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¿Hablar o escribir?

¿Hablar o escribir?

Los libros por leer no se me amontonan en la mesilla sino en esa especie de estantería y a la vez escritorio para escribir de pie que tengo arriba, en el cuarto de la terraza. Cuento, a ojo, unos veinte libros aguardando: libros que he comprado o que me han regalado y me apetece leer (los otros, los regalados que no me apetecen, migran a las estanterías de abajo, donde acabaré olvidándolos). Me agobia ese montón de libros, sobre todo porque necesito leer algunos de ellos para mis trabajos y otros porque son de amigos o de gente que espera un comentario. Pero son tantos que pienso que la urgencia de leerlos no me va a permitir disfrutarlos. Y luego, por ni siquiera sé qué motivo, me acuerdo de La nave de los locos, de Cristina Peri Rossi, dudo de si lo tengo, lo encuentro, me pongo a leerlo y me olvido de mis lecturas obligatorias. Se me había olvidado su sentido del humor. Se me había olvidado su tristeza. Lo dejo dos horas después con buenas sensaciones y mala conciencia, venga, rescata alguno de esos libros postergados, a trabajar. ¿Cuándo se convirtió la lectura en trabajo sin que me diese cuenta?

Por fin, unos días tranquilos con E. Trabajamos en casa. Nos damos a leer los artículos que vamos escribiendo estos días. Como ahora no tengo tiempo o calma para seguir con la novela prefiero ir acabando algunos proyectos que tenía para prensa. E. los lee, opina, revisa. Yo hago lo mismo con los suyos. Hablamos de sus planes y de sus dudas con su nueva novela. La tranquilidad de aceptar la mirada del otro sobre el propio trabajo, de agradecerla. La complicidad. El espacio que nos concedemos en esta vivienda tan pequeña. Como si estar juntos la ensanchase.

"Pienso en la novela que supuestamente estoy escribiendo. Se me ocurren ideas. Pero también se me ocurren tantas otras cosas para no ponerme a escribir"

Estas semanas leo mucho; un libro de relatos de Patricio Pron, dos de Pilar Adón, uno de Rodrigo Blanco Calderón, The house gun, de Nadine Gordimer, La risa final, de Fernando Royuela. Empiezo La noche de los alfileres, que me regaló Santiago Roncagliolo en Barcelona, y en cuanto lo acabe continuaré con La naissance du jour, de Colette. Y me esperan dos novelas que compré en Alemania en mi última visita y que aún no he empezado. Como tengo bastantes trayectos las próximas dos semanas seguro que daré cuenta de unos cuantos libros en los trenes. (Visita, trayecto; cada vez menos de mis desplazamientos pueden describirse con la palabra “viaje”).

La última vez que me encontré con J. T. le dije que el último libro de un autor alemán que me había dado a leer por si me interesaba traducirlo no me atrae lo suficiente. Y también le dije que en realidad no tengo tiempo para traducir, sí, me gusta la idea de hacerlo, pero tengo proyectos que me importan más. Entonces, ¿cómo salí de esa conversación con la promesa por mi parte de leer las últimas obras de otro autor alemán que aprecio y del que él ya ha publicado algún libro, sin compromiso, pero por si me interesara…? J. T. es un hombre más bien tímido, poco ruidoso, y extraordinariamente tenaz.

Pienso en la novela que supuestamente estoy escribiendo. Se me ocurren ideas. Pero también se me ocurren tantas otras cosas para no ponerme a escribir.

Leo Trilogía de la guerra, de Fernández Mallo. Me parece uno de los mejores libros que se han escrito en España en los últimos años. Con una ambición y una independencia envidiables.

"¿Quién dijo aquello de que la salud es el silencio del organismo? El mío no para de dar gritos. Y eso que no puedo quejarme. O sí: de la edad"

Desde hace unas semanas tengo momentos de vértigo o mareo. La doctora Maravillas, se llama así, me dice que probablemente es un desorden vestibular. Y luego, como siempre que paso por su consulta, me explica que es cosa de la edad. Todos mis males llevan ese colofón: la edad, dice, con más indiferencia que conmiseración. La edad, ese desgaste continuo, esa corrosión incesante, esa humillación.

En Sevilla hablo con un periodista que me pregunta en qué noto que me hago mayor. La respuesta es clara: en que se van sumando malestares y problemas físicos que no son transitorios. Cada nuevo achaque llega para quedarse. Cuando te vas haciendo mayor el cuerpo gana un protagonismo que antes no tenía, se toma la revancha de todo ese tiempo en el que no le has prestado atención. ¿Quién dijo aquello de que la salud es el silencio del organismo? El mío no para de dar gritos. Y eso que no puedo quejarme. O sí: de la edad.

"Hacía tiempo que no alimentaba este no blog. Y ahora lo hago de manera fragmentaria. No sé dónde se me ha ido el tiempo en las últimas semanas. Sí, sí lo sé, hablando en lugar de escribiendo"

Participo en un coloquio en la Biblioteca Nacional con Marta Sanz. La tranquilidad que da saber que vendrá bien preparada, todo cuidadosamente anotado, que habrá hecho una lectura lúcida de mis obras. Me relajo tanto con esa idea que un par de horas antes de nuestra conversación me doy cuenta de que quien va mal preparado soy yo. Dedico esas dos horas a entresacar temas, a preparar las líneas a las que agarrarme en caso de dificultad.

Hacía tiempo que no alimentaba este no blog. Y ahora lo hago de manera fragmentaria. No sé dónde se me ha ido el tiempo en las últimas semanas. Sí, sí lo sé, hablando en lugar de escribiendo. Pero es que la mayoría de los escritores hemos llegado a esa extraña y quizá perversa situación en la que ganamos tanto con lo que decimos como con lo que escribimos. Aunque lo que decimos es más prescindible que lo que escribimos (la posibilidad inversa sería muy preocupante).