Me pregunto cuántas ficciones de terror aparecieron entre los años 60 y 70 del pasado siglo con protagonista embarazada. Tiene sentido que ese tipo de obras comenzaran justo entonces a proliferar. El título más emblemático, no cabe duda, es La semilla del diablo (1967), del que hace poco se publicó en Archivos Vola uno de los estudios más apasionantes que han aparecido sobre el tema, escrito por Rosemary Thorne, que lo relaciona con el “Camelot americano” del clan Kennedy y los asesinatos orquestados (aunque esto es mucho decir) por otro clan bastante menos glorioso formado en los desiertos, la célebre familia Manson. Dean R. Koontz llevó el tema del embarazo prodigioso todavía más lejos en La semilla del demonio (1973), una novela en la que la protagonista concibe un hijo (en realidad dos) de una inteligencia artificial obsesionada con ella. La película que inspiró, con un arranque sumamente interesante para quienes se fijan en los detalles ocultos —de hecho, ocultistas—, se estrenó en 1977, un año más tarde de que en España lo hiciera una de las grandes cintas del terror mundial, dirigida por Narciso Ibáñez Serrador: Quién puede matar a un niño (aquí a la protagonista embarazada se le añade el egregor diabólico). Ambas producciones, junto al libro de Koontz, fueron restos tardíos de una misma paranoia, surgidos en una época en que los niños engendrados en la ficción ya se habían hecho mayorcitos y —véanse El exorcista (1973) y La profecía (1976)— mantenían inquietantes tratos con el diablo. Aquellas mujeres embarazadas eran imágenes metafóricas, símbolos emanados de los arquetipos transformados de la contracultura. Henchidas de futura destrucción, demostraban que los happy sixties habían sido un ave de paso, una posibilidad que se esfumaba. El mundo estaba a punto de engendrar un terrible mal, clave abierta de un paréntesis que todavía no ha llegado a cerrarse. Recordemos solamente que todo esto ocurría en la misma década en la que el hombre puso un pie en la luna —y subrayo lo de “hombre”—, en aquella misión por el espacio que se llamó Apolo y que hoy se llama Ártemis. Ártemis y Apolo: mellizos pánicos.
Entre tanto, una autora desconocida, ya veterana —tenía sesenta años—, se complacía en poner en aprietos a otra pobre embarazada en lo que sería su primera obra de ficción, Pesadilla bajo la lluvia (1969). Es posible que Hintze, nominada al por entonces prestigioso premio Edgar Allan Poe, se sintiera atraída por el libro de Ira Levin y también ella quisiera probar suerte con el subtema del embarazo terrorífico, y hacerlo, además, con el conocimiento de una mujer experimentada en partos (había tenido tres hijos). Pero no conviene desdeñar esta clase de resonancias. Naomi A. Hintze levantó un escenario claustrofóbico, la vieja mansión en los márgenes del mundo civilizado —con todas las reminiscencias del gótico americano y la amenaza del espacio natural que parece venir directamente de los páramos de Cumbres borrascosas—, y le añadió los peligros de un río fácil de desbordar y una cercana temporada de lluvias. Lluvia, río: señales de la crecida, en pocas palabras, de las aguas del inconsciente. Aquí la embarazada es una joven viuda —tan joven que su aspecto es el de una niña—, cuyo marido, que la rescató de la muerte en una cabaña perdida en las montañas, murió cuando partía hacia Vietnam. Es preciso recordar que no estamos aún en la década de los setenta y que Vietnam no se ha convertido todavía en uno de los mitos americanos. (La luna mancillada por la pisada del hombre tampoco.) No es casual, y menos para una autora fascinada por la parapsicología, que la joven tenga nombre italiano, Francesca, y que en su vientre patalee María: pobreza cristiana (el cristianismo era el sujeto principal en La semilla del diablo.) Desamparada como la madre que busca el refugio de un establo, Francesca decide acudir a la mansión amenazada por el río para conocer a la madre de quien fue fugazmente su marido, antes de entregar a su hija en adopción. Se puede leer todo esto desde la pura literalidad o desde su evidente aspecto simbólico. Hintze, de hecho, en más de una ocasión acude voluntariamente al simbolismo: la gata con sus gatitos pasados por el martirio del agua, el nido devorado por la gata. También lo hace en una frase de la que podría haberse extraído mucho más, la primera descripción de la casa: “Un juzgado, una antigua escuela, casi una prisión.” Antes de llegar a esa prisión, Francesca ha intentado por todos los medios posibles ponerse en contacto con la madre de Matthew, su marido con nombre de evangelista: Mateo el hombre alado (Matthew murió en su helicóptero, derribado en pleno vuelo). Pero nadie respondió.
Para ser justos, Naomi A. Hintze es una escritora enormemente limitada, en sus recursos tanto como en su estilo. Pero esa limitación es perfecta para su novela. Es cierto que desaprovecha una capa más de intriga al emplear la primera persona en vez de la tercera para narrar el encierro de Francesca en una casa que se remonta a los orígenes del gótico —un género en el que brillaron las mujeres—, pues una mirada desde fuera hubiera mantenido al lector ante la duda de si la chica consiguió escapar de ella. Un asunto secundario, en cualquier caso. Obstinada en sacarle el mayor partido posible a los rincones de la casa, Hintze deja en ocasiones de lado algunas obligaciones con el lector (la primera de ellas, tomarse su tiempo con las necesidades narrativas para evitar los saltos de caballo en la lógica del relato) y se lanza a cerrar puertas y condenar pasillos para crear la atmósfera de pesadilla del título en español (el original es You’ll like my mother, o “mi madre te encantará”), sin que ni a ella ni a nosotros nos importen demasiado esos vacíos. El resultado es una novela con muchos encantos inesperados —en más de una ocasión me he preguntado si habrá podido influir en Misery, de Stephen King, su paralelo cercano más obvio— que se lee con verdadero deleite, si uno acepta las reglas con las que juega. La nominación, merecida, al premio Edgar Allan Poe no fue el único logro de esta obra claramente primeriza: también inspiró una buena película que sigue casi al pie de la letra (cambiando entre otras cosas la lluvia por la nieve, adelantándose a uno de los más famosos aislamientos en la literatura de terror moderna) la novela de Hintze, que sesenta años después de su publicación aparece por primera vez traducida al español, nuevo descubrimiento que sumar al haber de esa editorial ya indispensable que es La Biblioteca de Cárfax.
—————————————
Autora: Naomi A. Hintze. Título: Pesadilla bajo la lluvia. Traducción: Sheila Correa. Editorial: La Biblioteca de Cárfax. Venta: Todos tus libros.


Zenda es un territorio de libros y amigos, al que te puedes sumar transitando por la web y con tus comentarios aquí o en el foro. Para participar en esta sección de comentarios es preciso estar registrado. Normas: