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God save The Kinks

God save The Kinks

The Kinks han representado siempre una acreditada tercera vía para quienes, a la hora de enfrentarse a la eterna disyuntiva de si los Beatles o los Rolling, optaban por evidenciar que había vida inteligente más allá de los dos grandes buques insignia del pop-rock británico. Pese a que las canciones del grupo puesto en pie por los hermanos Ray y Dave Davies no han dejado de sonar desde que se iniciara su andadura en 1963 —en su registro original o en cualquiera de las muchas versiones que se han hecho de algunas de sus piezas más emblemáticas—, y aunque su trayectoria fuese lo suficientemente dilatada para dejar poso en varias generaciones, da la impresión de que sobre el legado kinkie se ha cernido una injusta sombra propiciada por la ciclópea talla que en el imaginario popular han alcanzado sus dos compañeros de viaje. No empleo el adjetivo de forma casual: no es que los discos de The Kinks no desmerezcan en absoluto si se los compara con los que llevan la firma de las formaciones de Lennon y Jagger; es que, en muchas ocasiones, no tarda uno en colocarlos  no sólo al mismo nivel, sino incluso unos pocos peldaños por encima.

"Tienen esta clase de libros el riesgo de que los árboles de la admiración impidan ver el bosque de los hechos tal cual fueron."

Quizás porque The Kinks nacieron en un momento en el que no andaba España muy predispuesta a aceptar injerencias extranjeras en el plano cultural, o quizá por lo ya apuntado sobre el tamaño descomunal que alcanzaron bien pronto sus colegas, era difícil dar en nuestro país con una bibliografía adecuada que permitiera calibrar en su justa medida las bondades y la peripecia de un grupo fundamental para comprender la evolución de la música popular a lo largo del pasado siglo XX. Estaba el seminal The Kinks, escrito por Mikel Barsa y publicado por Júcar en 1987, es decir, cuando el grupo se encontraba aún en activo, pero no existía ningún título que, una vez consumada su disolución allá por 1996, diera cuenta de su andadura desde una perspectiva abierta y global. Es ésa la laguna que viene a llenar Atardecer en Waterloo (Sílex), un libro en el que Manuel Recio e Iñaki Gil ponen orden en el ajetreado sueño de los hermanos Davies y configuran lo que en algunos medios ya se ha calificado como la Biblia española de los Kinks.

Tienen esta clase de libros el riesgo de que los árboles de la admiración impidan ver el bosque de los hechos tal cual fueron. Dicho de otro modo: puede que la rendida pasión por aquello sobre lo que se escribe provoque una idealización exacerbada que cuestione el resultado del empeño. No es el caso de este libro en el que Recio y Gil, al tiempo que se reconocen como seguidores irredentos del grupo, echan mano de sus respectivas experiencias profesionales —el primero es periodista; el segundo, matemático especializado en el análisis de datos— para poner en pie un volumen colosal, por su contenido y por sus dimensiones, en el que se proporcionan claves y se dan respuestas, se recrean escenas paradigmáticas en la biografía del grupo y se aporta un muy exhaustivo inventario de referencias para que sigan indagando aquellos que, una vez avistado el panorama, pretendan profundizar en sus aristas. «Vivimos en una fantasía de rock and roll», escriben en la primera frase, y por los entresijos de esa fantasía se traslada en volandas a un lector al que ni siquiera se le pide un conocimiento previo del tema que se trata. Ése es uno de los grandes aciertos de este libro: el de conseguir satisfacer tanto a seguidores acérrimos como a los curiosos que se aproximen a sus páginas sin una idea clara de lo que pueden encontrar en ellas. El otro tiene que ver con esa doble condición a la que me refería antes: junto al relato más o menos novelado de la vida y milagros de los Davies y sus compinches —muy bien escrito, por cierto—, se incorporan notas y añadidos suficientes como para que este libro no se agote en sí mismo, sino que abra la puerta a nuevas exploraciones en la órbita del universo kink.

"La obra, que incorpora un buen puñado de fotografías, algunas inéditas, suponía una invitación tan golosa que ni siquiera Dave Davies estaba dispuesto a perdérsela."

Se suman a la fiesta Luis Lapuente, que comenta la discografía oficial en párrafos medidos y certeros, y El Gran Wyoming, que representa a esa generación que se asomó al mundo con la música de The Kinks y firma un sentido prólogo donde da cuenta de las causas de esa fascinación casi adolescente: «[Los Kinks] eran los chicos del barrio, los cronistas de aquella Inglaterra que desde la visión en primeros planos nos presentaban un discurso universal, porque los problemas reales de la gente son siempre los mismos, en cualquier lugar del mundo.» La obra, que incorpora un buen puñado de fotografías, algunas inéditas, suponía una invitación tan golosa que ni siquiera Dave Davies estaba dispuesto a perdérsela. El colíder de The Kinks firma una breve carta de presentación en la que recuerda su fascinación por Don Quijote, Salvador Dalí y Andrés Segovia al mismo tiempo que evoca, es un decir, la gira que les trajo por estos pagos en la década de 1960. El colofón del saludo es tan inesperado que sólo cabe calificarlo de brillante: «No quisiera acabar sin destacar otra cosa más de España: tiene grandes futbolistas que saben jugar realmente bien». Cómo no va a salir uno de este libro proclamando con ardor que God Save The Kinks.

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Título: Atardecer en Waterloo Autores: Manuel Recio e Iñaki García Editorial: Sílex Ediciones Venta: Amazon, Fnac y Casa del libro

Material adicional: www.atardecerenwaterloo.com