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Gay Talese se merece un respeto

La publicación en España de El puente, de Gay Talese, ha levantado de nuevo las iras contra uno de los mejores periodistas del siglo XX. No se le perdona el error —terrible— de haberse tragado la historia de El motel del voyeur. Si condenáramos a todos los periodistas que se han tragado una historia, deslumbrados por el resplandor de un gran reportaje, las redacciones se quedarían vacías.

Se puede ver en Netflix un muy interesante documental sobre las falsedades que rodearon El motel del voyeur, extraordinaria obra de ficción escrita con el realismo y las técnicas literarias de los mejores reportajes. El documental tiene la apariencia de un making of de lo que iba a ser un grandísimo corolario a una grandísima carrera de periodista y que acabó siendo una grandísima guinda de mierda. La película no saca de dudas sobre qué fue lo que realmente pasó, pero el enfrentamiento entre los dos grandes egos, el del presunto voyeur y el del escritor pagado de sí mismo que quiere a toda costa creerse el cuento, es en sí una historia apasionante y aleccionadora. Muchos periodistas que hoy desprecian a Talese, atrincherados en su púlpito en las redes sociales, deberían mirarse en ese espejo que es el mirón y hacer balance sobre qué han aportado ellos al periodismo.

"Si condenáramos a todos los periodistas que se han tragado una historia, deslumbrados por el resplandor de un gran reportaje, las redacciones se quedarían vacías."

El gran error de Talese —que ni mucho menos invalida toda su carrera— fue no parar el libro, admitir su error, pedir perdón, revisar el contenido, comprobar cada dato, corregir lo que tuviera que corregir y publicarlo, entonces sí, con una inmensa banda en la portada que rezara: Una historia de ficción basada en hechos reales.

Admitamos que Talese es una mala persona. Lo siento, pero, tras muchos años de profesión no puedo compartir la melaza del admirado Kapuściński. Eso de que para ser buen periodista hace falta ser buena persona no es más que una ocurrencia simplona e infantil. La inmensa mayoría de los grandes periodistas que me he tropezado no eran angelitos. En esta profesión, como en la vida, hay buenas personas y malas personas. ¿Alguien se atrevería a destacar por su bondad personal a Tom Wolfe, Oriana Fallaci, Ben Bradlee, Carl Berstein, García Márquez, Ernest Hemingway, John Reed, George Orwell, Jack London, Norman Mailer, Günter Wallraff o Alejandro Sawa? Yo, no. ¿Alguien se atrevería a decir que eran malos periodistas? Espero que no. Al ser parte interesada, dejo al lector el juicio sobre lo angélicos o diabólicos que son los periodistas españoles de ahora.

"Eso de que para ser buen periodista hace falta ser buena persona no es más que una ocurrencia simplona e infantil. La inmensa mayoría de los grandes periodistas que me he tropezado no eran angelitos."

Talese es mala persona por muchas más razones que por haber puesto poco celo en la comprobación de una historia. Para empezar, es un egocéntrico y un egoísta que solo piensa en sí mismo. Es capaz de sacrificar a su propia familia por un reportaje; de hecho, dejó a su mujer plantada en casa, con un bebé de meses, para vivir todo tipo de experiencias sexuales que se convirtieron en La mujer del prójimo. Su obscenidad llega a tal punto de autoproclamarse defensor de los obreros explotados mientras calza unos zapatos de 3.000 dólares. Trapicheó con su amigo Donald Trump para que le dejara en sus hoteles 200 habitaciones gratis (ya sabemos que no hay nada gratis), en las que alojar a los periodistas asistentes a un congreso. Traicionó las confidencias de sus compañeros de redacción del New York Times para escribir la ya clásica visión del periodismo desde dentro El reino y el poder. Perdonó los crímenes de los mafiosos tras confraternizar con ellos y convertirlos magistralmente en seres humanos corrientes en Honrarás a tu padre.

"Talese dejó a su mujer plantada en casa, con un bebé de meses, para vivir todo tipo de experiencias sexuales que se convirtieron en La mujer del prójimo."

Por si fuera poco, le gusta meterse en todos los charcos. Es un mete patas profesional, un viejo un poco chocho que desafía lo políticamente correcto. Es sabido que los ancianos y los niños son los únicos que dicen la verdad. Cuando le preguntaron sobre qué asunto escribiría ahora un gran reportaje, no se le ocurrió nada mejor que decir: «Sobre Kevin Spacey, sobre lo que tiene que suponer pasar de ser el mejor actor vivo a ser considerado un ser vil, a ser erradicado del mundo”. Pasado el primer shock, no queda más remedio que reconocer que el viejo sabueso conserva el olfato: sería una grandísima historia.

Queda claro que Talese no encarna precisamente el prototipo de lo que el santo Kapuściński llama buena persona. Pero Talese escribió probablemente una de las diez mejores piezas periodísticas del siglo XX: Sinatra está resfriado, un impagable perfil de La Voz, después de que le negara una entrevista. Tenemos mucho que agradecer a Talese. Es el maestro de esa técnica que consiste en centrarse en las historias menores: “Nunca serán menores si lo haces bien”.

"Talese escribió probablemente una de las diez mejores piezas periodísticas del siglo XX: Sinatra está resfriado."

Eso es El puente (1964), su segundo libro, la historia menor de una proeza del hombre, la magnífica sucesión de historias pequeñas sobre esas hormigas obreras que levantaron el entonces puente más grande del mundo: el Verrazano-Narrows, que une Brooklyn con Staten Island. Se trata de una serie de reportajes escritos para el New York Times a lo largo de los cinco años que duró la construcción. Hubiera preferido haber leído la historia de la construcción del AVE a la Meca o de cómo se levantaron las cuatro torres en Madrid, pero a ningún periodista español se nos ha ocurrido.

Sostiene Talese que ama tanto el periodismo porque le ha permitido “conocerse a sí mismo conociendo a otros”. Somos muchos los que nos hemos conocido conociendo las historias de Talese. Porque cualquier aprendiz de periodista sabe que las cosas no son blancas o negras, los inquisidores de la profesión deberían perdonar a Talese, ese mal nacido que obra el milagro de convertir las historias menores en grandes historias.

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