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Gog, de JJ Benítez: empieza la cuenta atrás

Gog, de JJ Benítez: empieza la cuenta atrás

«La información contenida en Gog es tan importante que, probablemente, es falsa. Sinceramente, si no lo lee, mejor para usted…». JJ Benítez define con esta frase lo que se va a encontrar el lector al adentrarse en el mundo de Gog. La nueva novela del autor de Caballo de Troya llega a las librerías españolas el jueves 6 de septiembre.

 

Una de los protagonistas de Gog se llama Stare. Se trata de una mestiza, nacida en la reserva india de los sarsis, al pie de las montañas Rocosas, muy cerca de Calgary, en la provincia canadiense de Alberta.

Stare significa «la que mira descaradamente».

Los sarsis, su pueblo, son una vieja tribu. Pertenecen al grupo de los athapascan. Poblaron el norte de Canadá desde tiempos inmemoriales, cuando el «Aro Sagrado sobrevolaba bosques y llanuras». Han emparentado con muchas otras tribus; especialmente con los pies negros. Durante siglos se dedicaron a la caza del búfalo y a la interpretación de los sueños. Los sarsis son especialmente conocidos por sus hechiceros o soñadores. Son capaces de «volar» con el pensamiento más allá de las estrellas y de comunicarse con los suyos a través de las ensoñaciones.

Stare ronda los treinta y dos años. Es una mujer bellísima en la que destacan unos ojos verdes y rasgados, su altura y su inteligencia. La piel es color bronce. Los cabellos, negros como el azabache, caen hasta la cintura; casi siempre recogidos en dos trenzas. La nariz es breve, adornada con un anillo de plata que la perfora. Se lo regaló su madre cuando abandonó la reserva. Los labios son gruesos y sensuales, y los dientes pequeños y algo desordenados. Aunque las manos son largas y delicadas, ella toca primero con la mirada. Nada se le escapa. Sobre el pecho, casi infantil, descansa un diente de oso, regalo de su padre.

Pero lo que hace especial a Stare son las plantas de los pies y su capacidad para «volar» con la mente.

Nació con sendas estrellas de David en las referidas plantas de los pies. Los soñadores de la tribu quedaron maravillados. Y ya, desde niña, «la que mira descaradamente» se distinguió por su capacidad para observar las estrellas. Llegó a contarlas: ocho mil (a simple vista).

Stare, además, es capaz de «volar» al interior de cualquier cosa. Cierra los ojos, se concentra y da el salto al fondo de una roca, de una flor o de una nube.

Stare es tranquila, pero terca como una mula. Si decide algo, nada la apartará de su objetivo. Por eso aquella mañana, al presentarse ante sus padres y expresar que deseaba estudiar, Fuego Nuevo y No English supieron que el Destino de Stare estaba trazado.

No English, padre de Stare, era blanco. Había emigrado a las Rocosas. Allí trabajó como leñador y trampero. Era un hombre recio, de escasas palabras, y todo corazón. Se enamoró de Fuego Nuevo y no tardaron en casarse.

Stare fue llevada a Calgary. Allí estudió. Y la muchacha demostró un gran talento. Después pasó a Cambridge, en Massachusetts. Su pasión seguían siendo las estrellas. Tras doctorarse en Astrofísica, trabajó cinco años en el Observatorio Smithsoniano, así como en el Centro de Astrofísica de Harvard.

Se especializó en nebulosas.

Ahora trabaja en el Observatorio del Cerro Tololo, en las proximidades de La Serena, en Chile.

Es una de las responsables de la Cámara de la Energía Oscura, un dispositivo de gran precisión, montado sobre el telescopio Víctor Blanco, de 4 metros de diámetro.

Con Stare trabajan científicos de otras nacionalidades; especialmente estadounidenses pertenecientes a AURA (Asociación de Universidades para la Investigación Astronómica).

Stare y el resto de sus colegas (casi trescientos) se encuentran empeñados en un ambicioso proyecto. Lo han llamado el «Sondeo de la Energía Oscura», una singular y desconocida sustancia que provoca el alejamiento de las galaxias y, en definitiva, el «desgarramiento» del cosmos.

Para ello, Stare y el resto disponen de un delicadísimo sensor de imagen, ubicado en la Cámara de Energía Oscura, con un total de 74 dispositivos de carga acoplada. Con ello pueden rastrear el firmamento, detectando lo indetectable.

La energía oscura —según los científicos— representa el 70 por ciento de toda la masa y energía del universo, o mejor dicho, de todos los universos.

El proyecto de «Sondeo de la Energía Oscura» ha permitido la elaboración de un mapa de alta resolución con más de 200 millones de galaxias.

El equipo de Stare trabaja, básicamente, en cuatro grandes campos: investigación de ondas acústicas, lentes gravitatorias, supernovas Ia y grandes cúmulos de galaxias. Estos últimos, según lo detectado y cartografiado en el cerro Tololo, pueden alcanzar una masa superior a los mil billones de soles.

En definitiva, la cámara instalada en el telescopio Víctor Blanco es la más sensible del mundo, con notable diferencia. Con sus 570 megapíxeles, la Cámara de la Energía Oscura está capacitada para fotografiar a Dios, si es que existe. Eso dicen sus técnicos y científicos.

Hasta el momento, Stare y su gente han cubierto 5.000 grados cuadrados de firmamento, consiguiendo fotografiar millones de galaxias y ratificando la sospecha del genial Edwin Hubble: los universos se están expandiendo y a velocidades inimaginables (miles de millones de kilómetros por segundo).

YURI

De vez en cuando, Stare levantaba la vista y consultaba el reloj de la sala de control de la Cámara de la Energía Oscura.

—Ya debería estar aquí —susurró—. Yuri nunca se retrasa…

Y la mestiza regresó al monitor de control del telescopio. Varió las coordenadas y contempló, feliz, una segunda imagen de su nebulosa favorita…

Ascensión recta, 18 horas, 18 minutos, 48 segundos… Declinación, 13 grados, 49 minutos.

Y «M-16» surgió en la pantalla, bellísima.

La nebulosa del Águila se hallaba en esos momentos a 5.700 años luz de la Tierra.

Stare llevaba años estudiándola. Sabía que era un nido de estrellas. En esos momentos, el cúmulo reunía 460 soles y se alejaba de nuestro mundo a casi 65.000 kilómetros por hora.

Y la mestiza sarsi buscó por detrás de los «pilares de la creación», las gigantescas columnas de gas que distinguen a «M-16».

Activó el sistema ADONIS y exploró la zona con la ayuda del infrarrojo cercano.

Allí estaba…

Detrás de una de las «columnas» se presentó una galaxia con forma de feto. Pero lo más asombroso es que parecía crecer como lo hace una criatura humana.

Stare, maravillada, siguió fotografiándola.

Según el ordenador central, la galaxia-feto se encontraba a 40.000 años luz.

«¿Cómo es posible —se preguntó—. Tiene cabeza, tronco y pies… E, incluso, un cordón umbilical que le sale del vientre… ¡Dios mío! ¿Me estoy volviendo loca?».

Y la astrofísica verificó lo que ya sabía: la galaxia, con una longitud de millones de kilómetros, emitía un singular sonido. Eran ondas de radio que estallaban como los latidos de un corazón…

Stare volvió a consultar el reloj de la sala.

En ese instante entró Yuri.

Traía dos cafés humeantes y una hoja de papel entre los pequeños labios.

Depositó los vasos de plástico en la mesa de los monitores y se hizo con la hoja de papel. Después se sentó junto a Stare y la contempló en silencio.

Stare no la miró. Y siguió absorta en su descubrimiento: la galaxia-feto.

Yuri era coreana y ayudante de Stare. Era también astrofísica. Se hallaban embarcadas en el mismo proyecto, aunque a Yuri le interesaba más la composición de los «pilares de la creación». Sabía que cada columna es puro gas de hidrógeno frío y polvo interestelar, pero no lograba entender cómo de dichas columnas podía nacer una estrella.

—¿Has leído lo último? —preguntó Yuri.

—¿Qué es lo último? —murmuró la mestiza sin apartar la vista de la pantalla del monitor.

—Las abejas están desapareciendo…

Stare no respondió. Y Yuri se revolvió, inquieta, en la silla.

Su pequeño cuerpo, de apenas 1,50 metros, era puro nervio. Sólo los ojos, negros y rasgados, transmitían cierta paz. Las pecas corrían en desorden por una piel blanca y brillante. Siempre vestía de negro, a juego con sus cabellos y con el firmamento. Durante años había trabajado en el laboratorio del acelerador Fermi.

—Es asombroso —estalló la coreana—. Nada te altera…

Stare desvió la luz verde de sus ojos y miró a su compañera y amiga con perplejidad.

—¿Y por qué me iba a inquietar la desaparición de unas abejas?

—No se trata de la desaparición de unas abejas —y remarcó unas abejas —. Estamos ante un fenómeno más importante.

Yuri, entonces, procedió a leer parte de lo escrito en el papel:

—Según el laboratorio francés para la Salud de las Abejas, el despoblamiento de las colmenas en diecisiete países europeos es alarmante. El 33,6 por ciento de esas abejas ha desaparecido…

Stare la interrumpió:

—Hay pesticidas y agentes patógenos que pueden contribuir a su extinción…

—No lo dudo. Aquí habla de pesticidas neonicotinoides y de parásitos como el Nosema ceranae que sí matan a las abejas, pero la revista Science va más allá y plantea una emigración masiva de las abejas.

—¿Y cuál es la razón?

Yuri apuró el café y se encogió de hombros:

—Ése es el problema: nadie lo sabe.

—¿Y por qué te preocupa la desaparición de las abejas?

—Querida y despistada sabia: las abejas, al polinizar la agricultura, contribuyen al 35 por ciento de la producción alimentaria. ¿Imaginas cómo sería un mundo sin abejas?

Stare negó con la cabeza e hizo oscilar, levemente, el anillo de plata que le perforaba la nariz.

—Además de la hambruna desaparecerían las flores…

Y Yuri siguió leyendo:

—Para que te hagas una idea: en sesenta años, las colonias de abejas melíferas en Estados Unidos han pasado de seis millones a dos. Y algo similar está pasando en China y en Europa. Las abejas huyen…

A las cinco de la madrugada, el reloj de la sala de control del telescopio Víctor Blanco hizo sonar la primera alarma. El amanecer estaba próximo.

Stare recogió sus cosas y desconectó la Cámara de la Energía Oscura.

Yuri se despidió y se alejó.

La jornada de los astrofísicos estaba termi nando.

Y Stare dedicó unos minutos a observar el desierto.

El sol, muy cercano, encendió los riscos y quebradas con una luz naranja. Y las estrellas se despidieron en la lejanía.

Después, todo se volvió rojo; incluso el silencio. Y la vida se puso en marcha en Coquimbo.

Stare abandonó el telescopio y caminó hacia el módulo que le servía de hogar.

El frío la acompañó hasta la puerta.

Y la enamorada de «M-16» se dispuso a des cansar.

Pero, como tenía por costumbre, antes de acostarse dedicó una mirada a sus compañeros de habitáculo. Todo seguía en orden. En la pecera, sobre la pequeña mesa de la cocina, navegaba, erguido, un caballito de mar, amarillo y rayado, procedente del Caribe. Aparentemente se hallaba embarazado. En cuestión de días, el hipocampo podría dar a luz a 1.500 crías. Para asombro de Stare, el caballito era macho.

Más allá, en las paredes azules, la observaba una docena de fotografías en color. Eran imágenes de sus padres y de la reserva en las Montañas Rocosas, en Canadá. Allí estaba su corazón.

Besó con la mirada a Fuego Nuevo y a No English y desvió el verde de los ojos hacia la única ventana. En ese instante acertó a pasar una estrella fugaz con una larga cola azul. Stare entornó los ojos y se fue con ella.

Segundos después apagó la luz y el sueño la venció.

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Autor: JJ Benítez. Título: Gog. Editorial: Planeta. Venta: Amazon, Fnac y Casa del libro

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