancias de confinamiento, se ven obligadas a convivir con su agresor. La acción, impulsada por los Colegios Oficiales de Farmacéuticos de Canarias, se ha ido extendiendo a otras Comunidades Autónomas. Si una mujer acude a la farmacia y solicita una “Mascarilla 19”, el personal farmaceútico aplicará el protocolo y lo pondrá en conocimiento del 112.

Encerrados

María Gil Sierra

La profesora de Candela nos telefoneó preocupada. Al día siguiente acudimos al colegio para hablar con ella. Pasamos al aula mientras la niña nos esperaba en el patio. No quería que estuviese delante. “Siéntense —parecía un juicio oral—. Creo que su hija está atravesando por una etapa crítica. ¿Ha ocurrido algo grave en su familia?”. Mi marido y yo nos miramos desorientados. Entonces sacó las pruebas concluyentes: los dibujos de Candela.

Yo no recordaba nada de eso. Demasiados años. Fue Manuel quien me lo contó durante el desayuno. Eran las diez de la mañana y acababa de llegar del trabajo. Llevábamos algo más de dos días sin vernos. Le noté agotado pero, en lugar de irse a dormir, se quitó la ropa, la echó a lavar y se dio una ducha rápida. Siempre que podemos tomamos juntos el café. Ahora guardando las distancias.

Mientras me hablaba, me detuve en sus labios. Pensé en el jugo de granada y me entraron ganas de mordisquearlos. Pero ni siquiera nos rozamos ya. No es por inapetencia. Lo juro. Desde que comenzó todo esto practicamos el ayuno carnal. Dio un sorbo al café y tosió. Así estuvo un rato hasta que consiguió calmarse. Me fijé que se había puesto su braga de cuello. “¿Tienes molestias en la garganta?”. “Sólo un poco”, contestó. Y, como quien se toma un trozo de tostada, se llevó un paracetamol a la boca. “No es nada. La cabeza. Será por el cansancio”. Y me lanzó un beso balsámico. ¡Cómo no me voy a preocupar! Cada día aumentan los contagios y la tensión en su centro. Y tengo la sensación de que los medios de comunicación pasan de largo. Cualquier detalle me pone en guardia. No puedo saber si también está infectado porque no hacen test a la plantilla. Le pregunto. Y me cuenta que ha hablado con el director, aunque ha sido inútil. El coronavirus es un tema tabú. Al menos, desde que pusieron su módulo en cuarentena, les dan guantes y mascarillas. Eso me tranquiliza un poco. Antes, ni siquiera les facilitaban el gel desinfectante.

Volvemos a la profesora de Candela. Ha sido él. No quiere que siga dándole vueltas a lo mismo. ¿Quién era? ¿La de primero de párvulos? Manuel cree que sí. Y, de pronto, me vienen a la memoria los dibujos. Siempre el mismo: un monigote detrás de rayas verticales. “Miren —insiste la señorita Natalia—, ninguno de sus compañeros pinta así. Parecen barrotes”. Manuel y yo reímos a carcajadas. Nuestra hija ha pintado a su papá. Orgullosa de su trabajo en la cárcel.

Raquel contra el virus

Álex Garaizar

—¡Despierta, dormilona! —dijo mamá—. Que ya son las ocho y media, está papá preparando el desayuno.

Raquel se cubrió los ojos con la mano, cegada por la luz que inundaba la habitación.

—¡Pero por qué tienes que hacer siempre eso! —protestó.

—Pues porque es muy divertido cómo te pones —dijo mamá—.

—¿Hoy tengo una misión?

—Tienes una carta, sí, pero no la hemos abierto. ¡Y tú, hasta después del desayuno, tampoco!

Raquel se incorporó en la cama y, muy obediente, desayunó los cereales, el zumo, las galletas y la fruta.

—¡Ya está! —anunció—. ¡Ahora quiero ver mi misión!

—Vale, vale. Mira, aquí la tienes —dijo papá.

La carta venía sellada y a nombre de Raquel, como las anteriores. Abrió el sobre y la leyó en silencio, girada de forma que no la pudiera ver nadie más.

CONFIDENCIAL

Estimada Raquel,

Muchas gracias por desentrañar el misterio de la tostadora embrujada. Gracias a ti por fin estamos debilitando al malvado virus.

La misión de hoy es muy sencilla. Hemos descubierto que para hacer medicinas necesitamos pimienta blanca, pero no conseguimos encontrarla por ninguna parte. Tenemos información de que en tu casa hay pimienta blanca, así que necesitamos que la consigas y nos la hagas llegar hoy.

¡Pronto podremos acabar con el hechizo del virus y salir de casa!

Gobierno Mundial de Resistencia Antivirus

—¡Mamá, papá! ¡Necesito pimienta blanca! Es para el Gobierno.

—¡Ah! Pues eso es muy fácil, tenemos ahí, donde las especias —dijo papá.

Raquel buscó en el armario y encontró todo tipo de condimentos, a excepción de la pimienta blanca.

—¡Jo, no hay!

—¡Qué raro! ¿Y no vale con pimienta negra? —dijo mamá.

—¡No, tiene que ser blanca!

—Vale, vale. Pues yo estoy segura de que había, igual nos la han quitado.

—¡Mira, aquí hay una nota! —dijo papá.

¡La pimienta blanca ha escapado! Al parecer, quería convertirse en planta otra vez.

—¡Oh, no! —dijo papá.

—¡Cómo que planta! —protestó Raquel—. La pimienta es para los espaguetis de mamá.

—Sí, pero la pimienta viene de una planta, cariño —dijo mamá—. Igual ha ido con otras plantas para ver si crece.

—¿Y dónde puede ser eso? —dijo papá con el ceño fruncido.

—¡Ya sé! —exclamó Raquel—. ¡En el parque, vamos al parque!

—Puede ser —dijo papá—. Pero mejor asegurarse primero de que no está en casa, que no se puede salir si no es súper importante.

—Pero esto es súper importantísimo —dijo Raquel—. Es para que todos podamos salir de casa.

—Eso es verdad —dijo mamá—. ¿Pero en casa dónde podría estar? ¿Dónde hay plantas?

—¡Ah, en la terraza! —dijo Raquel.

Raquel se puso a toda prisa las botas de salir afuera y examinó los maceteros con atención. El bote de pimienta blanca asomaba boca abajo en uno de ellos.

—¡Está aquí! —dijo en tono triunfal—. ¡Eh! Pero si está vacío.

—¿Cómo que vacío? —dijo papá—. Qué raro, si ese bote estaba lleno de pimienta.

—Pues mira, mira —dijo Raquel.

—Uhm, ha pasado algo, sí —dijo mamá—. Raquel, ¿me dejas escribirle al Gobierno para contárselo, a ver si nos dan alguna solución?

—¡Vale!

—Bien, pues voy a escribirles una carta. Mientras tanto, quédate con papá, que con todo esto la terraza se ha quedado fatal y hay mucho que plantar y regar.

Raquel y papá dedicaron buena parte de la mañana a las tareas de jardinería. Después de comer, la niña volvió a la carga:

—¡Seguimos sin la pimienta blanca! ¿No contesta el Gobierno?

—Sí, mira, acabo de recibir la carta —dijo mamá —.

CONFIDENCIAL

Estimada Raquel,

La pimienta blanca ha sufrido un hechizo y se encuentra en estado invisible. ¡Necesitamos que resuelvas estos problemas matemáticos para que aparezca!

Gracias por tu inestimable ayuda.

Gobierno Mundial de Resistencia Antivirus

—¿Qué significa “inestimable”? —dijo Raquel.

—Significa “mucho” —dijo papá—. Venga, tienes que resolver estos problemas antes de las ocho de la tarde, para que podamos enviar la pimienta a tiempo.

—Jo, al final siempre toca hacer matemáticas.

Raquel se puso manos a la obra y comenzó a calcular sumas, restas y multiplicaciones sencillas, aunque le pidió ayuda a mamá en más de una ocasión.

—¡Ya está!

—Vale, muy bien… —dijo mamá, mientras comprobaba las soluciones—. Ahora tienes que sumar todos los resultados para ver qué número te da. Va a ser una suma un poco grande, pero yo te ayudo.

Cuando obtuvieron la cifra final, le dieron el bote vacío a papá, que lo introdujo en el microondas.

—Pon con la ruedita el número que ha salido, ¡pero no lo enciendas, eh!

—¡Vale!

Raquel giró con sumo cuidado la rueda del microondas, como si fuese una caja fuerte, hasta que indicó “2:20”. Entonces, papá pulsó una secuencia de botones al tiempo que enunciaba el proceso, abrió la puerta ¡y extrajo el bote lleno de pimienta blanca!

—¡Halaaa! —celebró Raquel con sus padres—. ¡Venga, mamá, envíalo al Gobierno!

—¡Voy! —dijo mamá—. Les diré que preparen la fiesta. Tú ve a jugar o, si prefieres, ponemos la tele.

A las ocho menos tres minutos salieron a la terraza, que olía aún a tierra húmeda. Los vecinos se asomaban a los demás balcones para aplaudir, al tiempo que Raquel les devolvía besos con las manos.

—¡Gracias, muchas gracias! ¡Ya lo estamos consiguiendo! —gritaba—. ¡Aunque papá y mamá me han ayudado también!

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