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García Lorca y la extraña familia

García Lorca y la extraña familia

El autor de libros tan inconmensurables, lúcidos, trabajados, serios y de enorme valor como los dedicados a García Lorca (del que aún no ha dejado dicha su última palabra), Salvador Dalí, Antonio Machado o Luis Buñuel, reconocido hispanista, hombre enamorado —no sé si ya tanto, después de toda la artillería pesada que ha caído sobre su cabeza— de nuestra cultura, de nuestras costumbres, de los pueblos de España, ha tenido que soportar las censuras y los comentarios, tan estúpidos como inconsistentes, de gente que cree ver en él a un auténtico advenedizo, un guiri cualquiera, medio pirado, que ha venido a nuestra tierra a darnos lecciones de hispanismo.

Tanto es así que, en una de estas páginas, no pudiendo soportar tanta presión, en un momento desesperado, quizá con la moral por los suelos, Ian Gibson se hace eco de quienes le acusan de haber despilfarrado el dinero público; de no haber encontrado el Grial —léase: los restos del escritor Federico García Lorca—, con lo que, con el consiguiente, y más que comprensible, enfado, añade: “Lo mejor será que vuelva a mi pequeña mierda de isla y busque allí a mis antepasados”. Pero me temo que, en esta ocasión, sin embargo, para desesperación de esos estúpidos que se amparan en el anonimato de las redes sociales, terminarán ganando los buenos. Con lo que tendremos a Gibson para mucho más rato. Y bien que lo celebramos.

"Gibson vuelve sus pasos sobre uno de los asuntos que más polvareda ha levantado en las últimas décadas, el paradero de los restos del poeta asesinado Federico García Lorca"

Porque los españoles, no haría falta recordarlo, sino tan sólo poner el oído y escuchar de lo que se habla a nuestro alrededor con tan poco fundamento, no tenemos compostura. De ahí que me parezca muy oportuno que el autor ponga al frente, en la segunda parte de su libro, una cita de casi un desconocido para la mayoría, Estanislao Figueras, presidente inaugural del Poder Ejecutivo de la Primera República, quien, en 1873, dejó dicho al dimitir: “Señores, ya no aguanto más. Voy a serles francos: ¡estoy hasta los cojones de todos vosotros!”.

Así pues, Ian Gibson, que ha descubierto tantos secretos de gente ilustre que nos sigue importando a los españoles, pone manos a la obra, guiado por su fe, por su confianza, por el apoyo de una inmensa mayoría, entre los que hay que contar a quien firma esta reseña, vuelve sus pasos sobre uno de los asuntos que más polvareda ha levantado en las últimas décadas, diríamos que en este último medio siglo. Me refiero, claro está, al paradero de los restos del poeta asesinado Federico García Lorca.

En la primera parte del volumen, titulada “La fosa de Lorca: crónica de un despropósito”, se recoge un amplio texto, a modo de diario, que ya había sido publicado con anterioridad, aunque, por tratarse de una pequeña editorial provincial andaluza, no tuvo la repercusión que merecía. En una “Breve aclaración perentoria” que va al frente de las páginas que siguen, Gibson deja bien claro, para que nadie se llame a engaño y tenga constancia del tono con el que se va a encontrar, que, hoy en día, sigue siendo vergonzoso que, un siglo después, no se hayan encontrado todavía los restos “del poeta y dramaturgo español más traducido y amado de todos los tiempos”. Un escritor del que nadie pone ya en duda la calidad de la obra que nos ha legado y al que, con paciencia infinita, con seriedad y enorme respeto, Ian Gibson le ha dedicado sesenta años de su vida; ha sido, pues, su “gran aventura”, “el mayor privilegio de mi tránsito por este valle de lágrimas”.

"Gibson, con más paciencia que el santo Job, se ha tenido que enfrentar, de manera continuada, a fuentes periodísticas deficientes, parciales, interesadas"

El diario se extiende a lo largo de cuatro intensos meses que van desde finales de agosto de 2009 hasta el 21 de abril de 2010, semanas en las que sucedieron muchos acontecimientos relacionados con el paradero de los restos del autor de La casa de Bernarda Alba. Es cierto que Gibson no es Cervantes a la hora de expresar sus ideas y, en ocasiones, parece como si le faltara el término exacto para plasmar con mayor precisión sus pensamientos. Pero se esfuerza mucho en ello, y no duda en echar mano del diccionario o preguntar a los expertos para salir de dudas y entregar al lector un producto bien depurado, con una prosa y un estilo que más de un escritor nativo quisiera para sí mismo. No se anda por las ramas, deja a un lado los consabidos rodeos, y va al grano, llamando a las cosas por su nombre, y acusando, cuando tiene que acusar, con pruebas, más que evidentes, en sus manos.

Por ejemplo, a aquellos periodistas que no son capaces de ofrecer una noticia bien contrastada, que regalan titulares para para alegrar el oído del lector, que no saben distinguir entre lo que es importante y lo que es accesorio. Gibson, con más paciencia que el santo Job, se ha tenido que enfrentar, de manera continuada, a fuentes periodísticas deficientes, parciales, interesadas, al tiempo que tiene palabras elogiosas para ciertos reporteros —y pone sobre el tapete, con cierto orgullo, el nombre de Jesús García Calero— que han insistido en llegar al fondo de la verdad para que, de ese modo, Valle-Inclán, a través de su personaje Max Estrella, no nos tenga que volver a recordar aquello de que “España es una deformación grotesca de la civilización europea”.

Porque no sólo están los periodistas que no cumplen con el trabajo que les enseñaron en las universidades. También son de mucho cuidado todos esos políticos que no saben dónde tienen la mano derecha en materia de cultura y que, sin embargo, de la noche a la mañana, se muestran como consumados expertos en la materia. En otras ocasiones, aunque queriendo hacer bien su trabajo, cunde la informalidad propia de nuestro país, el vuelva usted mañana, la lentitud no de los bueyes, sino de la burocracia. Días y días para solicitar un permiso, unos papeles.

"Es imposible que, entre todos los sobrinos y, hasta hace unos años, los cuñados y hermanos, exista una opinión unánime e innegociable de dejar los restos de Lorca allá donde estén"

La pregunta que Gibson lanza al lector resulta toda una provocación para tanto tibio e indeciso que encuentra a su alrededor: ¿Querría García Lorca que le buscasen, que encontraran sus restos, que se supiera, punto por punto, a través de la moderna medicina forense, qué había sucedido en las últimas horas de su vida? Y la respuesta es positiva, alegando el autor que la recuperación de esos restos sería “un acicate y un aliento para que se siga con el trabajo de dignificación de todos los muertos”. De todos. Incluido García Lorca.

Ahí está Lorca (en alguna parte debe de estar Lorca) y, un poco más allá, como mirando los toros desde una infranqueable barrera, su extraña familia. Gibson, así como los lectores que se acerquen a estas páginas, tiene la sospecha de que ocultan alguna valiosa información. Es imposible que, entre todos los sobrinos y, hasta hace unos años, los cuñados y hermanos, exista una opinión unánime e innegociable de dejar los restos de Lorca allá donde estén, sin necesidad de tener que buscarlos, sin el trámite de llevar a cabo las consiguientes pruebas de ADN para su definitiva identificación. ¿Un pacto secreto entre los herederos? Ni qué decir tiene que, para la familia Lorca, Ian Gibson es una especie de objeto no identificado, una auténtica mosca cojonera con tanta insistencia.

"Gibson se aferra al hecho de que García Lorca, y así mismo lo expresa, con esas mismas palabras, no es un muerto cualquiera"

Pero Gibson sabe muy bien el terreno que pisa, y sabe defenderse solo, con lo que en la segunda parte de este excelente volumen, que llega a encoger el corazón del lector por todo aquello que se cuenta, aportando valiosos datos, deja constancia del aprovechamiento por parte de la familia del nombre y de los apellidos de García Lorca, y pone como ejemplo el hecho de que en una octavilla de un mitin electoral del PSOE de Granada de 1977, figure, con negritas, el nombre de Manuel Fernández-Montesinos García-Lorca: “la prueba contundente de que, aunque férreamente opuestos a la búsqueda de los restos del poeta, sus familiares estaban dispuestos ya a apropiarse, cuando interesaba, de su carismático segundo apellido”.

Gibson se aferra al hecho de que García Lorca, y así mismo lo expresa, con esas mismas palabras, no es un muerto cualquiera. Se ha convertido, sobre todo por la repercusión internacional de su obra, en patrimonio universal, en una parte de todos nosotros, por lo que no se trata, únicamente, de un asunto familiar que haya que dilucidar entre unos cuantos herederos, dejando al margen al resto del universo.

El reputado hispanista irlandés, con fina ironía, con enorme desencanto, haciendo alarde de su “lorcamanía vitalicia”, hace un sorprendente anuncio en las páginas finales de la obra: vistas todas las dificultades con las que se ha ido encontrando en su largo y espinoso camino, promete dedicar, si le queda tiempo, los próximos años a la figura de su paisano James Joyce, el autor de Ulises, que también pasó las de Caín para ser comprendido entre propios y extraños.

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Autor: Ian Gibson. Título: No me encontraron. La fosa de Lorca: crónica de un olvido. Editorial: Aguilar. Venta: Todostuslibros.

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