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Gonzalo Suárez, en las fuentes del Nilo

Gonzalo Suárez, en las fuentes del Nilo

«De cuando en cuando hay mariposas que se niegan a dejarse clavar en el cartón de las biografías y los catálogos, de cuando en cuando, también, hay lectores o espectadores que siguen prefiriendo las mariposas vivas a las que duermen su triste sueño en las cajas de cristal.» Cuando escribió estas palabras, Julio Cortázar tenía en la cabeza las travesuras narrativas de Gonzalo Suárez (Oviedo, 1934). No fueron fruto del compromiso. En 1973, el argentino publicó en Les Nouvelles Littéraires un largo artículo en el que verbalizaba la admiración que le producían las obras que conocía de su colega español, fundamentalmente la película Parranda y la novela Operación Doble Dos, sin dejar lugar para el equívoco: «Para alguien que aprecie los juegos sigilosos de una inteligencia irónica, y la marginalidad deliberada allí donde la gran mayoría trabaja full time, la obra resbaladiza y casi inasible de Suárez dibuja en el panorama español contemporáneo algo análogo a lo que pudo dibujar en su día y en Francia la obra de Boris Vian.» No andaba errado el autor de Rayuela. La obra de Suárez, por situarse siempre en territorios imprecisos, al margen de etiquetas y sólo predispuesta a coquetear con los géneros si de pervertirlos o despistarlos se trata, resulta tan heterodoxa que da la impresión de que no siempre se ha sabido valorarla en su justa medida. Ni siquiera los reconocimientos públicos que se le han hecho parecen tener en cuenta toda la extensión de su labor creadora. Cuando hace pocos días el Círculo de Bellas Artes le entregó su medalla de oro, la mayoría de las noticias al respecto hacían hincapié en su faceta dedicada al séptimo arte, obviando o salvando con un par de menciones su vertiente literaria, algo no muy afortunado porque los libros de Gonzalo Suárez constituyen aportaciones bien frescas al panorama de nuestra narrativa, por introducir en ella temas, formas y hasta perspectivas que no es fácil localizar por estas latitudes. Lo resumió bien Juan José Millás hace ahora veinte años: «La capacidad asociativa de Gonzalo Suárez es prodigiosa, porque enlaza asuntos en apariencia muy alejados entre sí, que es la verdadera función de la escritura: hacernos comprender, como diría Sábato, que la piedra que cae y la Luna, que no cae, son la misma cosa.»

"La primera novela de Suárez, que se tituló De cuerpo presente y apareció en 1963, ya anunciaba lo que vendría a continuación."

Gonzalo Suárez dirigió hace ahora una década Oviedo Express, su última película y parece que el eslabón definitivo de una larga cadena que empezó a trenzarse en 1966 con el cortometraje El horrible ser nunca visto y donde se alternan títulos bien reconocidos por el público y la crítica (La Regenta, Los pazos de Ulloa, Remando al viento, El detective y la muerte, Mi nombre es Sombra) con otros que resultaron más minoritarios, o menos aplaudidos (Aoom, Don Juan en los infiernos), pese a ser absolutamente reivindicables. A medida que discurría este camino, avanzaba su autor por otro paralelo dominado no por la imagen, sino por la letra impresa, cuyo rumbo adquiría a veces un sentido divergente que produjo gozosas retroalimentaciones entre una y otra orilla de la creación. Cabe señalar, a este respecto, que la literatura, que parece continuar una vez apagadas las luces de la sala —la última novela de Suárez, Con el cielo a cuestas, vio la luz en 2015—, fue la primera en irrumpir en la vida de un hombre que llegó a oficiar de boxeador, o de empleado de gasolinera, antes de encomendar sus armas al arte.

La primera novela de Suárez, que se tituló De cuerpo presente y apareció en 1963, ya anunciaba lo que vendría a continuación. Es, resumiendo en pocas palabras, la historia de un muerto que huye. La seguirían Los once y uno —una de las escasas novelas de tema futbolístico que hasta aquel momento había dado nuestra literatura y cuyo protagonista es un trasunto del entrenador Helenio Herrera, que fue padrastro de Suárez—, Trece veces trece —modélico volumen de cuentos que Millás encontró «dotados de un raro instinto circular en cuyo interior quedaba atrapado el lector como si formara parte del experimento»—, Rocabruno bate a Ditirambo —un libro extraño y apasionante, germen del que surgirían el cortometraje Ditirambo, vela por nosotros y las películas Ditirambo y Epílogo, que a su vez incorporaba pasajes tomados directamente de Trece veces trece—, El roedor de Fortimbrás —una divertidísima novela de espionaje que escondía una crítica demoledora al régimen franquista—, La zancada del cangrejo —fragmentos de un discurso perdido que se reencuentran para conformar toda una poética— u Operación Doble Dos —una vuelta a la novela de espías que cautivó a Sam Peckinpah, encandilado con la obra de Suárez desde el descubrimiento de Aoom, hasta el punto de que faltó poco para que se convirtiera en un guión firmado a cuatro manos—.

"Empecé buscando las fuentes del Nilo en la biblioteca de mi padre. También buscaba la ballena blanca en el pasillo de casa. Eran tiempos de posguerra."

Debieron de destacar esos libros en su momento por la misma razón por la que continúan descollando ahora: una frescura casi inaudita en nuestras letras, un descaro a prueba de tópicos y un estilo tan veloz como desenfadado que, sin embargo, no deja de instalar a los lectores en territorios donde se tratan cosas importantes. Todo quedó confirmado en el espléndido Gorila en Hollywood —para muchos el libro más conseguido de Suárez, sin duda un conjunto de cuentos ejemplar que matiza y complementa lo que su autor ya había exhibido en Trece veces trece—, al que seguiría otro volumen de narraciones breves, El asesino triste, y una serie de novelas —La reina roja, Ciudadano Sade, Yo, ellas y el otro o El síndrome de albatros— en las que el ovetense ha seguido cimentando su talento de escritor. Destacan, en todo ese panorama, dos piezas singulares, por lo que tienen de ejercicio de íntima revisión y por rescatar, cada uno a su modo, los entresijos de una época. Se trata de La suela de mis zapatos, donde Suárez recuerda sus inicios en el periodismo de la mano de su seudónimo Martin Girard —y donde queda demostrada su vocación de reinventar el oficio—, y del falso libro de memorias, o libro de falsas memorias, El hombre que soñaba demasiado, donde se funden la vida y el sueño en una pieza muy ilustrativa para bucear en la percepción que el propio Suárez tiene de su labor creativa. Cuando ese libro vio la luz, allá por 2005, le hice una entrevista en la que me dio una respuesta muy similar al arranque del prólogo que escribió para Las fuentes del Nilo, la recopilación de algunos de sus títulos que Alfaguara llevó a cabo en 2011 —en realidad, una revisión y actualización del volumen que, con el título La literatura, la misma editorial había sacado a la calle en 1997—: «Empecé buscando las fuentes del Nilo en la biblioteca de mi padre. También buscaba la ballena blanca en el pasillo de casa. Eran tiempos de posguerra.»

"La obra de Gonzalo Suárez, en cine o en papel, da para mucho, y está bien que se le reconozca y que se diga, para que sigan la pista aquellos que aún no han tenido ocasión de adentrarse en el misterio."

Está claro que las encontró, tanto a las unas como a la otra, y que de ese feliz hallazgo hemos disfrutado a lo largo de las décadas quienes nos hemos asomado a sus palabras y a los fotogramas que éstas encendían cada vez que decidían proyectarse sobre una pantalla en vez de sobre una página en blanco. La obra de Gonzalo Suárez, en cine o en papel, da para mucho, y está bien que se le reconozca y que se diga, para que sigan la pista aquellos que aún no han tenido ocasión de adentrarse en el misterio. Lo expresó con claridad meridiana Javier Cercas en un artículo que le dedicó en El País en mayo de 2000: «Gonzalo Suárez es uno de los creadores españoles más originales de los últimos 40 años. Esto, que quizá pueda parecer un exabrupto, es sólo una obviedad, porque Suárez llegó mucho antes que todo el mundo adonde todo el mundo quería llegar: empezó escribiendo sobre fútbol cuando estaba muy mal visto que los escritores escribieran sobre fútbol, hizo nuevo periodismo más de una década antes de que Tom Wolfe bautizara el invento, publicó una serie de novelas y relatos fulgurantes en los que jugaba con los géneros cuando nadie jugaba con los géneros y donde creó una forma irreverente, y novísima por estos pagos, de abordar la literatura: una forma pop; luego se cansó del periodismo y de la literatura y se puso a hacer cine y llevó al cine su estética iconoclasta y fundó la Escuela de Barcelona y circuló como un aerolito sin control por las fiestas de la gauche divine y más tarde se largó a Hollywood cuando, por supuesto, nadie soñaba con largarse a Hollywood.»  Cortázar lo había contado de otro modo: «Gonzalo Suárez transita desde hace años por los registros más variados de la vida intelectual española, pero esa actitud de tránsfuga y casi de fantasma inquieta e incluso enoja a los críticos amantes del orden, los géneros y las etiquetas.»  Creo que no hacen falta más invitaciones para que los valientes se acerquen y se aventuren en busca de las fuentes del Nilo cruzando esa puerta que, al fondo del pasillo, queda ahora entreabierta.

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