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Hagan sitio a Alberto Rojas

Hagan sitio a Alberto Rojas

El periodista viaja a la España de 1940 y la II Guerra Mundial con la trepidante novela de espionaje Sangre de lobos

 

“Archie, amigo, he robado, asaltado, amenazado, extorsionado, falsificado mi identidad muchas veces, pegado palizas, asesinado a rivales y saqueado casas de gente que había muerto en los bombardeos. Soy un auténtico hijo de puta”.

Así se define Valdivia, Andrés Valdivia, 23 años, un «pijoaparte» que bebe Old Fashioned, fuma cigarrillos Craven A, es generoso con las propinas y oculta en su traje una faca y una Walther PPK, la pistola con la que se suicidó Hitler y la favorita de James Bond.

Valdivia es un tipo apuesto, el pelo muy negro y peinado hacia atrás con brillantina. Un buscavidas que en los primeros meses del final de la Guerra Civil intenta salir adelante entre los escombros de un Madrid desolado y repleto de espías nazis e ingleses que apuran whisky y champán en el Cock.

Hijo de una madre prostituta que lo abandonó, Valdivia “coleccionaba motivos para ser detenido” pero se ampara en aquel caos en el que los archivos de los delincuentes habían sido quemados. Goza de la impunidad de quien nada tiene que perder. “Cambió de casa, de barrio y de bando el mismo día en que entraron los nacionales”, escribe el reportero de El Mundo Alberto Rojas (Puertollano, 1977) en la novela Sangre de lobos (Ediciones B). Hasta que es reclutado.

Alberto Rojas en República Centroafricana.

Alberto Rojas en Normandía.

El libro no deja margen al respiro. A través de él, el lector viajará por la noche en un avión camuflado por Europa, se colará en el búnker de Winston Churchill, asistirá a la corrida de toros en Las Ventas que presenció Himmler en 1940 y donde vomitó asqueado por la sangre, conocerá los planes de Franco para crear una Gestapo made in Spain con ayuda de la SS nazi (“en ella se formó Billy el Niño«, asegura Rojas), paseará por las calles de Londres junto al periodista Chaves Nogales e irá descubriendo el perfil de un ambicioso y peculiar joven nazi.

"En este libro no hay tregua. Las 429 páginas se leen sin desmayo. Apenas nada es lo que parece. Alberto Rojas se vale de frases cortas, eficaces, contundentes"

Y «contemplará» cómo se tortura hasta más allá de lo imaginable. “El torturador entra en intimidad con el torturado. Le ve llorar, orinarse encima, sangrar, a veces defecar de puro pánico. Suda, clama por su vida y huele a miedo. Grita, susurra, promete, miente, se sincera, vuelve a mentir y te acompaña a la muerte. Pocas relaciones humanas son tan intensas en tan poco tiempo”, se lee en Sangre de lobos.

En este libro no hay tregua. Las 429 páginas se leen sin desmayo. Apenas nada es lo que parece. Alberto Rojas se vale de frases cortas, eficaces, contundentes. “Me gusta el estilo de James Ellroy en América. Es seco y va al hueso. No hay esgrima vacía. Cuando ataca provoca sangre y muerte”. El mismo del inicio de Las nieves del Kilimanjaro de Hemingway: “El Kilimanjaro es una montaña cubierta de nieve de 19.710 pies de altura, y se dice que es la montaña más alta de África. Su cumbre occidental se llama el Masai Ngje Ngi,la Casa de Dios. Cerca de la cumbre occidental nos encontramos la carcasa seca y congelada de un leopardo. Nadie ha explicado lo que el leopardo estaba buscando a esa altura”. “Es un arranque perfecto”, comenta Alberto Rojas, autor también de África: La vida desnuda (Debate), su apasionante recorrido en blanco y negro por las miserias de Liberia, Sudán del Sur, Ruanda, Níger…

Búnker de Churchill en Londres.

En Sangre de lobos surgen cameos de Ian Fleming y Tolkien, y referencias a Lee Miller y Man Ray. Pero, sobre todo, subyacen muchas lecturas: desde los fascículos ilustrados sobre la II Guerra Mundial publicados por el diario ABC en 1989 que coleccionaban los abuelos de Alberto Rojas (él tenía 12 años) y que le apasionaron (aún los consulta) a libros clave, como Los hombres del SAS, de Ben Macintyre, que “cuenta la historia de la formación de este grupo de élite en el desierto y cómo abren las cárceles del Reino Unido para conseguir los hombres ideales para misiones más allá de las líneas enemigas”, evoca el periodista. Y añade Agente Zigzag, de Macintyre también, las peripecias de “un buscavidas que acabó como agente doble de los británicos”. O La clave está en Rebeca y La isla de las tormentas, de Ken Follett, sin olvidarse de Lo que hay que tener, de Tom Wolfe (“quizá mi libro favorito”), 1984, de Orwell, Los años de la infamia, de Manu Leguineche, Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño o “el inicio de niebla y miedo de El espía que surgió del frío, de John le Carré”.

"El Madrid de 1940 era igual. La pobreza era galopante, igual que el miedo, pero unos cuantos privilegiados brindaban por el nuevo mundo que acababa de llegar mientras otros morían fusilados o picaban piedra"

En aquel Madrid de oportunistas y tipos sin escrúpulos, taxis con gasógeno y socavones en las calles por las bombas conviven los que lo han perdido todo y los que fuman Romeo y Julieta. “Siempre hay champán en los bares de las ciudades en guerra. Lo viví en el Congo. Había bombardeos y muertos a diario, pero por la noche los periodistas nos reuníamos en un restaurante junto al lago Kivu donde camareros con traje y pajarita servían cócteles y tartas de queso. El Madrid de 1940 era igual. La pobreza era galopante, igual que el miedo, pero unos cuantos privilegiados brindaban por el nuevo mundo que acababa de llegar mientras otros morían fusilados o picaban piedra en lo que luego se conocería como el Valle de los Caídos. Los estraperlistas se aseguraban de que no faltara de nada. Chicote, Cock, Bodegas Ardosa, Café Comercial, Café Gijón, Lhardy, Café de Lyon o Embassy daban de beber y comer a los ganadores de la Guerra Civil, a los embajadores extranjeros y a cientos de oportunistas”.

Es la atmósfera que se respira en los libros de la serie Falcó, el popular personaje de Arturo Pérez-Reverte. “Él es una referencia para mí desde que era periodista y lo veía en el telediario haciendo crónicas desde algún lugar peligroso del planeta”, afirma sobre el escritor y académico. “En Sangre de lobos no sólo está Falcó, está parte de su mundo, incluso puede ser que alguna de sus mujeres. Creo que no exagero si digo que Pérez-Reverte es el escritor más influyente para nuestra generación”.

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—Tiene su aquel que Himmler vomitara en medio de una corrida de toros en Las Ventas…

—Himmler era un carnicero, pero a la vez un cobarde, como Hitler y como la gran mayoría de los jerarcas nazis. Ordenaron matar a miles de personas, pero ninguno de ellos asistió personalmente a las matanzas. No soportaban la sangre. Himmler se levantó en el segundo toro y vomitó. Luego comentó a los suyos que le parecía una fiesta terrible. Ya tenía en su cabeza «la solución final», y en 1940 ya buscaba maneras de matar de forma limpia e industrial.

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Grecia, Normandía, Cambridge, Londres (“allí cené en uno de los restaurantes favoritos de Churchill, visité su búnker y volé en un caza Spitfire”). Y Lisboa, Berlín y Cracovia. Son algunos escenarios de la novela en la que ha trabajado Alberto Rojas durante año y medio y en la que incluye experiencias personales. “Hace unos años entrevisté a Kevin Lacz, un Navy Seal de esos que se cargó a Bin Laden. Le pregunté cómo se llega a ser uno de esos soldados de élite, y me explicó que el primer día de selección forman a todos los aspirantes en una explanada. Son 300 tipos duros, procedentes de los marines, los paracaidistas, el ejército… Lacz me aseguró que cuando estaban todos formados ya sabía, de un vistazo, cuáles iban a ser seleccionados después de semanas terribles de instrucción: los más fuertes no físicamente sino mentalmente. Es una cualidad que pueden reconocer entre ellos. Valdivia tiene eso, es un perro de la guerra.

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—La guerra…

—La guerra no es como en las películas. El haberla vivido de cerca, aunque sea en guerras africanas de esas que no abren los telediarios, te da un conocimiento sobre la condición humana imposible de adquirir de otra forma. Hay personajes que sólo te cruzas en una guerra. En el libro, por ejemplo, aparece un traficante de personas. Es un carácter que no tengo que inventarme porque yo mismo he entrevistado a uno. Y luego está el aspecto técnico de las armas. Cómo suenan, el daño que hacen, cómo laceran la carne, cómo actúa la gente cuando las escucha… La guerra te da información, aunque sea información desagradable. Es una academia cuyo temario no puedes estudiar en ningún otro sitio.

—Desconocía que Churchill estuviera tan encima de la red de espías (la DOE) que se creó desde el búnker del Gabinete de Guerra.

—En inglés es el SOE, Special Operations Executive. Churchill, después de la caótica retirada de Dunkerque, sabía que la guerra estaba militarmente perdida. Por eso decidió llevarla más allá de las líneas enemigas con comandos, espías y golpes de mano. Y tuvo un éxito considerable. Eliminó el riesgo de una bomba atómica nazi con la operación Telemark y a líderes nazis como Heydrich, que aparece en el libro. Además creó pequeños ejércitos privados que se movían de forma autónoma por el campo de batalla y que fueron el germen de unidades de operaciones especiales actuales. El propio Churchill estuvo implicado en muchas operaciones. Le encantaba ese mundo.

—Valdivia no es un personaje plano. No sólo es un jeta. Flaquea ante las mujeres, tiene una moral que oculta...

—Como buen delincuente, tiene su propia moral, sus lealtades y sus puntos débiles, que trata de ocultar porque le va la vida en ello. He conocido a algún Valdivia en mi vida, y a veces te alegrabas de ser su amigo y a veces procurabas que no te relacionaran con él. Los demás sólo pasamos por las fronteras, pero hay gente que vive en ellas.

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No faltan escarceos amorosos en la novela, pero sin un final claro. Quizá porque la trama no haya concluido. Alberto Rojas reconoce que se lo ha pasado muy bien escribiendo “como para no volver a esa Europa convulsa”. Habrá que esperar.

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