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Glenn Gould en mi gimnasio

Las gotas de sudor que me caen de las gafas al pantalón, al caballete de la bici o a veces al suelo no son suficientes para decir que forman un charco, ni mucho menos. Digamos que son cuatro goterones que maquillan mis esfuerzos de fin de semana (ojo, también hay martes o jueves que acudo al salir del trabajo). Miro de reojo la televisión para convencerme de nuevo de que no me interesa nada y sigo pedaleando. Ya estoy en el nivel 3, que hasta hoy lo veía como aceptable, mientras me paso la toallita (sin dejar de pedalear) por la frente porque enseguida me parece que dejar caer el sudor al suelo es una marranada, sobre todo viendo a mujeres sudamericanas con uniforme limpiar cada poco los goterones que han caído en otros caballetes, una servidumbre que me parece humillante. ¿Cuánto cobrarán? ¿Es mejor no saberlo?

"El nivel 3 es una tontería. Hoy mismo, a la izquierda, un muchachote pedaleaba al 10. Menos mal que se fue pronto, porque era una humillación constante"

El nivel 3 es una tontería. Hoy mismo, a la izquierda, un muchachote pedaleaba al 10. Menos mal que se fue pronto, porque era una humillación constante. Miro al de la derecha y al de la izquierda por cotillear, por pasar el rato; un poco por medirme, hasta que compruebo que es mejor no levantar la vista del reloj de la pantalla incorporado a la bici: veo cómo cambian los números en silencio porque añoro el reloj de pared de casa, que sin duda es majestuoso aunque no ampuloso, con esas campanadas solemnes que inundan el salón, el pequeño pasillo, se adentran en el hall de entrada, se expanden por los recovecos de la cocina y llegan hasta mi dormitorio que en noches de insomnio me dan la suficiente confianza de que el reloj no se ha dormido, que vela mis sueños, que pone en su sitio a los libros, la ropa, los cuadros, el perchero, los sofás, las estanterías y las fotos de otras épocas.

"No sé si hago el ridículo, si el ímpetu sirve para algo, pues luego abro la nevera con hambre medieval y me dejo caer en la cama durante dos horas esperando recuperar el resuello que no ha de volver"

Al gimnasio acudo con el propósito vago de cumplir con la recomendación médica, un intento inútil que devuelva cierta prestancia a la rodilla operada, para que no aguante demasiado peso, y si no hay nadie cerca me acerco hasta una báscula que señala que ya he bajado de los 85, que ando por los 82 y algo, para descender luego hasta las duchas con el cuerpo maltrecho y el ánimo confundido. No sé si hago el ridículo, si el ímpetu sirve para algo pues luego abro la nevera con hambre medieval y me dejo caer en la cama durante dos horas esperando recuperar el resuello que no ha de volver. Eso sí, apunto en un papel pegado con celo a la columna de la cocina que he hecho lo mismo que la vez anterior (fecha, minutos de bici y las 100 veces que estiro, como postre, un cuerda metálica que me hace mover en un banco de remo; es cuando me acuerdo de las veces que contemplaba con envidia en Sevilla a los que al aire libre remaban Guadalquivir arriba, Guadalquivir abajo a un ritmo sostenido (“estos igual son capaces de ir hasta la desembocadura y volver”), o cuando vi entre la algarabía inglesa la regata que se disputan Oxford y Cambridge, con sus uniformes recién planchados y sus jadeos universitarios de estudiantes de cachemir, muy otros de las regatas populares de la ría del Nervión, desde Santurce o Portugalete, donde se jalea al Kaiku mientras se apuestan los vinos de después de la competición. Conocí años después a un empresario teatral que de chaval formaba parte de una trainera de Pasajes, fibroso y atlético, de andar derecho, noblote y con la cara cortada a cuchillo; siempre que hablaba con él pensaba que ojalá hubiera sido él, cómo sería ser vitoreado al final de la regata, ser alzado a hombros hasta el bar, ser abrazado y por unos minutos creerte héroe del pueblo. Pero nada, ni por asomo, cada uno en su sitio, y el mío es remar en la planta segunda de un gimnasio sobre un banco corredizo una, dos, tres veces… tres series de 33 impulsos, levantarte renqueante y comprobar ante la báscula que pesas lo mismo que hace cuatro días, ni más ni menos; quizá es que está estropeada y no seré yo quien lo pregunte para evitar el bochorno, y al llegar a casa veo que también la mía sigue erre que erre, pero como mi báscula es vieja y barata, puede que se haya atascado, o que tuviera que cambiar de pila. Ya, pero ¿y si sigue en sus trece? Pues no la cambio y me quedo con la duda, pero al menos no me siento humillado).

"Me preguntaba cómo se podría pedalear al nivel 5 a la vez que se intenta entender cómo atacaba aquel virtuoso las Variaciones Goldberg de Bach"

Por no hablar de otro chavalote tirando a bajo, cetrino y hosco que un día apareció en la bici de al lado con un libro sobre Glenn Gould editado por Acantilado. Sí, no me he confundido. El zagal leía sin mover un músculo de la cara un ensayo sobre el quizá mejor pianista del siglo XX, un excéntrico de armas tomar. Miré sin disimulo varias veces la portada hasta saber el título y cuando ya se iba me preguntaba cómo se podría pedalear al nivel 5 a la vez que se intenta entender cómo atacaba aquel virtuoso las Variaciones Goldberg de Bach, por decir algo. Al menos no tenía mi vecino ciclista (y yo sí) las Conversaciones con Glenn Gould, de Jonathan Cott (Global Rhythm), pues se lo pregunté. Eso me tranquilizó, en parte. Ese mismo joven apareció hoy con un tocho del que no logré ver el título. “Para ti la perra chica”, me dije, y abandoné la bici, el gimnasio y vaya usted a saber si me doy de baja para siempre.