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Giuseppe Caputo: “Es muy fácil quedar atrapados, como pueblos, en las heridas históricas”

Giuseppe Caputo: “Es muy fácil quedar atrapados, como pueblos, en las heridas históricas”

Al poco de que muriera su padre, Giuseppe Caputo (Barranquilla, Colombia, 1982) regresó de su ciudad natal a Iowa City, donde enseñaba Español y estudiaba Escritura, y se abrió una cuenta en la red social Grindr. Un tal Dominante 56, sin saludar, le preguntó: “¿Qué tan sumiso eres?”. “Mucho”, respondió el estudiante. Y quedaron. Dominante 56 fue a recogerlo a su casa en un jeep Gladiator nuevo. Era un americano rapado con un bigote negro largo que le bajaba por la barbilla. Pasado un rato, le tildó de mentiroso: “You’re not white”. “Pone que soy latino”, le respondió Caputo, “Hispanic. Puedes mirarlo en tu celular”. Le llevó, a 140 kilómetros por hora, a un maizal congelado. Caputo pensaba que le iba a pasaportar: “No me gusta esto. Llévame, por favor, a la casa”. El yanqui le intentó tranquilizar: “¡Nos estaban persiguiendo! ¡Querían robarme el carro! No ves que es un jeep Gladiator último modelo? Te estoy llevando a tu casa, ¿ves? Estamos yendo hacia tu casa”.

—¿Esto sucedió de verdad? —le preguntamos.

—Absolutamente —responde, con una carcajada atómica.

La frontera encantada (Random House, 2026) es una novela de máscaras, heridas y deseo. La memoria es el bloque de mármol con el que el escritor Caputo, estilete en mano, ha esculpido una novela sórdida, catártica, dura, divertida, humanísima. También política: en la escena del jeep, cuenta a Zenda, trascienden el extravío político, “la homofobia dentro de la escena gay” y el racismo de su abuela materna, colombiana, quien presumía de que su hija se había casado con un europeo y, por tanto, sus nietos ya eran blancos. “Pero lo que dice el hombre blanco gringo es —declara Caputo— es que no es blanco”. Conversamos en la sede de Penguin.

*****

—Señor Caputo, cuando mira por el retrovisor de su vida, ¿qué ve?

—Ya que usas la palabra retrovisor, me veo intentando aprender a manejar (risas). Y reconociendo que no doy pie con bola. La última vez que traté de manejar fue cuando mi papá murió, y me llevé una rosaleda por delante.

—¿Qué tal se lleva con los espejos?

—Bueno… Primero los evitaba. Tengo un primer recuerdo de haberme visto en un espejo y pensar…, me imaginaba diferente. En general, los evito, pero también los reconozco como un objeto con el que es posible conocerse. También lo reconozco como un objeto en el que es posible quedar mortalmente capturado, como Narciso.

—¿Qué tipo de espejo es La frontera encantada?

"Es un espejo que son muchos espejos, como los laberintos de las casas de atracciones"

—Un espejo que primero mira la herida y luego mira el deseo. Un espejo que busca no instalarse en la herida y reconocer que en las heridas, que siempre son colectivas, sociales, es posible quedar mortalmente capturado. Es un espejo que son muchos espejos, como los laberintos de las casas de atracciones. Por un momento son espejos que distorsionan de manera divertida; otras, de una casa de horror.

—En una novela con tanta memoria, ¿qué papel juega la imaginación?

—Todo. La imaginación no entra nunca a distorsionar o a falsificar, sino a reordenar. Para mí, el esfuerzo y el trabajo de este libro fue reordenar cronológicamente muchas escenas para que las heridas no cristalizaran, sino que provocaran una emancipación. De nuevo, es muy fácil quedar atrapados, no sólo como individuos, sino como pueblos, en las heridas históricas. Y es fácil, partiendo de esa insistencia en la herida, volverse perpetuador.

—Cuénteme sobre el “hechizo social” de su abuela.

—Realmente, encontré los dibujos que están en el libro en una caja cuando mi mamá se mudó de la casa original. Me impresionó mucho verme, sobre todo, con esa línea que está en el primer retrato. Me impresionó que, eso que decía mi abuela de tener un lado elegante y un lado vulgar, cuajara tanto dentro de esa mente infantil. A tal punto de dibujarse con la línea en la mitad de la cara. Revela un complejo de inferioridad que está muy vivo en el Caribe, un nudo colonial. De alguna manera, ella pensaba que la hija, al haberse casado con un europeo, ya había tenido un ascenso social.

—Un supuesto romano de Roma… que es de un pueblo pequeño de Calabria.

"Para mí, ante un complejo de inferioridad, hay dos caminos principales. Por un lado, volverse ultraaspiracional"

—Exacto. Para mí, ante un complejo de inferioridad, hay dos caminos principales. Por un lado, volverse ultraaspiracional, tratar de estar en una mejor posición dentro de ese orden social, económico y conservador que, para mí, hay que cambiar; por otro, uno se politiza, adquiere conciencia política. Es un camino más largo y más difícil. La abuela quiere que los nietos se vuelvan aspiracionales.

—“¡Son unos atarbanes!”, decía, “quieren quedarse así, como están: ¡no quieren superarse!”.

—Claro. Además, hay una idea de que la educación es etiqueta. En la novela hay una palabra que aparece mucho: “corroncho”. No es exactamente “hortera”, pero tiene una connotación similar. En Barranquilla está muy reapropiada. El “corroncho alegre” es alguien que, decidida y conscientemente, se aleja de unos códigos sociales, sobre todo, vinculados a una élite, y de manera burlona, se aleja de eso. Mi abuela sufría mucho con esa decisión.

—Cuando le contó su historia con María, su abuela “dejó entrever la posibilidad de una transformación”: “El abrazo al débil y no al poderoso”.

—Lo más fácil, para mí, era no incluir esa escena. Sin embargo, era importante mostrar eso: como me contó esa historia poco antes de morirse, la historia se subraya, ¿sabes? ¡Fue la última historia que contó antes de morir! Eso provoca un énfasis.

—¿Es capaz de diferenciar su cara de su máscara?

"La máscara es la expresión que se hace ante una persona que está más arriba en la jerarquía social"

—Ahora sí. Antes de escribir el libro, entendía la máscara de otra manera, como algo que oculta, efectivamente, pero no lo había entendido como algo que oculta una conciencia o una intuición política. La máscara es la expresión que se hace ante una persona que está más arriba en la jerarquía social. La cara sería la conciencia política. Las máscaras, tanto las que se ponen los poderosos como las que se ponen los débiles, preservan el orden. Un orden conservador.

—Señala que “máscara” e “hipocresía” no son lo mismo. El complejo de inferioridad es un elemento clave.

—Sí. Porque la hipocresía es, simplemente, hablar mal de alguien y luego darle un besito y todo eso. La máscara tiene que ver con hacer una pleitesía que reitera una jerarquía con la que uno mismo no está de acuerdo. En Barranquilla hay una palabra que sólo puede salir de Barranquilla: “espantajopo”. Es una persona que busca demostrar con las marcas de la ropa o yéndose a restaurantes caros…, es como una exhibición de poder y de riqueza. En Barranquilla surgió esa palabra porque se intentaba nombrar algo que se veía con tanta frecuencia.

—¿Alguna vez, mientras se ponía una máscara, se ha dañado la cara?

—Uno siempre se daña la cara, entendiéndola como sensibilidad política. Cuando uno es consciente de que a veces lo hace inconscientemente, ya menos lo hace y menos lo reproduce.

—Para usted, ¿qué es un hombre —o una mujer— poderoso?

"El poderoso del poder político o del poder económico se beneficia de la jerarquías sociales"

—Hablamos de poder económico y político. Sobre todo, es alguien que, desde su posición, perpetúa una inferiorización, una discriminación. El poderoso del poder político o del poder económico se beneficia de la jerarquías sociales y, en ese sentido, no le interesa una transformación que beneficie a las personas más precarizadas.

—¿El poder corrompe o desvela?

—Depende. No tengo este cinismo de decir que siempre hay corruptos: esa es una forma de desactivar políticamente las opciones de cambio. Si corrompe, hay que decirlo. Cualquier idea utópica tiene el peligro de su perversión. Hay que observar esa posibilidad siempre y señalarla. Y públicamente. Mi politización vino porque, como gay, uno vive una expulsión de los centros afectivos de la derecha: familia, colegio, la Iglesia…, esa es como la primera experiencia que uno tiene. Luego, empecé a leer a los cubanos. Antes que anochezca, de Reinaldo Arenas, también me mostró que esa expulsión también salió de una izquierda que tuvo, además, un devenir dictatorial. Creo que es muy común la experiencia de extravío político en personas que han sido inferiorizadas históricamente, perseguidas históricamente. En este caso, bíblicamente injuriadas. Es una cosa muy antigua. Además, el extravío es aún mayor cuando pareciera que todo ha mejorado. Indiscutiblemente, hemos mejorado muchísimo. Cuando era chiquito, no se sabía todavía cómo se pegaba el sida, y decían: “¡No salgas descalzo!” (risas).

—¿Hay algo de todo esto en la escena que comentábamos antes –la del jeep–, fuera de micrófono?

"En mi primer libro, Un mundo huérfano, también miro mucho eso: la homofobia dentro de la escena gay"

—Sí. En mi primer libro, Un mundo huérfano, también miro mucho eso: la homofobia dentro de la escena gay y un sexo que muchas veces está lleno de autoviolencia o violencia con el otro. En esa escena, la palabra clave es white: apunta o habla de otra manera de lo que la abuela pensaba. La abuela decía: “Se casó con europeo, ya es blanco”. Pero lo que dice el hombre blanco gringo es: “No es blanco”. También, en esa escena quería hablar de la ansiedad y de la depresión. Son palabras que uno mete en la constelación psiquiátrica o psicologista, pero yo quería mirarlas desde la literatura: qué se siente, cómo es la experiencia de la ansiedad, de la depresión…

—Habla sobre “La Gran Represión” y sus tiempos históricos y estados psíquicos. ¿Usted ha pasado por todos?

—Sí. Todos. Ahora, por ejemplo: con Trump, las personas trans están en peligro. El lenguaje apunta hacia una eliminación. Esas cosas hay que detectarlas inmediatamente: son bolas de nieve que crecen. Ya lo hemos visto históricamente. Cuando uno está más emancipado de tantas taras, se queja de la marcha gay: “Ay, está supermercantilizada, puras marcas, puras no sé qué…”. Pero esa misma marcha puede ser un horizonte de futuro para un niñito que está empezando. Pienso que el tiempo no es uno solo, sino que hay muchos tiempos al mismo tiempo. Pienso el tiempo como un cielo nocturno: hay muchas estrellas, y cada una de ellas viene de un tiempo distinto al anterior. Así pienso que es todo: en la sociedad, en cada persona…

—Va la última: con la que está cayendo en el mundo, ¿qué es lo más inteligente que puede hacer un escritor?

—No naturalizar el fascismo. Hay muchas formas de naturalizar el fascismo. Formas que, inconscientemente, por miedo o por silencio, naturalizan el fascismo. Hay que mirar, y mirar las conexiones. Por ejemplo: cuando uno empezó a denunciar lo de Gaza…, perdón, lo de Palestina, porque decir Gaza es una manera de no decir Palestina, la gente decía: “Ay, ¿por qué no hablas de lo que pasa acá?”. Y es como: “Bueno, pero es que esto está pasando también en el Caribe”. Vimos en directo una conquista.

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